La nostalgia me sabe a pomarrosa


La elusiva pomarrosa. Ahora la venden enlatada. Snif.

La elusiva pomarrosa. Ahora la venden enlatada. Snif.

Durante mi adolescencia, que en mí duró hasta el año pasado (emocionalmente hablando) juré no hacer eso que hacen los viejos de contaminar el presente con recolecciones ilusorias de tiempos mejores. Me parecía que el primer indicio de senilidad era imponerles a los jóvenes lo que W.S. Maugham llama “el falso ideal de la realidad”, basado en un pasado visto a través de la nube rosada del olvido, que deja lastimados a todos los que crecen pensando que la vida es lo que recuerdan los viejos y terminan moreteados por el contacto con la verdad. Dije una y mil veces que yo nunca sería esa viejita de carrizo y mirada perdida enumerando las cosas que extrañaba del ayer.
Pero llegó un domingo en el que me senté con mi suegra y caí de bruces en la peor nostalgia de todas: la de la boca. Nos pusimos a recordar las frutas de finca, esas que poblaron nuestras respectivas niñeces y que no se consiguen en los hipermercados de hoy llenos de frutas seleccionadas, importadas y empacadas al vacío. Hablamos de la guama (particularmente, la guama cola de mico), de la caima, del madroño y el chachafruto, el fruto del pan y los mamoncillos, los corozos y las jaboticahuas, pero sobre todo de la pomarrosa. La pomarrosa, esa fruta perfumada y dulce, carnosa, blanca, seca y firme, representa para mí la quintaesencia de las vacaciones en la finca y lamento que ya no la encuentre en ninguna parte pero me he resignado a no volverla a probar ni poder compartir con mi hijo este ni otros sabores nostálgicos.
Tal vez este ataque de nostalgia en particular se deba a que en vísperas de elecciones todos parecemos recordar un pasado color pomarrosa en donde la política era cuestión de damas y caballeros y el honor de servir a la patria era el motor de cualquier pugna electoral. Mis lentes pueden estar más teñidos de rosa que los de los demás porque recuerdo encima de todo a mi abuelo, el amor que le tenía a este país y a esta región y el implacable optimismo con el que veía las urnas.
No me siento muy optimista hoy. Sólo nostálgica y con ganas de volver a creer que la democracia es todo lo que mi abuelo me enseñó que podía ser, que votar es un derecho y un privilegio, casi un sacramento, y que todos los votos son válidos si se depositan con fe en un futuro mejor.
Por ahora, la nostalgia me sabe a pomarrosa, me suena a I Remember You de Skid Row, me huele a la Kleer Lac morada que usaba –en vano- para pararme el copete y sueño con levantarme arrullada por el sonido de la lluvia (siempre llueve en día de elecciones) para descubrir una Colombia en la que todos podemos creer. O al menos una pomarrosa.

 

* Esta columna apareció el domingo 15 de junio de 2014, día de elecciones, en el diario La Tarde bajo el nombre

Confieso que he leído De servidumbre humana de W. S. Maugham

 

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Vicisitudes del humor en Colombia


2D illustration of the facility (Mars500 prog.)

Plano de la cápsula espacial del proyecto Mars500

No es fácil ser columnista de humor en Colombia. Es menos fácil aún ser mujer humorista en Colombia (prueba de ello es que las mujeres más chistosas de Colombia son Tola y Maruja). El humor, menospreciado por tantos, es difícil de encontrar, sobre todo en un país en donde abundan las noticias que son el antídoto de cualquier sonrisa.

Yo trato. Me siento frente al computador y pienso en la araña negra que a mi esposo le dio miedo matar y los celos de la perra porque hay un perrito nuevo y las cosas simpáticas que ha dicho mi sobrino. Pero entonces las elecciones impugnadas y las tragedias invernales y los guerrilleros abatidos me golpean con su inescapable realidad, y me encuentro frente a un dilema: puedo hacerme la loca y escribir sobre otra cosa ignorando de frente lo que sucede a mi alrededor o puedo ser “seria” (algunos dirán que puedo tratar de ser chistosa hablando sobre los temas trágicos pero eso sería francamente de mal gusto).

He intentado ambas cosas, y ambas han sido criticadas. Me han dicho que es una falta de respeto que escriba sobre banalidades cuando tanta gente sufre a mi alrededor y también que incumplo con la promesa que les hago a mis lectores de ofrecerles un oasis de humor en medio de un vasto desierto de malas noticias. Insisto, esto del humor es un asunto muy serio. Aparte, es poco valorado, sumamente mal pago y todo el mundo cree que es fácil. Pero dicen que el humor es la manera como la sociedad se protege a sí misma con una sonrisa, y vaya si necesitamos una buena armadura. Tenemos un guerrillero abatido y otro elegido, ríos desbordados, familias destruidas, ex reina alegando maltrato, alguien que dice que se encontró el rostro de Dios en el envés de una hoja de plátano… y Diego Urbina, el Colombiano más sensato de todos, que estuvo encerrado con otros cinco hombres en una réplica de una nave espacial sin ventanas durante 520 días como parte del experimento Mars500, que pretendía exponer los voluntarios a las condiciones de aislamiento que tendrían que soportar para llegar a Marte. Si alguien sabe cómo contactar a Diego, pásenle el periódico de hoy y pregúntenle si no le dan ganas de volver a cápsula. Y por ahí derecho, pregunten si ya tienen una humorista a bordo porque nada más con el tema de la cagada galáctica tengo tema para hacerlos reír de aquí al Planeta rojo, ida y vuelta.