¿Me está hablando a mí o a mi cuerpo?


“No soy una princesa” de la serie “Whiteboard responses” en la que algunas mujeres tenían tableros en las que respondían a los comentarios de los hombres en las calles.

No es fácil describir lo que pasa cuando una mujer es víctima de un hombre que cree sinceramente que no está haciendo nada malo, o peor, honestamente convencido de que le está haciendo un favor. No estamos hablando de acoso ni de piropos desvergonzadamente sexuales o morbosos; esos son fáciles de detectar y los hombres que los propinan por lo general saben que son desagradables. No; estos son los comentarios que parecen inocentes, hasta coquetos, que salen de las bocas de los señores, de los padres de familia, de los vecinos y colegas que sienten que es su deber masculino ofrecer su opinión –no solicitada- sobre los cuerpos que ven.
Y he ahí el problema. Están evaluando un cuerpo. A ver les explico: cualquier comentario que vaya dirigido al cuerpo, así sea un comentario positivo, parte de la base de que ese cuerpo está allí para ser mirado, juzgado o evaluado, o de que las mujeres hacemos todo sólo por llamarles la atención.
Lo que muchos no entienden es que no es su trabajo hacer que una mujer se sienta bonita. Tampoco lo es hacerla sentir fea ni gorda, comentar sobre la manera como camina, la ropa que tiene puesta, la forma en que las diversas partes de sí reaccionan a la gravedad ni qué pensamientos ni antojos le produce el mirarla. Así crean que hacerlo es alegrarle el día, se equivocan. Hacerlo crea un ambiente en donde está bien pensar que las mujeres existimos sólo para ofrecerles placer visual.
Sé que es confuso. Lo era para mí también. No entendía por qué me molestaban tantos esos comentarios y aún más que cuando alguna tenía el coraje de informarles que sus opiniones no eran bienvenidas le contestaran pero por qué tan seria, no se ponga bravita y similares. Pero todo se aclaró cuando vi la obra y leí las palabras de Tatyana Fazlalidazeh sobre su proyecto “Stop telling women to smile”. Entendí que frases como no me gusta verte brava, no me hagas esa cara o regálame una sonrisa en realidad significan sólo quiero ver tu cuerpo y no me interesa saber lo que piensas ni sientes. Y como son frases amables, faltas de lenguaje grosero u ofensivo, pasan inadvertidas y los hombres que las dicen no entienden el daño que han hecho mientras que las mujeres que las oyen luchan por comprender por qué duelen tanto, por qué al oírlas sienten vergüenza, desconfianza y miedo.
¿Miedo a qué? A que la próxima vez no sean sólo palabras.
Algunos leerán esto y exasperados se preguntarán a qué horas se les acabó ese mundo tan regio en el que las secretarias se tenían de dejar manosear de los jefes, las mujeres se limitaban a sonrojarse discretamente cuando se les insinuaban en las calles y todo improperio quedaba cubierto bajo el manto de “el sí más dulce es el no de una mujer”.
Pero se les acabó.
Así que, de ahora en adelante, si lo que le va a decir a una mujer se lo diría a un hombre sin pena, hágale. Si no, mejor piense en otra cosa o quédese calladito.

“Dejen de decirles a las mujeres que sonrían y empiecen a darles motivos para que lo hagan.” Este hombre es mi héroe.

Esta columna apareció en el diario La Tarde en domingo 16 de marzo de 2014 con el título “Confieso que he leído No les digas a las mujeres que sonrían por Tatyana Fazlalidazeh”

Pu(n)tería pereirana


Español: Marcha de las putas en Costa Rica, fr...

Marcha de las putas en Costa Rica, frente a la catedral metropolitana (Photo credit: Wikipedia)

A raíz de la salida al aire de la historia de las tetas paradisíacas de una tal Catalina, mucho se ha dicho sobre nuestras mujeres, y como quedarme callada nunca ha sido una de mis características distintivas, haré mi pequeño aporte a la discusión usando términos perfectamente castizos y tratando de no atropellar la retina de nadie. Sin más preámbulo, hablemos de las putas, las pereiranas y la inexplicable tendencia de  algunos colombianos de presentarlas como inexorablemente imbricadas.

Empecemos por las putas. La palabra “puta” – según afirma el crítico literario, cuentista y biógrafo Julio César Londoño en su artículo Historia de una Mala Palabra– tiene una historia muy particular, pues el verbo latino “puto” (putas, putare, putavi, putatum) viene del vocablo griego “budza”, que significa sabiduría. Las primeras budzas fueron las mujeres de Mileto, cuna de la primera escuela filosófica griega, en donde las mujeres podían asistir a las academias y participar de la vida pública. Cuando la filosofía y las filosofas de Mileto llegaron a aTenas, soprenderieron a los atenienses con sus habilidades para el baile, el canto y sus conocimientos en historia, astrología, filosofía y matemáticas. Dice Londoño que eran mujeres “con las que se podía reír antes del amor, y conversar después”.  Mujeres así no tardaron en despertar los celos de las puritanas y reprimidas esposas de los atenienses, quienes pronto contaminaron la noble y hermosa palabra “budza” con su ignorante pronunciación celosa de “pudza”. Al poco tiempo, hacia el siglo I DC, había nacido la palabra “puta”, sinónimo de meretriz.

Entonces, tenemos que en su origen, las putas eran mujeres sabias, inteligentes, cultas y diestras en las artes mundanas y celestes. Si nos fijamos bien, las cosas no han cambiado mucho… aún hoy, una mujer hermosa, exitosa, culta, educada y hábil en el uso de su cuerpo para disfrutar y dar placer se le conoce como puta. Y aún hoy, la palabra se susurra con envidia.

Pero, ¿qué nos enseña esta pequeña lección de historia? Para empezar, que el noble origen de la putería no se ha perdido. Puta, distante de prostituta o trabajadora sexual, se refiere a una mujer que ha elegido estudiar, aprender, enseñar. Se refiere a una diva, a una diosa, a una mujer encantadora y femenina llena de poder sensual que toma las riendas de su sexualidad y de su intelectualidad sin disculparse y sin avergonzarse. Pensándolo bien, puta no es un insulto. De hecho, es un halago. Hijo de puta, si vamos al grano, lo es también. Así que, volviendo al tema de las putas pereiranas, creo que el término es bastante justo. En efecto, las mujeres de esta ciudad somos emprendedoras, inteligentes, ‘berracas’, trabajadoras, cultas, educadas. Nos preocupamos por salir adelante y por sacar adelante nuestros hombres. Y si a eso vamos, desciendo orgullosa de una larga línea de putas, empezando por Rita Arango Álvarez del Pino, que fue una valiente, temeraria y aguerrida mujer que desafió los cánones de la época e hizo historia porque tenía una mano fuerte con qué cogerse la falda. Es que, viéndolo bien, mujeres que rompen en molde es lo que hay en Pereira. No tenemos que ir muy lejos para ver que tenemos mujeres sobresaliendo en todo: economía, política, periodismo, deportes, ciencias y artes.

Siendo así, creo que la putas pereiranas tenemos mucho de qué estar orgullosas. Somos miembros de una estirpe elite de mujeres extraordinarias. Y, como bien se sabe, lo extraordinario siempre hace temer a los ordinarios. Así que no nos sorprendamos cuando hombres y mujeres de ciudades aledañas y o lejanas se refieren a nosotras como putas y lo dicen con desdén en lugar de reverencia. Nosotras, las putas, hemos soportado los celos durante siglos. Dejen que hablen, que si están hablando de nosotras, es porque hay mucho qué decir. Mejor así… ¿quién quiere ser de esas que no vale la pena envidiar?

* Esta columna fue publicada en el 2006 a raíz de un reportaje y ha sido una de las más populares de Mundo Moderno. Inspiró un movimiento de Mujeres del Putas y varias veces me saludaron el la calle diciéndome “Oye! Yo también soy puta!”. Lamentablemente algunos no entendieron el sentido y pensaron que era una apología de la promiscuidad.

 

La Feminista y las Mariposas de Cerámica.


No he sido precisamente la más fanática del Día de la Mujer. No me gusta su origen, lo que representa, cómo se celebra, cómo se ha mediatizado y cómo se usa para vender rosas baratas en los semáforos. Fo, fo, fo. Año tras año me debato entre escribir al respecto y tratar de no sonar latosas (pueden leer las columnas de otros años aquí, aquí y aquí) y simplemente ignorarlo y esperar que la gente que me manda tarjetas virtuales de felicitación entienda que aprecio su cariño pero deploro este día.

Pero este año…ay, este año estoy en problemas.

Bolsa con mariposas

Bolsa con mariposas

Mariposas anti-feministas

Mariposas anti-feministas

Lo que pasa es que mi hijo, mi hermoso, tierno e inocente bebé, está en el Jardín y allá han sucumbido a la tentación de celebrar este día macabro y hoy, justamente hoy, 8 de marzo, día que detesto, ha llegado con un regalo para mi. Pero no cualquier regalo; no un bouquet de flores marchitas ni una tarjeta prefabricada. Por supuesto que no. Mi hijo ha llegado con un móvil de mariposas de cerámica que él mismo hizo y pintó y luego metió dentro de una bolsa de papel marrón que además decoró con papel de seda.

¿Qué hace una en este tipo de situaciones? En el manual de la Clínica no había ningún capítulo sobre el efecto que el estrógeno tendría sobre mi feminismo, ninguna advertencia sobre la posibilidad de que las mariposas estropearan años de animadversión. Pero ahí lo tienen, este regalo de mi hijo me enterneció. Y me lo entregó dándome un beso babiado y diciéndome “Feliz día de la mujer, Mami.”

Lamento informarles que se me encharcaron los ojos.

¡Pero, por Florance! ¿Qué me pasa?

Es una conspiración. Los promotores de este día sacaroso han reclutado a los niños y eso es sencillamente cruel. Es bajo. Es ruin. Es…bastante efectivo. Porque ahora tengo el móvil de mariposas colgado del techo y la bolsa pegada al corcho del que pego todos los artes de mi hijo y no puedo, no puedo generar el veneno de otros años.

Siento los suspiros de desprecio, los gruñidos desaprobatorios. Lo sé. Me los merezco. Pero es que estas delicadas y deformes creaciones de cerámica, colgadas con amor de hilos sucios y surcados con cuentas plásticas –probablemente chinas y tóxicas- las hizo Matías. Ustedes no entienden. Con razón Simone de Beauvoir nunca tuvo hijos. Un solo móvil y Llegó para quedarse habría tenido como protagonista una mariposa.

O tal vez no. Tal vez sea sólo yo. Tal vez sea pasajero y un día no muy lejano me siente con Matías y le explique sobre teoría de género y le hable de Judith Butler y le cuente sobre las sufragistas y veamos Erin Brocovich arrunchados comiendo crispetas.

Tal vez otro día, pero no hoy. Hoy sólo tengo ojos maternales para mis mariposas de cerámica. El año entrante alegaré sin duda…salvo que en el colegio les enseñen a hacer rosas en porcelanicrom.

 

La culpa la tiene el celular


Old woman and children in a doorway in the Ind...

Evidentemente este es un problema que se puede curar con prohibir el celular, ¿no?

 

En el pequeño pueblo de Sunderbarri, Manuwar Alam está indignado. Los habitantes de los asentamientos vecinos le preguntan cuántas mujeres han sido infieles esta semana y se ríen de él. Ya van seis casos de mujeres, algunas más jóvenes que otras, que huyen de la aldea con sus novios o amantes y por eso Alam convenció a los miembros del Concejo, recientemente formado, de tomar medidas radicales: prohibir el uso de los teléfonos celulares para niñas y mujeres. Han decomisado los aparatos y establecido una multa de 10,000 rupias para mujeres solteras y 20,000 para las casadas que sean sorprendidas usando uno de estos aparatos corruptores. Con esta medida piensan que podrán erradicar el comportamiento escandaloso porque las mujeres ya no podrán comunicarse entre sí ni con sus amantes.

 

Los miembros del Concejo quieren ser previsivos, y sentar un precedente para India y todos los musulmanes, pues su aldea es casi toda musulmana y alrededor del 13% de la India lo es. Por eso para los habitantes de Sunderbarri es importante ser previsivos y eliminar este mal de raíz para impedir lo que podría suceder de lo contrario.

 

Porque, de no hacerlo, las cosas podrían escalar. Uno podría suponer que si las mujeres indias pueden usar celulares, pronto las árabes querrán conducir autos, salir solas y hasta elegir con quién casarse. Y ¿quién sabe qué clase de oprobios podrían surgir luego? ¿Mujeres decidiendo tener hijas en lugar de terminar los embarazos como lo hacen ahora? ¿Decidiendo si quieren ser esposas o madres, pensando que pueden estudiar en la universidad como cualquier hombre, teniendo su propio dinero, su propia propiedad, o peor, su propia opinión? Fatal. Simplemente fatal. Hay que pensar en el bien de todos (los musulmanes extremistas machistas obtusos miopes) y hacer una limpieza moral de la tecnología.

 

Y claro, la culpa la tiene el celular. No la represión, no la doble moral misógina represiva, no la pobreza ni la ignorancia. No; la culpa la tienen estos aparatos que llegan a los lugares remotos donde los servicios públicos no alcanzan, que les permiten a hombres y mujeres tener contacto con el mundo, encontrar trabajo, pedir ayuda, buscar recursos. Esos aparatos que son tan importantes para los indios que hoy en día más gente tienen celular que inodoro en ese país. Esos aparatos hay que destruirlos. Para preservar la moral hay que volver a la era pre-celular, a la era de la puerta abierta y el juicio pronto, de los teléfonos controlados y supervisados y las mujeres aisladas y calladitas. Porque esa es la única manera de tener paz y tranquilidad, y sobre todo, una sociedad ordenada y moral. Eso cree Manuwar.

 

Pero él no sabe que en algún rincón de Sunderbarri hay una adolescente que le está texteando a su amigo que tiene un blog para que Twitee algo sobre esta injusticia, y pronto todo Facebook estará apoyando estas mujeres. Porque ya no hay quien nos calle, Manuwar. Con o sin celular.

 

 

 

El año de vivir bíblicamente


Rachel Held Evans

Rachel Held Evans. El rostro de la mujer que amenaza a la Iglesia con su vagina.

La verdad es que en este punto no sé si admirar profundamente a Rachel Held Evans o pensar que está loca. O un poco de ambas.

Les contaré lo que sucede: esta mujer vivió durante un año entero según la Biblia. Y no me refiero a las partes fáciles como no matarás; ella cogió la Biblia como si fuera el Manual de Carreño  y durante 12 meses no se cortó el pelo, hizo su propia ropa, se refirió a su esposo como “Amo”,  anduvo con un cojín para no sentarse directamente sobre los muebles y no contaminarlos con su impureza, pasó sus periodos de menstruación en una carpa que armó en su patio y no tocaba a su esposo ni a nadie más durante esos días. Luego recogió sus experiencias en su blog y ahora ha escrito un libro al respecto. La idea de ella es hacer que los cristianos se replanteen la noción de “feminidad bíblica” y entiendan qué es lo que realmente vale la pena rescatar de las mujeres de la Biblia y qué necesita un poco de actualización.

Todo esto ha generado mucha publicidad para la escritora evangelista, pero una de las cosas que más ha llamado la atención de los medios –y la mía- es que la cadena de librerías cristianas más grande de la lengua inglesa no venderá el libro “Una año de feminidad bíblica” porque contiene la palabra “vagina”. Vale la pena anotar que la misma empresa, llamada Lifeway, vende sin problema varios libros que contienen la palabra “pene”.

Sí, de nuevo sonamos con que las partes femeninas son capaces de generar tormentas, y eso que esta vez es sólo la palabra, ni siquiera hay fotos ni caricaturas. Ha sido la locura y hasta venden camisetas con la leyenda “Team Vagina” (Equipo Vagina). No estoy diciendo que quiera una de cumpleaños, pero interesante, ¿no?

Ahora, mi preocupación no es ni por le libro de Rachel ni por su vagina sino por todas las vaginas (mi corrector de palabras no entiende por qué uso el plural. Debe pensar que todas somos una sola Gran Vagina). Me refiero a que las barreras que existen para impedir que se habla de manera franca y honesta sobre la sexualidad y el cuerpo de las mujeres refuerzan la noción de que son de alguna manera sucios, malos o cochinos, algo para tapar y de qué sentirse avergonzados. Es más, les apuesto que varios hombres y algunas mujeres que han llegado hasta este punto de esta columna pensará que estoy siendo soez o grosera o irrespetuosa, pero si estuviera hablando de los codos o de las rodillas no tendrían problema. Es sólo eso, una parte del cuerpo, pero no es tratada como tal. Y nadie piensa en los efectos a largo plazo que esto puede tener sobre nosotras, las vaginahabientes (no se me ocurre otro término), cómo la vergüenza y el asco que nos hacen sentir de nuestros cuerpos afecta nuestra capacidad de amarnos y dar amor y esto repercute en aspectos de la cultura y la sociedad al punto que la idea de que nuestro cuerpo –el femenino- nos hace inferiores lleva a que aún en muchos aspectos se considere que las mujeres no somos iguales ni merecemos el mismo trato que los hombres.

Tal vez el libro de Rachel genere más que sólo alboroto, tal vez ayude a que algunas personas reflexionen y cambien de actitud, pues si bien creo que esta señora tiene que estar loca por querer hacer todo esto, también creo que sacó del clóset a toda esa mano de locos que creen que “vagina” es una grosería.

Las mujeres y la historia


The Greek Ptolemaic queen Cleopatra VII and he...

Cleopatra

Hace poco tuve la oportunidad de asistir al lanzamiento de un libro sobre historia regional, que tuvo lugar en el recinto de la Academia Pereirana de Historia. Aparte de gustarme la presentación y hasta el tema del libro, otro asunto me llamó poderosamente la atención: la ausencia de mujeres en el lanzamiento. Éramos no más de 5 entre al menos 30. Por supuesto que hay muchas razones por las que podía haber pocas mujeres allí presentes… el horario les pareció un poco atravesado o tal vez el lugar no era llamativo, probablemente no recibieron invitaciones a tiempo para asistir o tal vez simplemente a ninguna le llamó la atención. Pero qué tal que haya sido porque la historia en general no ha sido particularmente amable con nosotras. Es una teoría interesante, ¿no les parece?

Quiero aclarar que no soy ultrafeminista-odioahombres. Conozco a varias que se sienten ofendidas si les dedican ‘Cosas como tu’ porque sienten que las están ‘cosificando’. No pertenezco a ese clan. Sí pertenezco, en cambio, a cierto grupo selecto de mujeres analíticas que nos preguntamos por la ausencia de relatos protagonizados por mujeres en los libros de historia.

Tal vez se deba a que cuando uno hombre apunta un hecho, es historia; cuando una mujer lo cuenta, es un chisme.

¿No me creen? Fíjense en los festivos que celebramos. El día de la mujer, que en 1975 se decidió que fuese el 8 de marzo, pasó de ser el aniversario y la conmemoración de un acto heroico en el que más de un centenar de trabajadoras perdieron sus vidas a una mezcla entre el día de la madre y el día del amor y la amistad en el que pululan las rosas de semáforo y corazones en icopor. En cambio, el festivo conocido originalmente como el Día del Hombre Trabajador es hoy “El día internacional del trabajo”, una fecha en la que a nadie le dan un peluche cursi acompañado por la típica tarjeta que reza ‘gracias por estar en este mundo’.

En los salones de clase de todo el país se enseña a recordar algunas mujeres por ser madres, esposas o amantes de hombres conocidos. De Manuelita Sáenz, de las Hinojosa y hasta de la Malinche tenemos noticia porque fueron amantes de hombres famosos, pero ¿sabe alguno de ustedes quién fue Ana Galvis Hotz? Obvio que no, porque no fue la amante clandestina de nadie. Fue, por si les interesa, la primera colombiana en graduarse en Medicina en el año de 1877. Así es, en un periodo en el que todo Colombia estaba de pelea y todos los libros registran batallas y caudillos, una mujer logró algo extraordinario y nadie lo comenta porque no había bayoneta ni corset a medio abrochar de por medio. Y años más tarde, en 1935, Gerda Westendorp Restrepo fue la primera mujer colombiana en entrar a una universidad colombiana, pero como no era madre ni amante de algún activista, militante o político, nadie la notó. Peo no crean que las colombianas somos las únicas con biografías escritas en tinta invisible. Sé de una mujer que fue diestra en astronomía, física y matemática, excelente estratega militar, química destacada y autora de varios libros de referencia de su época, que incluso fueron utilizados como textos por los árabes quienes la admiraron por su brillante comprensión de la medicina y la alquimia. Pero la historia sólo la conoce como “Cleopatra, esa que sedujo a Julio César y Marco Antonio”. Sencillamente, no es justo. Este tipo de injusticia llevó a las mujeres de la norteña ciudad alemana de Rostock, a renombrar algunas calles escribiendo a mano, con tizas y crayones, aquéllas dedicadas a recordar oscuros comerciantes o cosas inanimadas, con los nombres de de mujeres de esa ciudad que han dejado una huella que permanece en el olvido. Suena bien. Diseñemos un nuevo Plan de Ordenamiento Territorial con calles y parques y avenidas con nombres de pereiranas influyentes. Si bien no han tenido con nosotras la cortesía de otorgarnos el lugar que nos pertenece en el pasado, por lo menos pueden darnos un campito en el futuro.

* PUBLICADA EN FEBRERO DE 2007

Si quedó antojado de más, intente

De días y mujeres 

La feminista y las mariposas de cerámica

Las brujeres


"Examination of a witch"

Examinación de una bruja

Este mes celebramos el Día de la Mujer. También se marca en aniversario de los juicios de las Brujas de Salem (¿alguien dijo ironía?), hecho histórico que aún después de 315 años sigue fascinando a historiadores, cinematógrafos, novelistas, guionistas y curiosos. El 1 de marzo de 1692, los habitantes de ese pueblo de Massachussets, Estados Unidos, nos dieron una gran lección. Nos enseñaron, entre otras cosas, que las acusaciones no tienen que ser verdaderas, ni siquiera verosímiles, para ser creídas y que una palabra mal administrada es más peligrosa que un francotirador bizco.

Pero al parecer, no todas las lecciones nos quedaron bien aprendidas. Cada que oigo que una mujer le dice a otra “brujita” o “brujis”, se me encharcan los ojos y siento cómo esas 19 mujeres se revuelcan en sus tumbas, despertando a las millones que murieron durante la Inquisición. Sé que no es un tema muy popular, y menos durante la cuaresma, pero el asunto de las mujeres-brujas vale la pena explorarlo, aunque sea sólo este mes. Verán, el 85% de las 50 millones de personas que murieron durante la Inquisición fueron mujeres. Lo peor de todo es que eran mujeres sobresalientes. Casi todas las que fueron condenadas a muerte, mujeres sin hombre, pero con recursos. Viudas y solteronas minifundistas y con algo de herencia, esas fueron las que consideraron peligrosas, no las brujas descritas por los Hermanos Grimm con verrugas y casuchas en un bosque. Nada de eso. Las mujeres realmente escandalosas eran entonces, y siguen siendo hoy, mujeres INDEPENDIENTES. Cómo han cambiado de poco las cosas.

Aún hoy se mira con sospecha una mujer que almuerza sola, que vive sola, que sale sola. No quiero volver a la gastada narrativa de otras columnas, pero piensen nada más lo que pasa cuando a una mujer le sucede algún chasco (la atracan, se choca, se pierde, etc.). Casi siempre le dicen “eso le pasa por andar sola”. La idea de que una mujer suelta por la ciudad es un peligro es poco original, además de vieja. Ya la había usado Miguel de Cervantes Saavedra en el Quijote (léanse la Defensa de Marcela, si necesitan un recorderis) en donde plantea que una mujer guapa no debe salir sin compañía de un hombre porque representa un peligro para sí misma y para los hombres que la contemplen y tal vez se distraigan por sus encantos y no puedan contener sus impulsos. Llevamos siglos mirando de reojo a cualquier mujer que se atreva a ser bonita y además tenga el descaro de estar sola.

La popularización de este estereotipo ha llevado a que una mujer bonita e independiente, dotada de encantos y recursos, despierte envidias en ambos géneros. Eso, tal vez, es la peor herencia de la cacería de brujas, que las mujeres nos veamos como competencia, como amenaza. Nos hicieron pelear entre nosotras con la consabida táctica de “divide y vencerás”. Y casi lo logran. Casi. Lo que no sabían era que durante siglos nos reunimos con el pretexto de coser para darnos apoyo y que cocinábamos juntas para tener cómo hablar sin que ellos estuvieran presentes. Aún hoy es un misterio por qué vamos juntas al baño… bueno, es un misterio para ellos. Casi logran engañarnos con la idea de encasillarnos en los estereotipos de la mujer inteligente pero solterona y la mujer hermosa y dedicada al hogar, pero bruta. Casi nos hacen creer que teníamos que elegir entre la inteligencia y la belleza, entre el amor y la satisfacción personal, entre el hogar y realización laboral. Pero nosotras no nos dejamos disuadir así de fácil. Por eso, en el mes de marzo, las invito a las que no nos tragamos ese cuento a celebrar el día de las brujeres, el día de las mujeres independientes, inteligentes, capaces, atractivas y sí, tal vez algo peligrosas. Mucho mejor que ese otro festivo de rosas de semáforo y corazones de ICOPOR que celebra algo que debió morir en la hoguera junto con nuestras hermanas.

* PUBLICADA EN MARZO DE 2007

De Días y Mujeres


Simone de Beauvoir (9 January 1908 – 14 April,...

Simone de Beauvoir

Esta semana se celebró el Día Internacional de la Mujer. También  hay Día del Niño, Día de la Madre , Día de la Secretaria , , Día del Hábitat, Día del Mar, Día del Agua, Día del Trabajo y hasta Día Mundial del SIDA. Notarán que no hay Día del Hombre. Tampoco hay Día de las Mujeres Atractivas y Exitosas, Día de las Mujeres Excepcionalmente Brillantes ni Día de las Mujeres Sencillamente Fabulosas en Todo Sentido.

Al parecer, ese tipo de categorías no ameritan su propio “día”.

Hay muchas que podríamos celebrar esos festivos, pero como no los hay, a las que no somos ni madres ni secretarias nos juntan en un genérico día de LA mujer. Día de LA mujer, agenda mujer, tema mujer, problemática mujer. Jamás he oído de alguien que se especialice en el tema HOMBRE. ¿Cuándo nos volvimos categoría genérica?

No sé, pero no me gusta.

Eso de que mi género sea genérico me choca, y me choca aún más las posibilidades reducidas que tengo como mujer, hoy. La liberación femenina condujo a un nuevo tipo de apisonamiento: el de los rótulos. En algunos casos, las etiquetas y los paradigmas pueden ser más asfixiantes que la falta de derechos civiles. Me refiero a que las que nos escapamos de las marquillas de Madre, Esposa y Secretaria quedamos en un vacío inquietante. No para nosotras… para quienes andan por el mundo buscando encasillar. La MUJER de hoy está atrapada entre dos definiciones: feminista posmoderna o caza maridos retrógrada. Pero si no eres una aguerrida solterona odia-hombres que no se depila, ni tampoco la Barbie que sólo quiere a su Kent y sueña con tejer, bordar, cocinar y andar descalza y embarazada, no hay más posibilidades. Si no eres existencialista, vestida de negro, citando a Florance Thomas y renegando de la traición de Simone de Beauvoir, entonces necesariamente eres hueca, plástica, superficial, bruta y una vergüenza para los cromosomas XX.

No hay áreas grises. ¿Cómo nos pasó esto? ¿Cómo decidimos que el manicure era la vacuna contra el pensamiento crítico? ¿Cuándo concluyeron que la placenta mata las neuronas? Pareciera que no hay cabida para una mujer que lee Proust entre teteros o que discute alternativas a la utilización de recursos fósiles como fuente de energía con sus amigas mientras les hacen los rayitos. Tenemos que elegir entre dos ideas de mujer: femenina o intelectual. Absurdo, ¿no les parece? Pero sucede. Si eres feminista, no puedes querer casarte, ni tener hijos. Si quieres casarte y tener hijos, no puedes ser tomada en serio por las demás mujeres. Las unas en el sindicato, las otras en el costurero.

Y si te sales de ahí, quedas degenerada. Sin género. Quedas como una figura de una tira cómica, una Super Woman con sastre de hombreras y pantalones rectos, que tiene que hacer más que todas las mujeres y que todos los hombres. Tiene que tener el cuerpo perfecto, el esposo perfecto, los hijos perfectos, el carro más lujoso, ropa de diseñador, salario multimillonario, piel sin arrugas, pelo sin canas, pasado sin escombros y futuro sin límites. Cambia pañales mientras hace transacciones millonarias en la bolsa.

Lo único que todas tenemos en común es la culpa. No tenemos derecho a quejarnos. La vida moderna nos ha dado las herramientas para ser y hacer lo que queramos. Es culpa tuya si no eres delirantemente feliz; para eso hay pastas, píldoras y brebajes. Es culpa tuya si no eres delgada; para eso hay fajas, cirugías e inyecciones. Es culpa tuya si eres soltera; para eso hay websites, agencias y clasificados. Es culpa tuya si tienes estrés; para eso hay yoga, masajes y libros de auto ayuda.  Es culpa tuya si no te sientes reconocida; para eso hay un día al año. Menudo problema el de los festivos, las mujeres, y las mujeres sin festivo. Tal vez deberíamos tener un Día de las Mujeres Hartas de que nos traten de asignar un sólo Día y amontonarnos en un solo rótulo genérico. Reconozco que el nombre del festivo es un poco largo, pero les prometo que venderíamos muchas camisetas.

*PUBLICADA EN MARZO DEL 2007