Juego de disfraces


De niña disfrazarme era mi juego preferido. Pilar y yo nos poníamos las piyamas de mi abuela para jugar a las hadas, los vestidos para las princesas y usamos las levantadoras como kimonos (ahora veo que debió ser menos divertido para mi abuela). Siempre pensé que disfrazarnos era una diversión infantil pero he descubierto que es más que eso.

Verán, esta semana hablé con una compañera de la universidad (hagan clic aquí para conocer su blog que es regio) y en un punto hice referencia a mi timidez por mi español menos que perfecto y ella me dijo, confundida, que nunca se había dado cuenta de que el español no fuera mi lengua nativa. Quedé muda. Yo pensaba que todo el mundo se daba cuenta de mis gringadas a los cinco minutos de conocerme. Son muy consciente de los errores que cometo y me disculpo profusamente cuando siento que no hago buen uso de la lengua de mis padres. Pero al parecer, la cosa no es tan grave como yo pienso.

Eso me hizo pensar un poco sobre el tema de la autopercepción. En estos días leí un estudio que afirma que la memoria no es infalible. Yo me jacto de tener una memoria prodigiosa, de recordar detalles que otros han olvidado sobre hechos ocurridos hace años pero este estudio dice que esos detalles bien podrían ser inventados (y tal vez por eso nadie más los recuerda). Esto me impactó profundamente porque gran parte de mi identidad se basa en mis recuerdos y de repente pensar que mi cerebro no es capaz de diferenciar entre algo que me sucedió y algo que vi en un comercial de gaseosas de los años ochenta me resulta bastante espeluznante.

Pero la cosa se puso peor cuando empecé a investigar más. Descubrí que cosas tan banales como la presencia de un celular pueden determinar si dos personas se caen bien (si hay un celular visible las probabilidades de lograr empatía disminuyen) y que la edad promedio de la gente del barrio puede hacer que la gente quiera tener hijos más pronto. Es decir, el cuento del “verdadero yo” es eso, puro cuento. Uno es lo que decide ser todos los días.

Y eso me puso a pensar en la que he decidido ser; en la prima que (creo que) no me quiere y se burlaba de mi cuando éramos niñas, y el primo que (tal vez) me tiró a la piscina y en que realmente no somos muy amigos ahora porque (creo) que se burlaban de mi y que si les doy la posibilidad de hacerlo ahora lo harían de nuevo. Pensé en todas las personas con quienes me da pereza encontrarme porque (creo recordar que) tuvimos un momento tenso en una conversación que tuvo lugar hace diez años. Pensé en todas las veces que me he sentido extranjera, que (creo que) se burlan de mi acento, que (creo que) debo explicar por qué me equivoqué en la columna. Y después de pensar me sentí un poco perdida…hasta que encontré esta cita de Kurt Vonnegut “Somos lo que jugamos a ser así que hay que tener cuidado con nuestros juegos”. Si todo es un juego, de ahora en adelante voy a jugar a ser princesa.

*Esta columna apareció en la versión impresa de Mundo Moderno en el diario La Tarde de Pereira el 17 de noviembre de 2013

Fincología aplicada


Desciendo de una larga y orgullosa línea de gente formada por el campo. Mi bisabuelo Marco, mi abuelo Miguel y mi papá todos labraron la tierra. Me casé con un publicista que poco se ensucia pero cuya abuela administró sola dos fincas cafeteras y dormía con una escopeta (mientras el marido banquero estaba cómodo en la ciudad). Las historias compartidas por ellos me han hecho apreciar todo lo que la tierra tiene para enseñarnos y he recopilado algunas de las lecciones más importantes y aplicables para la vida diaria:

Si el hueco está profundo suelte la la pala. Corolario 1: aprenda a parar. Corolario 2: si lo que está haciendo está causando problemas DEJE DE HACERLO.

Si la vaca levanta la cola, córrase. Corolario: en un boleo de ñola el que más se unta es el de la mitad así que si ve que va a haber derrame de porquería procure no estar demasiado cerca o lo salpican.

Si está perdido, siga las vacas. Corolario: a veces es útil observar a los que ya saben cómo llegar para aprender el camino. O sea, no siempre hay que dárselas de súper innovador y se puede aprender de los que tienen experiencia.

El mismo perro no me muerde dos veces. Corolario: aprenda de los errores.

El segundo ratón se queda con el queso. Corolario: a veces ser el primero no es lo importante. O dicho con ritmo, “no hay que llegar primero sino hay que saber llegar”.

Hasta una cebolla logra que la gente llore pero ningún vegetal logra que la gente se ría (este era de mi abuelo Miguel hablando de lo difícil que era hacer reír pero creo que se puede usar como argumento como el vegetarianismo…aunque un pedazo de tocineta es bastante buen argumento para mí)

Si no es el primer caballo la vista es básicamente la misma sin importar el camino. Corolario: trate de ser el líder (si bien no el primero, como vimos anteriormente).

Si los problemas tocan la puerta no hay que darles tinto. Corolario: evitar una pelea noes cobardía.

No se agache con las espuelas puestas.

No haga un pozo debajo de la letrina.

No beba de donde mea.

No ande descalzo por donde pastan las vacas.

No se le acerque a un toro por delante, a un caballo por detrás ni a un culebrero por ninguna parte.

* PUBLICADA EL 28 DE JULIO EN LA TARDE *

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Matías en clase de machetología (el machete no tiene filo).

Libertad y gravedad


Bras on sale in a village market in the South ...

Bonitos…pero ¿útiles?

 

Al igual que muchas de las creencias que tenía durante mi niñez, el mito del brasier ha sido desacreditado. Es la misma historia que los endulzantes artificiales, la margarina y los productos libres de colesterol: parece que el sujetador podría hacer más mal que bien.

 

En mi adolescencia cuando apenas brotaban los turupes de lo que serían algún día mis mayores atributos mi mamá corrió a enfundar mi pecho en satín y encajes y he escrito en anteriores ocasiones sobre lo importante que considero el ritual de la compra del primer sostén, pero ahora el científico Jean-Denis Rouillon afirma que este ritual es innecesario y hasta dañino. El francés realizó un estudio durante 16 años con los senos de más de 300 mujeres (el cual podría ser hasta ahora el estudio más divertido del mundo para un hombre) y concluyó que usar brasier puede debilitar los músculos que sostienen los senos y que ir al natural es la mejor opción. Algunas de las mujeres del estudio dicen que aparte de sentirse liberadas tienen menos dolor en la espalda, respiran mejor, y su postura ha mejorado.

 

Esto me ha puesto a pensar.

 

Por un lado, todo lo que sea para beneficio de “las gemelas” y en pro de la liberación mamaria me parece que vale la pena; por otro, dejar que la libertad reine en mi escote me resulta un poco penoso. Soy generosa de curvas y si bien soy afortunada y la gravedad no ha afectado esa zona de mi cuerpo, la excesiva vitalidad podría malinterpretarse (hay gente que cree que todo lo que se exhibe está para la venta) y no quiero pasar un mal rato en el súper mientras escojo melones.

 

Sopesando en sonrojo con el bien público decidí saciar mi curiosidad científica y mantener el decoro: he optado por realizar el experimento de dar rienda suelta a mis prominencias en la privacidad de mi hogar y hasta ahora ha sido interesante. Aparte de demorarme mucho más en abrirle la puerta a los domicilios y tener un nuevo reto logístico cuando tengo que salir, les confieso que la sensación de esparcimiento no es del todo desagradable.

 

Algo curioso que notado es que mi cuerpo necesita equilibrio. Me refiero a que durante al menos tres décadas he tenido porciones de mi cuerpo restrictas y no me puedo concentrar con tanta soltura así que he tenido que compensar restringiendo mis pies. Si la idea de estar de tenis y sin brasier les resulta cómica, no están solos. Yo me carcajeo todas las mañanas mientras me ato los cordones y reboto por la casa.

 

No sé si romper relaciones con el sostén traiga beneficios más allá de tener a mi esposo en casa más temprano. El estudio dice que no todas las mujeres salen favorecidas al quemar el brasier (recomiendo quitárselo primero) pero por ahora estoy disfrutando de mis vacaciones. Esi sí, si empiezo a sentir un cosquilleo inexplicable en las rodillas tengan por seguro que volveré a unirme a las filas de las embrasieradas. Hasta entonces un saludo lento y un abrazo distante.

 

Invocaciones liberadoras


English: Rolling metal prayer wheels circling ...

El poder liberador del "no".

Hay muchas maneras de percibir y definir la libertad. Se puede distinguir entre ser libre de y libre para. Hay libertad de prensa, de cultos, de expresiones. Hay libertad económica, política e ideológica. Hay librepensadores, libertadores y libertinos. Y en medio de todo lo que se dice y se escribe sobre la libertad, existe lo que he descubierto como mi definición personal de libertad. Para mí, uno es completamente libre cuando puede decir NO. Recientemente he descubierto el poder del NO. Esa diminuta palabra de tan sólo dos letricas se me hace de lo más liberadora. Fíjense y verán que una persona realmente es libre cuando puede decir si o no según se le venga en gana, pero sobre todo, no. Ni siquiera “no puedo”, “no quiero” o “no tengo monito” y, mucho menos, “mi religión no me lo permite” ni “mi mamá no me deja”. Simplemente, NO. Esa es para mí la palabra más rebelde y codiciada. Pensando en ello y con ganas de empezar bien este año que se nos abalanzó, quiero presentarles mi lista de Noes (no sé cómo volver esta palabra sustantivo y luego pluralizarla, así que sean condescendientes conmigo). Sin explicaciones ni lamentos, les presente mi declaración de independencia de la cortesía y las convenciones, lograda gracias a la invocación de la poderosísima palabra NO:

No tejo, no bordo, no pinto en seda. No plancho ni almidono ni doblo. No soy hacendosa (prefiero ser hacendada…). No manejo carro mecánico.

No como hígado, criadillas, sesos, ubre, corazón, lengua, ojos, callos, vísceras, gordos ni otras partes de animales aparte del músculo pulpo. No como morcilla. No tomo gaseosa dietética ni nada endulzado con esa cosa amarga y malvada sustancia que le roba la alegría a las papilas gustativas. No como natilla, buñuelos, cuajada con melao, dulces, frutas cristalizadas, confites ni la parte blanca de las tortas negras. No como postres suaves ni Light ni que no contengan chocolate, nueces, frutos del bosque, café o licor. No como chocolate blanco y me ofenden los chocolates de colores.

No acampo, no escalo, no remo, no excavo, no hago bici moto cross country nada. No apoyo los “eco challange”. No aprecio la naturaleza salvaje sin una pantalla plasma entre los moscos y yo. No fumo, ni por iniciativa propia ni pasivamente.

No tengo buena memoria para los nombres. No saludo por obligación. No veo de lejos, especialmente si es alguien que me cae mal.

No oigo música andina y no resisto a Ricardo Arjona. No oigo reggeaton. (Nadie lo OYE porque eso se PADECE)

No leo libros de autoayuda. No creo en las charlas motivacionales ni en los motivadores. No rezo con testigos. No firmo sin leer, no creo sin pensar y no respeto ningún personaje o movimiento que requiera del abandono de la inteligencia la capacidad de análisis para perpetuar su dominio.

No busco activamente ni a las cucarachas ni a los fantasmas ni a los extraterrestres.

No termino libros ni películas que no me encanten desde el principio. No veo telenovelas, series ni realities colombianos.

No uso tacones, no me tapo las canas, no me disimulo las arrugas y no creo que eso me dure para siempre. Bueno, lo de los tacones tal vez.

No apoyo el vegetarianismo. Es más, no apoyo ningún “ismo” y no creo que haya una “logía” incontrovertible. No atiendo críticas destructivas y sólo me importa lo que piensan quienes realmente entienden lo que quiero decir.

No creo que esta lista esté terminada. Por ahora, los invito a hacer su lista del NO y les deseo un feliz 2007 lleno de motivos para decir “sí”.

*PUBLICADA EN DICIEMBRE DEL 2006

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El concepto de lo urgente


Buenos días niños

Hoy vamos a hablar de la palabra URGENTE. Como maestra me parece importante este tema porque he visto que últimamente se hace mal uso de esta palabra. Verán, mis pequeños, urgente es algo que urge, que requiere de solución o atención inmediata, que no da espera. O sea que es pa ya, lo necesito antier, upa pues, píquele mijo, en pura, que se le embombe la camisa. Lo que quiero recalcar es que lo urgente tiene un componente de tiempo muy sensible, de tal manera que si se tarda, así sea un segundo, el resultado puede ser fatal. Son tales los casos de insulina para el diabético, sangre para el herido, respiración boca-a-boca para el ahogado o número de la tarjeta de crédito para el adicto a eBay.

Ya que he explicado con detalle que es urgente, quiero darles una lista de que NO es urgente.

La llamada de la niña de la obra de caridad x que quiere que autorice un desembolso en mi tarjeta de crédito.

La llamada del joven ansioso y entusiasta promotor de tarjetas de crédito que me quiere contar que por mi excelente historia crediticia tengo derecho a otra tarjeta de crédito (¿no entiende que tengo una excelente historia crediticia porque NO TENGO MÁS TARJETAS?).

El mensaje automatizado de mi empresa de telefonía celular diciéndome que hay nuevos backtones para que descargue (por un valor de 2500 pesos por llamada mejor contesto cantando yo).

El correo electrónico que me asegura que con este medicamento puedo tener 10 centímetros más (si no están hablando de tener 10 centímetros más de piernas, no me interesa).

La insistente llamadera de la señorita que me informa que gracias a un convenio entre tal almacén y tal otro servicio público ahora puedo comprarme una lavadora y pagarla en cómodas cuotas con la cuenta de la luz.

Todos los que creen que si me suscribo a su periódico va a cambiar mi vida.

La mayoría de las llamadas del banco.

Handset and phone

Image via Wikipedia

Ahora, mis mininos, tomen atenta nota de esto que les he dicho. Vayan a sus casas y cuéntenles a sus hermanos, papis, abuelitos, tíos y vecinos. Tal vez uno de ellos conozca a –o sea- el idiota que llamó justo cuando había logrado dormir a Matías que además está con gripa y le dijo a la empleada que me necesitaba URGENTE cuando realmente sólo quería actualizar mis datos para poderme mandar más propaganda inútil y contaminar más el medio ambiente con volantes que nadie lee porque promocionan productos que nadie necesita y menos YO QUE TENGO UN NIÑO QUE NADA QUE SE DUERME PORQUE SUENA EL TELÉFONO… a ver. Respiremos. Muy bien. Y ahora vamos a hacer unas planas con la palabra del día: a mí me urge…a ti te urge…

Oda al portero colombiano


Doormen outside a hotel in Central London.

Estos serán más elegantes pero dudo que vendan coca-cola.

Hace 7 años, mi mamá y mi papá oyeron la llamada del campo. La vida sencilla, lejos de la tecnología y sus complicaciones, les parecía el ideal para envejecer juntos. Se maravillaban con cada retoño, les pusieron apodos a piedras, se tutearon con las cucarachas y suspiraron con los atardeceres. Y se mamaron.
Hace un par de semanas se taparon los oídos para dejar de oír el seductor canto de la sirena  montañera y se fueron a vivir a un lugar donde hay internet veloz, a donde llegan los domicilios, donde llega taxi y sobre todo, donde citófono y portero.
Ah, el portero. Tal vez el mejor de los inventos. No sé si en otras partes del mundo ocurra lo mismo pero el portero colombiano es la versión humana de la navaja Swiss Army: sirve para todo. Porque a diferencia de lo que se podría pensar el portero no sólo abre la puerta. Hace mucho más que eso. Aparte de avisarle a uno que tiene visita para que uno tenga tiempo de vestirse –si es del caso-, el portero le ayuda a uno a cambiar un bombillo, le averigua qué fue ese ruido, le hace el cuarto cuando uno quiere esconderse y algunos venden Coca-cola y la traen hasta la casa. También se ha visto, como ha sido mi experiencia, que el portero le avise a uno que vinieron a cortarle la luz y distrae al tipo mientras uno corre al CADE más cercano para pagar la factura vencida. El portero es una maravilla.
De allí que cuando la gente le pregunta a mi mamá qué es lo que más le gusta de su nueva casa, ella hace la lista mental: tener agua limpia, caliente y abundante (todas al tiempo, porque en la finca rara vez se tenía más de dos características a la vez); tener luz en toda la casa (a veces en la finca se iba la luz y llegaba disparejo, es decir, sólo en algunas partes de la casa y además parpadeaban los bombillos cuando prendíamos el microondas); dejar que el sonido de la lluvia la arrulle sin tener que temerle al derrumbe; tener vecinos en caso de que se le acabe el azúcar o tenga pico y placa…y sí, la verdad es que todas esas cosas le parecen fabulosas, pero la número uno, invariablemente, es: no tener que abrir la reja.
Pero la vida en la vereda fue de las mejores experiencias para mis papás (para mí también pues viví  allá con ellos dos años antes de casarme) y nos llenó de anécdotas y lecciones valiosas. Sobre todo, nos preparó para apreciar todo aquello que alguna vez depreciamos de las comodidades de la vida moderna y nos dio la posibilidad de comprender lo difícil que es vivir sin ellas y respetar más eso de vivir con sencillez. De allí que mis padres se han acoplado sin problemas de nuevo a una vida llena de botones y lucecitas y alarmas, de comodidades decadentes y burguesas y grandiosas. Tanto que la finca ahora está en venta. Les cuento por si conocen a alguien que anhele una vida más sencilla. Ahora, si me disculpan, está sonando el citófono (¡oh, qué hermoso sonido!).

Lo mundano… aún fuera de este mundo


Space Ship One

Image by afagen via Flickr

El espacio, con el Sol, la luna y las estrellas, cometas, luceros, planetas y hombrecitos verdes que lo pueblan, me ha fascinado desde niña. Tengo recuerdos de lo más preciados de mi papá y yo mirando la luna con un telescopio. De hecho, una de mis posesiones más preciadas es un lapicero que me compré en el almacén de la NASA, que escribe debajo del agua y en ambientes de cero gravedad. (Me lo compré por si estoy en el espacio o buceando y de repente alguien necesita mi autógrafo. No sé exactamente qué tan famosa pueda llegar a ser algún día, pero quiero estar preparada…). Recientemente, con los viajes privados a la luna, incluso he fantaseado con empezar a hacer abdominales para poder ir y ver de cerca la bóveda celeste y los misterios cósmicos que encierra, pues me resulta sumamente romántico todo aquello que ocurre más allá de los límites de las nubes. Bueno, me resultaba romántico hasta que leí la gran noticia espacial de esta semana.

Resulta que los astronautas que viajarán en la Nave Discovery tendrán que llevar unas piezas extra de equipo cuando emprendan su viaje espacial este fin de semana: una bomba para inodoros.

Tal como leyeron.    Al parecer, el inodoro de la Estación Internacional Espacial no está funcionando y dado que allá arriba no hay arbusto que valga, esta situación se ha tornado delicada. La escena me resulta comiquísima cuando me imagino uno de los astronautas tratando de vaciar el inodoro y diciendo “eh, Houston… tenemos un problema. ¡y qué mal huele!”. Es bastante cliché, lo sé, pero sigue siendo muy gracioso.

Si lo piensan, en cierto nivel es reconfortante saber que ni aún fuera de este mundo podemos alejarnos de lo mundano. No hay lugar lo suficientemente lejos. Ni lo suficientemente sacrosanto tampoco, como quedó evidenciado este pasado domingo cuando estaba acompañando a mi esposo a la ceremonia de confirmación de su hermano. En pleno rito, con Obispo abordo, un niñito gritó “Mamaaaaaaaaaaaaaaaaá, tengo que hacer popooooooooooó”. Nada que hacer… cuando toca, toca. Hasta Monseñor entendió.

Esta reflexión sobre lo escatológicamente democrático que resultan las necesidades corporales me recuerda una anécdota que contaba Martica, una prima de mi mamá que vivió en España. Por razones del destino coincidió en un baile con la crema y nada de ese país. Varias copas de champaña después de empezada la fiesta, a Martica le urgió ir al baño público y le tocó en la fila justo detrás de la Reina Sofía. Sí, la mismísima Sofía Margarita Victoria Federica Glucksburgo,  su Alteza Real Princesa de Grecia y Dinamarca y Reina de España –gracias, Wikipedia– , tiene que hacer fila para hacer pipí en los baños  públicos como todos nosotros, y seguramente se enreda sosteniendo la cartera y la falda como todas nosotras, y se preocupa por que se le resbale la tiara y se le vaya por el inodoro como, bueno, como nadie que yo conozca, pero seguro hay gente así. El caso es que Martica siempre usaba esta historia para resaltar las similitudes que nos unen como humanos resumiendo en su ya famosa frase “Sí ve, mija, de nada vale ni la plata ni la alcurnia porque a fin de cuentas, todos hacemos lo mismo en la misma parte y por el mismo lugar”. Y así es. En el Vaticano, en el Castillo o en el Espacio. No hay escape de lo mundano ni de lo humano.

* PUBLICADA EL 1 DE JUNIO DE 2008

Horrores y misterios de la propiedad raíz


Representacion exacta de los viejos metodos de...

Image via Wikipedia

Por si no lo sabían, hace 15 días tembló en Bogotá. El temblor no fue gran cosa, quiero decir, para estándares pereiranos. Nosotros, los habitantes del Eje, somos medio sismo-resistentes y un temblorcito de 4 grados no nos asusta. Lamentablemente, mi apartamento es más bien sismo-sensible y a raíz de que se me rajaron las paredes como si estuvieran hechas de galletas de soda, anduve en busca de nuevos aposentos. Fue toda una aventura.

Para empezar, me he dado cuenta de que los verdaderos talentos de la escritura creativa y de ficción corta no se encuentran ni en las universidades ni en las bibliotecas. Se encuentran en las agencias de propiedad raíz y son los que redactan los avisos para los clasificados de los periódicos y portales especializados en bienes raíces. De allí que un apartamento ubicado en una loma con una pendiente de 70 grados y rodeada de potreros se describe como “incomparable vista, tranquilidad total, buen desagüe”.  Asimismo, vivir al lado de un barrio de invasión resulta “pintoresco”; estar al lado de una discoteca se convierte en “ambiente juvenil y divertido” y que el edificio se esté cayendo le da un “toque rústico y acabados ‘country’” al inmueble.

También aprendí que cuando a uno le dicen que está súper bien situado y que el lugar es muy recursivo, es una manera de advertirle que va a tener que salir a comer todos los días o pedir a domicilio porque la cocina no funciona; que cuando dicen que el edificio está muy bien habitado es que cada mes verá la ambulancia en la entrada y que si le insinúan que los inquilinos anteriores eran “artistas”, significa que eran amantes del vallenato y que dejaron un mural de Kaleth Morales en la alcoba principal.

Igualmente descubrí que  “acabados originales” es que todo se está pudriendo; “perfecto para parejas” quiere decir que es tan chiquito que uno se tiene que lavar los dientes con la puerta abierta para sacar el codo; “ambiente agradable y vecinos amigables” es código inmobiliario y se refiere a que las paredes son tan delgadas que uno oye cuando el vecino cambia de opinión y que hay un solo baño por piso y todos tienen que compartir.  Ah, y “mascotas bienvenidas” es una manera amable de decir que el Gran Danés de los inquilinos previos dejó recuerdos por todo el tapete y ahora huele como un establo después de una purgada.

Pueden elegir no creerme si eso les ayuda a dormir tranquilos, pero vi un apartamento sin ventanas, SIN CIRCULACIÓN DE AIRE, cosa que me parece que debería ser ilegal o sancionable por parte de alguna autoridad sanitaria, que me lo describieron como ‘cálido y acogedor’. En otro encontré lo que seguramente era evidencia de un homicidio: manchas sospechosamente marrones y paredes con papel tapiz (que ya en sí es un horror) que parecía haber sido colgado por Eduardo Manos de Tijera. Me lo describieron como ‘arriendo con opción de compra, ideal para remodelar’.

Pero no se preocupen. Después de varias rondas de ruleta inmobiliaria, al fin encontramos un lugar hermoso, propiedad de una mujer perfectamente celestial. Tiene vista linda, es amplio, luminoso y además tiene chimenea… que si fuera por inmobiliaria me habrían dicho “perfecta para deshacerse de cualquier evidencia incriminatoria”.  Ahora sólo me falta empacar…

 

*PUBLICADA EL 8 DE JUNIO DE 2008

Manual de supervivencia para asociales


Concert Crowd (Osheaga 2009) - 30000 waiting f...

Image by Anirudh Koul via Flickr

Mi esposo y yo fuimos a cine hace poco y de pura casualidad me topé con varias personas que conocí en mi juventud y, no queriendo ser grosera, empecé a hacer las presentaciones de rigor sólo para fracasar estruendosamente. El encuentro salió algo así:

-Hola, Juanita. Te presento a mi esposo, Jorge. Amor, ella es Juanita Gonzáles. Es diseñadora gráfica y trabaja para Norma. Ah, mira, y este es el marido de Juanita, Mauricio. Él es abogado y trabaja en la Fiscalía. Tienen la niña más linda del mundo. ¿Qué hay de Helena? Ya debe estar para entrar al colegio. Y, ¿cómo siguió tu papá? Supe que estaba enfermo…

A lo que Juanita respondió

-Mucho gusto, soy Ana. Mi novio, Esteban, es odontólogo. Mi ex esposo, Jairo, se quedó con la custodia de Manuel, que este año se gradúa de Ingeniería Química. Y de mi papá no sé nada desde que nos abandonó cuando yo tenía tres años, así que ni idea si ha estado enfermo. Disfruten la película…

Bueno, pues eso me pasa por tratar de pelear contra la naturaleza. Hace poco leí que el cerebro humano no puede almacenar más de 150 relaciones sociales a la vez (número de Dunbar) y por eso vamos olvidando personas del pasado a medida que incorporamos nuevos miembros a nuestro círculo social. Creo que en mi caso, el número de Dunbar es significativamente menor porque varios de esos 150 puestos se los he dado a mis amigos imaginarios… el caso es que soy un desastre social. Pocas cosas me asustan más que el prospecto de encontrarme con alguien que me conoce y cree que yo debería conocerlo. Las palabras “¿Por qué no has vuelto?” y “¿Al fin cómo te terminó de ir esa vez?” me generan pánico. Mi cerebro da vueltas y empieza el monólogo del asocial “De dónde la conozco. A ver, en el colegio éramos Acevedo, Aguilar, Ángel” y así hasta agotar inventario. En un punto era tan agotador que temí convertirme en hermitaña. Para evitarlo, resolví crear tres estrategias de interacción segura para los impedidos sociales.

La primera es el saludo con preguntas vagas, tipo “¿Cómo están todos por allá?” o, si me siento muy arriesgada, “¿Sigues en lo tuyo?” para terminar con un elegante  “rico verte, voy de afán, saludos a todos, en estos días paso”. Esto normalmente es suficiente, salvo cuando ocurre el temido encuentro con la ‘amiga de la familia’.

Esas amiguitas de toda la vida soy más peligrosas que un alacrán con alas. Casi siempre se llaman algo así como Magola o Teresita o nombres imposibles de fingir. Porque la segunda estrategia es hacer pesca milagrosa con los nombres (así como cuando uno no se sabe bien la canción y le pega a lasy terminaciones más comunes: ón, ía, on, ar, en. Casi todas las estrofas terminan en una de esas sílabas). Así, cuando uno se encuentra con alguien semi-conocido, le pregunta por Maria o Jose (Ojo, no María ni José) o la Chiqui o el Negro y casi siempre va a la fija. Pero no, con las amigas de la mamá no se puede acudir a los apodos genéricos.

En estos casos extremos entra la estrategia de urgencia: la parentela. Apostándole a la probabilidad, decidí que si alguien es de mi edad o menor, le digo ‘primis’; si es mayor, ‘tío’ o ‘tía’.

Y si nada de lo anterior funciona, no queda más que sonrojarse y decir el número mágico: 150. Basta con sonreír y decir “Lo lamento. Mi agenda de contactos mental está llena. Por favor, intente más tarde”

 

*PUBLICADA EL 13 DE JULIO DE 2008

Días sin control


Kicking Television

Image by dhammza / off via Flickr

Me encanta la televisión. Es parte de mi identidad, de mi formación, de mi capital cultural. Me gusta conversar televisión con mis hermanas, me gusta dormir televisión con mi gato, me gusta comer viendo televisión con mi mamá y mi papá y me gusta ignorar televisión con mi novio. Además, me hechiza el control remoto. Es, para mí, uno de los grandes inventos del siglo pasado. Me gusta cómo se siente en mi mano, me intriga la manera como interpreta mis deseos y, sobre todo, me seduce la idea de pasar de estar supervisando la crianza de una camada de leones en África a estar decidiendo de qué color pintar el apartamento de Monica y Rachel en Nueva York con sólo presionar un botón. Puedo vigilar la relación de Lana y Clark (bueno, no tanto la relación de ambos sino los abdominales de él) y en pocos segundos enterarme de cómo va el caso de Grissom. Mi control me hace sentir omnipresente y omnisapiente.Por eso me dolió tanto llegar de trabajar el lunes, tomar el control y no obtener la respuesta que quería. Pero no fue culpa del control. Fue culpa de cablealgo, mi proveedor de servicio de televisión por cable. Llamé y pedí una visita técnica y la parte de mí que todavía cree que es probable que exista Santa Claus le creyó a Natalie, la operadora de Servicio al Cliente, cuando me dijo que mañana me arreglarían el problema.

Pasé mi primera noche sin televisión en años. Casi no me duermo. Perdí la noción del tiempo y cuando al fin concilié el sueño, tuve pesadillas terribles. Me desperté echa un manojo de nervios e instintivamente estiré la mano para tomar el control y encender mi televisor pero recordé que sólo habría señal lluviosa en la pantalla. De todas maneras prendí la tele, esperando un milagro. Pero los dioses de la televisión por cable no me congraciaron con su venia milagrosa.

Me fui a trabajar y volví corriendo, convencida de que los rostros de mis viejos amigos me darían la bienvenida, mas no fue así. Llamé de nuevo a cablealgo y hablé con Sandra, quien me aseguró que mañana definitivamente vendrían a rescatarme de mis noches atelevisivas.

Otra noche sin que me susurrara al oído el Dr. Kovac. Dos días sin tele me empezaron a hacer mella y me sentí desorientada. Llegué de trabajar y encendí la tele, sólo para recibir el saludo de los puntitos negros que persiguen sádicamente a los blancos en un baile caótico y ruidoso que ocupa toda la pantalla. Me quedé mirando durante varios minutos y creo que entré en una especie de transe, del que salí furiosa. Llamé a cablealgo y hablé con Mauricio, a quien le expliqué mi penosa situación. Le dije que vivía sola, que por patético que sonara la tele era mi compañía, que mi gato estaba de mal genio porque siempre que salgo le dejo Animal Planet porque a él le gusta sentirse parte de la manada de tigres. y Mauricio, comprensivo y compasivo, me prometió que mañana vendrían a devolverle Animal Planet a mi gato y a mí.

Mauricio resultó ser un vil mentiroso, despiadado y cruel como los demás caprichos de la evolución que trabajan en cablealgo. Esas pesadillas darwinianas sin madre no conocen ni la piedad ni la eficiencia. Cuando llegué de trabajar el jueves llamé de nuevo y me contestó Sergio, a quien puse al tanto del engaño de sus compañeros. Me dijo que no podía hacer más por mí que los otros. Le indiqué que no podía hacer MENOS porque los demás no habían hecho NADA. Mi lógica no pareció descrestarlo ni a él ni a Sofi, a quien llamé luego y de quien recibí la misma promesa vacua. El viernes por la mañana amenacé con suspender mi suscripción y me fui a trabajar bajo los efectos del síndrome de abstinencia televisiva. Regresé a casa y suspirando oprimí el botón verde del control.y todo fue belleza, color y sonido, movimiento y felicidad. Escribo esta columna con la tele en el fondo. y esta noche soñaré en technicolor, probablemente con escenas frescas de Clark Kent sin camisa.

*PUBLICADA EL 19 DE AGOSTO DE 2007 EN MUNDO MODERNO