Mi lista para Santa


A Danish Christmas tree illuminated with burni...

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Tutaina tuturumá… Llegó diciembre. Oficialmente ha empezado la temporada navideña. Claro que los centros comerciales ya están poniendo renos como desde marzo, pero en mi familia somos decentes y contenemos el espíritu navideño hasta diciembre, así que ya puedo empezar a tener sonrisa villancillesca. Amo la navidad, siempre la he amado, y este año va a tener más magia aún gracias a las adiciones a la familia, es decir, mi esposo y mi sobrino. Emilio ya había nacido el año pasado, pero todavía estaba en la fase que tienen los bebés recién nacidos que parecen rodillas y no hablaba ni hacía nada interesante. Era lindo, no me malinterpreten, pero era… bueno, aburrido. Pero este año ya va a ser fantástico. Como verán, estoy súper entusiasmada. Tanto que ya redacté mi carta a Santa con el inventario de comportamiento y la lista de regalos. La comparto con ustedes por si a alguien le sirve el modelo.

Dice así:

“Querido Santa; Antes que nada, gracias por los regalos del año pasado. Algún día, seguramente, me será útil el libro “Cómo sobrevivir en una isla desierta” algún día. Tal vez después de sobrevivir en una isla desierta me sirva la camisa tres tallas más pequeña que me diste. Pero no hablemos de pasado. Este año fui una niña buena. No le mentí a la DIAN, aunque sí a la secretaría académica. Boté las notas de algunos alumnos y me tocó inventármelas, pero creo que todos están felices porque a todos los hice pasar la materia para que no alegaran. No sé si le hice mucho daño al mercado laboral, porque francamente hay unos trogloditas que ni te imaginas. Pero en fin… Aparte de eso, estuve juiciosa en la dieta, pero la dañé en el matri y todo ha ido en picada desde entonces. Pero me pondré juiciosa de nuevo, lo prometo. Además, fui buena hija (le dije a mi mamá que estaba hermosa casi todos los días y a mi papá le dejé ‘tanqueado’ el carro una vez) y buena hermana (les presté mi ropa a mis hermanas casi sin alegar) y buena nieta (llamé a mi abuelito Óscar casi todos los días). Fui medianamente buena tía (está bien, todavía no logro lo de los pañales, pero le canto y ya no me da asco sostenerle el chupo). Dado lo anterior, quisiera pedirte unas cositas de Navidad, que espero no sean mucha molestia.

Quiero un helado que derrita la celulitis

Un carro que arranque en tercera

Un celular que no sólo tenga identificador de llamada, sino identificador de intenciones.

Gafas oscuras que no sólo prevengan las arrugas, sino que las borren.

Una cobija con temperatura dual graduable que tenga un lado más caliente que otro.

Un clóset con estación meteorológica

Zapatos de tacón graduable

Gomina con tapa-canas (no es que la necesite…)

Un Reloj que dé la hora y diga para qué necesito saber la hora

Un Libro de cocina con tópicos de conversación apropiada para todo tipo de ocasión: primera cena con los jefes del marido, primer almuerzo con tu suegra, primer algo de casada con las tías, etc.

Un Televisor con decodificador y localizador de mal diálogo y ubicador automático de Bruce Willis

Un teléfono inalámbrico que pueda llamar otros objetos, como las llaves, la cartera, la agenda, etc.

Un espejo con carta cromática que ayude a combinar la ropa

Un ambientador aromaterapéutico sensible a mi estado de ánimo

Con esas cositas quedo contenta. Las buscaré debajo del árbol.

Gracias de nuevo y hablamos el año entrante.

Atentamente, Angela”

 

* PUBLICADA EN DICIEMBRE DEL 2007

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Qué dar de Navidad


christmas 2007

A repartir regalos...

Les confieso que este año me demoré un poco en comprar los regalos. Preocupada porque el 24 se acerca con la velocidad que caracteriza aquello que tememos, decidí buscar en Internet una ayudita. Ahora con las comodidades del comercio electrónico estaba segura de poder hallar los regalos perfectos para toda la familia.

Empecé por los hombres. Siempre me ha parecido más difícil darles regalos a los hombres, por lo que supuse que la red me ofrecería un sinfín de ideas útiles. Quería sugerencias porque estaba cansada de darles corbatas y lociones a todos, así que tecleé “regalos para hombres” en Google y, bueno, los resultados me tienen un poco abrumada. No sé qué escoger. Para mi esposo, por ejemplo, estaba pensando que sería memorable darle un paquete “007” a la venta. El sitio TheBlueFish.com ofrece una experiencia única por la módica suma de 75 mil dólares en la que uno se puede ir y quedar en la suite del hotel que se usó para rodar varias escenas de la más reciente aventura de Bond, y además tener lecciones de conducción privadas a cargo de un corredor de Fórmula Uno (no dicen quién). El paquete viene además con persecución en lancha, secuestro tipo ‘Octopussy’, cena en Moscú seguida por un tour privado de las instalaciones del Kremlin y la Base Aérea Zhukovsky para recibir entrenamiento básico en un jet militar. Nada mal, considerando que mi esposo siempre quiso ser espía, y hasta tiene una gabardina tipo Resistencia Francesa que podría usar para el viaje…

Mi papá, en cambio, ama el mar, por lo que creo que disfrutaría el viaje de ExtravaGift.com , que ofrece una expedición submarina para ver el Titanic. Sólo cuesta 37 mil dólares… pues, y ya que estamos en esas, le puedo encimar algo de propiedad raíz fuera de este mundo. Por nada más que 32 dólares, una ganga, le puedo comprar una parcelita en la luna en LunarRegistry.com. Dicen que le mandan el título de propiedad por correo y uno nunca sabe cuándo La Tierra se vuelva simplemente demasiado mundana para alguien tan hiperactivo como mi padre.

Y hablando de vacaciones, en la red vi algo que también me pareció lindo para mi mamá. En vladi-private-islands.com uno se puede comprar un juego de tres islitas de casi 5 kilómetricos cuadrados por 9 millones de dólares cada una. Me gusta sobre todo la L’Isle du Nord que viene con su propia villa y todo. Además, hay un viñedo que produce 228 mil botellas de vino cada año. No necesita sino convencer a uno de los habitantes de la villa para que le haga masaje y mi mamá queda feliz. ¿Se imaginan? Playa para uno solo para que nadie le critique el bikini y un par de botellitas de vino al día… suena bastante tentador.

A Pilar, mi hermana menor, que le encantan los animales, le puedo regalar una girafita. Cuesta apenas 17 mil dólares y podría vivir en la finca y jugar con los gaticos y perritos que tenemos. Lina, en cambio, disfrutaría un vestido de Inno Sotto de unos 40 mil dólares para jugar con Emilio en el prado. A mi cuñado le podría dar un cañón de la Segunda Guerra Mundial. Le encanta la historia militar, así que seguramente le parecería una ganga el cañón de Iwo Jima por 275 mil dólares. Se vería tan lindo en la sala de la casa. Sale con los muebles y todo.

Como verán, hay mucho de dónde escoger. Todos estos artículos se ofrecen como los regalos de Navidad perfectos, pero antes de sacar la tarjeta de crédito recuerden que lo más importante de los regalos de Navidad es poderlos pagar antes del Día de la Madre. Felices fiestas.

Las vacaciones de antaño


Navidad

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Se acercan las navidades, época nostálgica por excelencia. Este año en particular, la nostalgia me dio por las vacaciones.

Ahora, en otros países del mundo y hasta en otras partes de este país, las vacaciones podrán significar muchas cosas, pero en el Eje Cafetero significan una sola cosa: temporada en la finca.

Eso del mediterrané y los viajes a Cancún se verán en otras latitudes, pero para nosotros las vacaciones son en finca. No siempre en finca propia, valga la aclaración, pero familia calentana que se respete tiene, si no su terruño en las afueras, por lo menos un pariente que tenga.

El caso es que los recuerdos de mi niñez están plagados de escenas que seguramente se repetían simultáneamente entonces y están ocurriendo ahora mismo en cientos de fincas de recreo en todos los lugares de Colombia en donde haya potreros.

Ustedes recuerdan esos días. Eran los días en los que salirse de la piscina, siquiera por una hora para digerir bien el almuerzo, era una tortura. La piscina era el corazón de las vacaciones. Para empezar, los juegos de nado sincronizado, Marco Polo, escondite acuático, muestra de clavados y carreras (en modalidad con y sin relevos) tenían lugar allí. Además, el agua de piscina era esencial para hacer sopa de hojas de árbol de croto, té para beber en el juego de tacitas que trajo el Niño Dios y nos daba excusa para evitar bañarnos con agua fría. No hagan esa cara, el agua fría también eran parte de las vacaciones. Aún hoy no sé si era que no había calentador o si por ser niños no clasificábamos a agua caliente, pero no recuerdo una sola ducha de la que no saliera con los dedos azules.

Pensándolo bien, las duchas frías podían ser consecuencia de otra parte inexorable de las vacaciones: las insoladas. Mis hermanas, bendecidas por la genética con la suficiente melanina como para desarrollar piel bronceada que no se caía a pedazos como una variación solar de lepra, se echaban a tostar untándose sólo ungüento hechizo que no era más que aceite Johnson con una astilla de canela. Yo, en cambio, salía a enfrentarme al sol con una armadura helio-impenetrable que constaba de cachucha, camiseta y varias capas de protector solar de consistencia similar a la plastilina. Pero no importaba cuán armada saliera, el sol siempre ganaba y yo siempre terminaba como un camarón, por lo que cada noche traía consigo el ritual del baño de leche, pero de leche de magnesio Philips.

La  leche de magnesio podía ser lo primero que empacaba mi mamá, pero no era lo único. La ancheta farmacéutica la completaban el mertiolate, que era indispensable para los raspones en las rodillas de aprender a usar los patines en línea; el caladryl, porque eso de que uno desarrolla repelentes naturales después de un tiempo no funciona; sal de frutas, porque hay parientes que se ponen de creativos a intentar nuevas recetas con comida de mar comprada en una cigarrería en Santágueda; y, por supuesto, Menticol, que servía para todo lo demás.

Ah, el Menticol, ambientador de los show de magia, las comitivas, los juegos de escondite en vestido de baño, los globos, las idas a pescar, las matadas de marrano, los juegos de Lulo y Tute que duraban tres días y los maratones de mímica en los que todos hicimos trampa.

¿Se acuerdan de esos días? Eran los que olían a Menticol, sabían a cloro y sonaban a navidad.

Un sufragio para lo sagrado


christmas 2007

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No se dejen confundir por el título de esta columna. Ya sé que parece puro encabezado de tesis de doctorado de filosofía, pero no se preocupen. No tengo intenciones de ponerme profunda en el último fin de semana antes de la navidad.

O, bueno, sí. Lo que pasa es que esta semana ha estado llena de noticias que me han hecho pensar –muy a pesar de mis deseos de dejar descansar a mis neuronas- sobre la naturaleza de lo que consideramos sagrado, sacrosanto o hasta ‘fuera de límites’ para ciertas cosas. Puntualmente, empecemos por la controvertida portada de la edición mexicana de Playboy. Obvio, no esperaba encontrar una foto de la Madre Teresa en Playboy, pero me tomó un poco de sorpresa ver a la Virgen María.

Ahora, no es este el espacio apropiado para debatir sobre la virginidad de La Virgen, pero las reacciones que suscitó la modelo María Florentina Onori escasamente cubierta con un velo fueron enfáticas y multitudinarias, tanto que la empresa emitió una disculpa pública en donde señalaba que no querían ofender a nadie. El problema, a mi juicio, es precisamente ese: pensaron que nadie se iba a ofender. Y, ¿por qué habrían de pensarlo? Si en realidad, cada vez son menos las cosas que nos ofenden, o al menos así parece.

Irónicamente, mientras en México se indignaban por la desnudez de la Virgen, en Francia se lucraban con la de la Primera Dama. Una foto de los Primeros Senos (jaja), es decir, los de Carla Bruni– Sarcozy, había sido utilizada como forro en una línea de carteras,  lo que provocó la ira presidencial y obligó a los fabricantes a pagar una millonaria suma compensatoria. Apuesto que nunca se imaginaron que Carla Bruni y la Virgen María compartirían titulares sobre la desnudez…

Pero el escote de Madame Sarcozy no ha sido el único blanco presidencial esta semana. Algunos recordarán la escena del saliente presidente estadounidense George W. Bush esquivando un par de proyectiles esta semana. Para los que no vieron, un periodista iraquí le lanzó sus zapatos al viejo “W”, pero él fue más rápido. Sin embargo, tantos quedaron con las ganas de verlo zapateado que ahora han lanzado un videojuego en donde uno le apunta a Bush y le lanza zapatos.

No es que los senos ni los videojuegos en los que se burlan de los presidentes me parezcan de por sí escandalosos, pero las anteriores noticias combinadas con la de que Scarlett Johansen ofreció un kleenex usado por ella en eBay -y que alguien haya ofrecido varios miles de dólares por él- sí me escandaliza un tris.  No tanto por el precio, sino porque haya alguien que quiera pagar por tener un pañuelo facial lleno de mocos, así sean de famosos. ¿Qué tan bajo hemos llegado? ¿Qué hacemos dándonos de navidad carteras con fotos de primeras damas desnudas y kleenex usados?

No quiero ponerme demasiado profunda (aunque en esta época es inevitable) pero recuerdo una época en la que teníamos a quién admirar y siento que las nuevas generaciones carecen de héroes, heroínas, dioses y diosas.  Les parecerá ingenuo pero de repente siento que necesito una dosis de Snoopy, volver a creer en el Niño Dios, en las hadas y en los caballeros de armadura brillante. Creo que todos necesitamos aprovechar estas vacaciones para atiborrarnos de películas con final feliz y cuentos en donde los buenos ganan… tal vez esto nos ayude a lidiar con lo que nos traerá el año nuevo.

*PUBLICADA EL 25 DE DICIEMBRE DE 2009

La infancia Cacú-ada


PUBLICADA EL 8 DE ENERO DE 2011

Recuerdo con nostalgia aquellas navidades en las que a uno le traía juguetes el Niño Dios (o los Reyes, o Santa Claus o quien sea). La verdad es que la navidad pierde algo de su magia cuando los regalos se tornan prácticos porque significan que el oficio de uno ya no es jugar. Los juguetes son la herramienta de la infancia, los utensilios con los cuales se construye el juego que es el meollo de ser niño.

Debe ser por eso que estoy tan preocupada por los juguetes que he visto anunciados últimamente, especialmente los que son para niñas.

No sé si hayan visto los avances que se han logrado en la tecnología de juguetes pero ahora hay juguetes que lloran, ríen, toman tetero, les sube fiebre y hacen de todo. La mayoría de ustedes pensarán que son inofensivos, pero hay un juguete en particular que se llama Cacú que, para ponerlo en términos amistosos, da del cuerpo. Es decir, da de su cuerpecito de caucho genera desechos. Mejor dicho, el juguete caga.

Varios aspectos de este muñeco me molestan, aparte del estético obvio. El primero es que alguien, en alguna reunión de alguna empresa de quien sabe qué lugar del mundo, pensó que el popó era divertido, que era algo con lo que se juega, que era algo que una niña sueña con manipular.

Lo segundo que me molesta es que la ciencia detrás de lograr que un muñeco produzca una hez debe ser bárbara. La imagen mental de un científico, dotado de la consabida bata y los lentes imperdonables, debió haber trabajado arduamente en fabricar una sustancia que luzca como excremento. El clímax de su logro debió haber sido de película, cuando al fin, con coros de ángeles de fondo, el científico gritó –¡Eureka! ¡Cacú cagó!. Yo habría dado cualquier cosa para oírlo llamar emocionado a su madre para contarle que al fin, a pesar de las dificultades, a pesar de los escépticos y los burleteros, él había hecho lo nadie había hecho antes. Probablemente me habría cacú-ado de la risa.

Pero aparte de estos dos aspectos, hay un tercero que ya es en serio y es que se está equiparando la maternidad con un juego y la niñez (de las niñas) con la maternidad. Después de décadas de la Barbie que se niega a casarse, puede elegir cualquier profesión, tiene un carro espectacular, un apartamento de lujo y cuanto Ken se le antoja, estamos retrocediendo a pasos agigantados.

Si se fijan verán que Simposio de la Adolescencia que se respete habla del problema de las madres adolescentes, de los peligros para madre e hijo cuando la distancia cronológica entre ambos es poca y de cómo evitar la epidemia. A ver… ¿qué tal si dejamos de empezar a entrenar a las niñas para la maternidad desde los 4 años? ¿qué tal si dejamos de pintar el cuidar de un bebé como algo tan fácil y divertido como jugar a la escuelita? Porque seamos sinceros, y lo digo con conocimiento de causa, cuidar un bebé no es juego de niños.