Viringos de la dicha


No-soccer

Me provoca poner esto en mi puerta...

¿Alguna vez han oído esa expresión, ‘estoy que me empeloto de la dicha’? Yo tampoco. Debe ser porque no existe. Bueno, no existe el dicho, porque la acción de empelotarse de la alegría parece ser bastante común. No en mi casa ni en mi familia, quiero aclarar, pero sí en los escenarios deportivos.

Ahora que mi esposo asume el control del televisor, me ha tocado ver varios partidos de fútbol a la semana, los que  he aprendido a apreciar por su vasto contenido educativo. No lo digo con sarcasmo. Bueno, tal vez un poco… pero en realidad he aprendido mucho viendo fútbol. He aprendido sobre la estética deportiva, sobre todo en el área de la distribución capilar facial y craneal. He concluido que entre más famoso el individuo, menos simétrico es su motilado. No sé aún si es el mito de Sansón y su melena o un cromosoma en común con los gallos lo que hace que cuiden tanto su cresta, pero lo cierto es que la fama hace maravillas con el pelo de los deportistas.

También he aprendido mucho sobre la lengua española. Al parecer, Gabo, Daniel Samper Pizano y Juan Gossaín son apenas unos aprendices, tímidos exploradores de la potencialidad del idioma al lado de los narradores deportivos que sentencian sin titubear que “este joven tiene muy buen registro en cámara y su liderato fubtolístico está muy bien aspectado en el dominio que este deportista está performacionando con el esférico”. No me lo estoy inventando. En serio dicen eso.

Pero tal vez lo que más me ha sorprendido de mis sesiones de investigación futbolística –debo fingir que estoy haciendo una investigación sociológica o no logro ver más de dos minutos seguidos- es el campo del exhibicionismo eufórico-inducido. Me refiero a que cuando un jugador mete un gol, de inmediato procede a levantarse la camisa, acto que con frecuencia imitan los asistentes en el esatadio y, temo, algunos espectadores en sus casas. A veces es más que sólo levantarse la camisa. Esta semana vimos la final de la Copa Nissan, que se disputó entre los equipos América de Méjico y Arsenal de Argentina. Aunque el América metió más goles, ganó el Arsenal (es algo así como lo que sucedió entre Bush y Gore, pero sin las corbatas). En el instante mismo en que el árbitro colombiano Óscar Julián Ruiz indicó con un pitazo que el encuentro había terminado, empezó en strip-tease. Varios jugadores perdieron sus camisas y más de uno quedó sin pantalones. Estoy hablando en serio. Al menos dos jugadores quedaron en calzoncillos. Y no bóxer, sino tanga narizona, una roja y una azul. Estando en bola se abrazaron, le dieron picos a la copa, corrieron por la gramilla agitando los brazos y brincando unos encima de otros. Fue un espectáculo similar al que seguramente vieron los griegos en las Olimpiadas originales, que se disputaban en traje de Adán. Tal vez sea por eso, porque la memoria genética existe y en alguna parte de los deportistas de hoy sobrevive un gen con la información que relaciona el deporte con la desnudez de sus ancestros esculturales. O tal vez sea porque ellos tienen un cromosoma que alerta al cuerpo de la necesidad de oxigenar las tetillas cuando se siente felicidad. O a lo mejor es porque quieren estar más cerca de Dios y sienten que deben estar como Él los trajo al mundo. O quizás sean simples exhibicionistas. El caso es que los jugadores de fútbol son los únicos que yo haya visto que asocian el triunfo con la embiringada. He visto transmisiones en vivo de los Premios Óscar, los Nóbel y hasta los TV y Novelas, y hasta ahora no he visto a nadie correr por el escenario liberando sus pectorales de las construcciones de la ropa. Sólo en el fútbol. Eso de empelotarse de la dicha debe estar ligado a la estética del pelo largo atrás y cortico adelante. A lo mejor es causado por un daño cerebral que ocurre cuando “el esférico” les pega en la cabeza.

En el altar de “la pecosa” (o el Fútbol como religión)


Millos

Image via Wikipedia

Esta semana estábamos Jorge y yo viendo un partido de fútbol. Al finalizar mostraron a los hinchas del equipo perdedor y estaban realmente deshechos. Comenté que esas personas estaban reaccionando de manera desproporcionada a algo que, en últimas, era una puesta en escena. Al fin y al cabo, razoné, el fútbol no crea nada; es un acto, como el teatro o el baile.

O…grave error.

No bien había terminado de expresar mi teoría cuando el Defensor del Fútbol brincó y me dijo:

-Si el fútbol se parece a algo, es a la religión –dijo, medio indignado.

-¿A la religión?- exclamé con incredulidad. –Ahí sí estás exagerando.

-Pues no me parece. El fútbol mueve mucho a la gente. Y existe el Maradonismo, que es una religión reconocida. Ellos tienen curas y la gente se casa. El que oficia la ceremonia está vestido de futbolista y hay un balón… –dijo Jorge

-Sí, pero para algo sea una religión tiene que tener unas características. Eso no es así como así. Implica una verdad revelada, un pueblo elegido, un lugar de culto, unos rituales, una simbología…

-Ah, pues el fútbol tiene todas esas cosas. Mira, se juega los domingos, que es un día sagrado. Y el estadio es como el templo. Además, los uniformes son trajes especiales, llenos de símbolos. Los curas tienen sus uniformes y los jugadores también. Y el árbitro, ese es como el obispo. Y la FIFA es como el Vaticano.

Empecé a decirle que los símbolos de los uniformes no eran tan sagrados porque eran los logos de los patrocinadores, pero él no me dejó interrumpir. Miré con una mezcla de sorpresa, risa y admiración a mi esposo, que se iba dando coba él mismo y a medida que su argumento se solidificaba, iba gesticulando y poniéndose rojo de la emoción.

-Además, tu hablas de un pueblo elegido. Pues bien, cada hinchada se siente como el pueblo elegido. Los hinchas de Millos sentimos que conocemos una gran verdad y esa verdad es que Millos es el mejor equipo del mundo. Y eso lo sienten también los de Santa Fe y los del América y todos. Y el amor por un equipo puede desatar guerras, al igual que las religiones. Además, uno puede decir que las barras son como las oraciones porque riman y se dicen con mucha fe y a veces obran milagros. Incluso hay simbología porque las tarjetas amarillas y la roja y todo eso tiene una historia, un significado muy profundo. Los futbolistas se echan la bendición antes de salir al campo…

-Claro, y el fuera de lugar es casi tan misterioso y difícil de definir como la Santísima Trinidad –dije en tono sarcástico.

-No te burles de lo que no entiendes –sentenció.

Dejé el tema ahí, en parte porque temí que empezara a oler a azufre y en parte porque temía encontrarme  un altar pagano con iconos de Pelé y de Falcao en el corredor al otro día.

Pensé que la cosa había quedado de ese tamaño hasta que anoche puso un partido y me quejé. Él estaba preparado y me sacó el Artículo 19, impreso y laminado, y me dijo:

-En este país hay Libertad de Cultos. El fútbol es mi religión. Estoy en misa así que déjame rezar en paz.

Amén.

Fashionista del Fútbol


Footballs

Image by beefy_n1 via Flickr

Hoy se enfrenta la Selección Colombia a la de Costa Rica en un partido de la Copa América y en honor a la ocasión mi esposo quiso celebrar de vistiéndose con la camiseta tricolor (Los colores de la bandera de Colombia son amarillo, azul y rojo). Me preguntó qué tal me parecía y cometí el error de ser honesta

-Esa camiseta no es lo que yo llamaría bonita. Es algo…colorida

-Son los colores de la bandera. Estoy siendo patriótico.

-Estás siendo anti-estético.

-¿Y si me la pongo con pantalones rojos?

-Quedas como un juglar

-Pero las camisetas de fútbol se usan.

-Sí, para jugar fútbol.

-Si eso fuera cierto, no las venderían como merchandising.

-Es una prenda de vestir que tiene un uso específico. Es como si yo salgo a la calle de tutú.

Y ante ese argumento…

 

¿La suerte se gasta?


Anoche estábamos viendo el partido Peñarol vs Velez (y cuando digo estábamos, me refiero a que mi esposo lo veía y yo estaba en la misma habitación porque estaba haciendo mucho frío y quería calorcito) y le pregunté a mi maridito a quién le estaba haciendo fuerza. Su respuesta me dejó sorprendida:

-A mí por tradición me gusta Peñarol, pero no voy a gastarme la suerte en este partido sabiendo que Millitos están en semi-finales para la Liga Postobón.

Bueno, ya sé para no gastarme la suerte de la lotería pidiendo taxi 😉

Derrotada de local


pivot soccer

Image via Wikipedia

Pensé que tendría más tiempo. Me dije a mí misma que, si bien era inevitable, no iba a suceder pronto, que yo todavía podía controlarlo y que cuando llegara, podría hacer algo para aminorar el impacto. Pero no. Ya sucedió. Sucedió hace dos noches, para ser exacta. Estábamos Matías y yo en medio de nuestra rutina nocturna. Ya le había puesto la piyamita y me disponía a darle de comer y arruncharnos para ver un poco de tele mientras le daba sueñito y llevarlo a la cama. Y entonces dijo :

-Mami, fúbol, tele, goooooool.

Con sólo 18 meses y mi hijo ya es hincha del fútbol.

Culpo a mi marido (¿a quién más?) quien lo pone a ver partidos de la Premier League y la Champions League y la Whatever League y le da manjares mientras lo hace. No sé si sea consciente de la asociación Pavloviana que está generando en nuestro pequeño crío; no sé si mi esposo es un hincha goloso inocente o un genio malvado y maquinador que ha planeado con cautela cada movimiento sabiendo que tarde o temprano el bebé haría la conexión entre ese deporte y el jamón de cordero, los chicharrones, las crispetas, los quesos y galletas que mágicamente aparecían cuando empezaba un partido.

Conociéndolo, me inclino por lo primero.

Fuera adrede o no, el resultado es que mi hijo, mi pequeño hijito, ahora me pide ver fúbol. Y dice Millos cuando ve ese escudo blanco y azul que tanta desdicha ha traído a mi matrimonio. Y me arrebata el control remoto de la televisión y cambia los canales en busca de hombrecitos persiguiendo un balón.

He de confesar que estoy menos que entusiasmada con su nueva afición. He tolerado la viudez fútbol-inducida con un silencio digno y estoico (escribir no vale) pero la pérdida de mi bebé me pone muy triste. Yo pensé que él estaría contento de ver Frutillita y Manny y Súper Agente Especial Oso conmigo al menos hasta que se fuera para la Universidad. Me imaginaba que cuando mostrara interés por los deportes yo podría, sutilmente, cambiar el canal, ofrecerle algo con qué jugar para distraerlo o, sólo en casos extremos, pasarle choques eléctricos suavecitos para que la asociación fuera negativa.

Pero Jorge me ganó, con sus dulces y brincos y cantos entusiastas. Justo en este instante le está enseñando la frase “El árbitro está cargado”. Es curioso que todos los árbitros estén cargados siempre en contra del equipo que le gusta a mi esposo. Le he dicho que es cósmica y estadísticamente imposible que SIEMPRE el árbitro esté en su contra, pero él –como cualquier hincha que se respete- no entiende de lógica cuando ve fútbol. Si así fuera tal vez sería fan de los que ganan… pero esa ese es un tema aparte.

El caso es que me sacaron tarjeta roja, me anularon un gol, me cobraron un penalty o cualquiera sea la analogía correcta. Lo cierto es que ahora Jorge está buscando dónde ver Manchester vs Barcelona porque van a quitar la luz y “el niño quiere ver fútbol”.

 

*PUBLICADA EL 29 DE MAYO DE 2011 EN MUNDO MODERNO