El precio del voyerismo fotográfic


Lorde en la portada de Billboard. Ella posó para esta foto.

Lorde en la portada de Billboard. Ella posó para esta foto.

Recién descubrí a Lorde, la cantante neozelandesa que fue elegida por los actuales miembros de la agrupación Nirvana para cantar durante su ceremonia de inducción al Salón de la Fama del Rock ‘n Roll (vea el video aquí). Su voz melancólica y profunda me cautivó al instante y, si bien las letras de sus canciones son un poco existenciales para mi (sí, aún para mi, así que ya se imaginarán) quedé tan descrestada con la joven que decidí seguirla en Twitter (@lordemusic). Hace unos días, leí el siguiente trino: “Me niego a seguir siendo cómplice y me niego a ser pasiva cuando hay hombres que sistemáticamente me someten al miedo extremo”.
Este trino es uno de varios que ha publicado la cantante acusando explícitamente al paparazzo Simon Runting, también de Nueva Zalenda. En un trino incluye una foto que ella le tomó a él y otros en donde publica hipervínculos al perfil de Runting en Facebook y a otras fotografías que él ha tomado de estrellas como Rihanna. Una y otra vez, Lorde dice tener miedo y estar harta.
Pero eso no ha hecho que Runting se detenga, y él dice que lo hace porque existe un interés público por tener imágenes de esta niña.
Yo discrepo.
Una cosa es una figura pública y otra cosa es una persona que ha elegido vivir de realizar espectáculos que se transmiten para el público. En el primer caso, entiendo lo del interés público. Si, por ejemplo, un congresista que se opone fervientemente al matrimonio entre homosexuales es sorprendido con otro hombre, quiero saber. Si, por decir cualquier cosa, el presidente de un país está teniendo una relación extramatrimonial con la juez encargada de decidir sobre el caso en el que está involucrado un familiar suyo, la gente merece estar al tanto. Pero si una cantante salió de su casa sin maquillarse, ¿realmente es de mi incumbencia? Creo que no.
Entiendo que existe una relación simbiótica entre artistas y fotógrafos porque para volverse famoso hay que salir en los medios y muchas celebridades posan dichosas para las cámaras y ansían ver sus rostros en las revistas y en los conteos de mejor y peor vestidos. Pero no todos aprecian tal invasión de su privacidad, y sobre todo en el caso de Lorde, que es una niña, menor de edad, debería haber algún tipo de control. Estamos hablando de un hombre adulto que persigue una niña para tomarle fotos sin su consentimiento con el fin de lucrarse de ellas. ¿No se les hace casi pornográfica la cosa? Como mínimo es moralmente cuestionable.
Pero en últimas, ni Runting ni Lorde tienen el poder de detenerlo. El poder lo tiene la gente que compra las revistas en donde aparecen las imágenes de celebridades tomadas por paparazzi. Si dejan de comprar, dejan de ser valiosas. Así que la pregunta real de hoy es ¿cuánto está dispuesto a pagar por su entretenimiento? Si el precio es la seguridad de una niña, tal vez deba considerar un buen Sudoku.

 

*Esta columna apareció en el diario La Tarde bajo el nombre Confieso que he leído un “trino” de Lorde el domingo 18 de mayo de 2014.

En la mira y quienes miran


PUBLICADA EL 2 DE FEBRERO DE 2010

Mucho revuelo causó esta semana la noticia generada en las oficinas del banco Macquarie Private Wealth de Sydney, más específicamente la pantalla del computador de uno de los empleados, David Kiely, quien disfrutaba de las hermosas curvas de una modelo ligera de ropas al tiempo que un colega suyo daba una entrevista televisiva. Las cámaras del programa registraron todo, desde la modelo semi-viringa hasta la cara de preocupación de David cuando se dio cuenta de lo sucedido. El video terminó en Youtube, como era de esperarse, y fue visto más de 200,000 en menos de una semana y el incidente dividió a los australianos en dos bandos: los que pedían la cabeza de David y los que, encantados con ver el lado humano de los banqueros, clamaban por perdonarlo. Incluso un portal de finanzas (news.hereisthecity.com) se unió y puso una página titulada “Salven a Dave” para que la gente enviara mensajes electrónicos a la gente del Banco.

Dejemos a Dave a un lado por un momento y enfoquémonos hacia el que estaba haciendo algo discutiblemente indebido pero con la expectativa de privacidad. Recuerden que hace poco en el país tuvimos una serie de incidentes relacionados con imágenes de blackberrys, fotografías de dibujos elaborados en el revés de los individuales de los restaurantes y grabaciones de teléfonos chuzados. No disputo que tengan valor social y noticioso dichos contenidos, pero  pregunto ¿a qué horas puede un ser uno mismo?

Fíjense por ejemplo en la película “Danzando con Lobos”. Fue todo un éxito pero si los indígenas hubiesen encontrado a Kevin Costner cinco minutos antes, el filme se habría titulado “Limpiando con hojas”. Lo que quiero decir es que todo depende del momento en el que te atrapen. El humano promedio tiene ratos buenos y malos. Algunos son muy afortunados y hay una cámara a la mano justo cuando ayudan a una viejita a pasar la calle o le regalan un juguete a un niño o rescatan un gato de un edificio en llamas, y otros son de malas y la hay cuando escupen en el andén, se acomodan los calzoncillos o se escarban la nariz. Todos hemos hecho cosas heroicas y de vez en cuando cosas que preferiríamos mantener en secreto –o en discreto- y nadie sale ganando cuando señalamos a alguien porque fue público su comportamiento privado.

El incidente terminó del banco se resolvió favorablemente para todos: Dave  pudo conservar su puesto; la modelo Miranda Kerr es ahora más popular; la revista GQ, que es la que tiene las dichosas, aumentó sus ventas; y hasta el Banco obtuvo un montón de publicidad gratis.

Pero en medio de todo no puedo evitar pensar un poco en George Orwell y su Gran Hermano (¿pensaron que el original era el de la tele). Tal vez hemos llegado a ese punto en el que siempre estamos vigilados por alguien. En ese caso, me parece que a Gran Hermano le falta un poco de sentido del humor.