Fe, astronomía y dudas cósmicas


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En días pasados, el astrónomo jefe del Vaticano, José Gabriel Funes, dijo que no hay un conflicto entre la fe en Dios y la posibilidad de que exista vida inteligente en otros planetas, que quizás podría ser más evolucionada que la humana. Cuando se le preguntó si se refería a seres similares a los humanos, o incluso más evolucionados, él dijo: “Ciertamente, en un universo tan grande no puedes excluir esa hipótesis”.  Bueno, pues Galileo y Darwin deben estar dichosos, pero yo ando un poco confundida. Entre este anuncio y el que hizo el Papa anterior sobre la inexistencia del infierno, quedo turbada creyendo que la Iglesia piensa que es más factible que yo me tope con E.T que con Lucifer. Pero dejemos al segundo para otra columna y concentrémonos en eso de los hermanos extraterrestres.

Para empezar, debo aclarar que para mí los extraterrestres están en la misma categoría que los fantasmas y cucarachas: sé que están ahí, pero no quiero encontrármelos. Por ello mismo, yo soy partidaria de la idea de que la evidencia más fehaciente que tenemos de que la vida en otros planetas es más inteligente es, precisamente, que no han intentado ponerse en contacto con nosotros. Y aunque agradezco que ninguno haya intentando llamarme, eso no significa que no tenga curiosidad.

Me pregunto, por ejemplo, si los extraterrestres tengan gente que diga que fue capturada por humanos, si tiene películas de terror en las que al final se abre una nave espacial y sale una extraña criatura bípeda homínida pone a temblar a todo el planeta. ¿Seremos los “ellos” de alguien? ¿Seremos, en otra galaxia, una leyenda urbana?¿Será que un adolescente de algún planeta que queda a millones de años luz de la Vía Láctea está justo en este instante contando cuentos de miedo protagonizados por humanos para aterrorizar a sus amigos mientras derriten gelatina de pata en una vela en alguna finca donde no hay televisión? Lo de la vela puede que no, pero lo demás es plausible.

Y, volviendo a las palabras de Funes, en cuanto a que ellos podrían ser más evolucionados que nosotros, me intriga saber en qué consiste dicha evolución. ¿Será que sus machos sí bajan el asiento del inodoro y ponen el rollo del papel higiénico en su lugar?¿Será que sus hembras dominan el arte de balancear la chequera? ¿Qué los hará superiores? Hay mucho qué mejorar. El diseño de los humanos está lleno de desaciertos, siendo el más obvio que tenemos el desagüe en la zona de recreación.

¿Nos están observando, especularán sobre nosotros? ¿Qué dirían si nos vieran? ¿Qué podría pensar un extraterrestre que viera a un humano sacando a pasear a un perro y recogiendo sus “regalitos”? Probablemente pensaría que los que mandan son los perros. Y sin ir muy lejos, si un extraterrestre viera a mi gato en este instante, durmiendo televisión mientras yo trabajo, le limpio la arenera, le lavo la coca y le sirvo agua fresca, pensaría –y no estaría muy lejos de la realidad- que yo trabajo para el gato.

Me aterra la idea de que seamos el circo del Universo, pero bien podríamos serlo porque la verdad es que dudo que tuvieran sentido para otras formas de vida todas las cosas que tenemos, todos nuestros dispositivos y adminículos y preocupaciones y desasosiegos. Dos horas de comerciales y quedarían locos porque, seamos sinceros, la mitad de las cosas que venden por televisión dejan perplejos a la mayoría de los humanos. Y ni qué hablar de nuestras costumbres consumistas, nuestra tendencia de, como dice mi mamá, gastar plata que no tenemos comprando cosas que no necesitamos para descrestar gente que no nos cae bien. Tal vez les parezcamos adorablemente perdidos, preocupados por tonterías como las canas y las reelecciones mientras ignoramos que un asteroide viene hacia nosotros. A lo mejor nos miran como nuestros científicos miran a los ratones de laboratorio que tratan de salir de un laberinto: con una mezcla de simpatía, condescendencia y lástima. O quizás somos el equivalente galáctico a la mosca que se da repetitivamente contra la ventana, tratando de salir. Ojalá alguien nos abriera la ventana…

* PUBLICADA EL 18 DE MAYO DE 2008

Tecnología para la mujer moderna


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Recientemente, la página virtual del Vaticano publicó un artículo según el cual la lavadora de ropa fue el invento del siglo XX más liberador para las mujeres. El artículo, escrito por una mujer, afirma que poder “echar la ropa, echar el jabón, bajar la tapa y olvidarse” nos ha permitido a las mujeres independizarnos, tener más tiempo para nosotras mismas en el hogar y hacer cosas como leer para abrir nuestras mentes. La idea de que era la ropa lo que nos tenía aprisionadas es tan ridícula como la noción de que las bambas para el pelo nos liberaron porque ya no nos tardamos tanto poniéndonos pinzas.

Todo esto me ha conducido a una conclusión. Verán, lo que sucede es que la tecnología es machista. Bueno, la tecnología no, pero la gente que la produce, sí. ¿Cómo más explican el robot-modelo que sacaron los japoneses?

Ya habían sacado el robot-ama de casa, que claramente apela a un mercado masculino, y ahora nos salen con este modelito, que pesa 43 kilos y mide 1’60. Vale aclarar que este modelo es una versión reducida y mejorada del primero que sacaron, que pesaba 58 kilos. ¡Pusieron a dieta a la tecnología! Eso tuvo que ser un hombre; si una mujer hubiese diseñado ese robot, tendría estrías y celulitis.

No me quiero imaginar con qué irán a salir ahora. Supongo que si tienen una modelito y una ama de casa, sólo les falta un femi-bot, que viene con su propio delantal, le lleva pantuflas y whisky al sillón, enciende el cigarro y está programada para auto-apagarse antes de preguntarle dónde ha estado y qué son estas horas de llegar. Por unos pesos más puede tener la versión Premium que incluye un programa para que cada 30, 35 o 60 minutos –según el gusto del usuario- se de vuelta, lo mire fijamente y le diga “eres un se-men-tal” y “me en-can-ta el fút-bol”.

Si quieren aumentar las ventas, ese modelito lo deberían vender en combo con el mami-bot, diseñado para peinarlo, escogerle la ropita, recogerle los calzoncillos sucios, pegarle los botones, cogerle los hilvanes y decirle “eres tan guapo” y  “Nin-guna mujer te me-rece”. La función extra de este modelo sería “come, es-tás muy del-ga-do.”

Claramente, el público objetivo no somos nosotras. Si de verdad quisieran capturar el mercado femenino, no perderían el tiempo diseñando lavadoras y secadoras que parecen sacadas de Los Supersónicos, sino un robot que sobe los pies y diga “tu celulitis es taaan sexy” y “no, no, yo lavo los platos. Tu quédate tranquila y ves otro capítulo de Sex and the City.” Notarán que el robot para nosotras habla mejor; es porque nosotras apreciamos la comunicación fluida y no consideramos que más de cuatro palabras seguidas sean cantaleta. Ah, y la función extra del macho-bot sería una grabación en loop sinfín “tú tienes toda la razón, querida” y  “esos pantalones no te hacen ver gorda.”  ¡Ese sí es una máquina pensada para las mujeres!

 

*PUBLICADA EL 29 DE MARZO DE 2009 EN MUNDO MODERNO