Espera y desesperación


Matías está próximo a nacer. Ya me entró el ‘tuto y como siempre ante el temor a lo desconocido, recurro a la sobreinformación. He buscado y leído mucho sobre qué esperar del parto debo confesar que estoy aterrada porque he dado con consejos irrisoriamente inútiles.

En un libro que me regalaron sugieren: “para amenizar el parto, la parturienta debe empacar juegos sociales; para celebrar luego no olvidar llevar una botella de champán, pero sobre todo recordar llevar sus implementos de aseo y maquillaje”.

Empecemos, por favor, por la palabra ‘parturienta’, que si bien es semánticamente acertada ¡suena horrible! Suena a algo que uno se gritaría en un trancón: “¡quite de ahí, parturienta piernipeluda!”. No suena a maternidad Disney, precisamente, así que ya de entrada en un libro que me dicen que soy una parturienta me siento ofendida.

Pero sigamos con el cuento de los juegos sociales. No sé en qué están pensando estas señoras o qué programa de Discovery se vieron en donde las mujeres tienen tiempo, ganas o neuronas desocupadas suficientes para entablar un juego de mesa entre contracción y contracción, pero salvo que exista algo que se llame “jaque, mate, puje”, no estoy interesada. Es más, yo creería que quien se atreva a pasarle un par de dados a una mujer en trabajo de parto necesitará una rectoscopia de urgencia.

Abordemos ahora el detalle del champán. Pasemos por alto en principio el que están recomendando llevar una botella de vidrio con corcho volador a un recinto en donde va a haber un recién nacido y prefiramos ignorar que la parafernalia de las copas sólo añadiría más elementos peligrosos a la ya volátil mezcla de medicina y festejo. Fijémonos únicamente en el detalle de que una mujer que acaba de tener un bebé no debe consumir alcohol. Aquí sólo hay dos posibilidades: que creen que la mamá es una alcohólica empedernida y que no le importa la salud de su bebé o que suponen que el papá es un cretino que llevaría trago a semejante ocasión y en ambos casos, estamos hablando de gente que llevaría Tequimón o aguardiente amarillo y no champán.

Finalmente, el detalle del maquillaje. En el libro dicen que es para que a la mamá no se le ahonde la depresión postparto al verse fea en las fotos que le tomen después del parto. ¿A quién engañan? Si uno tiene que expulsar una cosa del tamaño de una sandía por una abertura del tamaño de un limón, no hay base suficiente en el mundo para hacer que uno luzca como si nada. Y, aquí entre nos y sin juzgar a nadie, ¿no está uno lo suficientemente preocupado con detalles bobitos como si el bebé nació completo y ojo se me lo llevan como a esa pobre señora en el noticiero? Porque el detalle de que se me ven las ojeras me parece un poco trivial en comparación.

¿Ven por qué estoy preocupada? Si estos son los consejos que dan para el parto ¿cómo serán los que dan para manejar adolescentes?

PUBLICADA EL 15 DE NOVIEMBRE DE 2009 EN MUNDO MODERNO

De parte y parto


PUBLICADA EL 21 DE DICIEMBRE DE 2009

Mi cuñado Andrés, más conocido como el papá de Emilio, proviene de una familia numerosa y cuenta que una vez alguien llamó a perpetuar la costumbre de ofrecer un niño, a lo que él contestó “no, muchas gracias, aquí ya hay muchos” y colgó. No he dejado de pensar en esa anécdota todos estos días en los que yo he llamado precisamente a ofrecer lo mismo: un niño. MI niño. Matías. Esta es, entonces, una columna de ofrecimiento, pero ojo que la oferta es por tiempo limitado y está buenísima.

Lo digo porque este bebé no es como los demás. Varias personas totalmente neutrales están de acuerdo: mi papá, el papá de Matías, el tío y la tía de Matías, mis tías y mi ginecólogo (aunque, para ser justos con el Dr. Correa, en el momento de decírmelo creo que tenía mi vejiga en una mano, un escalpelo en la otra y el anestesiólogo le acababa de decir que no podían darme más epidural para callarme). El caso es que es El Niño Más Lindo del Mundo. Sigo buscando algún tipo de asociación acreditada internacionalmente que otorgue el título de manera oficial, una especie de Míster Baby Universe o algo, pero he tenido suerte.

Ustedes dirán que exagero como toda nueva mamá, créanme que mi bebé no babea como los demás: babea como saboreando la vida. Y no hace bizcos como los demás: hace bizcos como queriendo adoptar una perspectiva diferente. Y no balbucea como los demás: mi bebé tiene balbuceo bilingüe.

Me enamoré desde el instante en que lo vi.  Le hablé y me estiró la manito y me cogió el dedo. Les digo que es de los momentos más lindos que he vivido. Siquiera porque ese momento llegó luego de varias horas de intentar infructuosamente de inducirme el parto a punta de drogas (los médicos) y ataques de risa (mi marido, mi mamá y mi hermana). Nada dio resultado y luego de 6 largas horas tenía más dilatada la pupila que, bueno, que lo que tenía que dilatar, así que optaron por entrar por el bebé.

El momento Kodak que les describí tuvo lugar justo antes de oír que un médico le decía a otro “algo no cuadra”. Yo, digna hija de un ingeniero mecánico, dije el tono comprensivo “¿Les sobraron partes? Frescos, a mí me pasó lo mismo armando la cuna de Matías”. Pero mi comprensión no pareció aliviar la tensión y el ambiente en el quirófano se puso más tenso que marrano de engorde el 23 por la noche. Entonces dije “si no les molesta mucho la estética de motel, pongan un espejo en el techo y yo les ayudo a acomodar las cosas”, pero este comentario tampoco los relajó. Finalmente hubo un “¡ajá!” de parte de alguien con tapabocas (a propósito, creo que los tapabocas no son para prevenir el contagio sino para evitar la identificación en caso de un pleito) y al poco rato olí a quemado. Pensé que me estaban haciendo un tatuaje con un código de barra pero al parecer es parte del procedimiento. El caso es que al poco tiempo tuve a mi bebé en mis brazos. Lo que pasó después es tema para la próxima columna.