Lo que aprendí de la literatura infantil


Illustration from The Pied Piper of Hamelin

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La semana pasada estuve en la Feria del Libro y visité, creo que por primera vez, el pabellón infantil. Les cuento que quedé maravillada de lo que vi. Los libros para niños de hoy son hermosos, coloridos, optimistas… nada que ver con los deprimentes libracos que me tocaron a mí de niña. Confieso que me invadió una envidia terrible de las nuevas generaciones y me puse bastante reflexiva. Luego de mucho analizar, he llegado a la conclusión de que cualquier generación que tenga libros tan hermosos como esos tiene que salir mejor que las anteriores, por lo que igualmente concluí que mi generación y las que me precedieron estamos, bueno, fregados. Fíjense bien, el concepto que tenemos del mundo ha sido, en gran medida, forjado por los cuentos que nos contaron de niños, y los cuentos que nos contaron no fueron muy enaltecedores que digamos. Me he puesto en la tarea de extraer y poner por escrito lo que he aprendido de la literatura clásica infantil –ya saben, las historias de los Hermanos Girmm, Hans Christian Anderson y sus secuaces- y he llegado a unas conclusiones un poco aterradoras. A ver si están de acuerdo.

Lección 1: La naturaleza no es de fiar. Uno nunca debe tomar nada natural, ni frutas (la manzana de Blanca Nieves), ni flores (la rosa de Aurora, la Bella Durmiente), ni los animales (los lobos son especialmente perversos) ni nada por el estilo. Y ser amante de los espacios abiertos es altamente peligroso. Los mares están poblados por piratas que querrán secuestrarte –o en su defecto, brujas con tentáculos que te transforman en espuma de mar como La Sirenita-, las montañas están habitadas por bestias malditas, los bosques están llenos de ogros y tus padres sólo quieren llevarte a alguno de estos lugares para que te pierdas. Definitivamente, la madre naturaleza es una arpía vengativa.

Lección 2: Si eres de la realeza, estás en la olla. La realeza apesta y además es una tara financiera. Todos los reyes empiezan o terminan en la ruina y a todas las princesas están condenadas a las maldiciones más extrañas: las encierran en torres, las obligan a casarse con el primero que las rescate, las destierran y las obligan a vivir con enanos con trastornos severos de personalidad, tienen encariñarse con los batracios, se ofrecen como premio a cualquier hazaña… Si la Princesa Diana hubiese leído bien estos cuentos, jamás se habría casado con Carlos.

Lección 3: La pobreza sólo se cura con la belleza. Básicamente, uno puede ser o fea o pobre, pero no ambas cosas. Y mejor que estés contenta con lo que tienes, porque el inconformismo es la raíz de todas las maldiciones. Si eres sirena, quédate en tu charco. Si eres sastre, quieto ahí o te tocará enfrentarte con gigantes. En otras palabras, ‘deje así’.

Lección 5: No confíes en nadie que se viste sólo de negro, especialmente si es tu madrastra. Bruja malvada y mago perverso que se respeten son monocromáticos, desde la Madrastra de Blanca Nieves hasta Gárgamel. Aparentemente, ellos desconocían el regla básica de la moda de mi abuela Pepita “El negro es como el arroz: sale con todo”.

Lección 6: El éxito está en los accesorios. La zapatilla de cristal de la Cenicienta, la arveja de la Princesa Kala, la lámpara de Aladino… ¿se necesitan más ejemplos?

Lección 7: La menor siempre es la buena. Como hija de la mitad, resiento muchísimo este estereotipo en el que la hija menor siempre es la que se disfraza de hombre y va a la guerra para salvar al papá o la que vende su pelo para que la familia pueda comer o algo así. Como si el que le prestaran el carro antes de salir del colegio no fuera suficiente…

Lección 8: Nunca confíes en los músicos. Entre el flautista de Hamelin, el Harpa Dorada de los frijoles mágicos y el violín de Elías, está claro que los instrumentos musicales son la seña de la tragedia.

No me caben más lecciones, pero la semana entrante hablaré de todo lo que los cuentos de hadas me enseñaron sobre la administración y la economía.