La utopia del lector


Cover of "Mulholland Drive"

Cover of Mulholland Drive

Dado que se acerca mi cumpleaños (ajém) estuve chismoseando el sitio Amazon.com, que ofrece millones de libros. Quería ver si me antojaba de algo puesto que hace rato no estoy al tanto de las novedades editoriales, pero me encontré con algo más que una novedad. Me encontré con Utopia.

Verán, la semana pasada Amazon lanzó @author, una función que permite a los lectores de Kindle (un dispositivo electrónico que permite leer libros en una pantalla en lugar de el ya anticuado papel) hacerles preguntas directamente a los autores. Imagínense eso…uno está leyendo y con presionar un botón puede contactar al autor y hacerle cualquier pregunta.

Obvio, hay que respetar ciertas reglas y no hay garantía de que uno obtendrá una repuesta satisfactoria. Amazon sólo promete hacerle la vuelta, pero hasta ahí. Lo que ofrecen es un foro abierto en donde no sólo el autor sino otros lectores pueden hacer y responder preguntas. Lo que pretenden es crear comunidades alrededor de los libros y prolongar (¿o extender?) la experiencia lectora más allá del libro como objeto y volverlo vivencia. Una especie de club. Y como todo club, habrá gente chévere y gente que va con los calzones puestos debajo del vestido de baño y se orina en la piscina (ustedes saben de quién hablo).

Pero haciendo a un lado los demás lectores, la posibilidad de interactuar con el autor de una manera tan personal, si bien mediada por la tecnología, me parece fascinante. Pero pensándolo bien, podría ser un fastidio para el autor.

Lo digo porque si yo hubiese tenido a la mano a Gabriel García Márquez cuando me estaba leyendo Cien Años de Soledad, el pobre hombre no habría tenido ni un minuto de paz. Cada dos o tres páginas le habría enviado un mensaje pidiéndole que me explicara en qué generación de los Buendía estaba y con cuál hermana se había casado al fin el italiano y al fin cuál de las Remedios era la bella y cuál era la loca (¿o eran ambas las dos cosas?) y habría querido ver fotos de la tal cola de marrano. Lo mismo es cierto para otros libros como El Nombre de la Rosa (habría fastidiado a Umbertico porque hubo ratos en los que me perdí en la biblioteca) y La Invención de Morel (la máquina esa me produjo pesadillas y habría llamado a Adolfo Bioy Casares a las tres de la mañana a insultarlo). No quiero ni imaginarme lo que haría si leyera El Exorcista…

El peligro es que este tipo de comunidad se popularice y se extienda al cine, por ejemplo. Creo que me echarían al otro día porque lo primero que haría sería llamar a David Lynch para que me explicara Mulholland Drive porque sigo sin entender si ella está loca o soñando o drogada o todas las anteriores. Y apuesto que no sería la única en llamar a Christopher Nolan con unas mil preguntas sobre Inception (no se hagan la que la entendieron de una).

Pensándolo bien,  esta Utopia lectora podría ser un Infierno para los escritores porque si bien el arte imita la vida, no siempre se deben juntar.

*PUBLICADA EL 18 DE SEPTIEMBRE DE 2011

 

 

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La Bibliofilia es un camello


Dicen que el primer paso para superar una adicción es admitir que se tiene un problema pero ¿si no quiero superar mi adicción? Porque lo reconozco sin pena: soy compradora compulsiva de libros. Pocas cosas me llaman la atención tanto como una librería, especialmente esas ventas de libros usados que arman en carpas en el centro. Esculco bibliotecas ajenas (esto y hacer un inventario de las medicinas que otra persona tiene en el baño le dan a uno más información sobre alguien que varios años de conversaciones sinceras), leo por encima del hombro en el transporte público, ojeo lo que me encuentro en escritorios de otros y ni siquiera disimulo. No me da ni asomo de pena. Soy descarada y abiertamente bibliófila.

El problema es que vivo en el siglo XXI en donde el lugar de residencia de la mayoría de la gente de mi edad/condición social/estrato social/estatus marital es el apartamento. Los apartamentos modernos son un tributo a la economía del espacio, un triunfo de la ingeniería y la arquitectura pero son la ruina de los libros. No caben y dado que no tengo a la mano 400 camellos para hacer la de Abdul Kassem Ismael (Gran Visir de Persia en el siglo X) que siempre llevaba consigo su biblioteca de 117.000 volúmenes, además en orden alfabético porque los dromedarios estaban entrenados para andar en fila, me ha tocado recurrir a artimañas como estanterías flotantes en todas alcobas, poner libros en la sala dizque porque eran de adorno y en el comedor “nivelando la mesa”. Pero ya no quedó más remedio que admitir que francamente tengo muchos libros. No demasiados. Pero sí, son hartos. Y mi marido ya se percató de un detalle nefasto: no los he leído todos. Él no entiende –tal vez sólo otro bibliófilo pueda entender- que la gracia no está sólo en LEER los libros sino también en POSEERLOS. Acariciarles el lomo como mascotas adoradas es un pasatiempo al que le dedico más horas de las que quiero contar, ordenarlos por título, autor, tema, preferencia o frecuencia de consulta me arrulla como nadie se imagina.

Pero mi marido, pragmático a pesar de sus pantalones de pana anaranjados, me ha dicho que no puedo comprar más libros hasta que no me lea todos los que ya tengo. Esta prohibición rivaliza con la de Acta Volstead (ya saben, la que prohibió la fabricación y venta de alcohol en los años ’20 en Estados Unidos) y ha sido igual de acatada. Llego con libros empacados con disimulo en bolsas de plástico negras, tengo libros escondidos en el baño, en el carro, en la cocina, en las carteras y ocultos entre la ropa interior. Soy la Al Capone literaria y debo admitir que, como todo lo que se prohíbe, mis libros de contrabando son aún más dulces. Supongo que me tocará seguir leyendo debajo de las cobijas con linterna en mano hasta que me atrape la autoridad… o hasta que me consiga un par de camellos persas entrenados.

*PUBLICADA EN AGOSTO DE 2009 EN MUNDO MODERNO