Belleza por asociación


LG Mobile Model

El teléfono no viene con la modelo, por si se lo estaban preguntando.

¿He dicho antes que me encantan la tecnología? Es así. Soy tecno-junkie. Todo lo que se prende y tiene lucecitas me descresta. Y entre más funciones inútiles tenga un aparatejo, más me emociono. Pero hasta yo tengo mis límites en cuanto a la tecnofilia, y mi límite se encuentra muy cerca de la línea que cruzaron recientemente los ejecutivos de LG con su campaña de LG Mobile. Tal vez no la habrán visto aún. El folleto muestra una hermosa dama con un teléfono celular en la mano. Ella está sonriente, el teléfono está reluciente y la leyenda que los acompaña reza “Te hará lucir más bella”. Y hasta ahí llegó el romance.

Supongo que tengo un concepto de belleza muy distinto a los de LG porque yo no creo que un accesorio me pueda hacer lucir más bella. Ni a mí ni a nadie. Ojo, no estoy diciendo que una no se pueda SENTIR más bella con la ayuda de algunos juguetes. No les voy a mentir, cuando tengo mis gafas de sol grandotas tipo Chanel no sólo me siento bella. Me siento FAMOSA. Me siento totalmente Jackie Kennedy. Creo que se me sale hasta el Onasis. Lo mismo con las joyas… no nos metamos mentiras, hay días que un par de aretes pueden hacer toda la diferencia. Y todas tenemos la bufanda mágica, que hace que cualquier pinta escale de clase inmediatamente, o los tacones que nos hacen sentir que si nos viera Julia Roberts le daría envidia de nuestras piernas. La noción no es para nada nueva. Durante milenios, absolutamente todas las culturas han tenido algún tipo de relación con elementos materiales que asocian con poderes curativos o espirituales. Todos, desde nuestros ancestros indígenas hasta las más antiguas tribus africanas, todos tienen algún tipo de accesorio. Cristales, piedras, semillas, raíces, el poder comunicativo de los accesorios y la manera como se relacionan con el cuerpo y la mente ha sido un tema tratado mil y una veces.

Para algunos, dicha relación tiene una explicación científica porque los cristales son la formación más ordenada de la materia (eso de entropía igual a cero era lo que decía el profesor de química entre juegos de ‘ahorcado’) y que por eso ayudan a balancear los campos energéticos del cuerpo. No sé si eso sea verdad, pero estoy totalmente de acuerdo en que a mí los diamantes me llenan de una paz interior que ni les cuento. Si se fijan  todos los rituales de todas las culturas tienen de por medio la idea de la funciòn social de la aceptación evidenciada por la posesión de alguna joyita o algo por el estilo. Y no sólo los rituales religiosos, sino los sociales también. Los militares distinguen sus rangos entre sí porque tienen estrellitas o solecitos o banderitas, la curia usa colores y sombreritos y anillos para indicar jerarquía y también los civiles usamos la cartera Louis Vuitton o los zapatos Jimmy Choo o las billeteras Mario Hernández para indicar estrato, gusto o falta de ambos.

Independientemente de cuánto acepte o diste de los conceptos esotéricos y metafísicos, no niego que dotamos de un poder enorme a ciertos objetos que nos rodean. No creo que importe el material, sino el sentimiento. Tenemos el anillo de la abuela que creemos que nos trae suerte, el lapicero que nos dio la mamá y  con el que creemos que escribimos mejor o  el dije que nos dio la abuelita que nos hace sentir protegidos. Todas esas emociones las relacionamos con algo tangible y material, pero no significa, necesariamente, que sea la materia en sí la que contenga la emoción. Por eso, es posible que tener un teléfono celular me alegre, que me lo compre con mi primer sueldo y sea para mí un símbolo de triunfo y que la sensación de haber triunfado me haga sonreír, lo que invariablemente me hará ver más atractiva y me hará lucir y sentir más bella. Pero decir que un celular me puede hacer lucir más bella es comerse la mitad del cuento. Así que, lo siento amigos de LG. Respetuosamente debo señalar que su aviso está a medias… y su concepto de belleza, también.

* PUBLICADA EN SEPTIEMBRE DE 2006

Multi-pluri-trans-latinidad


Internet drugstore

Internet drugstore (Photo credit: nicolasnova)

Mundo moderno

Pareciera que cada vez se especializa más en conocimiento. Tenemos médicos especialistas en encías, estilistas expertos en cejas, abogados que se concentran únicamente en casos de minas o franquicias o familias. Pronto tendremos un dolor de espalda y tendremos que ir a varios médicos porque cada uno se especializa en una vértebra distinta. Pero esto sólo está sucediendo con el conocimiento. Los negocios, por el contrario, se están diversificando. Prueba de ello es la cantidad de tiendas híbridas que han surgido. En cada esquina se ve o bien un aviso que anuncia que el establecimiento es una “barbería-peluquería-cantina”, o uno que pregona los diversos servicios que se prestan “fotocopias, minutos a celular, llamadas a España, se laminan documentos”. Fíjense la próxima vez que anden por la calle y verán combinaciones como “venta de formularios DIAN, traducciones y trabajos de grado”, “arreglo de guadañadoras, venta de lencería” “pedicure, manicure, tarot”, “sí hay queso de cabra, arepa de choclo, bordados de Cartago” o mi preferido “se lavan carros, se recibe leña”. Ese en particular se puede ver en la vía a Marsella y llama poderosamente la atención. No la parte de lavar carros, sino la parte de recibir leña. Me da una envidia terrible cada que paso y me provoca poner en mi oficina un aviso que rece “se reciben chocolatinas Hersheys, se reciben antigüedades, se reciben joyas”. Pero volviendo al tema de la diversidad de oficios, encontré uno realmente original en estos días, precisamente en la vereda en donde vivo. Allí, entre la carnicería y la papelería, al frente de la panadería y diagonal a La Cuchilla 2, está la Taberna Internet de Combia.

La Taberna Internet de Combia ofrece los servicios de acceso lento y embriagamiento veloz. Ni la banda ni el local son anchos, pero en cambio la simpatía de tanto acudientes como dueños es amplísima. Estuve allí hace poco y tuve la oportunidad de navegar en Internet mientras oía “y me bebí su recuerdo”. Fue simpático cómo confluyeron dos experiencias tan distantes gracias a la tecnología. En la pantalla veía páginas de la NASA mientras enseguida cantaban “yo tengo dos mujeres” y me ofrecían refajo especial (para los que ignoran la jerarquía del refajo, esa es la que tiene cerveza, Colombiana y Pony Malta) en combo con opción de liberales (no, no los del partido) o empanada de cambray y salchipapas (si no sabe qué es esto, tal vez deba revisar su pasaporte, porque no debe ser colombiano). En medio de los acordes estridentes de lo mejor de la música para planchar y las risas emitidas por quienes habían salido a dominguiar de jean planchado y deleitar castigando baldosa, comprendí que ese era uno de los paseos más latinos que había hecho en mi vida.

Hace poco hablaba con un amigo que me decía “yo como lasaña con fríjoles, porque ya me asumí como latino”. Me encantó esa afirmación de la identidad, y la taberna Internet de Combia ratifican que si hay algo con lo que podemos asociarnos los latinos, es la hibridación, la multiplicidad, la diversidad, la transposición y yuxtaposición. Tenemos patacones con antipasto y arepas rellenas de queso mozzarella; coq au vin con principio de garbanzo y jugo de tomate de árbol; tortilla española con hogao y paella valenciana que se sirve con roseta de salsa de tomate. No nos metamos mentiras, servimos cocteles de vodka con frutiño y llenamos de estampitas del Niño Jesús de Praga las billeteras Louis Vuitton. Nos vestimos de camisas polo con escapulario y nos vestido de Coco Chanel, pero nos pegamos una medallita de San Antonio en el brassiere. Cada que alguien come empanada con salsa barbacoa, espaguetis con mostaneza o pizza con salsa rosada, está celebrando que los latinos somos multi-pluri-transculturales. Y no hay nada más latino que una taberna Internet en donde se pasan trabajos a computador, se ofrece el servicio de rezar negocios y se encuentra el mejor vino espumoso de durazno en caja de toda la región.

 

*PUBLICADA EN SEPTIEMBRE DEL 2006