Buñuelos regalados


547975357Estoy en ese terrible limbo artístico que ocurre cuando se tiene una obra terminada -en mi caso, una novela- pero aún no publicada, momento oscuro y detestable en el que a uno lo asedian todas las dudas propias y ajenas sobre la calidad tanto del juicio del artista como de la obra misma y uno queda reducido a un manojo de nervios tratando de encontrar agente, publicista o comprador entre una maraña de contactos. En los últimos días me he hecho amiga en redes sociales de personas a quienes probablemente no reconocería en persona y he enviado mensajes a mis amigos que dicen más o menos “Oye, esa persona que conoces en Linkedin/Facebook/Twitter con quien probablemente no hablas desde hace diez años y quien a duras penas saludabas en el colegio…¿será que me la puedes presentar a ver si quiere ser mi agente literario?” entre otros intercambios humillantes. Y todo esto mientas enfrento el silencio incómodo que ocurre cuando digo que soy escritora y la gente me pregunta que dónde puede comprar mi libro y yo digo que en ninguna parte porque aún no ha sido publicado.
Y eso que el silencio es mejor que el consejo producto de la ignorancia o las super ideas de quien no tiene ni idea de cómo funciona el negocio de los libros. Cualquiera sea la ruta, parece que la conversación está destinada a terminar en el parqueadero de “Y entonces, ¿cómo haces?”.
La pregunta es necia y tendenciosa porque basta con mirarme para saber que no padezco hambre, pero tiene un tufillo de juicio, como si el que aún no hubiese triunfado monetariamente haga que no me merezca la ayuda, que no me merezca que me sostengan, que no debo comerme el buñuelo comprado con el salario de mi marido porque eso está a dos pasos de la mendicidad (y a uno de la prostitución).
Pero quienes juzgan a quienes comemos buñuelos regalados ignoran o eligen olvidar que Henry David Thoreau comía de las donas que su madre y hermana le llevaban todos los domingos a Walden Pond para que fuera una artista independiente, que su amigo Ralph Waldo Emerson lo invitaba a comer con frecuencia y que la tierra en donde construyó su pintoresca cabaña era prestada por un vecino adinerado. También olvidan que Ghandi, Van Gogh y Jesús comían con frecuencia buñuelos (o su equivalente indio, danés e israelí) regalados. Se limitan a ladear la cabeza, a suspirar profundo y agradecer que ellos ya maduraron y no tienen esos sueños infantiles ni esas ínfulas de artista que tanto daño le hacen a la economía. Al hacerlo, nos hacen un poco más difícil el camino a los ilusos profesionales.
Aún así, seguimos por ese camino, mis hermanos artistas y yo, con las bodegas llenas de esculturas, los cajones llenos de manuscritos, el ático lleno de cuadros, pero más importante aún, la cabeza llena de sueños.
Pero por si se nos olvida decirlo, agradecemos mucho los buñuelos.

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Mi magia aún no está escrita


 Imagina una mujer de Patricia Lynn Reilly
Imagina a una mujer que cree que es justo y bueno ser mujer.
Una mujer que honra su experiencia y cuenta sus historias.
Que rehúsa cargar con los pecados de los demás en su cuerpo y en su vida.

Cómo me han impactado estas palabras hoy, justo hoy cuando hace pocas horas conocí a una mujer que vive en un cuerpo que considera su enemigo. Ella habita en territorio hostil. ¿Acaso no somos todas así? La mayoría, diría yo. Muchas, de eso no me cabe duda. Demasiadas porque con una sola que arranque el día poniéndose fajas para sacar la figura que no tiene, tacones para lograr la altura que cree que le falta, cremas rellenadoras para disimular las arrugas que no quiere reconocer y comiendo a escondidas las comidas a las cuales siente que no tiene derecho; con una sola que viva así ya hay de más.
Esta mujer que conocí hoy me hizo pensar en cómo muchas mujeres vivimos desde la percepción de la insuficiencia. No nos creemos lo suficientemente delgadas, jóvenes, altas, inteligentes, preparadas. Le hice a ella una pregunta que les he hecho a más de cien mujeres: ¿si su ídolo estuviera en el cuarto del lado, iría a verlo (o verla) tal como está en este momento? Hasta ahora, ninguna me ha dicho que sí; todas dicen que se tendrían que ir a la casa a cambiar de ropa y la mayoría irían a la peluquería antes de pensar siquiera en conocer a sus ídolos. La mujer de hoy ni siquiera piensa que en su clóset tiene la ropa indicada y me dijo que se haría cirugía antes de pensar en conocer a alguien tan importante. Y entonces le hablé de otra clase de mujeres, mujeres como la que describe Patricia Lynn Reilly, que “nombra a sus propios dioses [y] se imagina lo Divino a su imagen y semejanza”.
Yo conozco esa mujer. La he visto en el espejo sonriendo desprevenida y la he encontrado en algunas fotos en las que la luz del sol da justo donde debe dar y el obturador se disparó en el instante en el que la sonrisa es aún sincera, antes de que la preocupación por la papada y el temor por no tener una risa fotogénica le congelan el rostro en una expresión tragicómica de pánico y demencia. Pero no la veo todos los días. No ahora. No últimamente. Hoy la extrañé más que nunca pero sólo la encontré en las palabras de Maya Angelou que dice que baila como si tuviera diamantes en su entrepierna. No he logrado bailar así aún y no sé si sea capaz de enseñarle a la mujer que conocí hoy que su cuerpo no es un campo minado. Para hacerlo, tengo que empezar por creerlo yo. Por ahora, como lo dijo Audrey Lorde, creo que soy una mujer cuya magia aún no está escrita.

 

* Esta columna apareció el domingo 30 de marzo en el diario La Tarde como Confieso que he leído… Imagina una mujer de Patricia Lynn Reilly 

Juego de disfraces


De niña disfrazarme era mi juego preferido. Pilar y yo nos poníamos las piyamas de mi abuela para jugar a las hadas, los vestidos para las princesas y usamos las levantadoras como kimonos (ahora veo que debió ser menos divertido para mi abuela). Siempre pensé que disfrazarnos era una diversión infantil pero he descubierto que es más que eso.

Verán, esta semana hablé con una compañera de la universidad (hagan clic aquí para conocer su blog que es regio) y en un punto hice referencia a mi timidez por mi español menos que perfecto y ella me dijo, confundida, que nunca se había dado cuenta de que el español no fuera mi lengua nativa. Quedé muda. Yo pensaba que todo el mundo se daba cuenta de mis gringadas a los cinco minutos de conocerme. Son muy consciente de los errores que cometo y me disculpo profusamente cuando siento que no hago buen uso de la lengua de mis padres. Pero al parecer, la cosa no es tan grave como yo pienso.

Eso me hizo pensar un poco sobre el tema de la autopercepción. En estos días leí un estudio que afirma que la memoria no es infalible. Yo me jacto de tener una memoria prodigiosa, de recordar detalles que otros han olvidado sobre hechos ocurridos hace años pero este estudio dice que esos detalles bien podrían ser inventados (y tal vez por eso nadie más los recuerda). Esto me impactó profundamente porque gran parte de mi identidad se basa en mis recuerdos y de repente pensar que mi cerebro no es capaz de diferenciar entre algo que me sucedió y algo que vi en un comercial de gaseosas de los años ochenta me resulta bastante espeluznante.

Pero la cosa se puso peor cuando empecé a investigar más. Descubrí que cosas tan banales como la presencia de un celular pueden determinar si dos personas se caen bien (si hay un celular visible las probabilidades de lograr empatía disminuyen) y que la edad promedio de la gente del barrio puede hacer que la gente quiera tener hijos más pronto. Es decir, el cuento del “verdadero yo” es eso, puro cuento. Uno es lo que decide ser todos los días.

Y eso me puso a pensar en la que he decidido ser; en la prima que (creo que) no me quiere y se burlaba de mi cuando éramos niñas, y el primo que (tal vez) me tiró a la piscina y en que realmente no somos muy amigos ahora porque (creo) que se burlaban de mi y que si les doy la posibilidad de hacerlo ahora lo harían de nuevo. Pensé en todas las personas con quienes me da pereza encontrarme porque (creo recordar que) tuvimos un momento tenso en una conversación que tuvo lugar hace diez años. Pensé en todas las veces que me he sentido extranjera, que (creo que) se burlan de mi acento, que (creo que) debo explicar por qué me equivoqué en la columna. Y después de pensar me sentí un poco perdida…hasta que encontré esta cita de Kurt Vonnegut “Somos lo que jugamos a ser así que hay que tener cuidado con nuestros juegos”. Si todo es un juego, de ahora en adelante voy a jugar a ser princesa.

*Esta columna apareció en la versión impresa de Mundo Moderno en el diario La Tarde de Pereira el 17 de noviembre de 2013

Esta mamá sí sale en la foto


Esta semana me pillé a mí misma haciendo algo que critiqué mucho de mi mamá y mi abuela: me saqué de la foto. Mi abuela Pepita fue una de las mujeres más hermosas que ha visto el mundo pero nos dejó un legado de fotos editadas a punta de tijera y baja autoestima. Mi mamá sigue siendo espectacular pero es flashofóbica y bastante borrona. Y esta semana Jorge tomó fotos de Matías conmigo en una escena particularmente enternecedora y no bien había terminado de hacerlo cuando yo cogí el aparato y empecé “en esta se me ve la papada, aquí salgo pálida, en esta se me ven las canas…” hasta que Jorge me quitó el celular y me dijo que si seguía así, Matías iba a quedar sin fotos de mi.

Y entonces me preocupé. No porque Matías no tenga evidencia fotográfica de mí. Me preocupé porque estoy replicando lo que mi mamá y mis abuelas hicieron al sacarme de la foto. ¿Y qué le estoy enseñando a mi hijo al hacerlo? ¿Que temo que él me juzgue?  Sé que no lo hará porque cuando mis hermanas y yo vemos las fotos de nuestra mamá jamás nos fijamos en si estaba gorda o flaca o si le combinaban las uñas con los zapatos. Nos reímos, recordamos, nos conmovemos y sé que Matías sería igual. Entonces le estoy enseñando que me juzgo a mí misma, que me avergoncé de mi cuerpo de mamá, el cuerpo que él me dejó, de no tener tiempo para estar siempre de pelo de comercial de champú, cutis terso y pestañas crespas. Le estoy enseñando que hay algo de malo en perder un poco de glamour para ganar un hijo. Y eso no es lo que quiero que aprenda.

La vida de Matías está bien documentada. Hay videos de las primeras ecografías pero no hay un video de mi yendo a esa primera ecografía cuando aún no sabía si él había sobrevivido el desprendimiento ni de mis lágrimas cuando la médica que hizo la ecografía me dijo que la arvejita que era Matías seguía ahí y estaba luchando. No hay fotos de las 14 semanas que estuve acostada sobándome la barriga, cantándole a mi barriguita. No hay fotos de mí buscando apartamento donde entrara el sol (en Bogotá eso es toda una odisea) y luego casa con patio donde él pudiera correr. No hay fotos de mi cara de desespero buscando colegio, leyendo sobre el destapar el ducto lagrimal a punta de masajes y mezclar aceites para logar la fórmula del “ayayay oil” que sirve para moretones, picaduras y pesadillas. No hay videos de mí aprendiendo a hacer pan, yogur, helado, de todo para darle a mi hijo golosinas saludables. Gran parte de lo que hacemos las mamás se va sin documentar.

Así que he tomado la decisión de unirme a las mamás que entienden que los hijos van a necesitar una foto de la mamita cuando la mamita no esté. Voy a salir en la foto y enseñarle a mi hijo que mi vanidad importa menos que mi humanidad. Tal vez algún día cuando esté luchando con la suya lo consuele ver fotos de la mía. Y si no, me consuela a mí saber que me dejé retratar como una mujer imperfecta perfectamente mamá.  

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Él siempre va a salir mejor en las fotos que yo, pero prometo dejar al menos una de cada evento.

* PUBLICADA EL 2 DE JUNIO EN LA TARDE*