Punto, cadeneta, ronquido ( o por qué renuncié a ser intelectual)


"Anna Karenina" by Leo Tolstoy

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Albert Einstein dijo alguna vez que había que tener mucho cuidado de no hacer del intelecto nuestro Dios porque tiene músculos poderosos, pero cero personalidad. Me encanta esa frase y la recuerdo con frecuencia, en especial cuando me reúno con algunos colegas académicos (No se preocupen, ellos no leen mi columna). Cuando mi abuelita se reunía con sus amigas del costurero, decíamos que ellas hacían ‘punto, cadeneta, chisme’, pero con mis colegas es más ‘punto, cadeneta, ronquido’. El ronquido es mío. Ellos hacen otros sonidos más aceptables, como el ‘ajém’ y el ‘ajá’ y el infaltable ‘esteeee’, y los entremezclan con citas, referencias, fuentes y anécdotas de gente que aparece en la parte de atrás del Pequeño Larousse Ilustrado. No les miento… estaba el otro día almorzando con un par de profesores y saqué unas cosas de mi cartera (mi cartera es una maravilla. Dentro hay los elementos necesarios para hacer una traqueotomía de urgencias, desmantelar una bomba y retocar mi maquillaje), acto que produjo el siguiente comentario “tienes más cosas ahí adentro que Ana Karenina en su cartera roja”. Esto engendró en mi rostro una expresión de silenciosa confusión porque en la versión fílmica- protagonizada por Greta Garbo y que me vi con mi abuela Pepita durante un festival de cine clásico que dieron durante una amigdalitis mía que me evitó tener que ir al colegio- no había tal cartera roja. Mi confusión, por supuesto, me ganó una larguísima explicación de la trama central de Ana Karenina y los diferentes niveles de lectura en los que además la careta se convierte en una metáfora para las cargas emocionales de la vida de las mujeres oprimidas. Les juro que tres cucarachas que pasaban cayeron muertas del peso de la explicación. Había cucarachas porque no fuimos a almorzar donde yo quería sino a un ‘lugarcito’ que ellos frecuentan en donde uno puede, por 5500 pesos, sentirse ‘como en casa’. Yo pensé que ‘como en casa’ significaba comodidad e higiene, mas no. Significa que el concepto de servicio al cliente es inexistente, que hay salero comunal y que como todos somos familia, los cubiertos están mal lavados. Ah, y además no sirven coca- cola, elixir divino, sino jugo mal revuelto y aguado de frutas que debieron haberse extinguido con los dinosaurios. ¿Por que, por qué, POR QUÉ la gente le dice ‘jugo’ aún cuando el agua y la fruta se han separado, se han divorciado irreconciliablemente como cualquier pareja de Hollywood? La palabra JUGO implica que hay unidad estructural, pero estos vasos contienen capas, CAPAS. Las capas están bien en las tortas y hasta en los cocteles (advertencia, los cocteles de capas de colores prenden más que gasolina de jet), pero un juego no debe parecer una bandera. Pero claro, no podemos ir donde los yanqui-imperialistas opresores que alimentan la maquinaria que mantiene sometidas a las masas y manejan el peligroso concepto del sabor y la variedad en las comidas. No, por supuesto que nosotros, los intelectuales, tenemos que comer algo llamado ‘sopa de la prosperidad’, que no resultó ser más que sopa de lentejas aguada con lo que elegí creer eran raíces chinas y no quiero que NADIE me lleve la contraria.

El postre, algún menjurje coloidal rosado dulzón de sabor que no lograba asemejarse del todo a algo que se encuentre en la naturaleza, marcó el fin del encuentro y me lo devoré para poderme ir rápidamente, pero pronto me arrepentí. Se me formó una capa de sustancia pegajosa en el paladar y tuve aliento rosado toda la tarde. Traté de disolverlo con un café después, pero la duración del sabor es, aparentemente, inversamente proporcional a la calidad de los ingredientes. Una Hershey’s kiss dura segundos, mientras que el jugo de tomate de árbol es recordado hasta entrada la madrugada.

De regreso del almuerzo pensé en todo lo que habían dicho, en cada frase que venía con notas al pie de página. Las comillas fueron mi principal fuente de proteína en ese almuerzo, así que tenía hambre. Y caminando hacia McDonalds me reí al pensar en mi amigo Einstein y lo mucho que habría gozado viendo estos adoradores del Intelecto.

* PUBLICADA EL 17 DE FEBRERO DE 2008

Quiero agradecer a la Academia…


Oscar Backstage

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Hace poco fue la entrega de los Óscar, los premios más prestigiosos de Hollywood. Soy cinéfila, así que me vi dichosa la transmisión de la ceremonia por televisión como todos los años desde que era niña. Este año critiqué vestidos, especulé sobre los nominados y hasta me gané una hamburguesa en una apuesta con mi marido sobre quién ganaría el premio a la Mejor Actriz de Reparto. Pero lo más memorable para mí siempre son los discursos de aceptación de los afortunados ganadores. Algunos fueron cómicos; otros, conmovedores; un par, bilingües. Con el tiempo, me he vuelto una experta analista de discursos. Por ejemplo, supe que Reese Witherspoon y Ryan Philippe tenían problemas maritales cuando la actriz ganó el premio por Mejor Actriz y a duras penas miró a su entonces esposo, pero le dedicó varias elogiosas palabras a su co-estrella. En cambio, Marcia Gay Harden agradeció a todos sus compañeros y compañeras del restaurante en el que trabajaba como camarera por cubrir su turno mientras iba a audiciones en busca del estrellato. Apuesto que siempre le sirven plato con morro en todos los restaurantes.

Todos estos discursos me hicieron pensar en qué diría yo si me ganara algo. El Premio de Amor al Colegio no vale… algo de verdad, con discurso transmitido por todo el mundo. Lo primero que pensé, obviamente, fue agradecer a mi familia. “A mi mamá y mi papá, por fabricarme, a mi abuelo Óscar por darme torta a escondidas, a mi hermana Lina por falsificar la firma de mi mamá para que me pudiera volar de clase y a mi hermana Pilar por guardar mis secretos, a mi marido por hacerme el desayuno los domingos y hacerme reír”, pero después pensé que no vale la pena decir eso en público porque es algo que podría decirles en privado. Decidí que esos preciosos minutos de fama los podía usar para algo más productivo, como sacarme espinas. Sí, así es, decidí que si algún día me gano algo importante, voy a aprovechar para decirle a mi profesora de quinto de primaria que se equivocó y que yo sí sirvo para algo y que tener letra fea no truncó mi futuro. Al de Educación Física le diría que mi éxito no dependió para NADA de mi habilidad para trabajar con el balón medicinal ni hacer atletismo. Y por ahí derecho, agitaré mi premio en el aire y gritaré que mi profesor de cálculo estaba errado: uno NO necesita saber derivar para triunfar en la vida. ¡Ja! Y si tengo tiempo, le diré a mi profesora de tercero de primaria que este premio NO se lo dedico a ella porque ella era una arpía desalmada y no se merece mis agradecimientos y que, en cambio, comparto mi premio con todos los niños necios del mundo que alguna vez los castigaron por ser precoces. Y a ese señor que no me quiso contratar porque no tenía suficiente experiencia, le sacaré la lengua y le diré “conocí a Sharon Stone y NO te voy a dar su celular”. Esto es emocionante. A mi profesor de Química le diría que todo esto lo hice gracias a que no invertí NINGUNA neurona en memorizar los elementos de la tabla periódica. Pero no terminaría allí. Aprovecharía que me veo fabulosa en mi vestido D’ior y mis collares de diamantes (A ver, es mí sueño) y les diría a todos mis ex novios, a todos los hombres que nunca me volvieron a llamar o que me gustaban y no me invitaron a salir, “Ajá, sí ven, por la pura pica ustedes NO van a ir conmigo a la fiesta post-premiación y NO voy a compartir con ustedes los regalos que nos dan”. Y a ciertas compañeras del colegio les diría simplemente “No compartiste tu lonchera, no comparto mi éxito”. Terminaría sacando la lengua y dando la venia.

¿Les parece un poco inmaduro de mi parte? Pues, entonces a ustedes TAMPOCO les daré las gracias cuando sea famosa.  Bueno, ya tengo mi discurso… y ahora, ¿cómo hago para lo del premio?

* PUBLICADA EL 2 DE MARZO DE 2008

Quiero agradecer a la Academia


Best Actress Academy Award

Image by cliff1066™ via Flickr

Hace poco fue la entrega de los Óscar, los premios más prestigiosos de Hollywood. Soy cinéfila, así que me vi dichosa la transmisión de la ceremonia por televisión como todos los años desde que era niña. Este año critiqué vestidos, especulé sobre los nominados y hasta me gané una hamburguesa en una apuesta con mi marido sobre quién ganaría el premio a la Mejor Actriz de Reparto. Pero lo más memorable para mí siempre son los discursos de aceptación de los afortunados ganadores. Algunos fueron cómicos; otros, conmovedores; un par, bilingües. Con el tiempo, me he vuelto una experta analista de discursos. Por ejemplo, supe que Reese Witherspoon y Ryan Philippe tenían problemas maritales cuando la actriz ganó el premio por Mejor Actriz y a duras penas miró a su entonces esposo, pero le dedicó varias elogiosas palabras a su co-estrella. En cambio, Marcia Gay Harden agradeció a todos sus compañeros y compañeras del restaurante en el que trabajaba como camarera por cubrir su turno mientras iba a audiciones en busca del estrellato. Apuesto que siempre le sirven plato con morro en todos los restaurantes.

Todos estos discursos me hicieron pensar en qué diría yo si me ganara algo -el Premio de Amor al Colegio no vale- algo de verdad, con discurso transmitido por todo el mundo. Lo primero que pensé, obviamente, fue agradecer a mi familia. “A mi mamá y mi papá, por fabricarme, a mi abuelo Óscar por darme torta a escondidas, a mi hermana Lina por falsificar la firma de mi mamá para que me pudiera volar de clase y a mi hermana Pilar por guardar mis secretos; a mi marido por hacerme el desayuno los domingos y hacerme reír”, pero después pensé que no vale la pena decir eso en público porque es algo que podría decirles en privado. Decidí que esos preciosos minutos de fama los podía usar para algo más productivo, como sacarme espinas.

Sí, así es, decidí que si algún día me gano algo importante, voy a aprovechar para decirle a mi profesora de quinto de primaria que se equivocó y que yo sí sirvo para algo y que tener letra fea no truncó mi futuro. Al de Educación Física le diría que mi éxito no dependió para NADA de mi habilidad para trabajar con el balón medicinal ni hacer atletismo. Y por ahí derecho, agitaré mi premio en el aire y gritaré que mi profesor de cálculo estaba errado: uno NO necesita saber derivar para triunfar en la vida. ¡Ja! Y si tengo tiempo, le diré a mi profesora de tercero de primaria que este premio NO se lo dedico a ella porque ella era una arpía desalmada y no se merece mis agradecimientos y que, en cambio, comparto mi premio con todos los niños necios del mundo que alguna vez los castigaron por ser precoces. Y a ese señor que no me quiso contratar porque no tenía suficiente experiencia, le sacaré la lengua y le diré “conocí a Sharon Stone y NO te voy a dar su celular”. Esto es emocionante. A mi profesor de Química le diría que todo esto lo hice gracias a que no invertí NINGUNA neurona en memorizar los elementos de la tabla periódica. Pero no terminaría allí. Aprovecharía que me veo fabulosa en mi vestido D’ior y mis collares de diamantes (A ver, es mí sueño) y les diría a todos mis ex novios, a todos los hombres que nunca me volvieron a llamar o que me gustaban y no me invitaron a salir, “Ajá, sí ven, por la pura pica ustedes NO van a ir conmigo a la fiesta post-premiación y NO voy a compartir con ustedes los regalos que nos dan”. Y a ciertas compañeras del colegio les diría simplemente “No compartiste tu lonchera, no comparto mi éxito”. Terminaría sacando la lengua y dando la venia.

¿Les parece un poco inmaduro de mi parte? Pues, entonces a ustedes TAMPOCO les daré las gracias cuando sea famosa. Bueno, ya tengo mi discurso… y ahora, ¿cómo hago para lo del premio?

*PUBLICADA EN MUNDO MODERNO en 2008