Del amor y otras jodas


Eran tan jóvenes, este par de enamorados. Él de patillasfrondosas y ella de sombra perlada y ojos con “cola de gato”, como le exigía ladécada. El cura sonrió cuando bajando con el libro de casamientos oyó al novio exclamar:-¡Santa pacha bendita!-. El fotógrafo contratado para la ocasión maldecía a todo pulmón cada vez que iba a tomar una foto porque el flash no le funcionaba. Y finalmente cuando los declararon marido y mujer y él se inclinó para besar a su nueva esposa y ella, ruborizada y bella, dijo suavemente al micrófono  -¡Ahora sí se jodió!
Y así empezaron mis padres su vida de casados, unión que cumplió esta semana cuarenta años de celebrada. Según la tradición, los cuarenta son las Bodas de Rubí pues esta joya representa la llama del amor y el deseo eternos. Pero este año alguien de la familia (tal vez fui yo) dijo que como no había con qué comprar rubíes deberíamos empezar una nueva tradición y celebrar las Bodas de Boñiga.
No se alarmen; no es una ofensa. Lo digo citando las perenemente sabias palabras del gran filósofo Miguel Álvarez Jaramillo (mi abuelo), quien en alguna ocasión me dijo: –A uno a veces le toca comer mierda, pero no hay que olvidar que la mierda también es abono.
Esas palabras tan profundas las he tenido muy presentes en los últimos días porque vaya sí ha habido bastante fertilizante por esos lados. Desde inquilinos mezquinos y sus abogados maquiavélicos pasando porinmobiliarias inmisericordes hasta funcionarios vengativos, la verdad es que llevamos un par de semanas difíciles. Pero el abuelo tenía razón, la dificultad es muy buen abono.
Para empezar, de todo esto han surgido amistadesinesperadas, hemos descubierto aliados sorprendentes y nos hemos percatado de habilidades que no sabíamos que teníamos. Hemos renovado nuestro directoriosocial y replanteado el uso de palabras como “indispensable”, “importante” y“amigo”. Hemos salido fortalecidos como familia y eso nos ha dado ánimo para celebrar estos cuarenta años de Alvarezasgo que han estado llenos de alegrías y pesares, dichas y desdichas, y todo el abono (desde pañales con regalitos hasta cagadas adolescentes) que ha posibilitado el retoño de tanta cosa buena. Aquí abundan el buen humor y el mal genio, el buen gusto y el maldecir. Somos una manada de nómadas burlones lectores y comelones jugadores de cartas televidentes que nos creemos jueces de American Idol y al menos la mitad somos músicos frustrados. Nos queremos. Nos peleamos. Nos perdonamos. Nos volvemos a pelear y nos volvemos a querer. Y todo esto gracias a que mi papá se veía interesante tocando guitarra mientras mi mamá espiaba desde las escaleras la fiesta que hicieron sus primas a la cual no la invitaron porque estaba muy niña. Y después de cuarenta años, la niña y el guitarrista han producido tres hijas y dos nietos y una familia amorosamente jodida y jodidamente amorosa. Así que Felices Bodas de Boñiga, papá y mamá. Celebremos todo lo bueno que ha salido de tanto abono.
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Aniversario 4×4 (x4)


El embalse del Neusa

Jorge y yo estuvimos celebrando nuestro cuarto aniversario recientemente y como estamos estrenando carro, él decidió que debíamos combinar ambas cosas e ir a la represa del Neusa, a un par de horas de Bogotá. Compramos carpa y sleeping bags –ojo, para dormir la siesta, no para pernoctar- y empacamos al niño junto con un comida como para un batallón y salimos tempranito rumbo a la aventura. Íbamos bien hasta que llegamos a un lugar que nos pareció ideal y nos adentramos un poco sólo para descubrir que una pareja de jóvenes ya había armado su carpa. Entonces, mi marido decidió acercarse al embalse para dar la vuelta. A pesar de las advertencias de los guardias, la mirada escéptica del joven y mis chiste sobre ver el monstruo del Loch Ness, Jorge quiso hacer una maniobra de 360˚ en lugar de echar reversa.

Y… nos quedamos atascados en el lodo.

La salida de nuestra prisión fangosa requirió de los esfuerzos conjuntos de mi marido, la pareja de adolescentes (él, abogado y ella, finalizando su carrera de Ingeniería), el rondero que llegó en moto, y yo. La novia, Valeria, y yo nos turnábamos la cargada de Matías y la empujada del carro mientras que Jorge, el Dr. Jaime y Pinzón empujaban y buscaban qué meterle a las llantas para usar como tracción.

No les miento, hubo un momento, mientras oía cómo las llantas del carro chillaban inútilmente y todos sudaban y gemían y se llenaban de lodo maloliente en el que me pregunté a mí misma cómo había soportado cuatro años de semejante terquedad. Cuatro años de terquedad y fútbol y dejar la toalla mojada encima de la cama y no atinarle a la canasta de la ropa sucia cuando lanza los calzoncillos; de tratar de hacer el arroz “como lo hace la mamá” y aguar mi café porque a él le gusta oscuro, como para rellenar estilógrafos; de los ronquidos más ruidosos del mundo y levantadas a medianoche porque habla dormido y me da codazos y patadas. Cuatro años en los que NUNCA ha seguido las instrucciones ni puesto el rollo del papel higiénico ni vuelto a poner la toalla de manos en su lugar.

Pero entonces, 45 minutos después de mucho (MUCHO) jonjoleo, finalmente liberamos el carro. Matías, que había estado feliz con Valeria porque tiene cara de ángel, gritó de felicidad y nos subimos al carro de nuevo, no sin antes prometerles nuestros riñones a la pareja junto con sánduches que rechazaron porque tenían suficiente comida (después supe que lo lamentaron mucho porque un perro chandoso les robó toda la comida). Y ya cuando encontramos un sitio seco y armé la carpa (porque yo SÍ leo las instrucciones) y nos sentamos a disfrutar del picnic que Jorge había armado con tanto amor, ví que estos cuatro años también han sido llenos de felicidad y de sorpresas y de momentos mágicos.

Y eso es lo que realmente importa.

Claro que me gustaría que de vez en cuando cambiara el rollo del papel higiénico…

Jorge y Matías en la carpa que yo armé