Dèjá vu


 

English: multi slides

Hagan de cuenta…

 

Este temor lo he sentido. Miro hacia abajo y vuelvo a tener seis años y soy la niña gorda que no cabe en el rodadero. Ya he sido la niña gorda que reventó el columpio, la niña gorda con la que nadie quiere jugar al subibaja (porque el otro no bajaba), la niña que no podía deslizarse por el tubo a lo bombero porque los gordos de las piernas desafiaban la gravedad, la niña gorda que nadie quiere delante en la fila en la fiesta porque se comía toda la torta. Bueno, en fin, la niña gorda.

Ya no soy una niña gorda. Pero estoy en la cima de un rodadero y temo que no voy a caber. ¿Cómo llegué aquí? ¿Cómo diablos me encaramé a esta cosa? Matías. Matías, mi hijo temerario, mi bebé adicto a la adrenalina. Ama las alturas, la velocidad, y sobre todo, los rodaderos. En un abrir y cerrar de ojos se encaramó por la escalera, corrió por la rampita y desde lo alto  de rodadero me gritó Mamá, mírame. Yo, pálida y rauda, me trepé como pude para alcanzarlo. El rodadero era demasiado alto para alcanzarlo desde abajo –mido 1.57 así que no era mucho lo que alcanzaba- y no tenía laderas altas y se podía caer antes de llegar a mí. Una vez allá arriba vi que las opciones para bajarnos no eran muy buenas. Podía echarme  Matías al hombro y bajar por la escalera de cuerda por la que nos habíamos subido, pero no me pareció prudente. Había un tubo pero… no. Y estaba el rodadero. Dos metros arriba y de los viejos, de los de lata asesina que cualquier imperfección hace las veces de navaja y podía tajar la delicada piel de mi bebé. Y así fue como llegué acá y ahora soy la mamá gorda sentada en el rodadero rodeada de adultos que señalan y ríen, con mi bebé sobre mi regazo diciendo Dale Mamita, rápido, rápido.Hay otros niños detrás de nosotros haciendo fila para tirarse por la lata esta. Y yo haciendo cálculos mentales que arrojan los peores resultados: no voy a caber. Mis caderas se van a quedar engarzadas en las laderas de aluminio y volvería a oír el terriblemente familiar sonido que hace la carne al sobar el metal, ese fastidioso “squich” lento y agudo que dura lo que tarda la bajada. Pero es inevitable.
Agarro con fuerza a Matías, miro suplicante al público implorando su misericordia, cierro los ojos y ¡zum!¡sush! Nada de squich, nada de atascos ni impedimentos, sólo velocidad y viento y, ¡ay, el suelo! A último minuto usé mis tobillos para frenar contra el borde del rodadero y me dolió sólo un poco. Pero Matías estaba dichoso y yo estaba en éxtasis. Cupe por el rodadero…ya no era más la niña gorda. Nos lanzamos varias veces más y desde ese día rodamos juntos docenas de veces más por otros rodaderos. Algunos nos miraron de manera extraña pero vimos muchas sonrisas y nuestras carcajadas opacaron cualquier ruido desaprobatorio.
Tal vez la dieta esté funcionando, tal vez los estándares para el diseño de rodaderos haya cambiado en vista del aumento de peso de la nueva generación, pero no importa. Nadie me quita lo rodado.

 

 

No es gula… es por salud


Llevo años luchando, unas veces más silenciosa que otras, contra la nueva orden moral de los vegetariano-fullfibra-cuentacalorías-anticarbohidrato-cero-colesterolitas. Si no saben a quiénes me refiero, son los miembros de esa secta ultrasaludable que recluta siempre a gente pálida, delgada y malacarosa para esparcir su evangelio del colon libre de gluten, sodio, lactosa, cafeína y, en fin, sabor. Esas personas que llevan sus botellas de agua saborizadas sin calorías como si fueran crucifijos y sus folletos de yoga como si fueran biblias. Y durante mucho tiempo he aguantado en silencio sus miradas reprochadoras a mis porciones generosas de pasta con queso parmesano y montañas de mozzarella y tocino y queso crema y vino y chocolate. Durante mucho tiempo me he limitado a devolver sólo una sonrisa forzada a los imprudentes comentarios y preguntas intrusas sobre si estoy o creo que debería estar a dieta. Me he metido las manos a los bolsillos para no pintarles un bozo y poderles dar en la jeta como a un varón a las viejitas metidas que preguntan incrédulas si mi novio me quiere así (y la respuesta sigue siendo afirmativa, envidiosas). Todo esto lo he hecho con la prudencia que hace verdaderos santos y otras facultades que rayan con lo divino. Pero ya no más. Mis días de silencio forzoso, de mudez modesta, de prudencia a toda prueba han terminado. Al fin y gracias a los dioses que gobiernan los tubos de ensayo, la Ciencia me ha dado la razón. Desmáyense todos los supersaludables: el colesterol malo, no es tan malo.

M&MNo me crean. Lean con asomo de incredulidad estas palabras, con las cejas levantadas y negando con la cabeza lo que se afirma con la evidencia. Un estudio parece indicar que las personas con niveles bajos de colesterol son más propensas a desarrollar el Mal de Parkinson. Y si recuerdan, hace poco salió otro estudio que revelaba que el estado anímico era un factor mucho más decisivo en el desarrollo de enfermedades cardiacas que la dieta. Y otro más que afirma que la depresión es mucho más dañina para los diabéticos que el azúcar. Varios estudios demuestran que el vino es una excelente fuente de antioxidante y otros elementos importantes para el cuerpo, lo mismo que el chocolate y la mantequilla.  Como verán, por más que la tendencia anoréxica de las modelos y las actrices aliente a los uber-petite, la ciencia está de mi lado.

Por eso, téngase de los manteles porque mi tacto se acabó y ahora le toca al gusto darse una fiesta. La próxima vez que alguno de estos pseudo-gurús de la alimentación y el ejercicio me mire rayado, le echo encima todos los ejemplares del New England Journal of Medicine y les saco la lengua. Ni crean que me vaya a aguantar toda esa carreta de que pertenezco a una raza inferior en vía de extinción porque no convulsiono ante un chorizo y una arepa con hogao. Ni sueñen con que me vaya a quedar callada si rajan de mi versión de la pirámide alimenticia (en la base está el chocolate, después las nueces, después los frutos del bosque, después el licor y finalmente, el café). Y si se atreven a ofrecerme café sin cafeína, cerveza sin licor, sal sin sodio o algún postre endulzado con algo que salió escurrido de un pariente de la papa, no respondo. O mejor, sí voy a responder, pero no con las palabras que me enseñó mi abuelita. Les voy a contestar, con la misma cara de superioridad condescendiente e involuntaria que ponen ellos cuando hablan de cosas como el pepino rayado y la remolacha hervida, que en realidad lo que ven en mi plato es todo medicinal. Les diré “Estoy comiendo tocineta para vacunarme contra el Parkinson y chocolate contra la depre y vino para prevenir el infarto”. Y luego, con cara de caritativa, les voy a ofrecer un M&M y les voy a decir: “ten, aprovecha y te tomas algo contar la mala cara, que ya veo que tienes un episodio muy fuerte y a lo mejor se te convierte en algo crónico”. Y ¡Que viva el buffet!

* PUBLICADA EN ENERO DEL 2007

¿Cuánto cuesta ser saludable?


Rat

Image via Wikipedia

Admito que nadie me está llamando para que sea la modelo de la portada de ninguna revista que tenga las palabras ‘salud’ o ‘ejercicio’ en su portada, pero aún así pensé que iba bien en eso de tratar de vivir de manera saludable. No bebo alcohol, más porque me prendo oliendo un Special Cooler que porque quiero ser concienzuda a la hora de rumbear, pero ¿qué más da el porqué?;  no fumo, pero la verdad es porque me atemoriza tener fuego tan cerca de mi rostro después del incidente en el laboratorio de química que acabó trágica y repentinamente con las cejas de una compañera que le tuvo demasiada confianza al mechero; bebo bastante agua, probablemente porque hablo hasta por los codos y necesito hidratar mi garganta con frecuencia; y duermo por lo menos ocho horas al día. Yo toda orgullosa de mi vida ejemplarmente saludable y ahora resulta que beber es bueno para reducir el colesterol, fumar no es tan malo como decían, tomar demasiada agua te hace retener líquidos y dormir, en cambio, aumenta el riesgo de sufrir un derrame.

Lo que faltaba. Ahora resulta que dormir es peligroso. Al menos, eso dicen los investigadores del Albert Einstein College of Medicine de la ciudad de Nueva York. Ellos realizaron un estudio con más de 93 mil mujeres con edades entre los 50 y los 79 años de edad y encontraron que las que dormían nueve horas o más al día tenían hasta un 70% más de probabilidad de tener un derrame. Estoy indignada (y creo que Einstein también lo estaría).

No sé ustedes, pero yo me niego a creerlo. He seguido de cerca las indicaciones que nos han hecho los investigadores en las últimas décadas y he visto cómo afirmar y arrepentirse de lo afirmado es más común entre la comunidad científica que entre las parejas hollywoodenses. Primero era el huevo, después la mantequilla, luego decidieron había que trotar y al tiempo resolvieron que sólo se podían comer frutas y cosas crudas. Pues bien, ahora el huevo y la mantequilla han desplazado las frutas, han descubierto que trotar es malísimo para las rodillas y lo crudo da cólera, así que me perdonarán si veo con algo de escepticismo este nuevo estudio.

La verdad es que creo que, más que la salud, lo que se nos está saliendo de las manos son las propuestas para ser más saludables.  Recientemente la ex esposa de Paul McCartney, Heather Mills, dijo que la leche de vaca estaba llena de hormonas y que, además, el ganado vacuno era responsable por el 80% del calentamiento global, por lo que sugirió que mejor bebiéramos leche de rata. En serio. Leche de rata. No pensemos ni siquiera en cosas superficiales como el sabor y la zoonosis. Seamos prácticos, ¿cómo diablos se ordeña una rata?

No puede ser que estén hablando en serio cuando dicen que es más saludable echarle whisky que leche al All Bran, y no puede ser que fumar sea más saludable que dormir. No sólo es ilógico, es triste. ¿Qué más tendremos que perder para encajar en este estilo de vida yoga-zen-vegano-ecológico que nos están tratando de embutir? ¿Y cuánto se demorarán en decirnos que el sacrificio fue en vano? No demora en salir otro estudio que afirme que el estilo de vida más saludable incluye ver televisión, comer chocolates y helado y dormir todo el día. Bueno, a ese estudió sí le voy a creer. Es más, empezaré hoy mismo para que, cuando salga el estudio, ya les lleve una saludable ventaja a todos.

 

*PUBLICADA EL 20 DE JULIO DE 2008

Reunión en la U: nada qué ponerme


closet reorganization

Image by Liz (perspicacious.org) via Flickr

La siguiente es una dramatización hipotética y que no tiene nada que ver con que esta noche haya una reunión de ex alumnos en la universidad de la que soy egresada. Se trata de un suceso conocido en el mundo femenino como ‘Nada qué hacer’. Generalmente, aunque hay excepciones, arranca con la mujer desnuda frente al clóset abierto, manos en la cintura, gritando (al marido, a la mamá o al espacio) “No tengo ropa”. Lo que sigue puede ser un diálogo o un monólogo –da igual- e incluye pero no necesariamente se limita a lo siguiente:

–       ¿Estás lista? Ya casi es hora

–       No. No estoy lista. No tengo qué ponerme.

–       ¿Y ese vestido negro?

–       Cómo se te ocurre, con ese se me ven los brazos y los tengo llenos de pecas inmundas.

–       ¿Y los pantalones?

–       No me puedo ir de pantalones porque todo el mundo va a creer que no fui de falda porque tengo celulitis.

–       Pues, vete de falda.

–       ¡NO PUEDO PORQUE TENGO CELULITIS!

–      ¿Y de falda-pantalón?

–       ¡Qué  buena idea! Ahora, si me pudieras conseguir una máquina del tiempo para regresar a enero 12 de 1988 que fue la última vez que la falda-pantalón estuvo de moda…

–       Bueno, no hay que ser sarcásticos. Sólo quería ayudar.

–       Pues entonces, ayuda. ¿Qué tal esta chaqueta?

–       Se te ve muy bien. El color te resalta los ojos.

–       ¿Qué importan mis ojos? Lo que quiero es verme flaca.

–       Sí, te ves flaca.

–       Mientes. ¿Y este otro conjunto?

–       Sí, con ese te ves súper flaca. Pónte ese.

–       No, este no me lo puedo poner porque no tengo zapatos que me salgan.

–       Y esos…

–       Esos son para llevar una cartera chiquita y no tengo cartera chiquita.

–       Pero esa cartera es chiquita

–       Esa cartera es tipo clutch. ¡Esto no es un cóctel! Tiene que ser de cargadera.

–       ¿Por qué no te pones este? Te veías tan flaca que la gente pensó que estabas enferma.

–       Puede ser… pero entonces me tendría que lavar el pelo porque con ese escote tengo que estar de pelo suelto y ya me peiné y además tengo raíces y se me ven las canas y cogerme el pelo es la mejor estrategia porque si me hago una moña apretada se me disimulan las patas de gallina. No. Definitivamente ese no.

–       Pero ven, estas son tus amigas, se van a alegrar tanto de verte que no se van a fijar en eso.

–       No sabes nada. Son arpías inmisericordes. Lo sé porque yo también lo soy. Y si yo me fijo, ellas se fijan.

–       Empecemos por algo. Al menos ponte ropa interior.

–       No puedo ponerme ropa interior hasta no decidir la ropa exterior porque si me pongo este brasier no me puedo poner cuello bandeja y si me pongo este no me puedo poner blusa blanca y con este no me salen las blusas de tiritas. Y los cucos dependen del pantalón porque estos tiene reductor de barriga pero entonces el banano se desplaza hacia arriba y no me puedo poner nada que estire. Nada qué hacer ¡no puedo ir!

–       Pero tal vez te encuentres con alguien que esté más gorda que tu…

–       ¡Pásame los pantalones que tenemos que salir ya para no llegar tarde a la reunión!

* PUBLICADA EL 9 DE NOVIEMBRE DE 2008

Del amor, las dietas y la infidelidad gastronómica


a empanadas

Image via Wikipedia

Finalmente, sucumben. La pareja de recién casados decide hacer dieta, juntos. Lo primero que se adelgaza es la paciencia de ella; lo primero que él pierde es el sentido del humor. Poco a poco, el amor se carcome y la falta de chocolate empieza a hacer mella.

Verán, el amor genera confianza y la confianza genera seguridad, y la seguridad conduce a la paz interior y exterior. Pero las dietas generan hambre y el hambre genera inestabilidad y la inestabilidad genera paranoia y la paranoia lleva a la esposa a esculcar los bolsillos del esposo, no buscando la nota delatora ni el teléfono sospechoso, sino el envoltorio soplón que lo acuse de la infidelidad más aterradora: los cachos gastronómicos. El corazón se hunde cuando encuentra lo que busca: diminuto, crujiente, brillante, y seductor. La escena que le sigue resulta demasiado familiar para quienes han padecido este mal. El marido llega y en vez de saludar con beso, corre al baño a lavarse los dientes.

–        Es que comí mucha cebolla porque dizque es muy diurética- dice tras la puerta cerrada mientras agarra el cepillo de dientes con tanta fuerza que los nudillos se tornan blancos. Ella sabe que miente porque la mentira huele más que la cebolla. Entonces, se arrima e inspecciona el rostro del amado con la minuciosidad de un agente de contraespionaje. Y ahí está, en la comisura derecha. Una pizca de salsa de caramelo, tan diminuta que habría pasado inadvertida en una revisión menos juiciosa.

–        Sé lo que hiciste- dice la esposa, le tira el papel metalizado y se voltea asqueada.

–        ¡Fue sólo una vez, te lo juro!

–        Mientes. Lo veo en tus ojos, que brillan con la felicidad que sólo el azúcar da. ¿Es sólo con helado? Dime, qué más has comido. Quiero saber.

–        No ha sido mucho. Tal vez un par de empanadas ayer y el helado de hoy. Lo del choripán de viernes no fue culpa mía, te lo juro, en la oficina me obligaron. Bueno, y la semana pasada estuve almorzando donde mi mamá y me comí un poquito de Pastel Gloria, pero es que lo hizo ella misma y no podía decirle que no…

–        ¿Tenía chispas de chocolate?

–        ¿Chispas…?

–        ¡EL HELADO! ¡¿Tenía chispas?!

–        Ssssssssssssi

–        Te desconozco. ¿cómo pudiste? Yo acá, a punta de apio hervido y puré de rábano y tú allá afuera comiendo hel- ni siquiera puedo decirlo. Se acabó. Mañana me voy para Presto y me como un …

–        ¡No! No lo digas siquiera. Prometo portarme bien. No desfallezcas ahora, no dejes que mi debilidad nos descarrile. Hemos estado tan juiciosos.

–        Bueno, la verdad es que te tengo que confesar algo. El otro día iba pasando por el frente de la panadería y…

–        No me digas. Está bien. Todo va a estar bien. Mañana será otro día.

Se miran. Se abrazan. Se sonríen. Se acuestan a dormir, exhaustos por la pelea, y pasan la noche plácidamente. Ella sueña con la Snickers que tiene en la cartera; él, con las empanadas de chorizo que le encargó a la de los tintos. Sí, mañana será otro día…

 

*PUBLICADA EL DOMINGO 15 DE MARZO EN MUNDO MODERNO

 

Valor anticipado


PUBLICADA EL 31 DE ENERO DE 2010

Puede sorprender a más de uno saber que soy una excelente planeadora. Soy la Planeadora Oficial de Viajes y Vacaciones de mi familia ya que tengo un talento bárbaro para hacer tablas comparativas e investigar destinos, desenterrar descuentos y organizar actividades. Y no sólo planeo con anticipación mis viajes. Desde ahora, estoy planeando mi vejez.

Verán, acabo de enterarme de un estudio que ha puesto en duda el consejo que todos los médicos tienen como panacea: la DIETA. Según los galenos, todo se cura con comer maluco. Pero eso no es tan cierto, o al menos eso sugiere los resultados de la investigación liderada por Leon Flicker, según la cual los adultos mayores de 70 años que tienen algo de sobrepeso viven más y mejor que sus colegas delgados. Al parecer, eso de que las tortillas de huevo con tocineta, la arepa con mantequilla y queso, los chicharrones y la fritanga son un “infarto servido caliente” es puro cuento.

Es un cuento bien contado, claro está, y narrado por gente bastante convincente, pero el cuento de hadas que empieza con “Había una vez una niña gorda e infeliz” y que termina con “adelgazó y vivió feliz y saludable para siempre” tiene la misma falla que todos los demás cuentos de hada: es inventado. En serio. Hace poco, el profesor de estadística médica del Instituto de Salud Infantil de Inglaterra dijo que la línea que divide lo ‘normal’ de lo ‘gordo’ y lo ‘obeso’ -línea en la que se basó el gobierno inglés para tomar medidas tan drásticas como amenazar a los padres del ‘obeso’ Connor Mcreaddie con retirar al menor del hogar, alegando que dejarlo ser gordo es tan grave como darle cigarrillos o alcohol-  es totalmente arbitraria. Cole ha dicho que simplemente tomó una gráfica y le trazó una raya encima, sin fundamente científico alguno.

Todo parece indicar que esa raya ha hecho más mal que bien pues obligar a adelgazar gente perfectamente saludable y feliz con unos kilitos de más compromete no sólo su felicidad, sino su salud. Qué ironía… me recuerda algo que le sucedió a un amigo de mi papá. Estaba sentado en la banca de un parque comiendo palitos de apio y bebiendo agua embotellada y a su lado se sentó un hombre mayor con una hamburguesa en una mano y un tabaco en la otra. “¿Cuántos años tiene?” le preguntó, y éste respondió “Más de ochenta”. Entonces dijo “señor, yo soy médico y créame, si sigue fumando y comiendo así, se va a morir”, a lo que el encantador octogenario, mirando con desprecio los comestibles saludables de su compañero de banca, replicó “tu ya estás muerto, amigo”.

Ese viejito debe estar hoy en día como una rosa, y ahora que la medicina respalda su dieta, voy a seguir su ejemplo. Pero, como soy tan buena planeando las cosas con anticipación, no voy a esperar hasta tener 70 años para cultivar mis kilitos saludables y mejor voy a sentirme orgullosa de mis previsivas reservas desde ya.