Escuela de ‘la conversa’


Català: Portada del llibre Buscant lo desconeg...

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Es asombrosa la cantidad de malos conversadores que andan por ahí sueltos. No estoy hablando de la gente odiosa y maleducada, que no es poca, sino de las personas bienintencionadas que quieren socializar pero carecen de las nociones básicas sobre cómo conversar. Conozco unos conversadores excelentes y unas narradoras encantadoras, pero en estos días me he puesto a pensar y realmente es poca la gente con la que me iría en un carro sin radio hasta la costa. Ese, para mí, es un buen parámetro. Si uno aguanta más de una hora en un vehículo, sin radio ni cd (no hagan trampa) a punta de sólo conversa con alguien, ese alguien es una caja de música. Pero, en serio, ¿cuántos de esos conocen? Yo, pocos. Me sorprende el volumen de individuos que confunden la conversación con la interrogación y la crítica. Pobres almas descarriadas, creen que rajar y chismear y criticar y señalar todo lo que tienen de malo sus interlocutores y los cuerpos, vidas, relaciones y parientes de los mismos, es agradable. Peor, creen que están haciendo un bien. Tiene que ser así. ¿Por qué más tendríamos que soportar viejita tras viejita que cree que se le agradece que le diga a todo el mundo que está gordo, arrugado, enfermo o mal casado? Honestamente, pienso que están confundidos, y como no hay mejor remedio para la confusión que la educación, voy a proponer fundar una escuela en donde enseñemos a hacer visita. Con algo de ayuda de mis amigos y otros buenos conversadores y conversadoras, ofreceremos ‘tips’ a los asistentes para que puedan elevar su nivel de interacción y pasar de ‘vieja tan metida’ o ‘viejo tan insoportable’ a ‘qué rico hablar contigo’.

Pero mientras logramos reunir los recursos necesarios para la sede y la matrícula del ICFES, ofrezco estos consejos a los impedidos conversacionales.

Aparte de la buena dicción y un buen manejo del idioma, (por amor a Cervantes, compren un diccionario y dense cuenta de que la palabra “accequible” no existe), la herramienta más importante del buen conversador es el temario. Mi papá me enseñó que uno nunca debe hablar ni de la plata ni de política ni de religión. Yo diría que tampoco se debe hablar de la salud ni de la belleza, o falta de, a no ser que sea en términos absolutamente hipotéticos o informativos. En tales casos, se deben citar las fuentes respectivas, así “leí un artículo súper interesante en el New England Journal of Medicine sobre los beneficios antioxidantes de las fresas” en lugar de “deberías comer muchas fresas para que se te quiten esas manchas tan horribles en la cara”. ¿Ven la diferencia? Lamentablemente, muchos no. Muchas personas creen que mencionar con detalles abrumadores lo que han dormido o dejado de dormir, comido o dejado de comer, adelgazado o engordado y cómo, es agradable. Permítanme iluminarles el camino y sacarlos del error: a nadie le importa. En serio. Eso es entre usted y su médico. Al resto de la humanidad le sobra el comentario. Si no le pregunté, no me cuente. Eso va para cualquier dolor o dolencia, cirugía, tratamiento o procedimiento. Sólo mencione su estado de salud en caso de que padezcamos el mismo mal y su experiencia me sirva. De resto, guárdese el recuerdo tan celosamente como se deben guardar las trufas.

No hay que ir muy lejos para encontrar temas apropiados. Basta un esfuercito. Estos son tópicos socialmente seguros e intelectualmente aceptados: la carrera cinematográfica de Robbin Williams (ha sido chistoso y profundo, ha hecho de bueno, malo y hasta de mujer. Tema para rato); la perfección física de Bruce Willis (hay muchos ángulos que contemplar); las posibilidades culinarias del chocolate (plato fuerte, postre, frío, caliente, bebida, cubierta…); la versatilidad del café (sirve para detener hemorragias, espantar hormigas, teñir madera, como enjuague para el pelo). Por ahora, es me acabó el espacio, pero la semana entrante prometo tener un listado útil y fácil de consultar para los que no saben cómo conversar.

* PUBLICADO EN ENERO DEL 2007

Mi lista para Santa


A Danish Christmas tree illuminated with burni...

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Tutaina tuturumá… Llegó diciembre. Oficialmente ha empezado la temporada navideña. Claro que los centros comerciales ya están poniendo renos como desde marzo, pero en mi familia somos decentes y contenemos el espíritu navideño hasta diciembre, así que ya puedo empezar a tener sonrisa villancillesca. Amo la navidad, siempre la he amado, y este año va a tener más magia aún gracias a las adiciones a la familia, es decir, mi esposo y mi sobrino. Emilio ya había nacido el año pasado, pero todavía estaba en la fase que tienen los bebés recién nacidos que parecen rodillas y no hablaba ni hacía nada interesante. Era lindo, no me malinterpreten, pero era… bueno, aburrido. Pero este año ya va a ser fantástico. Como verán, estoy súper entusiasmada. Tanto que ya redacté mi carta a Santa con el inventario de comportamiento y la lista de regalos. La comparto con ustedes por si a alguien le sirve el modelo.

Dice así:

“Querido Santa; Antes que nada, gracias por los regalos del año pasado. Algún día, seguramente, me será útil el libro “Cómo sobrevivir en una isla desierta” algún día. Tal vez después de sobrevivir en una isla desierta me sirva la camisa tres tallas más pequeña que me diste. Pero no hablemos de pasado. Este año fui una niña buena. No le mentí a la DIAN, aunque sí a la secretaría académica. Boté las notas de algunos alumnos y me tocó inventármelas, pero creo que todos están felices porque a todos los hice pasar la materia para que no alegaran. No sé si le hice mucho daño al mercado laboral, porque francamente hay unos trogloditas que ni te imaginas. Pero en fin… Aparte de eso, estuve juiciosa en la dieta, pero la dañé en el matri y todo ha ido en picada desde entonces. Pero me pondré juiciosa de nuevo, lo prometo. Además, fui buena hija (le dije a mi mamá que estaba hermosa casi todos los días y a mi papá le dejé ‘tanqueado’ el carro una vez) y buena hermana (les presté mi ropa a mis hermanas casi sin alegar) y buena nieta (llamé a mi abuelito Óscar casi todos los días). Fui medianamente buena tía (está bien, todavía no logro lo de los pañales, pero le canto y ya no me da asco sostenerle el chupo). Dado lo anterior, quisiera pedirte unas cositas de Navidad, que espero no sean mucha molestia.

Quiero un helado que derrita la celulitis

Un carro que arranque en tercera

Un celular que no sólo tenga identificador de llamada, sino identificador de intenciones.

Gafas oscuras que no sólo prevengan las arrugas, sino que las borren.

Una cobija con temperatura dual graduable que tenga un lado más caliente que otro.

Un clóset con estación meteorológica

Zapatos de tacón graduable

Gomina con tapa-canas (no es que la necesite…)

Un Reloj que dé la hora y diga para qué necesito saber la hora

Un Libro de cocina con tópicos de conversación apropiada para todo tipo de ocasión: primera cena con los jefes del marido, primer almuerzo con tu suegra, primer algo de casada con las tías, etc.

Un Televisor con decodificador y localizador de mal diálogo y ubicador automático de Bruce Willis

Un teléfono inalámbrico que pueda llamar otros objetos, como las llaves, la cartera, la agenda, etc.

Un espejo con carta cromática que ayude a combinar la ropa

Un ambientador aromaterapéutico sensible a mi estado de ánimo

Con esas cositas quedo contenta. Las buscaré debajo del árbol.

Gracias de nuevo y hablamos el año entrante.

Atentamente, Angela”

 

* PUBLICADA EN DICIEMBRE DEL 2007