Entretenme


Es puente. Llega el momento en el que beber no es apropiado (o el licor se), nadie se quiere mover y uno descubre que a todos los juegos les faltan fichas, se saben de memoria las respuestas del Sabelotodo –edición de 1986 que tiene la tabla periódica con 102 elementos- y los naipes se pegan (y todos los aces están marcados por detrás). ¿Qué hacer? ¡No teman! Esta columna contiene siete juegos infalibles diseñados luego de pasar vacaciones y puentes en fincas sin televisión, atari, DVD, aire acondicionado, celulares, tablets, portátiles, internet ni pilas y solamente un radio-transistor que había que usar con mesura porque qué tal que pasara algo y no nos enteráramos. Con ustedes la Colección Matajartera de la Familia Álvarez:
Entrevístame: Se toma como base el cuestionario diseñado por Bernard Pivot. Son 10 preguntas en total pero mis preferidas son: ¿Cuál es tu grosería preferida, qué ruido odias y qué te gustaría que te dijera Dios cuando llegues al Cielo?
Preguntas ridículas y dilemas morales absurdos: Ejemplo: te ganas la lotería el día que los extraterrestres invaden la tierra: ¿qué haces con la plata? O te encuentras un maletín con pruebas irrefutables de lo que realmente sucedió con el asesinato de Kennedy, ¿qué haces con la información?
Póngale precio: Esto consiste en inventar situaciones moralmente ambiguas o estéticamente repulsivas o simplemente cochinas y decir por cuánta plata lo harían. Ejemplo: ¿por cuánta plata te irías a (insertar restaurante, club o bar que frecuentan y donde haya mucha gente conocida) usando botas con lentejuelas hasta la rodilla, bikini de piel de leopardo y abrigo de espejos?
Ganarse el baloto: Este es el más divertido de todos y consiste, como su nombre lo indica, en jugar a que uno se gana la lotería y distribuye la plata. Es medio terapéutico y medio traumatizante, o sea perfecto para un lunes festivo.
Director de Casting: Este juego es de un Alvarez honorario, mi esposo. Consiste en tomar una película vieja (que según el canal TCM es todo lo que se hizo antes del 2010) y elegir actores actuales, o al revés, películas actuales que hay que ambientar con actores de tal o cual década.
Top ten: Esto es copia desvergonzada de David Letterman pero no importa. La idea es tener categorías como Top Diez lugares para ir con el Amor Vergonzante (o moza o tinieblo o como lo llamen), comidas que se deben evitar con los suegros, motes cariñosos lobos, canciones infaltables para el despecho, frases para evitar después de un encuentro amoroso, maneras de echar al novio, etc.
Ficcionario: los lectores asiduos (gracias) conocen mi maña de inventarme palabras o darle significados diferentes a palabras existentes, por ejemplo microondas: lo que le ocurre al pelo unos meses luego de hacerse la permanente; o neurisma: lo que pasa cuando uno tiene mucha neura (mal genio), e inacertable: persona que no acierta nunca.
Y ustedes, ¿cómo matan el aburrimiento?

 

La vida sin control (remoto)


Tom Welling as Superman/Clark Kent.

La mejor manera de tener dulces sueños...

Me encanta la televisión. Es parte de mi identidad, de mi formación, de mi capital cultural. Me gusta conversar televisión con mis hermanas, me gusta dormir televisión con mi gato, me gusta comer viendo televisión con mi mamá y mi papá y me gusta ignorar televisión con mi novio. Además, me hechiza el control remoto. Es, para mí, uno de los grandes inventos del siglo pasado. Me gusta cómo se siente en mi mano, me intriga la manera como interpreta mis deseos y, sobre todo, me seduce la idea de pasar de estar supervisando la crianza de una camada de leones en África a estar decidiendo de qué color pintar el apartamento de Monica y Rachel en Nueva York con sólo presionar un botón. Puedo vigilar la relación de Lana y Clark (bueno, no tanto la relación de ambos sino los abdominales de él) y en pocos segundos enterarme de cómo va el caso de Grissom. Mi control me hace sentir omnipresente y omnisapiente.Por eso me dolió tanto llegar de trabajar el lunes, tomar el control y no obtener la respuesta que quería. Pero no fue culpa del control. Fue culpa de cablealgo, mi proveedor de servicio de televisión por cable. Llamé y pedí una visita técnica y la parte de mí que todavía cree que es probable que exista Santa Claus le creyó a Natalie, la operadora de Servicio al Cliente, cuando me dijo que mañana me arreglarían el problema.

Pasé mi primera noche sin televisión en años. Casi no me duermo. Perdí la noción del tiempo y cuando al fin concilié el sueño, tuve pesadillas terribles. Me desperté echa un manojo de nervios e instintivamente estiré la mano para tomar el control y encender mi televisor pero recordé que sólo habría señal lluviosa en la pantalla. De todas maneras prendí la tele, esperando un milagro. Pero los dioses de la televisión por cable no me congraciaron con su venia milagrosa.

Me fui a trabajar y volví corriendo, convencida de que los rostros de mis viejos amigos me darían la bienvenida, mas no fue así. Llamé de nuevo a cablealgo y hablé con Sandra, quien me aseguró que mañana definitivamente vendrían a rescatarme de mis noches atelevisivas.

Otra noche sin que me susurrara al oído el Dr. Kovac. Dos días sin tele me empezaron a hacer mella y me sentí desorientada. Llegué de trabajar y encendí la tele, sólo para recibir el saludo de los puntitos negros que persiguen sádicamente a los blancos en un baile caótico y ruidoso que ocupa toda la pantalla. Me quedé mirando durante varios minutos y creo que entré en una especie de transe, del que salí furiosa. Llamé a cablealgo y hablé con Mauricio, a quien le expliqué mi penosa situación. Le dije que vivía sola, que por patético que sonara la tele era mi compañía, que mi gato estaba de mal genio porque siempre que salgo le dejo Animal Planet porque a él le gusta sentirse parte de la manada de tigres… y Mauricio, comprensivo y compasivo, me prometió que mañana vendrían a devolverle Animal Planet a mi gato y a mí.

Mauricio resultó ser un vil mentiroso, despiadado y cruel como los demás caprichos de la evolución que trabajan en cablealgo. Esas pesadillas darwinianas sin madre no conocen ni la piedad ni la eficiencia. Cuando llegué de trabajar el jueves llamé de nuevo y me contestó Sergio, a quien puse al tanto del engaño de sus compañeros. Me dijo que no podía hacer más por mí que los otros. Le indiqué que no podía hacer MENOS porque los demás no habían hecho NADA. Mi lógica no pareció descrestarlo ni a él ni a Sofi, a quien llamé luego y de quien recibí la misma promesa vacua. El viernes por la mañana amenacé con suspender mi suscripción y me fui a trabajar bajo los efectos del síndrome de abstinencia televisiva. Regresé a casa y suspirando oprimí el botón verde del control…y todo fue belleza, color y sonido, movimiento y felicidad. Escribo esta columna con la tele en el fondo… y esta noche soñaré en technicolor, probablemente con escenas frescas de Clark Kent sin camisa.

*PUBLICADA EN AGOSTO DE 2007

Días sin control


Kicking Television

Image by dhammza / off via Flickr

Me encanta la televisión. Es parte de mi identidad, de mi formación, de mi capital cultural. Me gusta conversar televisión con mis hermanas, me gusta dormir televisión con mi gato, me gusta comer viendo televisión con mi mamá y mi papá y me gusta ignorar televisión con mi novio. Además, me hechiza el control remoto. Es, para mí, uno de los grandes inventos del siglo pasado. Me gusta cómo se siente en mi mano, me intriga la manera como interpreta mis deseos y, sobre todo, me seduce la idea de pasar de estar supervisando la crianza de una camada de leones en África a estar decidiendo de qué color pintar el apartamento de Monica y Rachel en Nueva York con sólo presionar un botón. Puedo vigilar la relación de Lana y Clark (bueno, no tanto la relación de ambos sino los abdominales de él) y en pocos segundos enterarme de cómo va el caso de Grissom. Mi control me hace sentir omnipresente y omnisapiente.Por eso me dolió tanto llegar de trabajar el lunes, tomar el control y no obtener la respuesta que quería. Pero no fue culpa del control. Fue culpa de cablealgo, mi proveedor de servicio de televisión por cable. Llamé y pedí una visita técnica y la parte de mí que todavía cree que es probable que exista Santa Claus le creyó a Natalie, la operadora de Servicio al Cliente, cuando me dijo que mañana me arreglarían el problema.

Pasé mi primera noche sin televisión en años. Casi no me duermo. Perdí la noción del tiempo y cuando al fin concilié el sueño, tuve pesadillas terribles. Me desperté echa un manojo de nervios e instintivamente estiré la mano para tomar el control y encender mi televisor pero recordé que sólo habría señal lluviosa en la pantalla. De todas maneras prendí la tele, esperando un milagro. Pero los dioses de la televisión por cable no me congraciaron con su venia milagrosa.

Me fui a trabajar y volví corriendo, convencida de que los rostros de mis viejos amigos me darían la bienvenida, mas no fue así. Llamé de nuevo a cablealgo y hablé con Sandra, quien me aseguró que mañana definitivamente vendrían a rescatarme de mis noches atelevisivas.

Otra noche sin que me susurrara al oído el Dr. Kovac. Dos días sin tele me empezaron a hacer mella y me sentí desorientada. Llegué de trabajar y encendí la tele, sólo para recibir el saludo de los puntitos negros que persiguen sádicamente a los blancos en un baile caótico y ruidoso que ocupa toda la pantalla. Me quedé mirando durante varios minutos y creo que entré en una especie de transe, del que salí furiosa. Llamé a cablealgo y hablé con Mauricio, a quien le expliqué mi penosa situación. Le dije que vivía sola, que por patético que sonara la tele era mi compañía, que mi gato estaba de mal genio porque siempre que salgo le dejo Animal Planet porque a él le gusta sentirse parte de la manada de tigres. y Mauricio, comprensivo y compasivo, me prometió que mañana vendrían a devolverle Animal Planet a mi gato y a mí.

Mauricio resultó ser un vil mentiroso, despiadado y cruel como los demás caprichos de la evolución que trabajan en cablealgo. Esas pesadillas darwinianas sin madre no conocen ni la piedad ni la eficiencia. Cuando llegué de trabajar el jueves llamé de nuevo y me contestó Sergio, a quien puse al tanto del engaño de sus compañeros. Me dijo que no podía hacer más por mí que los otros. Le indiqué que no podía hacer MENOS porque los demás no habían hecho NADA. Mi lógica no pareció descrestarlo ni a él ni a Sofi, a quien llamé luego y de quien recibí la misma promesa vacua. El viernes por la mañana amenacé con suspender mi suscripción y me fui a trabajar bajo los efectos del síndrome de abstinencia televisiva. Regresé a casa y suspirando oprimí el botón verde del control.y todo fue belleza, color y sonido, movimiento y felicidad. Escribo esta columna con la tele en el fondo. y esta noche soñaré en technicolor, probablemente con escenas frescas de Clark Kent sin camisa.

*PUBLICADA EL 19 DE AGOSTO DE 2007 EN MUNDO MODERNO

Manamania


Muppets Surveying Their Kingdom

Image by Joe Shlabotnik via Flickr

Fue mi error y lo reconozco. Estaba tratando de hacer algo en el computador y Matías tenía mamitis así que lo senté en mis piernas, abrí otra ventana en el navegador y puse YouTube. Me dije a mí misma que sólo sería un ratico y que no le haría daño, así que busqué una canción que me pareció apropiada para su edad, interpretada por alguien igualmente apropiado y elegí el cover de Los Muppets de la canción italiana Maná Maná (patí pitipi). A Matías le encantó y pude terminar de hacer lo que tenía que hacer sin mayores contratiempos.

Y entonces, traté de alejarlo del computador…pero ya era demasiado tarde. Estaba Manamaniaco.

Eso fue hace más de una semana y todos los días, a todas horas, canta Manamaná. Es lo primero que dice cuando se despierta y lo último que dice antes de dormirse a regañadientes. Nos tiene aleccionados: él dice Mana maná y todo contestamos patí pitipi. Esto ocurre alrededor de doscientas veces al día. De vez en cuando me dice –Manamaná camprurerr api tuntuntún- que, para quienes no dominan en Matíaspañol les diré que significa “mami, por favor abre la puerta, llévame al computador y ponme el video de Manamaná”.

Al principio me pareció hasta tierno, pero ya me tiene Manamamada.  Tanto que busqué ayuda en Internet y descubrí que eso de tener pegado una canción es una algo que se ha estudiado bastante. Recibe el nombre de earworm, algo así como gusano auditivo, y se describe como una especie de picazón cognitivo. No suena muy agradable que digamos, y además no saben por qué ocurre ni cómo eliminarlo. Algunos consejos incluyen reemplazar una canción con otra, oírla hasta hastiarse o reemplazarla por lo que llaman “ruido blanco”, como el sonido de la licuadora o una fuente o algo por el estilo.

De todas esas opciones la que más plausible me pareció fue la de reemplazar la canción, así que de nuevo acudí a YouTube y busqué canciones infantiles. Le puse la canción del Show de Xuxa, la canción del Elmo y el Payaso Pinpín . No funcionó. Ahora cantaba todo el día –Mana maná patipití ó ó  ó la la la la achís.

Este nuevo popurrí musical me tiene al borde de un ataque de nervios así que decidí que ayer no cedería y eliminaría la fuente de la adicción. Durante todo el día no dejé que se acercara al computador, no contesté cuando él iniciaba el coro y no permití que nadie más lo hiciera. El puchero y el drama no se hicieron esperar pero perseveré. Le hice títeres, le leí cuentos, bailamos, corrimos, lo saqué a pasear y le hice cosas ricas de comer. Hacia el final de la tarde, después de llantos y protestas, al fin pude distraerlo.

Estaba muy orgullosa de mí misma porque había empleado todas las técnicas Montessori que me enseñó mi mamá. Sintiéndome la Mamá de el Año, a mi esposo para darle la buena noticia.

Llegó al rato y no bien había cerrado la puerta cuando empezó a cantar –Mana maná, patí pitipi…

Parece que voy a tener que llamar a un exterminador.

 

*PUBLICADA EL 10 DE ABRIL DE 2011