Esta mamá sí sale en la foto


Esta semana me pillé a mí misma haciendo algo que critiqué mucho de mi mamá y mi abuela: me saqué de la foto. Mi abuela Pepita fue una de las mujeres más hermosas que ha visto el mundo pero nos dejó un legado de fotos editadas a punta de tijera y baja autoestima. Mi mamá sigue siendo espectacular pero es flashofóbica y bastante borrona. Y esta semana Jorge tomó fotos de Matías conmigo en una escena particularmente enternecedora y no bien había terminado de hacerlo cuando yo cogí el aparato y empecé “en esta se me ve la papada, aquí salgo pálida, en esta se me ven las canas…” hasta que Jorge me quitó el celular y me dijo que si seguía así, Matías iba a quedar sin fotos de mi.

Y entonces me preocupé. No porque Matías no tenga evidencia fotográfica de mí. Me preocupé porque estoy replicando lo que mi mamá y mis abuelas hicieron al sacarme de la foto. ¿Y qué le estoy enseñando a mi hijo al hacerlo? ¿Que temo que él me juzgue?  Sé que no lo hará porque cuando mis hermanas y yo vemos las fotos de nuestra mamá jamás nos fijamos en si estaba gorda o flaca o si le combinaban las uñas con los zapatos. Nos reímos, recordamos, nos conmovemos y sé que Matías sería igual. Entonces le estoy enseñando que me juzgo a mí misma, que me avergoncé de mi cuerpo de mamá, el cuerpo que él me dejó, de no tener tiempo para estar siempre de pelo de comercial de champú, cutis terso y pestañas crespas. Le estoy enseñando que hay algo de malo en perder un poco de glamour para ganar un hijo. Y eso no es lo que quiero que aprenda.

La vida de Matías está bien documentada. Hay videos de las primeras ecografías pero no hay un video de mi yendo a esa primera ecografía cuando aún no sabía si él había sobrevivido el desprendimiento ni de mis lágrimas cuando la médica que hizo la ecografía me dijo que la arvejita que era Matías seguía ahí y estaba luchando. No hay fotos de las 14 semanas que estuve acostada sobándome la barriga, cantándole a mi barriguita. No hay fotos de mí buscando apartamento donde entrara el sol (en Bogotá eso es toda una odisea) y luego casa con patio donde él pudiera correr. No hay fotos de mi cara de desespero buscando colegio, leyendo sobre el destapar el ducto lagrimal a punta de masajes y mezclar aceites para logar la fórmula del “ayayay oil” que sirve para moretones, picaduras y pesadillas. No hay videos de mí aprendiendo a hacer pan, yogur, helado, de todo para darle a mi hijo golosinas saludables. Gran parte de lo que hacemos las mamás se va sin documentar.

Así que he tomado la decisión de unirme a las mamás que entienden que los hijos van a necesitar una foto de la mamita cuando la mamita no esté. Voy a salir en la foto y enseñarle a mi hijo que mi vanidad importa menos que mi humanidad. Tal vez algún día cuando esté luchando con la suya lo consuele ver fotos de la mía. Y si no, me consuela a mí saber que me dejé retratar como una mujer imperfecta perfectamente mamá.  

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Él siempre va a salir mejor en las fotos que yo, pero prometo dejar al menos una de cada evento.

* PUBLICADA EL 2 DE JUNIO EN LA TARDE*

Sólo mi madre


I Wanna Be Santa Claus

Image via Wikipedia

Recientemente, gran amigo que hizo un obsequio tan significativo como útil. Me regaló un lapicero para reemplazar el que perdí de manera traumática durante mi infancia -estén pendientes de la novela que saldrá pronto en donde se revelará los detalles de este incidente- y ayudarme así a sobreponerme a la pérdida y a mejorar mi escritura. Espero no defraudarlo y mejorar sensiblemente mis escritos ahora que no se anotan con un Kilométrico cualquiera. Yo creo que uno escribe mejor con lapicero cachaco porque piensa dos veces en lo que anota, queriendo siempre que lo fijado en el papel está a la altura de la tinta. Bueno, y del papel. Por eso me encantan los cuadernos bonitos, las libretas y las tintas y los estilógrafos y todo lo de papelería. Eso se lo heredé a mi madre.

Ella también es escritora. De hecho, me lleva un libro publicado de ventaja. Pero ahí voy detrás… ella fue la que me enseñó a cuidar de mis útiles escolares, sacándole punta de manera obsesiva a mis magi-color al punto que a mitad de año había que comprarme una caja nueva. Ella fue la que me introdujo al mundo de los portaminas cuando mis compañeras todavía tenían lápiz amarillo de borrador rojo. Creo que pocas otras niñas conocían en quinto de primaria palabras como Lamy y Mont Blanc. Mientras mis compañeritas se daban puños por el liquid paper, yo tenía lapiceros de tinta borrable, que además olía a menta. Tal vez por eso mis cuadernos estaban llenos de versos y autógrafos míos y de mi mamá en lugar de apuntes sobre los departamentos y hasta el sol de hoy sólo me sé 6. Pero no importa porque hoy en día tengo un autógrafo de ganadora de grammy y, al fin y al cabo, en los noticieros sólo aparecen noticias de los departamentos que me sé.

Tengo más obsesiones en común con mi mamá. Aparte del amor por los lapiceros, compartimos el amor por el chocolate. Sí, es cierto, mi mamá es la chocohólica original, quien me enseñó a formar la bóveda hermética para la distribución equitativa del chocolate derretido por el paladar y la lengua. De ella heredé, asimismo, el amor por el queso, el café y el té, lo que me convirtió en la única niña del colegio que preguntaba en la tienda si no tendrían un Liptons o que si le podían echar mozzarella a la arepa con queso o que si había café con leche que no fuera de greca sino recién molido. Nadie más que una hija criada por mi mamá habría llegado a la Tecnológica a pedir un espresso. Pero eso pasa cuando se es criada por una mujer que huele la diferencia entre café de greca y café fresco y a ojo sabe reconocer si es café Mariscal o Águila Roja.

Sólo una hija criada por mi madre amaría Los Vétales, porque hay un nivel de amor que sólo se cultiva con ver todos los días un disco de vinilo firmado por el mismísimo Ringo Starr. Sólo una hija criada por mi madre se sabría la letra de Yellow Submarine y Lucy in the Sky with Diamonds en vez de la del himno de Pereira y Risaralda. Y sólo mi mamá podía sonar tan convincente explicando que el Niño Dios emplea a Santa Claus porque en el norte cae nieve y hace frío (Santa tiene chaqueta, mientras que el Niño Dios está en pañales) como haciendo las veces de traductora omniparlante. Para los que no sepan, mi mamá es la traductora oficial de mi casa. Ella es la que oye que el loro dice frufruliprrrrrrr y nos informa que Roberto tiene hambre pero que quiere que le pelen la mandarina porque a él le da trabajo. Asimismo, ella cuándo el vocablo “ájaa” usado por mi sobrino significa Angela, naranja, bandera o ‘por favor tráeme un tetero pero que no esté muy caliente, y hazlo pronto porque tengo sueño’. Sólo ella sabe si los gatos tienen hambre, frío o crisis existencial porque cambiamos los muebles de lugar.

Sólo mi madre.

Feliz día, mamita. Gracias por todo.

Relaciones familiares en la era de las comunicaciones


PIBLICADA EL 27 DE MARZO DE 2011

Todo empezó de manera tan inocente…llamé a mi mamá al celular y me contestó agitada.

-Qué hubo, mija. ¿Qué pasó? ¿Qué necesitas?

-No, nada urgente. Sólo quería preguntarte por la receta de la torta esa que se hace en el microondas.

-Está en el cajón de mi nochero.

-Mami, estoy en Bogotá. No puedo abrir tu nochero (esto dicho con desesperación y condescendencia)

-Ay, mija, no el cajón-cajón. Mi BLOG, que se llama así.

-¿Tienes un blog?

-Sí. Es que tengo muchas amigas que me escriben pidiéndome la receta de lo que les di tal o cual día que vinieron o me piden consejos de orientación familiar y me cansé de escribirles de a una y puse un blog.

-Ah, qué bueno. ¿Y mi papá?

-Tu papá tiene su propio blog.

-No, me refiero a que si está por ahí para que me converse.

-No, él está en este momentito metido en Skype con un tipo de Costa Rica que le está preguntando por unos abonos orgánicos. ¿Por qué no te metes y le mandas un tweet y le preguntas qué quiere de almuerzo?

-¿Pero, por qué no vas tu y le preguntas? Lo tienes al lado…

-No, él está en la parte de atrás de la finca y yo estoy en mi cuarto porque estoy actualizando mi Facebook para que quede coordinado con mi blog y los dos sincronizados con mi Blackberry porque tengo que saber cuándo alguien se mete al blog y si me hacen comentarios para estar al tanto.

-Pero, no puedes hablar conmigo ahora…

-Me encantaría pero es que estoy configurando mi cuenta de Twitter y mis seguidores están pendientes de mis Tweets. Hoy voy a twitear sobre Montessori y voy a subir una entrada sobre una torta de banano.

-Ahhh. Bueno, pues si estás ocupada…

-No, mira, si quieres mándame un mensaje de texto al celular y si quieres me dices de qué quieres hablar y yo te mando un hipervínculo remitiéndote a una página que hable del tema sobre el que tienes preguntas.

-No, no era nada. Te quería contar de algo que había hecho Matías…

-Pues grábalo y montas el video en YouTube. Yo ya tengo cuenta.

-No, pues tienes cuenta en todas partes.

-Pues es que toca, mija, porque uno en la vereda se desconecta mucho y hay que estar actualizados, saber lo que está pasando en el mundo.

-Pero yo pensé que ustedes se habían ido a vivir a la finca porque estaban cansados de estar actualizados y querían precisamente desconectarse del mundo y reconectarse con la naturaleza, vivir más tranquilos, disfrutar de los atardece…

-Ay, ahora que dices atardecer, te voy a mandar una presentación en Power Point de unos atardeceres divinos.

 

Como quien dice, nunca habíamos tenido tantas maneras de incomunicarnos.