Confesiones de una eterna optimista


Tristeza y Alegría. las dos fuerzas que más compiten en mi cabeza.

Tristeza y Alegría. las dos fuerzas que más compiten en mi cabeza.

Yo soy de esas personas que cree que la sonrisa es la mejor arma y la mejor herramienta, de esas que trata de verle el lado bueno a cualquier situación, sobre todo desde que soy mamá. Es más, hasta hace poco creía que mi optimismo era una de mis mejores cualidades. Pero como pasa con frecuencia, apenas estoy súper segura de algo, la vida me muestra que la certeza es pura farsa.
Mi familia ha enfrentado una variedad de situaciones últimamente. No voy a entrar en detalles pero hemos sentido la pérdida en todas sus expresiones y mi estrategia había sido consolar con humor, pero he aprendido que lograr hacer sonreír a alguien que está triste no es necesariamente un triunfo.
La tristeza es importante y hay que darnos tiempo para sentirla.
Esta lección, que debió ser obvia para mí desde hace rato, tomó fuerza cuando vi la película animada de Disney “Intensamente”, protagonizada por las emociones de una niña de 11 años llamada Riley. Alegría, Furia, Temor, Disgusto y por supuesto Tristeza rigen la vida emocional de Riely y los espectadores podemos tener acceso a las tensiones internas de una persona cuyas emociones están en pugna.
En el caso de Riley, como en el mío, Alegría es bastante imponente. Ella cree que es la mejor opción siempre y atropella a las demás emociones para poder controlar las respuestas de la niña. Pero Tristeza le da a Alegría una gran lección: sentirnos tristes nos ayuda a entender qué es lo importante en nuestra vida. Expresar tristeza es la manera como pedimos ayuda y les permitimos a las personas que nos quieren ayudarnos. Sin tristeza, nos obligamos a enfrentar todo solos, y eso puede ser una carga muy pesada.
Además, la tristeza nos muestra el camino hacia la recuperación. Sentirnos tristes nos obliga a revisar nuestras prioridades, a discernir y distinguir entre lo crucial y lo dispensable. Nos aterriza en el momento porque nos obliga a pensar cómo podríamos sentirnos mejor aquí y ahora, y eso nos ayuda a elegir mejor, a tomar mejores decisiones con respecto a nuestro futuro.
Y sobre todo, la tristeza es el camino hacia la compasión, hacia un comportamiento basado en querer evitar la tristeza y la soledad en los demás y en uno mismo. Sentirnos tristes nos ayuda a identificar la tristeza en otros y les dice a los demás que necesitamos comprensión o compañía.
En estas semanas, pero hoy sobre todo, entiendo lo importante que es permitirnos sentir la tristeza y acompañar a quienes la sienten sin atropellarlos con chistes ni ideas sobre cómo sentirse mejor. Hoy entiendo que cuando a uno le deja de doler, le deja de importar.

Sobre el arte de acumular


Tengo una amiga bloguera que lleva varias semanas en un proceso de depuración de pertenencias que ha registrado con fotos y emociones detalladas en su blog.
Todo empezó porque se compró o le regalaron o le encimaron un libro de Marie Kondo y su revolucionario método KonMari que promete devolver el orden y la simplicidad a cualquier hogar usando como base la filosofía japonesa, combinada con el arte de doblar pantalones como si fueran kimonos, el furoshiki (doblar paquetes) y supongo que en algunos casos, el origami.
El KonMari promete acercar espiritualmente a las personas con sus posesiones, ayudarles a que sientan verdadero placer y apego espiritual por las cosas y, como resultado, tener una vida más plena y ordenada.
Hasta ahí, todo suena bien y yo hasta estaba pensando en dármelas de samurái y darle una oportunidad al método este. Pero entonces vi que mi amiga le había hecho el harakiri a su biblioteca y hasta ahí me llegó el entusiasmo.
En lugar de dejarme llevar por la estética minimalista asiática he decidido empezar mi propio movimiento llamado materiafilia.
Fíjense que es distinto al materialismo, en donde la materia es lo primario y conciencia y el pensamiento son consecuencia de ella. Se trata de amor a la materia, a las cosas que representan nuestros viajes y nuestros amores, nuestros recorridos y nuestras pasiones. En lugar de tratar las cosas como estorbo, con vergüenza porque representan los pesos que debimos invertir al ennoblecimiento de la humanidad o algo así, tratemos las cosas con cariño porque nos recuerdan las malas decisiones y las buenas compañías, nos recuerdan lo que éramos y lo que soñamos ser. Nos recuerdan que fuimos y volvimos y compramos y trajimos y botamos y olvidamos.
Como todo, la materiafilia en exceso es mala. El amor desmedido por los trofeos nos nubla el amor por el juego así como la reverencia excesiva del suvenir nos hace olvidar lo importante del viaje. Pero un poco de respeto por esa cosa brillante y de mal gusto que alguna vez nos pareció divina, por esa camisa que nos dejó de servir pero que cuando nos servía nos hacía sentir como diosas o ese regalo que nunca entregamos porque no llegó el momento, esas cosas también merecen un lugar en la casa.
Así que sigan ustedes con la manía de botar y olvidar, que yo me quedo con la mía de honrar todo lo que he sido, aún cuando he sido impulsiva y gastona. Y especialmente, sin remordimientos, cuando el impulso de gastar ha sido por un libro.

Sistema Dewey para contactos sociales.


GettyImages-450734153Levante la mano quien ha estado en esta situación: uno va a llamar a alguien y sólo se sabe el nombre porque es alguien poco conocido en donde la relación no da para más, o alguien muy conocido y se estima que el apellido sobra. Uno pone, por decir algo, César y le salen seis con ese nombre, todos sin apellido, todos con números diferentes y uno no tiene ni idea cuál es cuál. Toca descartar uno por uno, hacer preguntas incómodas, gastar minutos y cuando al fin uno da con el que es, ya se le olvidó para qué lo necesitaba.
Es casi tan frustrante como cuando uno tiene guardado un número sin nombre y con sólo una descripción como panadero amigo, Oscar Telecom o mamá amiga Cata empleada (estas son entradas reales sacadas de mi libreta de contactos).
Esta semana justamente estuve al otro lado de una de esas llamadas incómodas. Alguien tenía mi celular pero no sabía quién era yo y llamó a preguntarme ella por qué tenía mi número. Después de eliminar los temores normales de extorsión e infidelidad empezamos a listar posibilidades y resultó que ella se hizo amiga de mi esposo haciendo fila para pagar la matrícula del colegio de su hijo, que está en un curso distinto al de mi hijo, y mi esposo le dio mi número porque ella próximamente se iba a venir a vivir a la vereda y él pensó que ella y yo nos la llevaríamos bien (acertó, pues es adorada y creo que vamos a ser grandes amigas).
El incidente nos llevó a querer hacer un servicio social y evitar que todos tengamos libretas como de espías. Implementamos un modelo para una red funcional de contactos, tomando como ejemplo el sistema Decimal Dewey que se usa en las bibliotecas.

GettyImages-108178733Entonces:

  • familiares en primer grado de consanguinidad o amigos en primer grado de amistad.
  • familiares y amigos políticos, gente de la oficina y papás y mamás de los amigos de los hijos o mamás y papás de los amigos de uno.
  • empleados o personas que van a realizar un oficio. Aquí están incluidos el taxista amigo, la señora que hace tamales, el mago, la amiga del almacén que quedó de llamar cuando llegara la blusa en su talla, etc.
  • personas que hay que evitar. Bancos, empresas que llaman a ofrecer promociones, entusiastas de multinivel y reclutadores de cultos varios.

A todos los anteriores se les puede poner el prefijo X, (Xo masculino, Xa femenino), para indicar relaciones vencidas. Ex novios, ex novias, ex empleados o ex jefes -propios y ajenos- lo reciben.

¿Ven? Súper sencillo. Así, Xo22 es un ex novio de un primo segundo de mi marido y 4Xa21 es una ex empleada de mi mamá que nos robó. ¿O sería un ex novio de la mamá de mi amiga y una ex mamá de mi empleada a quien le debo plata? Esperen, ¿cómo era todo?

Geek Pride


  Este 25 de mayo se celebró, para mi gran felicidad, el Día del Orgullo Geek, día fausto que celebré con tantos bombos y platillos como pude.
Un geek, para quienes desconocen el término, es una persona que por puro placer ha logrado un nivel de conocimiento superior al medio con respecto a un objeto cualquiera. Ojo, no confundir con nerd que es una persona que acumula ideas, teorías o datos sobre temas varios. Las dos condiciones, geek y nerd, pueden ser y con frecuencia son concomitantes, pero para efectos de claridad, lo geek se materializa en uno o varios objetos mientras que lo nerd es pensamiento puro. Así las cosas, uno puede ser geek de los carros, de los relojes, de los celulares o de los cortaúñas. Los anticuarios son geeks, como lo son la mayoría de los dueños de galerías y museos así como cualquier coleccionista que se respete, sea de monedas, tiras cómicas o chicles usados.

Todos tenemos algo de geek, o al menos uno en la familia.

Yo -que soy geek, nerd y dork toda en una y cubierta de chocolate- me emociono profundamente cuando se celebra aquello que normalmente es blanco de burlas. Aun no entiendo cómo ni por qué hay personas que creen que a alguien le mejora la vida el burlarse de una persona que ama algo con pasión, que creen que las emociones son sinónimo de debilidad o que cuando alguien expresa una afinidad con un tema en particular está comportándose de una manera reprochable. Déjenme decirles, no hay nada más reprochable que negarse a establecer conexiones con el mundo exterior y rehusarse a sentir admiración profunda y placer estético genuino por considerarlo poco “cool”.

Además, lo mejor que le puede pasar a uno es ser geek porque entonces es fácil saber qué darnos de regalo y son más altas las probabilidades de salir ileso de un juego de Amigo Secreto interdepartamental en la oficina (aunque a mí de todas maneras me han regalado perros rosados y bonos para sesiones de bronceado). Pero más allá de ser fácil darnos en la vena del gusto a quienes tenemos la vena brotada de manera permanente, creo que todos deberían aprender de los nosotros que aquello que amamos, nos define. El mismo acto de apreciar algo, de sentir placer en el descubrimiento de nuevas formas de conocer lo conocido, da sentido a nuestra vida.

Los geeks no juzgamos las obsesiones de los demás y somos mucho más tolerantes que los que insisten en contener su asombro y tapar la maravilla con cinismo porque entendemos que dar rienda suelta a nuestras pasiones nos da alientos para seguir adelante. Nuestras colecciones, nuestros juguetes, nuestra sed insaciable de conocimiento es justamente nuestra fortaleza. Para los días en los que todo anda mal, en los que nadie entiende, en los que no hay paraguas que aguante la lluvia de excremento ni refugio para atemperar la tormenta, siempre está lo que más nos hace geeks: el amor.

Bebés de marca


Eso es, un poco más de Álvarez, otro poquito de Camelo, no, no, menos Lozano, menos Bernal, eeeeeso es.

Eso es, un poco más de Álvarez, otro poquito de Camelo, no, no, menos Lozano, menos Bernal, eeeeeso es.

Mi hijo es perfecto. Todo él, cada parte de su cuerpo tiene la forma y la proporción justas. Yo lo miro y lo examino y no encuentro nada que no me parezca digno de los más hondos suspiros de admiración.
¿Y si no fuera así?
Si me hubieran dicho durante mi embarazo que no iba a tener mis ojos o que iba a heredar la nariz de un lado de la familia en lugar de otro, o incluso que sacó mi gen de la estatura en lugar del de mis abuelos…¿habría sucumbido a la tentación de arreglarlo?
La pregunta no es sólo filosófica. La tecnología llamada CRISPR-Cas9 permite a los científicos editar prácticamente cualquier gen que puedan identificar, casi como darle ‘reemplazar’ a Word cuando uno quiere cambiar una palabra en un escrito. Este mes, científicos de la China reportaron haber usado la tecnología de edición de genes CRISPR para editar embriones humanos -embriones que no eran viables y de todas maneras no iban a llegar a ser bebés nunca- o sea que puede ser sólo cuestión de tiempo hasta que esta tecnología esté a la venta a padres esperanzados de tener un bebé con los ojos de la abuelo, la altura del bisabuelo, la simpatía del papá o el lunar coqueto de la tía.
La verdad, es tentador pensar que podríamos evitarles a nuestros hijos ciertos sufrimientos que vienen atados a algunos rasgos físicos en particular. Es más, yo siento esa tentación en mí cuando juego ese terrible Tetris que jugamos las mujeres, que suena algo así como ‘y si me levanto los ojos así y me quito esto de papada y me pongo un tris de labios y me quito esto de cachetes…’. Es un juego que nadie puede ganar, por supuesto, pero me pregunto cuánto hay de eso que yo hago a jugar ‘y si mi mamá hubiese podido evitar que yo tuviera esta tendencia o este defecto…’, que me parece aún más peligroso.
Aunque lo anterior sea pura especulación por ahora, lo cierto es que eso de andar ajustándonos unos a otros y otros a sí mismos es un sendero resbaloso. Las cosas que nos hacen diferentes nos hacen necesarios; las cosas que nos hacen imperfectos nos hacen valientes; aquello que nos quita del lado de la belleza nos aumenta en el lado de la personalidad.
Pero no todo el mundo elegiría personalidad por encima de belleza si le dieran la opción. Si me tocara escoger…pues, la verdad, me alegra no haber tenido esa opción pero ahora siento que tengo la responsabilidad de cuidarme mucho de decir cuánto me gustaría cambiar de mí porque es posible que algún día mi hijo sienta ganas de editar a sus hijos, y mi concepto de lo deseable puede teñir esas decisiones. Creo que voy a tener que cambiar de monólogo frente al espejo y empezar a jugar “qué me alegra tener” en vez de “qué podría cambiar”.

Tacaños con las alabanzas


No te voy a dar la razón, así la tengas.

No te voy a dar la razón, así la tengas.

Recuerdo vívidamente una profesora en el colegio que, por principio, no ponía nunca un cinco (la calificación máxima). Ella decía que era para enseñarnos que la perfección no existe en los humanos y para ayudarnos a ser humildes. Falló en ambos intentos. Lo único que aprendimos era que no importaba cuánto nos esforzáramos, nunca íbamos a lograr el tan anhelado cinco, así que simplemente dejamos de anhelarlo. Estudiábamos para un 4 y eso sacábamos. Al quitarnos no sólo el cinco sino cualquier forma de alabanza la profesora se ganó mi antipatía para siempre, extensiva a su clase y la materia que dictaba.
Lamento informar que no fue la última vez que me topé con esa idea de que alabar es malcriar. Como profesora en la universidad también vi colegas que se negaban a dar buenas calificaciones y tacañaban con las felicitaciones cuando los alumnos hacían un buen trabajo. Incluso recuerdo un par que se jactaban porque sus clases eran difíciles de pasar y contaban los alumnos que perdían sus materias como evidencia de que eran buenos profesores.
Qué montón de patrañas.
Creo que las personas que tratan los elogios como un bien escaso o como la proverbial zanahoria que se le ofrece a los conejos están operando bajo la noción de que desear un aplauso es sinónimo de debilidad, y que por ende, aplaudir lo es de alcahuetería. Todo lo que hace esta actitud es que tengamos un montón de gente que se menosprecia a sí misma y que se pone sospechosa cuando alguien les dice algo bueno.
Yo fui una de esas personas durante mucho tiempo. Si alguien me echaba un piropo o felicitaba por un escrito, antes de dar las gracias sospechaba de su buen gusto, cuando no de sus intenciones. Tardé mucho tiempo en valorarme, en sentirme merecedora de palabras bonitas, ni qué decir de premios, y hasta el sol de hoy me cuesta trabajo cobrar lo que siento que me merezco por mi trabajo.
No estoy sola. No sé cuántas generaciones de niños y niñas hemos sido víctimas de esta actitud miope de que los cumplidos se gastan y hay que dispensarlos con cuentagotas.
Dejemos la bobada. Admitamos que a todos nos gusta que nos digan cosas buenas y que decirlas también nos genera placer. Tenemos el poder de decir que algo nos gusta en lugar de un tibio “no está mal” que no es lo mismo que un cálido “está bastante bien”. Tenemos el poder de decir “me merezco más que esto” en lugar de “tu verás cuánto quieres darme”. Estamos en todo nuestro derecho de decir “sí, estoy divina” en lugar de “no, pero si me he engordado un mundo”.
Alabar a alguien que se lo merece no es falta de carácter. Negarse a hacerlo, en cambio, es falta de valor.

La piñata china 


Girl opening pinata on ground at party

Girl opening pinata on ground at party

Pocas cosas son más emocionantes para un niño que una piñata. O sea, es que literalmente caen dulces y juguetes del cielo. Eso es lo más cercano a un sueño hecho realidad que puede llegar uno a los cinco años, que nadie diga lo contrario.
La piñata, a propósito, no es originaria de México, sino de China. Los chinos usaban piñatas en forma de buey o de vaca para festejar el Año Nuevo y las rellenaban con cinco tipos de semillas. Después de reventar la piñata, tomaban las semillas, las quemaban y luego guardaban las cenizas para la buena suerte. Marco Polo llevó la idea a Italia en donde se incorporó al la celebración de la cuaresma. De ahí pasó a España y los misioneros la trajeron a México en donde se fusionó con costumbres Mayas y Aztecas y luego se esparció como una ranchera de ahí para abajo hasta llegar a ser el acto central de toda reunión infantil.
Es, por lo tanto, simple justicia poética el que ahora las piñatas estén llenas de juguetes baratos chinos, de esos que duran poco y contaminan mucho. Los chinos están recuperando el terreno perdido y lo están haciendo con puntería ninja.
Mi crítica no es contra el concepto de la piñata en sí, sino en que se crea que existe la necesidad de llenar a los asistentes a las fiestas de baratijas y que más es mejor. Yo honestamente pienso que uno puede dar recuerdos de la fiesta que sean amables con el ambiente y el bolsillo
Habrá quienes me tilden de hippie irremediable por sugerir que les den a los niños algo biodegradable en lugar de robots de plomo y trompos de pilas que tocan canciones de los ochenta y sé que me arriesgo a que nadie quiera ni venir a las fiestas de mi hijo ni invitarlo a sus fiestas a raíz de esta columna pero sólo pido un poco de mesura al respecto de lo que consideramos niveles aceptables de chucherías en lo que repartimos. Creo honestamente que somos capaces de inventarnos algo distinto al pollito azul que me tocó a mí y el Woody bizco que le toca a mi hijo.
Tal vez no podamos volver a la piñata llena de semillas (mi esposo amenazó con no invitarme a la fiesta de nuestro hijo si hago eso) pero a lo mejor entre la semilla china y el juguete chino hay una solución que haría sonreír a Confucio.