Consejo para una nueva mamá


Habrá momentos como estos.

Habrá momentos como estos.

Esta semana supe que una de mis primas preferidas está en estos momentos gestando a quien malcriaré con libros y chocolates cada vez que pueda.
Me emocioné profundamente al saber de este bebé y por eso, cuando hablé con mi prima, le di el único consejo realmente útil que le puedo dar a cualquier mamá: confía en ti.
No es tan fácil como suena. Muchas mamás, (la tuya, la mía) te dirán qué hacer y qué no hacer y cómo hacer y no hacerlo y tu vas a querer oírlas a todas. Vas a pensar que ellas saben más que tu porque tienen más hijos o los tuvieron hace más tiempo o criaron catorce hermanos y co-criaron a tus 13 primos; vas a sentir que tu no sabes nada, que los libros que te leíste te fallaron, que el curso psicoprofiláctico debió ser más bien una maestría y que este bebé que llora en tus brazos se merece alguien más preparada. Vas a temer, y presa del temor, les vas a hacer caso.
Y después de que lo hagas, te vas arrepentir. Lo sé porque las veces que he cargado con culpa maternal ha sido porque hice algo que en el fondo no quería hacer. La vez que dejé que llorara porque alguien me dijo que estaba demasiado consentido. La vez que se lo dejé cargar a alguien porque no quería ser odiosa y lo dejó caer. La vez que no quería mandarlo al jardín pero no quería malcriarlo y me llamaron a decirme que estaba ardido de la fiebre. La vez que sabía que tenía algo y el pediatra dijo que era sólo una alergia pero en realidad era rubeola. Cada vez que ignoré mis instintos y silencié mi corazón para hacerles caso al panel de expertas o el comité de co-criadores a distancia, me pesó. Cada vez que permití que alguien me echara en cara que su bebé dormía toda la noche, que ella sí producía galones de leche de calidad exportación o que ese papá había cortado el cordón umbilical con una espada afilada por el Rey Arturo, sentí que me estaba traicionando a mí misma y a mi hijo.
Pero aprendí. Ya no me importa que me digan que mi hijo es consentido cuando lo cargo si está llorando me valen nada las miradas regañadoras de las mamás “firmes” cuando se dan cuenta de que no lo mando al colegio si se siente mal (y en una ocasión porque me dijo de frente que quería estar un ratico más conmigo), y menos aún los fruncidos de las mamás que ven que si el niño dice que está lleno no le insisto para que coma de más. Esa es la lección más valiosa que me ha enseñado la maternidad, y la comparto con todas las neo-mamás. Al carajo las revistas, gracias por los libros, agradezco los consejos, pero al final del día sólo importa el amor.

La mamicartera


Mi mamicartera. Esta foto no es un montaje.

Mi mamicartera. Esta foto no es un montaje.

Yo estaba preparada para la transformación. Yo sabía que mi cuerpo no sería el mismo pero todo eso lo enfrenté con gracias y dignidad (y la ocasional rabieta porque pensaba que con la última contracción dejaría de ser parturienta y me convertiría en mamá y todo volvería a la normalidad.

Ja, ja, ja. Aparte de las estrías que me dejaron como si me hubiera revolcado con un tigre, se me deformaran los pies y los globos oculares, se me oscureció el pelo, me salieron canas, me volví alérgica a mi marca de maquillaje predilecta y se me resecó la piel y quedé con problemas de azúcar en la sangre

Pero no sólo sufrió mi cuerp. Sufrieron mis posesiones. Antes de tener que pensar en banalidades como alimentar a mi hijo yo podía invertir una porción generosa de mi quincena en la compra de útiles e insumos profesionales como libros, esmaltes para uñas, polvos, cremas, ungüentos, perfumes, barras hidratantes para labios, estilógrafos, cuadernos de diseñador y trufas de whisky. Y todo iba a dar a una de mis fabulosas carteras. Ay, cómo me encantan las carteras…y las billeteras y las bolsitas y los portalápices y los monederos y los portalabiales y los estuches y todas las cositas con cremallera y espejitos y…en fin, tienen la idea.

Mas ahora, mi cartera, otrora de tamaño decente y hecha en cuero, negra, con mariposas en relieve y forro satinado, altar y receptáculo de todas mis vanidades, banalidades y feminidades, es ahora grande, de material antiinflamatorio, a prueba de agua, sismoresistente, deforme y decididamente maternal. Abro mi mamicartera, con cautela meto la mano y me topo con al menos cinco crayones, pañuelos faciales en diferentes estados de humedad, un surtido de partes de juguetes –un brazo, una cabeza, un casco que no pertenecen al mismo cuerpo- y algo que alguna vez se pareció a una barra labial hidratante con sabor a cereza que ahora está mordida y babiada.  Además mi mamicarera tienen un lugar para el jabón antibacterial, los pañitos húmedos, el Neosporin, las curitas del Hombre Araña (que sirven tanto para las laceraciones reales como para las imaginarias), el atomizador desinfectante, el Spray Mágico (que espanta arañas, zombies y monstruos comeniños), botella de agua, termito con jugo, coca con tapa hermética con trocitos de manzana verde, bolsita hermética con trocitos de zanahoria, marcadores lavables, hojitas para rayar (porque no todos los restaurantes tienen juguetes para niños, lo cual debería ser obligatorio por ley) y una billetera que está que se revienta porque además de mi pase, mi cédula y dos billetes de diez contiene el registro civil, el carné de la EPS, el carné de vacunación, el carné del colegio, la tarjeta con el número del pediatra y las tarjetas de las cuatro mil empresas de salones de juegos con maquinitas y atracciones (ya no son de monedas) y las tarjetas de descuentos de club infantil de siete restaurantes distintos.

No cabe duda, a la mamita se le reconoce por la cartera. Pero no cambiaría la mía por nada…aún. Feliz Día de la Mamicartera habiente y nos vemos en la fila (no sé cuál pero siempre hay una).

 

* PUBLICADA EL 12 DE MAYO DE 2013 EN LA TARDE

Primera semana de colegio


Lunes en la mañana: se fue sin problema. No lloró. Soy una mamá fantástica, mi hijo tiene mucha confianza en sí mismo y eso es todo gracias a que lo he criado con amor y esto significa que va a poder con cualquier obstáculo y va a ser famoso y me va a dedicar todos sus triunfos.
Lunes en la tarde: no me han llamado del colegio. No me ha extrañado ni poquito. Eso es que no me quiere. Claro, estaba ya harto conmigo y está dichoso de poderse volar. Soy una mamá horrenda.
Martes en la mañana: Lloró. Dice que no quiere ir al colegio. Claro, como yo nunca lo mandé a nada y no lo dejé ir con nadie sino que estuvo conmigo siempre pues eso es que no se va a poder adaptar y va a ser un antisocial y nadie lo va a querer y va a vivir en el garaje de la casa y coleccionar chicles usados toda la vida. Soy una mamá horrible.
Martes por la tarde: la profesora dijo que se había calmado sin problema. Soy la mejor mamá del planeta y mi hijo es resiliente y capaz de navegar las turbulentas aguas de la sociedad infantil.
Miércoles por la mañana: Tuvimos un accidente y tocó cambiarlo antes de ir al colegio y ahora todos los niños se van a burlar porque no tiene el uniforme y van a pensar que es que no hicimos bien el proceso de quitarle el pañal porque soy perezosa y el niño no va a hacer bien su etapa y según Freud eso le va a generar problemas psico-sexo-socio-afectivos y nunca va a ser feliz. Apesto como mamá.
Miércoles en la tarde: no se comió la lonchera. La profesora dijo que se había comido todo el refrigerio y todo el almuerzo. Eso es porque yo siempre le he dado comida variada y lo he llevado a restaurantes y nunca le di de esa comida de bebé simple ni compotas de hígado y el niño tiene buen gusto y va a ser chef y va a poner un restaurante que se llame Angelita’s y vamos a ser famosos y soy una mamá estupenda.
Jueves en la mañana: Pero ¿por qué no se come la lonchera? ¿Será que no le gusta lo que le empaco? ¿Será que no le estoy comprando el mecato adecuado, que no estoy al tanto de los pasabolas trendy y lo estoy condenando al ostracismo prejardínico porque los demás niños se burlan de su lonchera del siglo pasado? Soy una mamá horrible.
Jueves en la tarde: Se despidió de beso y abrazo de la profesora. Ella siempre me cayó bien. Ella es joven y linda y lo carga y está haciendo todo lo posible para que esta transición sea fácil. Elegí el mejor colegio para mi hijo. Soy una mamá espectacular.
Viernes en la mañana: ni siquiera me dio beso. Llegó y se le lanzó a los brazos de la profesora. Perra inmunda, me está tratando de quitar a mi bebé. No lo voy a permitir. Mi bebé es mío y no lo comparto con nadie. Soy una mamá espantosa.
Viernes en la tarde: ¿Tengo que hacer esto otra vez el lunes?
Conclusión: voy a investigar sobre home schooling. Mientras tanto, necesito una agüita de Valium y una siesta.

 

De parte y parto


PUBLICADA EL 21 DE DICIEMBRE DE 2009

Mi cuñado Andrés, más conocido como el papá de Emilio, proviene de una familia numerosa y cuenta que una vez alguien llamó a perpetuar la costumbre de ofrecer un niño, a lo que él contestó “no, muchas gracias, aquí ya hay muchos” y colgó. No he dejado de pensar en esa anécdota todos estos días en los que yo he llamado precisamente a ofrecer lo mismo: un niño. MI niño. Matías. Esta es, entonces, una columna de ofrecimiento, pero ojo que la oferta es por tiempo limitado y está buenísima.

Lo digo porque este bebé no es como los demás. Varias personas totalmente neutrales están de acuerdo: mi papá, el papá de Matías, el tío y la tía de Matías, mis tías y mi ginecólogo (aunque, para ser justos con el Dr. Correa, en el momento de decírmelo creo que tenía mi vejiga en una mano, un escalpelo en la otra y el anestesiólogo le acababa de decir que no podían darme más epidural para callarme). El caso es que es El Niño Más Lindo del Mundo. Sigo buscando algún tipo de asociación acreditada internacionalmente que otorgue el título de manera oficial, una especie de Míster Baby Universe o algo, pero he tenido suerte.

Ustedes dirán que exagero como toda nueva mamá, créanme que mi bebé no babea como los demás: babea como saboreando la vida. Y no hace bizcos como los demás: hace bizcos como queriendo adoptar una perspectiva diferente. Y no balbucea como los demás: mi bebé tiene balbuceo bilingüe.

Me enamoré desde el instante en que lo vi.  Le hablé y me estiró la manito y me cogió el dedo. Les digo que es de los momentos más lindos que he vivido. Siquiera porque ese momento llegó luego de varias horas de intentar infructuosamente de inducirme el parto a punta de drogas (los médicos) y ataques de risa (mi marido, mi mamá y mi hermana). Nada dio resultado y luego de 6 largas horas tenía más dilatada la pupila que, bueno, que lo que tenía que dilatar, así que optaron por entrar por el bebé.

El momento Kodak que les describí tuvo lugar justo antes de oír que un médico le decía a otro “algo no cuadra”. Yo, digna hija de un ingeniero mecánico, dije el tono comprensivo “¿Les sobraron partes? Frescos, a mí me pasó lo mismo armando la cuna de Matías”. Pero mi comprensión no pareció aliviar la tensión y el ambiente en el quirófano se puso más tenso que marrano de engorde el 23 por la noche. Entonces dije “si no les molesta mucho la estética de motel, pongan un espejo en el techo y yo les ayudo a acomodar las cosas”, pero este comentario tampoco los relajó. Finalmente hubo un “¡ajá!” de parte de alguien con tapabocas (a propósito, creo que los tapabocas no son para prevenir el contagio sino para evitar la identificación en caso de un pleito) y al poco rato olí a quemado. Pensé que me estaban haciendo un tatuaje con un código de barra pero al parecer es parte del procedimiento. El caso es que al poco tiempo tuve a mi bebé en mis brazos. Lo que pasó después es tema para la próxima columna.

 

Apuntes de maternidad


PUBLICADA EL 28 DE DICIEMBRE DE 2009

Ser madre es algo asombroso. Aparte de la magia de tener en tus brazos a un bebé que es producto del amor y la magia de la vida y toda esa carreta, les confieso que haber producido un humano me ha dado una sensación de poder increíble. Ya no me importa caerle mal a la gente: puedo fabricar mis propias personas.

Claro que la sensación de poderío es efímera. A mí me duró hasta que me lo quitaron para mandarlo al “Baby Spa” a fototerapia una par de días porque estaba amarillo. Ya en casa, estábamos acostumbrándonos a levantarnos a horas que sólo los vampiros conocen cuando a mi esposo se hizo un esguince y lo tuvieron que enyesar (entonces descubrí que hijo ictérico más marido histérico es igual a madre colérica). Han pasado unos días y me complace reportar que Matías ha superado la ictericia y mi esposo se está acostumbrando a las muletas porque, digno aprendiz de mi padre, las “engalló” y les puso de ese plástico de burbujas que se usa para empacar enrollado con cinta de enmascarar y le hizo unas mejoras al yeso con Vynilpel y unas tijeras. A raíz de ello mi cólera ha bajado.

Mi leche, sin embargo, se niega a hacerlo.

Este cuento de la lactancia ha sido todo un drama. Para ponérselos en términos agropecuarios, estoy como una Cebú: briosa y con poca leche. Espero convertirme en Holstein pronto porque mi hijo se está tomando 4 onzas cada tres horas y nos vamos a arruinar si tenemos que seguir comprando fórmula de tarro. Le he dicho a mi médico que me recete un Prontolac o un Muchomilk o algún medicamento, pero al parecer no existen. Alguien me sugirió que tomara Pony Malta y estoy tan desesperada que, pese a que preferiría comerme un Pony e inyectarme solución de Malta, me he tomado dos. Las cosas que uno hace para podérselas echar en cara a los hijos… Pero volviendo al tema, estoy algo obsesionada con esto de lactar, al punto que hace un par de noches estaba canaliando (del verbo canaliar: yo canaleo, tu canaleas) y de repente vi una escena romántica bastante explícita. Me quedé mirando la mujer torcidesnuda y le dije a mi esposo: “Mira, amor, ella tiene el pezón invertido. Le va a dar durísimo la amamantada”. ¡La verdad es que la maternidad le cambia a uno la perspectiva de tantas cosas!

De resto, me complace anunciar que el bebé está bien. Estoy particularmente orgullosa porque me he aguantado las ganas de pegarle el gorro con cinta doble faz y no le he puesto silicona líquida al chupo. Claro, se me nota lo primípara pero hasta el momento no he hecho nada que me haría salir en CNN, así que creo que hay esperanza.

Lo importa es que estamos felices. Bueno, eso es hasta que le dé por sacar el carro sin permiso, llegue borracho a las tres de la mañana, pierda todas las materias en el colegio y se tatúe las palabras “mi mamá me ama, mi mamá me mima, me mamé de mi mamá” en los bíceps. Y entonces ¡sí que voy a lamentar esa Pony Malta!