Confieso que he leído “Alabanza de las sombras” de Jun’ichirō Tanizaki


Sombra de una flor de loto.

Sombra de una flor de loto.

Todo tiene nombre, hasta lo innombrable porque la decisión de no nombrar es cultural y aquello que no sabemos cómo vocear tiene voz en algún otro lugar. Esto lo sé desde niña porque me pasa con frecuencia que me topo con los límites de un idioma u otro todos los días.
Y a veces ninguno de los idiomas que hablo me basta y descubro fabulosas palabras en otros idiomas. Hace poco, por ejemplo, aprendí el nombre de algo que sacó de la mudez un sentimiento que hace rato cultivo: wabi sabi.
Wabi sabi es un término japonés que le da nombre a esa belleza imperfecta, incompleta, transitoria y rústica tan propia de la naturaleza: la hoja que se empieza a amarillar, el pétalo con pecas, la tabla de madera con grietas. Yo, sin saberlo, siempre me he sentido atraída por lo wabi sabi. De niña coleccionaba piedras, pero no gemas brillantes sino las piedritas grises con vetas blancas que se encuentra uno por ahí. Me sentí tan identificada con lo que leía sobre el tema que devoré escritos hasta que di con el ensayo de Jun’ichirō Tanizaki sobre las sombras.
Dice Tanizaki que mientras los occidentales buscamos erradicar la oscuridad a toda costa, los orientales cultivan sus misterios y gozan de la belleza que sólo la penumbra puede mostrar. Habla sobre la variedad de superficies que revelan sus secretos sólo a la luz de las velas, entre ellas la piel.IMG_5129
Coincido con él. Siempre me ha parecido que el blanco reluciente carece de personalidad, que la asepsia es estridente y, como dice el también japonés Saitō Ryokū, que la elegancia es frígida. Antes de leer a Tanizaki había lamentado la pérdida de la noche y me había dado cuenta de que al encontrar la manera de hacerle trampa estábamos más cansados que nunca. Ahora entiendo que no es sólo la oscuridad la que hemos perdido sino las sombras porque los occidentales, o al menos las occidentales, parecemos chapolas embobadas por la luz sin entender que sin sombra no hay descanso, no hay pausa y, peor aún, no hay misterio.
Y la belleza es puro misterio.
Hemos, sin pretenderlo, perdido algo esencial de nuestra estética, nuestra piel. La lupa, el espejo de aumento, la luz blanca del maquillador…toda nuestra cotidianidad está diseñada para exponer, para poner en evidencia. Pero poner en evidencia es un acto agresivo y vulgar pues todos sabemos que es mucho más interesante un viso reflexivo que un resplandor vacío.  O al menos yo lo sé. Aún hoy, cuando salgo a caminar con Matías, llegamos cargados de piedras, ramas, hojas y otros tesoros que exhibimos orgullosos en nuestra mesa especial, que de ahora en adelante llamaré mi estación wabi sabi.
Wabi sabi, ese nuevo sonido que llegó a mi vida para permitirme nombrar aquello que me recuerda, cuando me siento cansada, que el cansancio viene de ese baile mareador de exponer y tapar y que todo es más bello cuando nos dedicamos a adivinar y explorar. IMG_4438

Esta columna fue publicada el domingo 9 de marzo de 2014 en el diario La Tarde.

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Belleza por asociación


LG Mobile Model

El teléfono no viene con la modelo, por si se lo estaban preguntando.

¿He dicho antes que me encantan la tecnología? Es así. Soy tecno-junkie. Todo lo que se prende y tiene lucecitas me descresta. Y entre más funciones inútiles tenga un aparatejo, más me emociono. Pero hasta yo tengo mis límites en cuanto a la tecnofilia, y mi límite se encuentra muy cerca de la línea que cruzaron recientemente los ejecutivos de LG con su campaña de LG Mobile. Tal vez no la habrán visto aún. El folleto muestra una hermosa dama con un teléfono celular en la mano. Ella está sonriente, el teléfono está reluciente y la leyenda que los acompaña reza “Te hará lucir más bella”. Y hasta ahí llegó el romance.

Supongo que tengo un concepto de belleza muy distinto a los de LG porque yo no creo que un accesorio me pueda hacer lucir más bella. Ni a mí ni a nadie. Ojo, no estoy diciendo que una no se pueda SENTIR más bella con la ayuda de algunos juguetes. No les voy a mentir, cuando tengo mis gafas de sol grandotas tipo Chanel no sólo me siento bella. Me siento FAMOSA. Me siento totalmente Jackie Kennedy. Creo que se me sale hasta el Onasis. Lo mismo con las joyas… no nos metamos mentiras, hay días que un par de aretes pueden hacer toda la diferencia. Y todas tenemos la bufanda mágica, que hace que cualquier pinta escale de clase inmediatamente, o los tacones que nos hacen sentir que si nos viera Julia Roberts le daría envidia de nuestras piernas. La noción no es para nada nueva. Durante milenios, absolutamente todas las culturas han tenido algún tipo de relación con elementos materiales que asocian con poderes curativos o espirituales. Todos, desde nuestros ancestros indígenas hasta las más antiguas tribus africanas, todos tienen algún tipo de accesorio. Cristales, piedras, semillas, raíces, el poder comunicativo de los accesorios y la manera como se relacionan con el cuerpo y la mente ha sido un tema tratado mil y una veces.

Para algunos, dicha relación tiene una explicación científica porque los cristales son la formación más ordenada de la materia (eso de entropía igual a cero era lo que decía el profesor de química entre juegos de ‘ahorcado’) y que por eso ayudan a balancear los campos energéticos del cuerpo. No sé si eso sea verdad, pero estoy totalmente de acuerdo en que a mí los diamantes me llenan de una paz interior que ni les cuento. Si se fijan  todos los rituales de todas las culturas tienen de por medio la idea de la funciòn social de la aceptación evidenciada por la posesión de alguna joyita o algo por el estilo. Y no sólo los rituales religiosos, sino los sociales también. Los militares distinguen sus rangos entre sí porque tienen estrellitas o solecitos o banderitas, la curia usa colores y sombreritos y anillos para indicar jerarquía y también los civiles usamos la cartera Louis Vuitton o los zapatos Jimmy Choo o las billeteras Mario Hernández para indicar estrato, gusto o falta de ambos.

Independientemente de cuánto acepte o diste de los conceptos esotéricos y metafísicos, no niego que dotamos de un poder enorme a ciertos objetos que nos rodean. No creo que importe el material, sino el sentimiento. Tenemos el anillo de la abuela que creemos que nos trae suerte, el lapicero que nos dio la mamá y  con el que creemos que escribimos mejor o  el dije que nos dio la abuelita que nos hace sentir protegidos. Todas esas emociones las relacionamos con algo tangible y material, pero no significa, necesariamente, que sea la materia en sí la que contenga la emoción. Por eso, es posible que tener un teléfono celular me alegre, que me lo compre con mi primer sueldo y sea para mí un símbolo de triunfo y que la sensación de haber triunfado me haga sonreír, lo que invariablemente me hará ver más atractiva y me hará lucir y sentir más bella. Pero decir que un celular me puede hacer lucir más bella es comerse la mitad del cuento. Así que, lo siento amigos de LG. Respetuosamente debo señalar que su aviso está a medias… y su concepto de belleza, también.

* PUBLICADA EN SEPTIEMBRE DE 2006