Primera semana de colegio


Lunes en la mañana: se fue sin problema. No lloró. Soy una mamá fantástica, mi hijo tiene mucha confianza en sí mismo y eso es todo gracias a que lo he criado con amor y esto significa que va a poder con cualquier obstáculo y va a ser famoso y me va a dedicar todos sus triunfos.
Lunes en la tarde: no me han llamado del colegio. No me ha extrañado ni poquito. Eso es que no me quiere. Claro, estaba ya harto conmigo y está dichoso de poderse volar. Soy una mamá horrenda.
Martes en la mañana: Lloró. Dice que no quiere ir al colegio. Claro, como yo nunca lo mandé a nada y no lo dejé ir con nadie sino que estuvo conmigo siempre pues eso es que no se va a poder adaptar y va a ser un antisocial y nadie lo va a querer y va a vivir en el garaje de la casa y coleccionar chicles usados toda la vida. Soy una mamá horrible.
Martes por la tarde: la profesora dijo que se había calmado sin problema. Soy la mejor mamá del planeta y mi hijo es resiliente y capaz de navegar las turbulentas aguas de la sociedad infantil.
Miércoles por la mañana: Tuvimos un accidente y tocó cambiarlo antes de ir al colegio y ahora todos los niños se van a burlar porque no tiene el uniforme y van a pensar que es que no hicimos bien el proceso de quitarle el pañal porque soy perezosa y el niño no va a hacer bien su etapa y según Freud eso le va a generar problemas psico-sexo-socio-afectivos y nunca va a ser feliz. Apesto como mamá.
Miércoles en la tarde: no se comió la lonchera. La profesora dijo que se había comido todo el refrigerio y todo el almuerzo. Eso es porque yo siempre le he dado comida variada y lo he llevado a restaurantes y nunca le di de esa comida de bebé simple ni compotas de hígado y el niño tiene buen gusto y va a ser chef y va a poner un restaurante que se llame Angelita’s y vamos a ser famosos y soy una mamá estupenda.
Jueves en la mañana: Pero ¿por qué no se come la lonchera? ¿Será que no le gusta lo que le empaco? ¿Será que no le estoy comprando el mecato adecuado, que no estoy al tanto de los pasabolas trendy y lo estoy condenando al ostracismo prejardínico porque los demás niños se burlan de su lonchera del siglo pasado? Soy una mamá horrible.
Jueves en la tarde: Se despidió de beso y abrazo de la profesora. Ella siempre me cayó bien. Ella es joven y linda y lo carga y está haciendo todo lo posible para que esta transición sea fácil. Elegí el mejor colegio para mi hijo. Soy una mamá espectacular.
Viernes en la mañana: ni siquiera me dio beso. Llegó y se le lanzó a los brazos de la profesora. Perra inmunda, me está tratando de quitar a mi bebé. No lo voy a permitir. Mi bebé es mío y no lo comparto con nadie. Soy una mamá espantosa.
Viernes en la tarde: ¿Tengo que hacer esto otra vez el lunes?
Conclusión: voy a investigar sobre home schooling. Mientras tanto, necesito una agüita de Valium y una siesta.

 

Dèjá vu


 

English: multi slides

Hagan de cuenta…

 

Este temor lo he sentido. Miro hacia abajo y vuelvo a tener seis años y soy la niña gorda que no cabe en el rodadero. Ya he sido la niña gorda que reventó el columpio, la niña gorda con la que nadie quiere jugar al subibaja (porque el otro no bajaba), la niña que no podía deslizarse por el tubo a lo bombero porque los gordos de las piernas desafiaban la gravedad, la niña gorda que nadie quiere delante en la fila en la fiesta porque se comía toda la torta. Bueno, en fin, la niña gorda.

Ya no soy una niña gorda. Pero estoy en la cima de un rodadero y temo que no voy a caber. ¿Cómo llegué aquí? ¿Cómo diablos me encaramé a esta cosa? Matías. Matías, mi hijo temerario, mi bebé adicto a la adrenalina. Ama las alturas, la velocidad, y sobre todo, los rodaderos. En un abrir y cerrar de ojos se encaramó por la escalera, corrió por la rampita y desde lo alto  de rodadero me gritó Mamá, mírame. Yo, pálida y rauda, me trepé como pude para alcanzarlo. El rodadero era demasiado alto para alcanzarlo desde abajo –mido 1.57 así que no era mucho lo que alcanzaba- y no tenía laderas altas y se podía caer antes de llegar a mí. Una vez allá arriba vi que las opciones para bajarnos no eran muy buenas. Podía echarme  Matías al hombro y bajar por la escalera de cuerda por la que nos habíamos subido, pero no me pareció prudente. Había un tubo pero… no. Y estaba el rodadero. Dos metros arriba y de los viejos, de los de lata asesina que cualquier imperfección hace las veces de navaja y podía tajar la delicada piel de mi bebé. Y así fue como llegué acá y ahora soy la mamá gorda sentada en el rodadero rodeada de adultos que señalan y ríen, con mi bebé sobre mi regazo diciendo Dale Mamita, rápido, rápido.Hay otros niños detrás de nosotros haciendo fila para tirarse por la lata esta. Y yo haciendo cálculos mentales que arrojan los peores resultados: no voy a caber. Mis caderas se van a quedar engarzadas en las laderas de aluminio y volvería a oír el terriblemente familiar sonido que hace la carne al sobar el metal, ese fastidioso “squich” lento y agudo que dura lo que tarda la bajada. Pero es inevitable.
Agarro con fuerza a Matías, miro suplicante al público implorando su misericordia, cierro los ojos y ¡zum!¡sush! Nada de squich, nada de atascos ni impedimentos, sólo velocidad y viento y, ¡ay, el suelo! A último minuto usé mis tobillos para frenar contra el borde del rodadero y me dolió sólo un poco. Pero Matías estaba dichoso y yo estaba en éxtasis. Cupe por el rodadero…ya no era más la niña gorda. Nos lanzamos varias veces más y desde ese día rodamos juntos docenas de veces más por otros rodaderos. Algunos nos miraron de manera extraña pero vimos muchas sonrisas y nuestras carcajadas opacaron cualquier ruido desaprobatorio.
Tal vez la dieta esté funcionando, tal vez los estándares para el diseño de rodaderos haya cambiado en vista del aumento de peso de la nueva generación, pero no importa. Nadie me quita lo rodado.

 

 

Sobre la trampa


Práctica de Dibujo técnico

Práctica de Dibujo técnico (Photo credit: guevo)

El que nunca haya pasteliado, que tire la primera piedra… yo, admito, hice trampa en el colegio. Bueno, no ha hice realmente, pero la intenté hacer. En un examen de química intenté pedirle a cierta compañera (su nombre lo omitiré porque creo que ya está casada y tiene hijos y esto podría restarle credibilidad y autoridad moral en el futuro) la respuesta. Ella, muy osada, la escribió en el borrador de natas y me lo lanzó con excesiva fuera, causándome la primera contusión nata-inducida de la historia de las lesiones craneales y produciéndome un ataque de risa tal que ni pude leer la respuesta ni pude concentrarme en el resto del examen, el cual perdí con un nota esplendorosamente mala. Otra vez, le dije a ‘la pepa del salón’ que si ella me hacía los problemas de Cálculo, yo le hacía los de Filosofía, pero el trato se desbarató cuando ella se dio cuenta de que mi letra era más difícil de entender que el Mito de las Cavernas. Mi único logro en mi carrera como r fue en las planchas de Dibujo Técnico. Tomaba una buena, le sacaba fotocopia, la repintaba mucho con lápiz HB, del blandito, y después le pasaba otra por encima y esa también la repintaba para que quedara al revés y finalmente esa la ponía sobre el papel limpio y traspasaba las líneas con la uña del pulgar y después las terminaba de repintar con un portaminas y una regla T. Los resultados fueron bastante buenos. Nunca me atraparon y el profesor ni siquiera empezó a sospechar cuando vio sólo usaba el transportador para hacer el contorno de las caritas felices que le mandaba a mi novio. Y ese fue el final de mi vida de tramposa. No tuve mucho éxito, tal vez porque no tenía las agallas (ni lo smuslos) de las niñas que se escribían las respuestas en las piernas, ni el ingenio de las que se metían el rollito de papel con las respuestas en el reloj y avanzaban con el minutero.

Tal vez si  hubiera tenido de amigos a los chinos esos que hicieron trampa en el examen de admisión de la Universidad estatal, mi vida habría sido distinta. Esos chinos sí saben hacer trampa…uno tenía un micrófono inalámbrico y leía las preguntas en voz alta mientras que sus tres compinches, estacionados en una mini van afuera del recinto en donde se realizaba la prueba, buscaban la respuesta en Internet y se la enviaban por el celular. Otros tenían zapatos, sombreros y hasta billeteras con tecnología de envío y recepción de datos. Estas nuevas generaciones… los tramposos de mi época (no puedo creer que ya soy de las que dice ‘mi época’) no eran tan sofisticados. Pero tampoco lo eran los exámenes. Mis primitos ahora tienen tareas de álgebra desde tercero de primaria y los proyectos para la feria de la ciencia son de contratar maestro de obra.

Eso me recuerda otra noticia de los chinos. Recientemente salió publicado un reportaje sobre algunos padres de familia que dopaban a sus hijos para que les fuera mejor en los exámenes. Les daban medicamentos para el Desorden de Déficit de Atención a niños que no lo tenían. Les pagan fortunas a los padres de los niños enfermos para que les dieran dosis de dicho remedio y se los daban a sus hijos para que pudieran estudiar más y estar más concentrados durante las pruebas. Por favor… cuando yo tenía exámenes en el colegio, mi mamá me daba echaba un banano de más en el cereal y me deseaba buena suerte con un besito en la frente, me decía que hiciera lo mejor que pudiera y listo. ¿De dónde salieron estos padres de ahora, obsesionados con que sus hijos triunfen como sea? ¿Cómo pretenden que los alumnos no hagan trampa, si sus padres son los primeros en alentarla? Y no crean que es problema de los chinos. Vamos para allá, con tareas imposibles y exámenes impasables. Estamos condicionando a los niños para que nunca logren nada, para que nada sea suficiente. Estamos criando niños como si tuvieran que triunfar por todos en vez de por sí mismos. Me gustaba más la actitud del banano y el beso de mi mamá. Como verán, yo salí bien. Aunque sigo sin saber hacer planchas de Dibujo Técnico…