iCartera


 

Garden Party

imagínense las posibilidades…

 

He tenido una visión del futuro y es fabulosa. He soñado con un dispositivo que haría que la vida de millones de mujeres sea más fácil y quiero compartir el sueño con ustedes porque no tengo plata para sacar la patente y esta columna me servirá de prueba cuando alguien más haga mi dispositivo y yo quiera demandar y cobrar mi parte. Lo llamo el iPurse: purse, del inglés cartera, e i porque obviamente quiero que lo haga Apple. Tal vez el mismo Steve Jobs me esté mandando mensajes desde el más allá porque les cuento que mi idea es brillante.

 

Miren, lo que se me ocurre es una cartera que sea un computador, o un computador que sea una cartera. O sea, que tenga cargadera y sea bonito el estuche por fuera, que uno le pueda cambiar el forro para que le salga con los zapatos y todo. Pero por dentro es un dispositivo plano, tipo iPad, que tenga toda la información en forma de Apps. Entonces, tengo el App de la cédula, del pase, de las tarjetas de crédito y débito, las tarjetas ganapuntos de las tiendas y supermercados y para acumular millas y todo. O sea, todo. El pasaporte y las visas y el carné estudiantil y los papeles del carro… bueno, ya tienen la idea. Uno podría andar con la iPurse y no necesitaría nada más. Ahí están las fotos de los nietos, las canciones, el crucigrama, la revista, la agenda, el gps por si uno se pierde buscando la dirección de la cita agendada. ¿Se imaginan la maravilla? Incluso uno podría tener una tapa con espejito y un bolsillito para el colorete y unas mentas y estuvo.

 

Mi idea me parece genial, y no sólo porque es mía.

 

La idea de la interconectividad transdispositivica (me acabo de inventar este término así que denle tiempo mientras se acostumbran a usarlo) podría llegar hasta que cuando uno compra el carro le configuren un sonido o una frecuencia especial en la iCartera para encender el carro desde ahí. Y las llaves de la casa, igual.

 

Y por ahí derecho, la iCartera puede tener un receptor Bluetooth que se activa cuando entra en contacto con la red de la iCartera de otro usuario entonces a uno le saldría un avisito discreto A 500 metros está Paula, la sobrina de tu papá que está casada con el mejor amigo del primo de tu esposo. Está más delgada y estrenando puesto. Su hijo se llama Santiago y está a punto de hacer la Primera Comunión. No olvides preguntar por la mamá, Doña Adela, que estaba mal de la presión. No más encuentros bochornosos del tipo te-conozco-pero-no-sé-por-qué. Para gente como yo, olvidadiza y socialmente torpe, sería una bendición.

 

Aparte de lo anterior, mi iCartera viene con App que se conecta con la nevera para saber qué hace falta de mercado; con el satélite de la estación de meteorología para saber si saco el paraguas o no; con la pesa de la casa para que uno sepa cuántas calorías se puede comer en el almuerzo y con el clóset para saber si esa camisa realmente sale con esos pantalones y si es cierto que no tengo qué ponerme para ese matrimonio que se avecina.

 

Ahí lo tienen, mi iCartera sería un hit. Ahora sólo me faltan un par de millones de euros para desarrollar la plataforma. Acepto donaciones…

 

La manzana negra


Image representing Apple as depicted in CrunchBase

Image via CrunchBase

He tenido muy presente esa canción de Juanes tengo la camisa negra pues mi amor está de luto porque yo tengo la manzana negra y mi computador está de luto. Ha muerto Steve Jobs, un visionario a quien he admirado durante muchos años.

Para quienes no lo sabían, Jobs era el genio detrás de Apple y Pixar, que producen dos de mis cosas preferidas en el mundo: tecnología y películas. O sea, no le faltó sino hacer chocolatas y tendría una estampita de él en mi billetera.

Yo lamentablemente no lo conocí pero he tenido una relación con Apple desde hace muchos años. Mi primer computador (bueno, nuestro porque lo tenía que compartir con mis hermanas porque mi mamá me obligaba) fue un Apple IIc. La amaba. En serio, era amor. Aprendí BASIC y tenía estuche especial para los discos 5 ¼ o floppy (si usted no sabe qué es un diskette por favor entréguele este periódico a un adulto y váyase al patio a jugar con los demás niños) y hasta le compramos joystick, que era un verdadero lujo en esa época. Los juegos eran muy básicos, la pantalla negra con letras naranja daban dolor de cabeza, las gráficas irrisorias comparadas con las de hoy y el teclado era tan duro que uno terminaba con nudillos musculosos, pero no importaba. Me encantaba esa Mac y desde eso la manzanita ha tenido un lugar especial en mi corazón.

A medida que la empresa fue avanzando, también mi nivel de antojo. Lo primero que hice con una platica extra que me entró fue comprarme una Mac, desde donde escribo ahora, y si no fuera porque tengo que comprar pañales y leche y comida para el bebé y esas cositas, tendría un iPhone, un iPod, un iPad, un iTodo. Esa “i” minúscula se convirtió en la letra más sexy (¿iSex?) del mundo para mi. Y eso sin mencionarles que las 3 Toy Story son películas que me hacen reír y llorar cada vez que las veo.  La gente cree los DVD que tenemos de Monsters Inc, Cars y Pixar Shorts son para Matías, pero no es cierto. Hasta les confieso que la primera atracción en la que nos montamos Jorge y yo en nuestra luna de miel en Disney fue precisamente la de Buzz Lightyear.

Y justamente esta semana estuve leyendo sobre Steve. He tenido un par de semanas difíciles (atraco, roseola, humedad en la pared, para contarles sólo los titulares) y recordé un video que había visto de él hablando durante la ceremonia de graduación de la Universidad de Stanford como invitado. En ese discurso, titulado Como vivir antes de morir, habló de lo difícil que parece la vida a ratos, de lo imposiblemente lejos que parecen estar nuestros sueños y de cómo a veces la solución a todo está a la vuelta de la esquina pero solo la vemos cuando decidimos seguir adelante. Necesitaba oir eso esta semana y me impactó que él muriera el día después de haberme subido el ánimo. Tal vez por eso sienta que le debo al menos esta columna… y por supuesto, todos mis deseos para que nos encontremos algún día en el iCielo.

 

*PUBLICADA EL 8 DE OCTUBRE DE 2011

De epónimos y egos


48 temporary compost toilet

Image by Vertigogen via Flickr

Entiendo que las artes pasan por un mal momento, pero la estrategia del Centro de Artes de Cedar Rapids, (Iowa, EEUU) es tan desacertada como de mal gusto. Para recoger fondos han decidido darle al donante de 1000 dólares en adelante el derecho a nombrar…un inodoro. En el correo electrónico que enviaron para atraer inversionistas potenciales dicen “Es la oportunidad de honrar a un ser amado, un colega, su artista preferido o usted mismo […] entre sus vecinos pueden hacerle honor a un mandatario admirado, conejal, expresar su respeto por un profesor o mentor, o tal vez con sus colegas puedan sorprender a su jefe. Las posibilidades son infinitas”. Sí, tan infinitas como el lugar a donde va a dar el contenido del retrete.

Créanme, yo entiendo la pulsión de querer dejar un pedazo de inmortalidad por ahí. Aunque mi nombre sea cacofónico y poco comercial, mi ego es mayor que mi sentido de la estética sonora y quisiera que algo famoso se llamara como yo. Todavía me queda tiempo para hacer algo que amerite una estatua, o un busto aunque sea. O tal vez un lindo viaducto, un bonito estadio o algo sencillo como un rascacielos.

El caso es que eso de los epónimos no siempre es un honor. Las enfermedades venéreas se llaman así por la diosa griega Venus; la familia de Joseph Ignace Guillotin no debe decir con orgullo que la guillotina se llama así porque el tatarabuelo fue el de la brillante idea de usarla (es más, trataron de hacer que el gobierno francés dejara de usar esa palabra pero al final mejor se cambiaron el apellido); y tampoco creo que los descendientes de Charles Lynch cuenten a los niños la historia de cómo el viejo Charlie dio origen al término “linchar” en Navidad. En cambio a los descendientes de John Montagu IV les debe doler que no existiera el concepto del “Copyright” en el siglo XVIII porque serían millonarios con aquello del sándwich.

A pesar de estos ejemplos infortunados, lo del epónimo sigue siendo sexy. Por ejemplo, me gustaría que me llamaran de Mars a decirme que van a poner en el mercado la Angie bar. O de Apple, para contarme que han diseñado la nueva Lap top Angelita, con teclado a prueba de chocolate. También me sentiría feliz con una llamadita de Ralph Lauren para informare que su nueva línea de pantalones “The Angie” reduce la celulitis. Incluso de Revlon para decirme que habrá un nuevo color de sombra llamado “Azul Ángela”. Hasta me contento con que la Real Academia de la Lengua me diga que me van a dedicar una entrada en la próxima edición del diccionario con el verbo “angelitizar” como sinónimo de “corregir”.

Pero lo más probable es que mi nombre sea el epónimo de un desorden psicológico: el síndrome de Angelita, usado para designar aquellos que dedican demasiado tiempo a soñar despiertos con cosas imposibles y escribir ligerezas en tiempos pesados. Lo del inodoro ya no parece tan mala idea, ¿cierto?

 

*PUBLICADA EL 4 DE SEPTIEMBRE DE 2011