El bulo se nutre de la bulla


Un amigo lector me enseñó la palabra “bulo”, que es el término correcto para noticia falsa. He dedicado un par de entradas al tema de los bulos y hoy les quiero hablar de cómo funcionan y por qué existen.

Verán, los bulos parten de la suposición de la bondad, de que la gente es amable y quiere que sus amigos estén a salvo y que nada une a la gente como un enemigo común. También suponen que la gente es perezosa y que estamos predispuestos a creer las malas noticias pero no tanto a confirmar las fuentes. Por eso me llegan correos como este:

Les informo que llegó a mi correo un aviso de transferencia por un banco en el cual no poseo cuenta corriente…

Y este

Consejos importantes de salud:

1. Conteste las llamadas de teléfono con el oído izquierdo.

2. No tome su medicamento con agua fría ….

Y varios que empiezan
Se acaba de detectar un nuevo tipo de cáncer…
O bien
Han descubierto una nueva forma de atraco…
Y siempre terminan con la admonición de que si uno no comparte el mensaje está poniendo en riesgo a su familia y amigos, así que por supuesto la gente le da reenviar sin dudarlo y además cree que está prestando un servicio social.
Mas no.
Este tipo de mensajes, fuera de causar pánico entre la gente que tenga cualquier tipo de brote inocuo, lo que hacen es exponer a todos los que se encuentran en la lista de recipientes a que alguien, en algún punto de la cadena, copie su correo y lo use para enviarle Spam o correo indeseado. Si alguna vez les ha llegado una oferta para un medicamento mágico para alargar el pene o fotos de señoritas en busca de compañía o una carta de un príncipe nigeriano que busca invertir en propiedad o una notificación de que se ha ganado el baloto irlandés, la culpa es de este tipo de correos.
Incluso los mensajes aparentemente inocentes como el que Hotmail o Facebook va a empezar a cobrar y que se necesitan chorriscientas mil firmas o Bill Gates está regalando un computador son bulos.
Ahora, si le llega una presentación en Power Point con fotos de cascadas o una caricatura de un gato tomando café o la foto de la perra que adoptó un tigre y simplemente no puede evitar compartirla, hágalo teniendo la precaución de poner los recipientes en el espacio de CC y poner “Hide CC” u “Ocultar recipientes”. Así, la gente que lo reciba no podrá ver las direcciones electrónicas de los demás recipientes y podemos minimizar la probabilidad de que alguien copie las direcciones de nuestros amigos y familiares para bombardearlos con noticias de que su número de cédula ha sido elegido para recibir un auxilio del gobierno o que se ha encontrado una herencia de un pariente lejano sin hijos que ahora hay que reclamar.
Compartir mensajes lindos fortalece las relaciones y todo el mundo disfruta de un buen chiste, pero hay que compartir con alegría y precaución.
Les insisto, si saben de otros bulos me cuentan y aquí los pondré para que revisen. También comparto estos hipervínculos para que ustedes mismos sepan dónde buscar en caso de que les lleguen correos sospechosos.
Para bulos, leyendas urbanas, mentiras convincentes: http://snopes.com

Weboneando hasta el fin del mundo


Internet

Internet (Photo credit: runran)

Hace algunos años, cuando apenas empezaba la fiebre de Internet, me emocionaba al recibir los mensajes que enviaban mis amigos. Los mensajes eran variados en intención y contenido e iban desde chistes hasta oraciones en cadena que venían en combo con maldición incluida. Confieso que las primeras ciento tantas veces que me llegó algo que finalizaba con la amenaza de “si no envías este correo a diez personas en menos de veinte segundos, tendrás mala suerte durante 50 años” y segura de que nadie invocaría la mala suerte ajena en vano, hice caso de la omnisciente advertencia y contaminé los correos de mis amigos y conocidos con mensajes de este estilo. Confieso, asimismo, que la primera treintena de veces que vi la foto del niño con elefantitis o la niña perdida que buscaba a su familia en El Salvador o la promoción que afirmaba que una compañía de celulares daría un equipo activado gratis a cambio de no sé cuántas firmas, me creí toda la carreta. Incluso reconozco que fui una de las numerosas víctimas de un mensaje que delataba la crueldad de algunos científicos japoneses que habían logrado criar gaticos en unos tarros de vidrio y que se alimentaban por un tubo. No se me ocurrió pensar que estuvieran mintiendo. Lloré y todo con lo de los gaticos y si hubiera tenido cómo, me hubiera ido hasta el Japón a cachetear a los infames torturadores. Y entonces descubrí que existe un grupo de individuos a quienes llamaré de aquí en adelante los webones.

Los webones son aquellos seres que usan la red para crear y transmitir chistes y cadenas de mensajes que contienen desde una lista inverosímil de todo lo malo que sucede si uno toma coca cola hasta descripciones detalladas de síntomas igualmente inventados de nuevos tipos de cáncer hasta en las uñas. Cada que me llega un correo de un webón, recuerdo las estadísticas del desempleo y pienso que ellos no han visto el periódico últimamente porque claramente, esta gente no está cuidando el puesto. Es evidente que los webones tienen demasiado tiempo libre en sus manos y lo están ocupando en tareas poco provechosas para la humanidad. Pero, ¿quiénes son, dónde están y de dónde sacan el material para estos mensajes tan elaborados y tan falsos? Ese es un gran misterio para mí, y uno que me gustaría resolver. No son los hackers ni los crackers los que me desvelan, sino los webones que no pretenden sino transmitir información falsa a ver quién se la cree.

A lo mejor estoy equivocada. Parte de mí quiere pensar que los webones no son individuos que se aburren en la oficina y empiezan a fantasear con redactar mensajes con datos y situaciones cada vez más improbables. Hay algo en mí que quiere creer que son estudiantes de sociología recogiendo datos sobre la manera como las sociedades transmiten la información. Lo dudo. Lo más grave es que hay gente que les cree, personas que están esperando ese celular y se juran vacunados contra la mala suerte. Estas pobres almas, que llamo webas, deberían vacunarse contra la ingenuidad y reordenar sus prioridades.

No crean que me moleste el fenómeno sólo porque como periodista siento que la gente no debería jugar con la información, como me imagino que los bomberos sienten que no se debe jugar con el fuego. Nada de eso. Es que temo que webas y webones no sean adolescentes desocupados sino que ocupen cargos importantes, médicos que deberían estar estudiando para la cirugía de mañana, funcionarios públicos que deberían estar pensando cómo resolver los problemas del país, abogados en cuyas manos está salvar o condenar un inocente. Temo que las guerras, la hambruna, los accidentes y las tragedias no se deban al destino, a la mala suerte ni al karma, sino a que hay gente que debería estar trabajando y en cambio está haciendo webonadas. Y temo, más que nada, que el fin del mundo llegue porque el que se sabe el código de los misiles ande weboniando por ahí, resolviendo el test del tarot tibetano.

* PUBLICADA EN SEPTIEMBRE DEL 2006

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El romance ya no es lo que fue


A pesar de mi cinismo abiertamente reconocido, he de admitir que siento algo de nostalgia por el amor de antaño. Sí, claro, las feministas nos han hecho caer en cuenta de que el amor romántico no es más que un constructo posmoderno y han derrotado el mito del amor a primera vista con la explicación, racional además de cierta, de que es imposible saber todo lo que se necesita saber de alguien para amarlo con sólo mirarlo y datos como que el 50% de los matrimonios terminan en divorcio no ayudan a mantener viva la llama pero aún así, a mí me gustaba la idea de que eso del amor era posible. Ese amor que hace que en las películas la gente se bese y oiga a Puccini en la cabeza me parecía de lo más lindo pero hechos recientes me han obligado a encarar la verdad: el romance ha muerto. ¿Quién lo mató? Temo que fue la tecnología.

La tecnología, que jugó un papel tan importante en mi propia historia de amor (para quienes no sabían, mi esposo y yo nos conocimos por teléfono, nos enamoramos por mail, fijamos la fecha por Messenger, armamos la luna de miel en Disney.com y participamos vía Facebook) parece haber acabado con algo de galanteo al que nos tenían acostumbradas las novelas de Corín Tellado.

Ahora, en lugar de miradas furtivas que atraviesan un salón de baile lleno de escotes y penetran abanicos de encaje nos encontramos con que la gente se conoce gracias a los avisos personales en sitios como encuentratupareja.com o encuentraacáconquien.net, coquetea en los ‘chat rooms’, se fijan en los avatares a ver si se gustan y cuadran la salida intercambiando mensajes de texto. La serenata ha sido reemplazada por el ringtone (a propósito, no sabía qué tan caros eran los ringtones hasta hace poco y decidí que mejor me ahorro la plata y contesto cantando yo misma el teléfono, así que no se sorprendan si llaman y entono “Lucy in the Sky with Diamonds” en lugar de decir aló), las flores reales por virtuales y en vez de “pedir el cuadre” sencillamente actualizan su estatus en la red social de ‘soltero/a’ a ‘en una relación con XX’.

Así mismo, las relaciones terminan mediadas por la tecnología. Uno ya no se puede tirar el teléfono, lo único que puede hacer es presionar enfáticamente el botón rojo del celular, eliminarlos del marcado rápido, borrarlos del Facebook, bloquearlos del Messenger, poniendo un mensaje personalizado que rece “A XX no lo quiero ver ni en emoticon” y cambiando su estatus a ‘soltero/a’ de nuevo para luego jaquear (¡estaba segura de que Word me iba a subrayar esa palabra, pero parece que sí existe!) la cuenta del otro para enviarle mensajes inapropiados al jefe o fotos reveladoras a la mamá.

Según un sitio en Internet el año pasado el 48% de las personas menores de 21 años eligieron terminar sus relaciones por internet. Nada que hacer. El romance ha muerto; ¡que viva el e-love y la cibertusa!

 

*PUBLICADA EL 23 DE AGOSTO DE 2009 EN MUNDO MODERNO