Sólo mi madre


I Wanna Be Santa Claus

Image via Wikipedia

Recientemente, gran amigo que hizo un obsequio tan significativo como útil. Me regaló un lapicero para reemplazar el que perdí de manera traumática durante mi infancia -estén pendientes de la novela que saldrá pronto en donde se revelará los detalles de este incidente- y ayudarme así a sobreponerme a la pérdida y a mejorar mi escritura. Espero no defraudarlo y mejorar sensiblemente mis escritos ahora que no se anotan con un Kilométrico cualquiera. Yo creo que uno escribe mejor con lapicero cachaco porque piensa dos veces en lo que anota, queriendo siempre que lo fijado en el papel está a la altura de la tinta. Bueno, y del papel. Por eso me encantan los cuadernos bonitos, las libretas y las tintas y los estilógrafos y todo lo de papelería. Eso se lo heredé a mi madre.

Ella también es escritora. De hecho, me lleva un libro publicado de ventaja. Pero ahí voy detrás… ella fue la que me enseñó a cuidar de mis útiles escolares, sacándole punta de manera obsesiva a mis magi-color al punto que a mitad de año había que comprarme una caja nueva. Ella fue la que me introdujo al mundo de los portaminas cuando mis compañeras todavía tenían lápiz amarillo de borrador rojo. Creo que pocas otras niñas conocían en quinto de primaria palabras como Lamy y Mont Blanc. Mientras mis compañeritas se daban puños por el liquid paper, yo tenía lapiceros de tinta borrable, que además olía a menta. Tal vez por eso mis cuadernos estaban llenos de versos y autógrafos míos y de mi mamá en lugar de apuntes sobre los departamentos y hasta el sol de hoy sólo me sé 6. Pero no importa porque hoy en día tengo un autógrafo de ganadora de grammy y, al fin y al cabo, en los noticieros sólo aparecen noticias de los departamentos que me sé.

Tengo más obsesiones en común con mi mamá. Aparte del amor por los lapiceros, compartimos el amor por el chocolate. Sí, es cierto, mi mamá es la chocohólica original, quien me enseñó a formar la bóveda hermética para la distribución equitativa del chocolate derretido por el paladar y la lengua. De ella heredé, asimismo, el amor por el queso, el café y el té, lo que me convirtió en la única niña del colegio que preguntaba en la tienda si no tendrían un Liptons o que si le podían echar mozzarella a la arepa con queso o que si había café con leche que no fuera de greca sino recién molido. Nadie más que una hija criada por mi mamá habría llegado a la Tecnológica a pedir un espresso. Pero eso pasa cuando se es criada por una mujer que huele la diferencia entre café de greca y café fresco y a ojo sabe reconocer si es café Mariscal o Águila Roja.

Sólo una hija criada por mi madre amaría Los Vétales, porque hay un nivel de amor que sólo se cultiva con ver todos los días un disco de vinilo firmado por el mismísimo Ringo Starr. Sólo una hija criada por mi madre se sabría la letra de Yellow Submarine y Lucy in the Sky with Diamonds en vez de la del himno de Pereira y Risaralda. Y sólo mi mamá podía sonar tan convincente explicando que el Niño Dios emplea a Santa Claus porque en el norte cae nieve y hace frío (Santa tiene chaqueta, mientras que el Niño Dios está en pañales) como haciendo las veces de traductora omniparlante. Para los que no sepan, mi mamá es la traductora oficial de mi casa. Ella es la que oye que el loro dice frufruliprrrrrrr y nos informa que Roberto tiene hambre pero que quiere que le pelen la mandarina porque a él le da trabajo. Asimismo, ella cuándo el vocablo “ájaa” usado por mi sobrino significa Angela, naranja, bandera o ‘por favor tráeme un tetero pero que no esté muy caliente, y hazlo pronto porque tengo sueño’. Sólo ella sabe si los gatos tienen hambre, frío o crisis existencial porque cambiamos los muebles de lugar.

Sólo mi madre.

Feliz día, mamita. Gracias por todo.

La vida sin control (remoto)


Tom Welling as Superman/Clark Kent.

La mejor manera de tener dulces sueños...

Me encanta la televisión. Es parte de mi identidad, de mi formación, de mi capital cultural. Me gusta conversar televisión con mis hermanas, me gusta dormir televisión con mi gato, me gusta comer viendo televisión con mi mamá y mi papá y me gusta ignorar televisión con mi novio. Además, me hechiza el control remoto. Es, para mí, uno de los grandes inventos del siglo pasado. Me gusta cómo se siente en mi mano, me intriga la manera como interpreta mis deseos y, sobre todo, me seduce la idea de pasar de estar supervisando la crianza de una camada de leones en África a estar decidiendo de qué color pintar el apartamento de Monica y Rachel en Nueva York con sólo presionar un botón. Puedo vigilar la relación de Lana y Clark (bueno, no tanto la relación de ambos sino los abdominales de él) y en pocos segundos enterarme de cómo va el caso de Grissom. Mi control me hace sentir omnipresente y omnisapiente.Por eso me dolió tanto llegar de trabajar el lunes, tomar el control y no obtener la respuesta que quería. Pero no fue culpa del control. Fue culpa de cablealgo, mi proveedor de servicio de televisión por cable. Llamé y pedí una visita técnica y la parte de mí que todavía cree que es probable que exista Santa Claus le creyó a Natalie, la operadora de Servicio al Cliente, cuando me dijo que mañana me arreglarían el problema.

Pasé mi primera noche sin televisión en años. Casi no me duermo. Perdí la noción del tiempo y cuando al fin concilié el sueño, tuve pesadillas terribles. Me desperté echa un manojo de nervios e instintivamente estiré la mano para tomar el control y encender mi televisor pero recordé que sólo habría señal lluviosa en la pantalla. De todas maneras prendí la tele, esperando un milagro. Pero los dioses de la televisión por cable no me congraciaron con su venia milagrosa.

Me fui a trabajar y volví corriendo, convencida de que los rostros de mis viejos amigos me darían la bienvenida, mas no fue así. Llamé de nuevo a cablealgo y hablé con Sandra, quien me aseguró que mañana definitivamente vendrían a rescatarme de mis noches atelevisivas.

Otra noche sin que me susurrara al oído el Dr. Kovac. Dos días sin tele me empezaron a hacer mella y me sentí desorientada. Llegué de trabajar y encendí la tele, sólo para recibir el saludo de los puntitos negros que persiguen sádicamente a los blancos en un baile caótico y ruidoso que ocupa toda la pantalla. Me quedé mirando durante varios minutos y creo que entré en una especie de transe, del que salí furiosa. Llamé a cablealgo y hablé con Mauricio, a quien le expliqué mi penosa situación. Le dije que vivía sola, que por patético que sonara la tele era mi compañía, que mi gato estaba de mal genio porque siempre que salgo le dejo Animal Planet porque a él le gusta sentirse parte de la manada de tigres… y Mauricio, comprensivo y compasivo, me prometió que mañana vendrían a devolverle Animal Planet a mi gato y a mí.

Mauricio resultó ser un vil mentiroso, despiadado y cruel como los demás caprichos de la evolución que trabajan en cablealgo. Esas pesadillas darwinianas sin madre no conocen ni la piedad ni la eficiencia. Cuando llegué de trabajar el jueves llamé de nuevo y me contestó Sergio, a quien puse al tanto del engaño de sus compañeros. Me dijo que no podía hacer más por mí que los otros. Le indiqué que no podía hacer MENOS porque los demás no habían hecho NADA. Mi lógica no pareció descrestarlo ni a él ni a Sofi, a quien llamé luego y de quien recibí la misma promesa vacua. El viernes por la mañana amenacé con suspender mi suscripción y me fui a trabajar bajo los efectos del síndrome de abstinencia televisiva. Regresé a casa y suspirando oprimí el botón verde del control…y todo fue belleza, color y sonido, movimiento y felicidad. Escribo esta columna con la tele en el fondo… y esta noche soñaré en technicolor, probablemente con escenas frescas de Clark Kent sin camisa.

*PUBLICADA EN AGOSTO DE 2007

Emilio todo lo sabe


Emi

Mi mamá ha hecho lo posible para que mi sobrino tenga un ego saludable. Cada que Emilio dice que no puede hacer algo, mi mamá –y la mamá de Emilio- lo corrigen diciendo “claro que puedes porque Emilio, todo lo puede”. Esta es una lección importante que, de calar, seguramente será la clave del éxito de mi sobrino, que es el niño más hermoso y brillante del planeta (oigan, no soy juez de Miss Universo, yo sí puedo ser todo lo parcial que yo quiera). El plan de mi mamá, por brillante que suene, parece no estar funcionando. Eso quedó claro el otro día cuando Emilio dijo que no podía abrir la puerta del carro y mi mamá empezó a decir “Claro que sí porque Emilio todo lo…” interrumpió mi madre, para darle a él tiempo de completar la frase. “¡Sabe!” contestó mi sobrino, confiado en la certeza de su respuesta. Así es, “Emilio todo lo sabe” se ha convertido en el nuevo lema de mi sobrino, quien a sus dos años y medio cree haber desenmascarado todos los secretos del mundo.

Y puede que sea así.

En su vida no hay misterios, no hay dudas, no hay vacíos conceptuales. Él sabe dónde puede y no hacer pipí; quién le da (generalmente, yo) y quién le niega galletas; quién se ensucia con él (de nuevo, generalmente yo) y quién lo limpia cuando se ensucia; dónde quién ir cuando está lastimado y a quién hacer ojitos cuando necesita un cómplice para alguna necedad (sí, han adivinado, de nuevo soy yo). Él tiene la vida resuelta y por ello camina por el mundo con el andar certero de quien tiene fe absoluta en inquebrantable en sí mismo. Y les confieso… ¡me da una envidia!

Últimamente, me he esforzado por recapturar esa sensación, pero sólo logro recordar vagamente y quedo con la inequívoca sensación de pérdida, esa sensación que a uno lo invade cuando uno se da cuenta de que el billete de 20 mil que uno sabe que tenía en el bolsillo ya no está, pero no recuerda qué hizo con él. Algo en mí aun retiene partículas de la certeza mágica que me acompañó de niña en esa época en la que lo tenía todo bajo control, cuando era absolutamente lógico que los juegues los traía el Niño Dios, el jefe de Santa Claus, el Ratón Pérez y el viejito de la Temible Bolsa Negra –que, pare quienes no tienen una madre obsesivamente ordenada, era un viejito que pasaba con una bolsa de la basura y se llevaba todos los juguetes que no estuvieran en su sitio. Volar y respirar debajo del agua eran destrezas que yo poseía, si bien no había perfeccionado. Yo no creía, SABÍA que yo podía hablar con los animales y los juguetes, que todo se podía levantar con la ayuda de una capa fabricada con una toalla vieja y que los mostros no sólo existía, sino que vivían debajo de mi cama y en mi clóset y se espantaban con la linterna que me regaló mi papá que era especial para disolver mostros (no es un error, se dice MOS-TROS) y arañas y el temor de ir al colegio por las mañanas. Esa linterna era una maravilla, ahora que lo pienso. Yo sabía que la linterna funcionaba, así como estaba segura de que si le sacaba la lengua a mi mamá, se me iba a secar  y caer y no podría volverá comer paleta. Mi mundo funcionaba, yo tenía todas las respuestas. Y después… deje de saber y empecé a conocer y ahí se vino todo cuesta abajo.

Conocí el concepto de lo imposible y de repente, mis amigos imaginarios ya no querían jugar conmigo. Aprendí sobre la física y ya volar no se me hizo tan fácil. Empecé a ver noticieros y cambié los mostros por los monstruos, y contra esos no hay linterna que valga. Durante muchos años olvidé lo que era saber todas las respuestas, pero Emilio, que todo lo sabe como alguna vez todos lo supimos, me volvió a enseñar. Y a él no se lo voy a dejar olvidar.

 

*PUBLICADA EL 1 DE JUNIO DE 2008