El amor y el olfato


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Una noche muy, muy tarde que Jorge me llevó una merienda y me dio un abrazo para darme ánimos para poder seguir trabajando.

Cierta amiga soltera está estrenando novio y me preguntó recientemente cómo sabe uno que es amor del que dura para siempre y cómo es realmente el matrimonio. Le conté mi teoría de las Cuatro Etapas Olfativas de las Relaciones, a saber:

La del perfume, que es cuando uno está empezando a salir y se echa lociones y perfumes y body splash y cremas con olor a vainilla y sabor a chocolate en cada recoveco del cuerpo.

La de las rosas, que es cuando se celebra todo: el aniversario del primer beso, la primera ida a cine, la primera vez que vieron salir juntos el sol, la primera vez que cogieron el semáforo en verde, etc.

La del café que es ya cuando las cosas van en serio y uno empieza a pernoctar, a dormir en la finca de los suegros, a conocerse en piyama, a salir madrugados para el viaje en carretera a visitar a los parientes o a acompañarse a planes de puro bombero como paseos en bicicleta que arrancan a las 5:00 un sábado o a tomarle fotos al nevado cuando amanecen despejado

Y finalmente, la etapa del pedo. Cuando uno ha llegado a un nivel en la relación en la que alguien se tira un pedo sin echarle la culpa al perro, sin fingir que fue el sofá de cuero, sin reírse siquiera, eso es amor puro y verdadero.

Piénselo y verán: la proverbial rubia en el bar o el descocido alto y guapo de nombre impronunciable o cualquiera que sea su fantasía de una noche nunca se tira pedos. Eso es el cénit de la domesticidad. Eso es ya cuando uno se ha visto en piyama, y no en baby doll ni top de tiritas y pantalones de estrellas. No; piyama descolorida de cuello deforme con motas y pañuelos faciales en el bolsillo porque uno amanece con mocos porque tiene rinitis.

Y ese es el amor, el que huele a perfume sólo dos o tres veces al año, a rosas sólo cuando alguien ha parido o ha partido y a café con pedo todas las mañanas.

Pero ese olor hay que quererlo porque es el olor del compromiso, de saber que va a volver por la noche y que me da besitos aún después de comer pizza de anchoas con ajos asados; que se va a reír de mis chistes así los haya oído mil veces; que entiende mis referencias obscuras a películas europeas y canciones ochenteras. Ese el olor a compañía, a hogar, a familia.

A modo de ejemplo –yo siempre tan didáctica- le conté a mi amiga la siguiente anécdota para rematar:

Hace unos años, Jorge y yo nos fuimos solos a una romántica segunda luna de miel. El día del viaje nos teníamos que despertar muy temprano para estar en el aeropuerto a tiempo y yo me desperté un poco antes que él. Me quedé mirándolo, agradecida por tener la oportunidad de darnos esta voladita, por la vida que teníamos juntos, por la relación que habíamos logrado construir. Recuerdo haber sentido una oleada de amor puro mientras lo veía en la escasa luz de la madrugada. Y entonces él abrió los ojos perezosamente, me miró, me sonrió, se tiró un pedo y me dijo:

-Qué, ¿te bañas mientras yo hago popó?

Y ese es el matrimonio. 

Amoroide


Robot Attack!

Image by Dan Coulter via Flickr

No sé cómo traducir el neologismo Lovotics, que es un cruce entre Love y Robotics (amor y robótica) pero no se trata de una empresa ficticia en donde trabaja el malo de un nuevo cómic ni otra serie de J.J. Abrams sino campo de investigación. El nombre se lo dio el profesor Hooman Samani del Laboratorio de Robótica Social de la Universidad Nacional de Singapur refiriéndose a su labor de desarrollar robots que interactúan con humanos para generar lazos fuertes de apego y cariño.

Samani ha logrado construir un sistema que simula la fisiología de un humano enamorado. Dado que lo que sentimos cuando estamos enamorados en últimas se debe a las hormonas, creó un sistema endocrino artificial parecido al nuestro. El resultado es un robot que puede mostrar seis emociones diferentes (felicidad, tristeza, temor, sorpresa, asco e ira) con movimientos, lucecitas, vibraciones y sonidos con los cuales se comunica con los humanos y responde a los estímulos. Parece que si bien es cierto que el amor no se puede comprar, es posible que se pueda manufacturar.

Habrá quienes duden que un aparato pueda hacernos sentir emociones verdaderas a punta de luces y sonidos, pero yo no creo que sea tan descabellado. Hay gente que siente afecto real por sus aparatos. Sin ir muy lejos, mi esposo siente cariño por el carro. Le dio pesar vender el anterior y a veces lo recuerda con nostalgia. Y no está solo. Mi mamá recientemente perdió su laptop a causa de un accidente y yo pensé que se iba a poner de luto. Y si les soy sincera, en estos días vi un iPad y me pareció bastante sexy. Pero los robots de Hooman son más complejos aún que la Blackberry más sofisticada porque se pueden aburrir, sentir celos, estar de buen o mal genio basados en la manera como “su humano” interactúa con ellos. Y aquí es donde la cosa me parece complicada porque si así no más hay días en que el computador no me hace caso y la llamada no me sale, no me imagino cómo sería de difícil la vida si tuviera que lidiar con que el mouse está digno porque toco más al teclado.

Porque el problema de simular las emociones humanas es que las emociones humanas son un desastre. No quiero siquiera pensar en lo que sería un teléfono adolescente. “Uy no, qué oso llamar a ese man. O sea, no estás en nada. Me niego a marcar y si me obligas VOY A LLORAR Y LE VOY A DECIR A TODOS LOS SEMÁFOROS QUE SE PONGAN EN ROJO. Mejor me voy para donde la nevera. Ella sí me entiende”; o un computador con Síndrome Pre-Menstrual (“no quiero ir a Internet porque tengo no tengo la pantalla lozana y se me ve enorme el módem”). Y ni siquiera pensemos en un vibrador acomplejado…

Claro que la idea no es llegar así de lejos, pero ¿dónde trazamos la línea? ¿cómo hacemos para separar únicamente las emociones que nos parecen entrañables y dejar fuera las que nos parecen hartas? Si pudiéramos hacer eso, no necesitaríamos robots.

 

Amores de verdad


Quienquiera que haya dicho que los niños son los verdaderos maestros tenía toda la razón. Esta semana mi sobrino nos dio a todos una clase magistral en relaciones de pareja.  Emilio, el Niño Más Lindo Del Mundo (título oficial otorgado por su Madrina y Tía, es decir, totalmente imparcial) empezó el colegio este año y al poco tiempo ya tenía su propio harem. Antes de salir a vacaciones de mitad de año tenía tres novias y al regresar agregó una cuarta, de quien se enamoró porque tenía las mismas botas que él. Emi aseguraba estar igualmente enamorado de las cuatro pero al parecer una tomó la delantera porque hace unos días anunció que se casaba con María José. “¿Por qué te casas?” preguntó su madre. “Porque ella me dijo que nos casábamos” contestó el niño. Curiosa, mi hermana continuó el interrogatorio “¿Y tú sí te quieres casar con ella?” a lo que él respondió “Claro que sí porque ella es muy querida y siempre se alegra de verme”. Y ahí lo tienen, este niño de tres años y medio tiene más y mejores motivos para casarse que mucha gente que conozco. ¿Quién no sería feliz con alguien que fuera querido y siempre se alegrara de verlo a uno? Si me preguntan, creo que Emi está hecho.

Tras saber del incidente amoroso me puse a pensar y recordé que más o menos a esa misma edad tuve yo mi primer amor.  Él se llamaba Juampelipe (así lo recuerdo y así se quedó) y estábamos profundamente enamorados. Todos los días nos encontrábamos en el Jardín y planeábamos nuestra vida juntos mientras compartíamos la lonchera. Él me daba sus ‘frunas’ porque a mí me tenían a dieta. Él estaba buscando una casa que tuviera escaleras y columpios y yo me concentré en aprender a ser buena mamá practicando con mi osito.

Ese recuerdo me condujo a otro, al del amor de un niño llamado Simón por mi hermana Lina. Cuando él, de 5, iba a hacerle visita a ella, de 17, le llevaba Almendras achocolatadas. Un día se encontró con algo de competencia adolescente así que, en un acto de desprendimiento que hasta el momento no tiene rival, vació la caja de almendras en una matera para que ella no tuviera que compartirlas con esos otros muchachos. Ahora que lo pienso, ese barrio era terreno fértil para los romances pues recuerdo que en el edificio del frente vivía un niño –al que llamaré José- que un día, cuando él tenía alrededor de 8 años, me pidió el favor de que le revisara la ortografía a una carta para la novia. Ella estaba en la finca porque estábamos en vacaciones y su manera de decirle que la extrañaba sigue siendo para mí hasta el sol de hoy una de las metáforas más sinceras y expresivas. Decía la misiva “Espero que vuelvas rápido porque mi vida sin ti es como una pizza sin coca-cola”. Ningún poeta ha sido más contundente.

Recordar estas historias me puso a pensar en las relaciones modernas, en todo lo conllevan las relaciones. Me llamó, por qué no, será que le digo, qué estará pensando, seremos el uno para el otro, será que sí, será que no… todo parece tan complicado ahora, tan difícil y doloroso. Tal vez no lo sería tanto si aprendiéramos un poco de los niños. A lo mejor todos seríamos felices sin tan sólo encontráramos alguien que siempre proteja nuestros intereses, quiera que el hogar que compartamos sea un lugar divertido, comparta lo que tenga sin reservas, sea querido con nosotros y sobre todo, siempre se alegre de vernos.

*PUBLICADA EL 16 DE SEPTIEMBRE (DÍA DEL AMOR Y LA AMISTAD EN COLOMBIA) DE 2009 EN MUNDO MODERNO.