Abrebocas para un abreojos


Tal vez sea porque recién cumplí años o porque acabo de llegar de unas vacaciones mágicas o porque mi profesora acaba de perder una pelea que tuvimos hace 22 años, pero esta semana parece que veo el mundo con ojos nuevos.

 

Les cuento de la pelea primero. Estábamos en clase de Ciencias Naturales y yo dije que en el espacio tenía que haber tormentas. Me gané un regaño y creo que un cero pero resulta que han descubierto una nube que contiene el reservorio de agua más grande del universo, con una masa 140 billones de veces la cantidad de agua que contiene todos los océanos de la Tierra, y cerca de la galaxia 3C303 (los astrónomos tienen cero creatividad para los nombres) descubrieron una tormenta eléctrica con rayos que producen hasta 100 trillones de positrones (o en términos científicos, un pringonazo el macho).

 

Tener la razón tardía me dio coba y pensé en otras peleas pendientes. Descubrí que el chocolate no sólo no produce acné -cosa con la que me amenazaron durante toda mi adolescencia- sino que es bueno para la piel y ayuda a proteger contra los rayos UV. Además, el chicle que tanto me prohibieron en el colegio parece que ayuda a aumentar el nivel de atención y reducir el estrés; el azúcar ayuda a mejorar el autocontrol y el algodón de azúcar que tanto han criticado ayuda a salvar vidas (porque se pueden crear nuevos vasos sanguíneos en el laboratorio con esta sustancia según indican nuevas investigaciones).

 

Aparte de todo, resulta que los exámenes NO nos ayudan a aprender mejor (Harvard ya no hace exámenes finales), los descansos o recreos largos y frecuentes son indispensable para tener mejores resultados académicos, el álgebra no se debería enseñar en octavo (dicen estudios de Duke y Stanford que es mejor después de los 17 años), la competencia sana entre los compañeros no es tan sana

i haven't eaten candy floss since a little chi...

leyeron bien: SALVA VIDAS

(de nuevo, Stanford), nada pasa si uno se sienta demasiado cerca del televisor (y la tele no mata la imaginación ni nos vuelve brutos) y leer con poca luz no nos vuelve ciegos.

 

Lo mejor de todo es que buscando por ahí encontré cosas fantásticas que no sabía, como que en el oro crece en ciertos árboles de Australia y que hay un planeta de diamante. O sea, no un planeta con diamantes sino un planeta que es un diamante. El planeta PSR J1719-1438 b es un planeta diamante (de nuevo, el nombre amerita revisión…planeta Angelita me suena). Leí sobre un perro que entiende más de mil palabras, unos leones en Etiopía que rescataron a una niña que estaba siendo atacada por unas bestias (humanas) y sobre el descubrimiento de una nueva parte del cuerpo: el Ligamento Anterolateral, que queda en la rodilla.

 

 

En otras palabras, el mundo es fascinante.  Sí, supongo que todos lo sabemos, pero a veces se nos olvida. Recordarlo esta semana me abrió los ojos y espero que esta columna los inspire a abrir los suyos.

 

 

* PUBLICADA EL 11 DE NOVIEMBRE EN LA TARDE

 

Multi-pluri-trans-latinidad


Internet drugstore

Internet drugstore (Photo credit: nicolasnova)

Mundo moderno

Pareciera que cada vez se especializa más en conocimiento. Tenemos médicos especialistas en encías, estilistas expertos en cejas, abogados que se concentran únicamente en casos de minas o franquicias o familias. Pronto tendremos un dolor de espalda y tendremos que ir a varios médicos porque cada uno se especializa en una vértebra distinta. Pero esto sólo está sucediendo con el conocimiento. Los negocios, por el contrario, se están diversificando. Prueba de ello es la cantidad de tiendas híbridas que han surgido. En cada esquina se ve o bien un aviso que anuncia que el establecimiento es una “barbería-peluquería-cantina”, o uno que pregona los diversos servicios que se prestan “fotocopias, minutos a celular, llamadas a España, se laminan documentos”. Fíjense la próxima vez que anden por la calle y verán combinaciones como “venta de formularios DIAN, traducciones y trabajos de grado”, “arreglo de guadañadoras, venta de lencería” “pedicure, manicure, tarot”, “sí hay queso de cabra, arepa de choclo, bordados de Cartago” o mi preferido “se lavan carros, se recibe leña”. Ese en particular se puede ver en la vía a Marsella y llama poderosamente la atención. No la parte de lavar carros, sino la parte de recibir leña. Me da una envidia terrible cada que paso y me provoca poner en mi oficina un aviso que rece “se reciben chocolatinas Hersheys, se reciben antigüedades, se reciben joyas”. Pero volviendo al tema de la diversidad de oficios, encontré uno realmente original en estos días, precisamente en la vereda en donde vivo. Allí, entre la carnicería y la papelería, al frente de la panadería y diagonal a La Cuchilla 2, está la Taberna Internet de Combia.

La Taberna Internet de Combia ofrece los servicios de acceso lento y embriagamiento veloz. Ni la banda ni el local son anchos, pero en cambio la simpatía de tanto acudientes como dueños es amplísima. Estuve allí hace poco y tuve la oportunidad de navegar en Internet mientras oía “y me bebí su recuerdo”. Fue simpático cómo confluyeron dos experiencias tan distantes gracias a la tecnología. En la pantalla veía páginas de la NASA mientras enseguida cantaban “yo tengo dos mujeres” y me ofrecían refajo especial (para los que ignoran la jerarquía del refajo, esa es la que tiene cerveza, Colombiana y Pony Malta) en combo con opción de liberales (no, no los del partido) o empanada de cambray y salchipapas (si no sabe qué es esto, tal vez deba revisar su pasaporte, porque no debe ser colombiano). En medio de los acordes estridentes de lo mejor de la música para planchar y las risas emitidas por quienes habían salido a dominguiar de jean planchado y deleitar castigando baldosa, comprendí que ese era uno de los paseos más latinos que había hecho en mi vida.

Hace poco hablaba con un amigo que me decía “yo como lasaña con fríjoles, porque ya me asumí como latino”. Me encantó esa afirmación de la identidad, y la taberna Internet de Combia ratifican que si hay algo con lo que podemos asociarnos los latinos, es la hibridación, la multiplicidad, la diversidad, la transposición y yuxtaposición. Tenemos patacones con antipasto y arepas rellenas de queso mozzarella; coq au vin con principio de garbanzo y jugo de tomate de árbol; tortilla española con hogao y paella valenciana que se sirve con roseta de salsa de tomate. No nos metamos mentiras, servimos cocteles de vodka con frutiño y llenamos de estampitas del Niño Jesús de Praga las billeteras Louis Vuitton. Nos vestimos de camisas polo con escapulario y nos vestido de Coco Chanel, pero nos pegamos una medallita de San Antonio en el brassiere. Cada que alguien come empanada con salsa barbacoa, espaguetis con mostaneza o pizza con salsa rosada, está celebrando que los latinos somos multi-pluri-transculturales. Y no hay nada más latino que una taberna Internet en donde se pasan trabajos a computador, se ofrece el servicio de rezar negocios y se encuentra el mejor vino espumoso de durazno en caja de toda la región.

 

*PUBLICADA EN SEPTIEMBRE DEL 2006

 

 

 

 

 

 

 

Lo mundano… aún fuera de este mundo


Space Ship One

Image by afagen via Flickr

El espacio, con el Sol, la luna y las estrellas, cometas, luceros, planetas y hombrecitos verdes que lo pueblan, me ha fascinado desde niña. Tengo recuerdos de lo más preciados de mi papá y yo mirando la luna con un telescopio. De hecho, una de mis posesiones más preciadas es un lapicero que me compré en el almacén de la NASA, que escribe debajo del agua y en ambientes de cero gravedad. (Me lo compré por si estoy en el espacio o buceando y de repente alguien necesita mi autógrafo. No sé exactamente qué tan famosa pueda llegar a ser algún día, pero quiero estar preparada…). Recientemente, con los viajes privados a la luna, incluso he fantaseado con empezar a hacer abdominales para poder ir y ver de cerca la bóveda celeste y los misterios cósmicos que encierra, pues me resulta sumamente romántico todo aquello que ocurre más allá de los límites de las nubes. Bueno, me resultaba romántico hasta que leí la gran noticia espacial de esta semana.

Resulta que los astronautas que viajarán en la Nave Discovery tendrán que llevar unas piezas extra de equipo cuando emprendan su viaje espacial este fin de semana: una bomba para inodoros.

Tal como leyeron.    Al parecer, el inodoro de la Estación Internacional Espacial no está funcionando y dado que allá arriba no hay arbusto que valga, esta situación se ha tornado delicada. La escena me resulta comiquísima cuando me imagino uno de los astronautas tratando de vaciar el inodoro y diciendo “eh, Houston… tenemos un problema. ¡y qué mal huele!”. Es bastante cliché, lo sé, pero sigue siendo muy gracioso.

Si lo piensan, en cierto nivel es reconfortante saber que ni aún fuera de este mundo podemos alejarnos de lo mundano. No hay lugar lo suficientemente lejos. Ni lo suficientemente sacrosanto tampoco, como quedó evidenciado este pasado domingo cuando estaba acompañando a mi esposo a la ceremonia de confirmación de su hermano. En pleno rito, con Obispo abordo, un niñito gritó “Mamaaaaaaaaaaaaaaaaá, tengo que hacer popooooooooooó”. Nada que hacer… cuando toca, toca. Hasta Monseñor entendió.

Esta reflexión sobre lo escatológicamente democrático que resultan las necesidades corporales me recuerda una anécdota que contaba Martica, una prima de mi mamá que vivió en España. Por razones del destino coincidió en un baile con la crema y nada de ese país. Varias copas de champaña después de empezada la fiesta, a Martica le urgió ir al baño público y le tocó en la fila justo detrás de la Reina Sofía. Sí, la mismísima Sofía Margarita Victoria Federica Glucksburgo,  su Alteza Real Princesa de Grecia y Dinamarca y Reina de España –gracias, Wikipedia– , tiene que hacer fila para hacer pipí en los baños  públicos como todos nosotros, y seguramente se enreda sosteniendo la cartera y la falda como todas nosotras, y se preocupa por que se le resbale la tiara y se le vaya por el inodoro como, bueno, como nadie que yo conozca, pero seguro hay gente así. El caso es que Martica siempre usaba esta historia para resaltar las similitudes que nos unen como humanos resumiendo en su ya famosa frase “Sí ve, mija, de nada vale ni la plata ni la alcurnia porque a fin de cuentas, todos hacemos lo mismo en la misma parte y por el mismo lugar”. Y así es. En el Vaticano, en el Castillo o en el Espacio. No hay escape de lo mundano ni de lo humano.

* PUBLICADA EL 1 DE JUNIO DE 2008

Aberraciones gastronómicas


food ok!

Image via Wikipedia

Hay dos clases de personas en el mundo: los que comen para llenarse y los que comemos por placer. Estos últimos estamos en vía de extinción pues nuestro hábitat –el café íntimo, el restaurante de ambiente familiar y atendido por su dueño, la panadería en donde le guardan a uno pandeyuca caliente- y nuestro alimento están en peligro de desaparecer para siempre.

La culpa es de los almorzaderos rápidos cuyos menús son un memorial de agravios contra las papilas gustativas, un listado de crímenes de leso gusto.  Estos sitios se dedican a ofrecer llenura en lugar de comida y sirven pequeñas porciones de cosas tragables que ni nutren ni alimentan ni saben a nada.

Por eso, hoy he querido usar este espacio para concienciar a mis lectores del peligro en el que estamos los gourmet, los amantes de la comida lenta, la cocción pausada y la digestión con siesta. Imploro, por amor a la sazón, que me ayuden a identificar y erradicar a nuestros enemigos.

Empecemos por la pizza hawaiana. Este híbrido es un insulto a los italianos y a los hawaianos, y ahora que tenemos un hawaiano de presidente en Estados Unidos, deberíamos tener cuidado. Un mordisco de ese cartón dulcete cubierto de queso desigual que no derrite y podríamos vernos invadidos de boinas verdes financiados por la cosa nostra de la noche a la mañana. Y qué decir del  espagueti rosado. La pasta sobre-cocinada, blanda y deforme, nadando en pasta de tomate rendida con leche le haría derramar más lágrimas a Pavarotti que el final de cualquier ópera.

Otra ofensa es la salchicha rosada. Ojo, no me refiero a las clásicas salchichas Viena enlatadas. Estas son un clásico de las vacaciones, las acampadas y los recreos. Me refiero a las ultraprocesadas salchichas que no cocinan, que no cambian de color ni de contextura con nada. Las salchichas, y cualquier cosa que las lleve como ingrediente, deben ser eliminadas.

Sigamos con los postres. La natilla blanca, por ejemplo, es una aberración es típica de la capital, pues en el Eje Cafetero todavía se preserva la prístina natilla del color que es, un caramelo tostado-canelita Hollywood de lo más sexy. Pero esta otra paliducha imitación es una confección de contextura coloidal insípida y que a veces se acompaña de jaleas varias. Sabe a caja y huele a pies. Debe morir.

Despejado el camino, podremos atacar otro peligro: el panetón. De todas las cosas que trajo consigo la apertura económica, el panetón tiene que ser la más ofensiva. Este bizcocho estropajudo relleno de frutas cristalizadas sirve para exfoliar, pero definitivamente no es apto para el consumo humano.

Pero aún así, prefiero diez panetones antes que una torta de cubierta tiesa. No estoy hablando de la cubierta blanca de pastillaje de torta negra de boda. Esa nadie se la come, pero es inofensiva, se ve bonita y forma una capa hermética que evita que se evapore el vino. Me refiero a las cubiertas que forman picos tiesos pero que no se secan, esas que si se comen forman una capa grasosa en el paladar que ningún líquido disuelve. No sé qué tipo de manteca usarán pero la NASA podría usarla para cubrir los cohetes y evitar que se quemen al volver a la atmósfera.

No me queda más espacio pero les ruego que estén atentos y reporten estos depredadores cuando los encuentren. Nuestra supervivencia depende de ustedes.

 

*PUBLICADA EL 12 DE DICIEMBRE DE 2008

La exclusión enunciada


PUBLICADA EL 22 DE AGOSTO DE 2010

Hace poco, mi papá me mandó por Internet un escrito por W. Molina sobre la regla ortográfica de género y la mala costumbre que se ha popularizado últimamente de terminar en “a” algunas palabras por dárnoslas de incluyentes. Molina dice que la regla es clara y que nombrar ambos géneros es correcto únicamente cuando el masculino y el femenino son palabras diferentes, como en  “toros y vacas”. Además, dice que dado que el participio activo del verbo ser, es “ente”, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se le agrega la terminación ‘ente’:  la persona que preside, por ejemplo, se le dice presidente, sin importar su género.

Por eso esta moda de andar por ahí diciendo “colombianos y colombianas; bienvenidos y bienvenidas sean a esta fiesta para todos y todas” sobra desde el punto de vista lingüístico. ¿Y desde el punto de vista de la inclusión, de lo políticamente correcto, de la igualdad de género? También me parece que sobra porque uno sólo nombra la diferencia; jamás la igualdad. Miren y verán: uno sólo hace referencia a la nacionalidad de alguien cuando es distinta a la de uno, o ¿cuándo fue la última vez que usted le dijo a sus amigos “les voy a presentar una amiga colombiana”? Uno por lo general no dice “esta es mi amiga Mónica, que es omnívora” sino “ella es fulanita, pilas que es vegetariana” y, bueno, ustedes entienden la idea.

El cuento va a que si esto de “ellas y ellos” pretende ser un instrumento de inclusión feminista, creo que las mujeres estamos errando en la estrategia, y prueba de ello es que no existe la queja contraria. Yo nunca he oído a ningún hombre quejarse porque le dicen “atleta” y no “atleto” ni “deportista” en lugar de “deportisto”; y jamás he visto que de la NASA protesten porque decimos “astronauta” y no “astronauto. De allí que me parezca que hacer hincapié en el caso de jueza y presidenta no hace más que lograr el efecto contrario a incluir. Nos excluye, nos separa, como si necesitáramos una invitación aparte para la fiesta, y eso no debería ser así.

Yo, por lo menos, me siento incluida cuando dicen “los colombianos”. Inmediatamente tiene que ver conmigo y no tengo que esperar a que me digan “y las colombianas”. A riesgo de ganarme de enemigas a todas las feministas de la ciudad, creo que en este caso el asunto es más de sentirse incluido que de requerir la nomenclatura inclusiva. Entiendo que para muchos (y muchas), el asunto es de ganar terreno y la palabra es un campo de batalla en donde la emotividad es la munición más temible, pero creo que en este caso se nos puede estar yendo la mano porque no es un hacer que sensibilice hacia una situación, sino más bien un decir que señala hacia una falta de pertenencia. Y temo que al exigir una invitación aparte, somos nosotras –no ‘ellos’- las que estamos diciendo que no somos parte de la fiesta.