Por qué uso la palabra STORYTELLING para hablar de contar historias


Hace poco leí un artículo en donde el autor criticaba el uso innecesario de anglicismos, y me llamó la atención porque incluía en su lista de agravios la palabra Storytelling

Este sometimiento se observa, sobre todo, en vocablos como storytelling. “Es uno de los anglicismos que más me molestan”, afirma Antonio Rodríguez de las Heras, “porque es como descubrir el Mediterráneo. Desde hace mucho tenemos recursos para expresar el hecho de contar historias usando distintas estructuras narrativas. Pero así, usando extranjerismos, se pretende dar la impresión de que se acaba de inventar esta palabra.

Entiendo la molestia de Rodríguez de las Heras, y sé que no está solo. Muchas personas sienten que acudir a un extranjerismo es sinónimo de pereza mental o de esnobismo lingüístico, y es posible que en algunos casos sea así. 

Sin embargo, para mí la palabra Storytelling es una manera de diferenciar lo que yo hago de lo que las personas ya conocen. Cuando hablo de contar historias, muchas personas se confunden y creen que soy cuentera o historiadora. En cambio, cuando digo que enseño técnicas de Storytelling, las personas que saben qué es de inmediato entienden que se trata de una metodología especial de comunicación, y quienes no saben me abren la puerta y me preguntan qué es eso. 

Cuando me preguntan, me dan la oportunidad de explicar, y eso es precisamente lo que busco, que sientan curiosidad, pregunten, aprendan y se interesen. 

Usar esta palabra puede parecer extraño pero para mí es una gran ventaja y creo que les ha ayudado a muchas personas a ver con nuevos ojos y renovado interés el arte y la ciencia de contar historias. 

En todo caso, en mis clases y talleres siempre hablo de la importancia de tener ortografía y dicción correctas, cuidar el uso del idioma y tener en cuenta las reglas gramaticales. El idea es comunicarnos de tal manera que respetemos el idioma y al mismo tiempo seamos fieles a nosotros mismos. 

Para mí, ser fiel a mi voz, ser auténticamente yo, implica usar palabras en español, inglés y spanglish (otras veces sencillamente me invento palabras). 

Aunque no siempre ha sido así, hoy me siento no sólo cómoda sino orgullosa de mi estilo de hablar variopinto y colorido, y con mucha frecuencia me encuentro con otras personas bilingües que cruzan las fronteras idiomáticas con regularidad y sin pena. 

He entendido con el tiempo que mi manera de hablar, con errores y rarezas, es reflejo de mi recorrido. Es posible que algunos consideren que decir Storytelling en lugar de contar historias sea un error, y respeto esa posición, pero también creo que los errores en el habla, como las cicatrices en la piel, nos muestran dónde hemos estado, lo lejos que hemos llegado, y el coraje que hemos tenido en el camino. 

No, my Darling


Acta de Bautismo de Santa Anna

Acta de Bautismo de Santa Ana. Si fuera Santa Darling, la cosa sería distinta...

Los colombianos estamos acostumbrados a los nombres raros. Me atrevería a decir que es parte de nuestra cultura cotidiana. Todos tenemos un amigo Jason Micheal, Bryan Vladimiro o Yeims James. Casi todos conocemos al menos una Dolly Tatiana, Kelly Milady o Linda Flor. La lista de los deportistas profesionales, actores y políticos nada más contiene nombres que retan la lógica y desafían el aparato fónico. Que a fulano lo bautizaron con gasolina, que a fulana le pusieron así porque los papás le debían plata al notario, no hay burla que impida que las pilas de bautismo se llenen con los baños de las Yardely y los Batman Adolfo.

Admito públicamente que me he burlado en varias ocasiones y de vareadas maneras de quienes ostentan nombres poco comunes, o comunes pero poco castizos. Nunca pensé que llegaría el día en que defendería a los sin tocayos, pero ese día ha llegado.

Una cosa es que yo me burle, pero otra muy distinta es que alguien prohíba los nombres raros. Eso es exactamente lo que hizo el gobierno español con una colombiana.

Así como lo leen.

El pasado mes de enero, el gobierno le negó la ciudadanía a Darling Vélez Salazar, una mujer de 33 años que lleva años viviendo y trabajando en España y que había solicitado formalmente la residencia permanente en el país ibérico empezó a celebrar cuando le dijeron que su petición había sido aceptada, pero que su nombre no.

El periódico español El Mundo reportó el incidente y señaló que la ley española ‘obliga a cambiarse de nombre si esa persona tiene un hermano vivo que se llama igual, si el nombre dificulta la identificación de esa persona (porque induce a error sobre el sexo), si perjudica a su titular, si la persona tiene más de dos nombres simples o más de uno compuesto, o si el nombre es un diminutivo’ y hasta hace poco, también estaban prohibidos los nombres en lengua Vasca, pero ahora son comunes.  A raíz de lo anterior, el notario le sugirió a Darling que cambiara su nombre, tal vez a uno de un santo o una santa. Darling se negó y contrató un abogado para que defendiera su derecho de llamarse así.

Puede que quiera caminar de pasaporte, pero sigue igual de colombiana.

El asunto aquí no es de si el nombre de Darling vale la lucha o la pena. Probablemente, no. El asunto es que nadie tiene por qué decidir quién se llama cómo, y menos la ley de un país lleno de Iñakis, Begoñas, Agostiñas y Bernabeús. Si por las calles de tu pueblo camina al menos una Eudoxia y un Severino, no tienes autoridad nominal para rajar de nadie.  Por mucho que me choquen los nombres que son diminutivos o palabras rebuscadas o sonidos inventados que no merecen ser llamados nombres, me cambio el nombre a Anyi para defender el derecho de que cualquier madre pueda darle el nombre que quiera a su hijo o hija.

Además, no seamos hipócritas. La burla es tan humana como el impulso por coleccionar herramientas que no se usan. Nos niños y las niñas se burlan de sí mismos y de los demás por motivos insospechados. Tener un nombre raro será la excusa, pero uno puede llamarse Juan o Juan María de los Santos Aposentos de los Mártires (nombre real de un español), que da igual. Si los españoles quieren erradicar la burla, les toca prohibir no sólo los nombres raros, sino las facciones y las características únicas. Tendrían que eliminar a los cumbambones, narizones, ojones, grandes, chiquitos, gordos, flacos, pecosos… mejor dicho, eliminar la singularidad. Un tris peligroso este sendero. Pero si defender los nombres raros es la manera de combatir la eugenesia, entonces ¡que vivan las Wendy Dayanas, los Harley Osamas y los Onedollar!

*PUBLICADA EN FEBRERO DEL 2007