Entre meros machos


English: ChapStick lip balm Español: Bálsamo l...

ChapStick, o como Jorge lo llama “barra inmasculinizadora”

 

El concepto de macho ha cambiado bastante. Hemos pasado de los rituales de la era Isabelina -en donde los hombres se realizaban tratamientos con agua de romero y salvia para blanquear los dientes, usaban medias veladas, tacones, pelucas, polvos faciales, rubor y lunares de mentiras- a hoy en día, época en la que convencer a mi papá de que se eche protector solar para que no se insole es una labor que requiere la paciencia, fuerza y velocidad de al menos tres de las cuatro mujeres de la familia. Y mi marido no está muy lejos.
En estos días, Jorge se estaba afeitando sin usar crema de afeitar. El proceso le dejó la cara como andén del centro e intenté echarle una cremita humectante, pero me encontré con una resistencia que habrían envidiado los franceses durante la Segunda Guerra Mundial. Me explicó que él no usa nada ‘de marca’ (Clinique, Lancome, etc.); nada que se tenga que untar (léase, aplicar delicadamente con las yemas de los dedos); que no huela a remedio (si dice que contiene vainilla o flor de naranjo, estamos en la olla); que no haya sido comprado en droguería; ni que sea ‘específico’, es decir, crema para manos, champú para pelo seco, jabón de avena para pieles sensibles. Su noción de la masculinidad higiénica se reduce a que agarra lo que esté ahí sin mirar mucho, se lo echa donde y como cree que es y sale a trabajar sin darle mayor importancia a los resultados.

 

No volví a pensar en el incidente hasta un día, a mitad de esta semana, hice  un plato a base de huevos, crema de leche, queso y verduras. Todo iba bien hasta que usé la palabra “quiche”, y hasta ahí llegó. Si fuera tortilla, comería, pero los hombres –según Jorge- no comen “quiche”. Tampoco, me informó, comen yogur de sabor, pescado, cosas Light, “fruticas raras” (arándanos, kiwi, goji), verduras (que Jorge llama ‘vegetales-vegetarianos’ -que se comen crudos, a diferencia de los ‘vegetales-ingredientes’ que se comen fritos o en salsa-, ni ‘ensaladas armadas’.  En otras palabras, los hombres pueden comer kumis pero no yogur de fresa; trucha, pero no atún en aceite de oliva; naranja, pero no albaricoque; papas, pero no alcachofa; repollo con zanahoria y tomate, pero no ensalada thai.  Al parecer, una dieta que no sea a base de carne roja, cerveza y fritos disuelve el cromosoma ‘Y’. Sobra decir que me comí el quiche solita. No sabía lo importante que era el “men” en “menú”.
Así las cosas, el hombre promedio prefiere la arterioesclerosis a una ensalada mediterránea y la piquiña y el ardor que una untadita de bálsamo, y ni hablemos del Chapstick, que eso es pelea fija.
Tal vez el concepto de lo masculino sea cíclico y estemos regresando a la noción cavernícola. El caso es que ya domino la masculinidad higiénica y culinaria estoy segura de que no tendremos problemas al respecto, sobre todo porque quiero que redecoremos la sala y le tengo puesto el ojo a un ‘chaise lounge’ divino que vi el otro día…

 

*Esta columna fue publicada originalmente el 16 de julio de 2010 en Mundo Moderno en el diario La Tarde de Pereira. *

 

Espirales y espantos


ALF magnets

Sólo en los ochenta veríamos esto como un ideal estético. 

 

Sonó el teléfono. Era mi hermana, Lina.

 

-Te tengo una noticia horrible- me dijo.

 

ALF: The Animated Series

ALF: The Animated Series (Photo credit: Wikipedia)

 

-¿Qué pasó?- respondí, temiendo lo peor.

 

-El copete Alf…¡ha vuelto!- sollozó.

 

-¡Noooooooo!- grité, y colgué el teléfono con la mano temblorosa.

 

No puede ser. Ha vuelto el copete Alf, esa cosa monstruosa que retoñaba de las frentes de las mujeres en los años ochenta.  Lo peor de todo es que aunque se esparció como un virus no era una formación patógena. No, no, era algo que se hacía a propósito. Eso no, además era complicadísimo de hacer. Todavía me da escalofríos recordar la técnica involucrada, que entre otras cosas requería de maicena y laca Kleer Lac que era morada y venía en un tarrito plástico que se estripaba y sonaba fichiuuuu fichiuuuuuu y olía a viejita pero tenía la capacidad de sujeción del cemento. Había peinillas especiales con dentadura tipo piraña que se usaban para enredar el pelo y además había que enredar el copete manualmente varias veces al día porque si no perdía altura (oh, horror) y eso condujo a una especie de tic que hacía que las mujeres llevaran sus manos a la frente y realizaran movimientos circulares –como masajeando el pelo- varias veces durante la conversación promedio. Esto combinado con mascar chicle, tener la piel bronceada al punto de parecer un chicharrón y usar crema de limón en los labios definió la estética adolescente femenina de mi temprana adolescencia.

 

Sobra decir que nunca pude tener un copete Alf (además era alérgica a la crema de limón y mi piel no broncea lo que me llevó al ostracismo social pre pubescente). La genética, la falta de habilidad manual y las estrictas reglas sobre el uso de sustancias químicas controladas en la casa impidieron que yo pudiera lucir los kilométricos enredos de las niñas cool. Apenas lograba un triste nidito de colibrí mientras otras andaban con rascacielos peludos. ¡Cómo envidiaba esas melenas resecas y apilables de las niñas con pelo semiondulado! Mis hermanas y yo, de melenas lisas y abundantes, lo intentamos todo. Nos hacíamos trenzas tan apretadas que nos salían lágrimas y nos echábamos una pócima de cerveza y jugo de piña pero ni así. Mi fracaso capilar condujo a que decidiera raparme la cabeza aprovechando la efímera moda de Sinead O’Connor y Roxette.

 

Y ahora, ha vuelto. Es un ciclo más del espiral de la historia, pero tanto espiral ya me tiene mareada. Afortunadamente ya soy mamá y nadie espera que está a la moda, mucho menos viviendo en la vereda. Pero hay fuerzas demasiado poderosas y el copete Alf ejerce sobre mí un hechizo irresistible. Por eso sé que si veo un R12 pasar lleno de adolescentes y desde las ventanas abiertas oigo una canción de Los Toreros Muertos me voy a llevar la mano a la frente y voy a llegar a la casa con las canas enredadas y va a parecer como si se me hubiera pegado un nido de canarios albinos en la frente pecosa.

 

Vanidad genital


Una pareja de amigos de mis papás que permanecerán anónimos salvo que ellos mismos se delaten se encontraban una noche en su alcoba matrimonial. Ella se miraba al espejo mientras él se desarropaba y ella preguntó, preocupada por su juventud en declive, si él creía que sería una buena idea que ella se sometiera a una cirugía de levantamiento de senos, a lo que él respondió que entonces él se haría lo mismo pero en las pelotas. Yo me he reído mucho con esa anécdota durante varios años pero ayer me enteré de que el dichoso procedimiento alisabolas existe.

Así es, hombre que sienta una holgura molesta y necesite una desarrugada gonádica puede acudir al Beauty Park Spa en Santa Mónica, California, y por tan sólo USD575 puede recuperar la tersura de antaño, eliminar los vellos no bellos y corregir cualquier decoloración del escroto y listo, queda listo para actualizar el perfil en Facebook.

Ahora, si el marido de la historia decide templarse el tendido, la esposa tiene opciones. Aparte de las cirugías faciales y corporales que ya conocemos hay varios procedimientos para la zona femenina. Para empezar, el tema de la depilación ha evolucionado y ahora se trata de paisajismo, siendo las estrellas y los corazones los motivos más solicitados. Si quiere dar un toque extra a esa estrella puede usar un kit de tintura rosado de la marca Betty Beauty. Si lo anterior deja el área un poco desértica y árida siempre está el confort de una vaginoexfoliación que es, bueno, lo que el nombre indica: una exfoliación en el área meridional. Las coreanas no exfolian sino que vaporizan con una especie de sauna especial que, según Jennifer Love Hewitt deja todo listo para hacerse un vatuaje, un tatuaje hecho con aerógrafo que incluso puede hacerse con tinta especial que brilla en la oscuridad (útil si se va la luz y uno tiene que buscar las velas y los fósforos).  

            Con estos procedimientos marido y mujer pueden refrescar el paisaje en su lecho marital, si así lo desean, y ofrecer un espectáculo colorido y liso a su pareja.

Yo personalmente no le veo la gracia a tanto emperifolle y francamente me incomoda en nivel de escrutinio e iluminación que se requiere para apreciar tanto detalle. Claro que como muchas parejas con hijos, nosotros a duras penas tenemos tiempo de vernos las caras. Pero si tuviera tiempo creo que el tema del paisajismo podría ser funcional para las parejas casadas si uno le da un toque práctico, como usar el espacio para poner una notica del estilo de “oye, hay que comprar leche”. Incluso se podría pensar en vender pauta y lucir textos de la orden de “tu jefe te manda a decir que termines el reporte” o “tu mamá quiere un suéter de navidad”. Claro que eso mataría cualquier inclinación pasional pero logro que mi marido me haga caso podría ser mucho más placentero que una exfoliación coreana. 

V de Venganza (y Veet)


Veet

Veet (Photo credit: Wikipedia)

Los hombres se quejan porque se tienen que porque pasarse la cuchilla durante 5 minutos al día (o una vez a la semana si es lampiño) les quita tiempo, les da pereza, se tienen que mojar, a veces se cortan y bu jú jú. Si se niegan a afeitarse se dejan la barba y dicen que se es look “desprolijo chic”, que es la barbita azul (five o’clock shadow, para los internacionales) y algunos medios insisten en promover la noción de que se ven sexy con cara de recién levantados. Y las mujeres, mientras tanto,  nos echamos cerca caliente, nos autoflagelamos con máquinas, nos atacamos con pinzas, nos echamos químicos y cremas y piedra pómez e hilos egipcios en más de diez veces los centímetros cuadrados de piel (y eso que no estoy contando las que se tienen que quitar las patillas, los pelos de la cumbamba, el pecho y la espalda. Las hay…las hay) que lo que tienen los hombres en los cachetes, y lo hacemos en silencio. Bueno, no en silencio, silencio. Pero lo hacemos porque el look de bella y bigotuda murió con Frida, el ‘axila peluda chic’ no ha llegado y el día que yo vea una mujer de piernas peludas en la portada de Vanidades la hago laminar y juro que me dejo crecer los míos hasta que me pueda hacer trencitas.
Pero eso no ha sucedido. Lo que sí sucedió fue que la empresa Reckit Benkisser lanzó un nuevo producto de su línea Veet:gel  depilatorio para hombres. La marca estima que atletas, playboys, latin lovers y maniacos de la higiene comprarán este producto y rebosarán de felicidad. Y supongo que no faltará el calvo que quiera, por conveniencia y unidad estética, tener el look “Kojak” arriba y abajo. Pero yo no estoy pensando en el metro u homo sexual acostumbrado a los afeites. Es más, ni siquiera estoy pensando en el heterosexual que va a entrar  a cirugía y prefiere coger el toro por el cacho resolver él mismo el asunto con un ligero aroma mentolado. No; yo estoy pensando en el hombre promedio, curioso y que no lee las instrucciones. Estoy pensando en ese hombre porque al menos una docena de ellos ya probaron el producto y dejaron un sartal de reseñas en la página que lo ofrece que, aparte de útiles, me tienen riéndome casi al borde de la micción desde hace media hora.
Lo primero que sugieren, aparte de LEER LAS INSTRUCCIONES es no usar el producto por todas partes. Varios de ellos reportan haber experimentado un ardor severo con consecuencias posteriores de resecamiento,enrojecimiento y posterior encafecimiento, encogimiento y casi desprendimiento de los…de las…de aquellas. Y aquél no salió tan bien librado pues un usuario afirma que no ha vuelto a ser el mismo. Otros más aventados dicen haber usado el producto para remover el vello facial y aseguran que funciona bien en las orejas pero que hay que tener cuidado con los ojos. Es más, ese usuario hace una curiosa advertencia extra “si le cae producto en los ojos, asegúrese de no tener producto en los dedos ANTES de limpiarse el ojo”. Ah, venganza se escribe con “v” de Veet. Ya sé qué dar de día del padre.

Belleza por asociación


LG Mobile Model

El teléfono no viene con la modelo, por si se lo estaban preguntando.

¿He dicho antes que me encantan la tecnología? Es así. Soy tecno-junkie. Todo lo que se prende y tiene lucecitas me descresta. Y entre más funciones inútiles tenga un aparatejo, más me emociono. Pero hasta yo tengo mis límites en cuanto a la tecnofilia, y mi límite se encuentra muy cerca de la línea que cruzaron recientemente los ejecutivos de LG con su campaña de LG Mobile. Tal vez no la habrán visto aún. El folleto muestra una hermosa dama con un teléfono celular en la mano. Ella está sonriente, el teléfono está reluciente y la leyenda que los acompaña reza “Te hará lucir más bella”. Y hasta ahí llegó el romance.

Supongo que tengo un concepto de belleza muy distinto a los de LG porque yo no creo que un accesorio me pueda hacer lucir más bella. Ni a mí ni a nadie. Ojo, no estoy diciendo que una no se pueda SENTIR más bella con la ayuda de algunos juguetes. No les voy a mentir, cuando tengo mis gafas de sol grandotas tipo Chanel no sólo me siento bella. Me siento FAMOSA. Me siento totalmente Jackie Kennedy. Creo que se me sale hasta el Onasis. Lo mismo con las joyas… no nos metamos mentiras, hay días que un par de aretes pueden hacer toda la diferencia. Y todas tenemos la bufanda mágica, que hace que cualquier pinta escale de clase inmediatamente, o los tacones que nos hacen sentir que si nos viera Julia Roberts le daría envidia de nuestras piernas. La noción no es para nada nueva. Durante milenios, absolutamente todas las culturas han tenido algún tipo de relación con elementos materiales que asocian con poderes curativos o espirituales. Todos, desde nuestros ancestros indígenas hasta las más antiguas tribus africanas, todos tienen algún tipo de accesorio. Cristales, piedras, semillas, raíces, el poder comunicativo de los accesorios y la manera como se relacionan con el cuerpo y la mente ha sido un tema tratado mil y una veces.

Para algunos, dicha relación tiene una explicación científica porque los cristales son la formación más ordenada de la materia (eso de entropía igual a cero era lo que decía el profesor de química entre juegos de ‘ahorcado’) y que por eso ayudan a balancear los campos energéticos del cuerpo. No sé si eso sea verdad, pero estoy totalmente de acuerdo en que a mí los diamantes me llenan de una paz interior que ni les cuento. Si se fijan  todos los rituales de todas las culturas tienen de por medio la idea de la funciòn social de la aceptación evidenciada por la posesión de alguna joyita o algo por el estilo. Y no sólo los rituales religiosos, sino los sociales también. Los militares distinguen sus rangos entre sí porque tienen estrellitas o solecitos o banderitas, la curia usa colores y sombreritos y anillos para indicar jerarquía y también los civiles usamos la cartera Louis Vuitton o los zapatos Jimmy Choo o las billeteras Mario Hernández para indicar estrato, gusto o falta de ambos.

Independientemente de cuánto acepte o diste de los conceptos esotéricos y metafísicos, no niego que dotamos de un poder enorme a ciertos objetos que nos rodean. No creo que importe el material, sino el sentimiento. Tenemos el anillo de la abuela que creemos que nos trae suerte, el lapicero que nos dio la mamá y  con el que creemos que escribimos mejor o  el dije que nos dio la abuelita que nos hace sentir protegidos. Todas esas emociones las relacionamos con algo tangible y material, pero no significa, necesariamente, que sea la materia en sí la que contenga la emoción. Por eso, es posible que tener un teléfono celular me alegre, que me lo compre con mi primer sueldo y sea para mí un símbolo de triunfo y que la sensación de haber triunfado me haga sonreír, lo que invariablemente me hará ver más atractiva y me hará lucir y sentir más bella. Pero decir que un celular me puede hacer lucir más bella es comerse la mitad del cuento. Así que, lo siento amigos de LG. Respetuosamente debo señalar que su aviso está a medias… y su concepto de belleza, también.

* PUBLICADA EN SEPTIEMBRE DE 2006

Eso de ser niña…


Dolls' at Uzes Market

Las muñecas aún me parecen un poco atemorizantes...

No voy a negar que no siempre me encantó eso de ser niña. Tuve, durante un lapso generoso de mi niñez, una actitud displicente y despectiva respecto de las colitas y los corazones y todo lo rosado y tierno asociado con las niñas. Yo quería ser niño, quería ser el hijo que mi padre no tuvo, quería jugar deportes rudos y no tenerme que sentar en los inodoros. Detestaba las muñecas, coleccionaba sapos y tortugas y pasaba largos ratos tratando de perfeccionar el arte de escupir.

Pero entonces ocurrió una sucesión de eventos, separados entre sí por varios años pero igualmente importantes: Descubrí las Barbies, los niños y el maquillaje. En ese orden.

Primero, las Barbies me sirvieron como un escape, un desagüe para mis historias porque este es un juego que me permitía narrar todas las novelas que mi hiperactiva imaginación quisiera, sin tener que convencer a mi hermana Pilar para que se disfrazara de esclava, soldado, vaquera ni espía de la resistencia francesa, según el caso. Ella estaba muy agradecida…

Al rato me di cuenta de que los niños no eran seres del todo desagradables. Algunos de ellos hasta olían rico y me producían sensaciones interesantes en el estómago, como un aleteo extraño.  Vi que me gustaba que me miraran y que me dijeran cosas bonitas y que no paraba de sonreír cuando me los encontraba, por lo que empecé a cambiar ligeramente mi manera de vestir, abandonando las cachuchas y las botas Machita de Croydon y aceptando las blusitas de manga bombacha y falditas con chanclas que mi mamá quería que me pusiera.

Finalmente, hace poco, me independicé cosméticamente y compré mis propios maquillajes en lugar de gastarme los de mi mamá. Aprendí que la belleza natural está sobrevalorada, que la pestañina no derrite las neuronas y que el manicure no borra el pensamiento crítico como nos lo hicieron creer las feministas.

Y entonces, decidí que ser niña no era tan mala cosa. Es más, aprendí que no hay una sola manera de ser niña, sino que hay infinitas posibilidades. Descubrí que podía ser niña deportista, niña intelectual, niña femenina y que no tenía que escoger porque no son mutuamente excluyentes. Creí que tenía que pelear con todo lo rosado para defender mi posición como mujer inteligente, para que me tomaran en serio y se fijaran en mí por mi cerebro, pero después entendí que una puede ser sesuda con estilo. Nadie ha comprobado que las sombras nacaradas sueltas reduzcan el coeficiente intelectual ni que la base líquida que elimina el brillo y no se corre impida el razonamiento abstracto necesario para aprehender conceptos filosóficos etéreos.

Además, tanto hombres como mujeres llevamos milenios usando elementos naturales para realzar la belleza. Del maquillaje se habla en la Biblia y en los jeroglíficos de las Pirámides. El maquillaje y la vanidad son tan viejos como el arte de mirar a la del lado.

El impulso de querer expresarnos a través de la piel permanece inalterado desde hace siglos, y el primer piso de Orbicentro hay un lugar lleno de espejos y colores y secretos que me seduce con su oferta inagotable de posibilidades cada que paso por ahí. Es uno de esos lugares que me hacen feliz de haber aceptado ser niña, de haber comprendido el poder que encierra la magia de elegir y la libertad de no temerles a las elecciones.

*PUBLICADA EN SEPTIEMBRE DEL 2007

El centésimo aniversario de la independencia íntima


Support of the bosom by a bodice (frensh: bras...

Que viva el brassiere deportivo sin varillas...

Pueden decirles puchechas, tetas, lolas, bubis, marujas, marías, melones, nenas, gemelas, u optar por los más elegantes, seno, busto o mamas, pero todos los motes se refieren a una de las características más sobresalientes y celebradas de la topografía femenina. Y todas, sin importar su sobrenombre, tamaño, forma o estado, tienen algo en común: el brassiere.

El primer registro que se tiene de una prenda íntima para los senos data del siglo VII AC y llegó a nosotros gracias a la civilización minoica de Creta, en donde la prenda era usada para las mujeres atletas. Como accesorio ‘fashion’ apareció en China, durante la Dinastía Ming, algo llamdo el “dodou”, que se considera la primera prenda íntima elitista de la historia. Pero ninguno de estos alcanzó la detestable popularidad del corsé, un dispositivo doloroso y poco saludable diseñado para contraer la cintura y levantar el busto de las mujeres que se popularizó por la nefasta influencia de Catalina de Medicis, esposa del Rey Enrique II de Francia. Cata decidió en 1550 que las cinturas gruesas y los senos naturales estaban ‘out’ y las desterró de su corte. Cuatro siglos de tortura después, nació el brassiere, que acaba de cumplir 100 años de ser mencionado en la Biblia de la Moda, la revista Vogue, en su versión para Estados Unidos. Su génesis impresa fue en 1907 y se reportó como una novedad de la aristocrática neoyorquina Mary Phelps Jacob que involucraba dos pañuelos de seda y un poco de cinta rosada. Seis años más tarde, Mary obtuvo el primer patente gracias a su invento. Con esta confección se liberaron las mujeres del reino del corsé y entraron de lleno a la vida moderna con la frente y el busto en alto.

Este aniversario ha pasado penosamente inadvertido, tal vez porque muchos desconocen la importancia del brassiere en la vida de una mujer. Encontrar el brassiere perfecto,  el que no talla y no duele y da el levante y la separación adecuados, que no chuza y no pica, que no se marca en las camisas y que no hace brotar los bananos de la axila y no impide la respiración es, bueno, es un momento casi extático. Y la comprada de ese primer brassiere es un momento que toda mujer recuerda. La vida de la mayoría de las mujeres está marcada por su relación con los brassieres y lo que ellos contienen, desde el momento en el nos damos cuenta de que están creciendo, cuando sentimos el orgullo de al fin tener suficientes para ameritar prenda propia, cuando nos medimos los brassieres de la mamá al escondido, cuando nos revisamos obsesivamente el escote a ver si se forma la arruguita en la mitad del pecho, cuando por primera vez nos percatamos de que un hombre nos está mirando bien por debajo de la barbilla y nos da pena, y cuando por fin deja de darnos pena, cuando compramos brassiers solas, cuando nos damos de regalo el primer brassiere sexy, cuando nos regalan un brassiere sexy, la primera vez que analizamos si este sí era fácil de quitar… en fin, todos esos momentos que en la vida de una mujer se relacionan con la lencería deberíamos celebrarlos.

Y si les parece banal celebrar algo tan íntimo, les recuerdo que el brassiere ha jugado un papel muy público.  Durante la Primera Guerra Mundial, las mujeres nos desprendimos de nuestros brassierses para apoyar la causa y las varillas representaron más de 28 mil toneladas de metal que se usaron para fabricar armamentos. Además, esta prenda sirvió de bandera para la causa feminista cuando, durante las décadas 60 y 70, se quemaron en señal de la liberación femenina. Y no se les olvide el aporte a la economía. Basta con decir que el brassiere más costoso del mundo es de 15 millones de dólares para que vean lo que le invierten a esta prenda. Creo que deberíamos celebrar este aniversario con más bulla. Propongo que irgamos una estatua de Mary Phelps Jacob, la Liberadora Femenina, e impongamos la Orden del Brassiere a todas las mujeres enaltecedoras y sobresalientes.

* PUBLICADA EN SEPTIEMBRE DE 2007

 

Mi nueva mejor amiga


Brazilian model Gisele Bündchen at the Fashion...

Gisele antes de ver La Luz de la comodidad

 

No celebramos el Día de Acción de Gracias en Colombia, pero igual quiero participar porque este año tengo mucho que agradecer. Tengo un hijo hermoso, un esposo amoroso, padres saludables, hermanas fabulosas, un sobrino que fue el mejor del salón este año…en fin, muchas cosas maravillosas. Pero aquello, o mejor, aquella que me tiene más agradecida que todo lo demás es Gisele Bünchden.

 

A primera vista podrían creer que Gisele Bündchen y yo no tenemos nada en común. Claro, ella es una supermodelo brasilera multimillonaria despampanante y yo…bueno… no soy brasilera. Pero no importa porque la razón por la cual estoy agradecida con ella es porque ha salido en defensa de la comodidad.

 

Resulta que Gis (así le decimos las amigas) se negó a usar tacones altos en un reciente desfile de Balenciaga, alegando que se desacostumbró a usarlos porque ahora es mamá y ya tiene que pensar en la comodidad ante todo. Y con ese comentario ha desatado una tormenta que ha convertido los zapatos cómodos en algo chic. Y eso significa que yo estoy a la vanguardia del calzado.

 

Les seré sincera, nunca usé tacones porque no les veía la gracia. Yo mido poco más que metro y medio así que necesitaría tacones de mínimo 10 centímetros y creo que me sangra la nariz a esta altura. Alguna vez me dijeron que los tacones ayudaban a adelgazar la cadera pero igual necesitaría andar en zancos, así que no trato de engañar a nadie y mejor prefiero los crocs y las chanclas de dedo. Y esta preferencia siempre me había condenado al rechazo. Las que usan tacones puntudos y botas de plataforma en las fiestas siempre miraban mis baleticas de abuela y se reían despiadadamente…pero ahora puedo decir que Gis y yo estamos en las mismas.

 

Además, como si fuera poco, compartimos las dichas y desdichas de la maternidad. Esto significa que no importa lo glamorosa que luzca en las portadas de las revistas, en algún momento del día ella también huele a queso, tiene leche en el pelo, compota en la camisa y mocos en los pantalones porque bebé es bebé y que la mamá tenga o no piernas kilométricas le importa un bledo a la hora de cargar el pañal o alegar porque no encuentra el chupo.

 

Por eso esta mamá en busca de la comodidad es mi nueva aliada. Ahora puedo decir orgullosamente que mi “mami look” es digno de las pasarelas europeas y quien diga lo contrario que coma un tarrado de tacones.

 

Ahora, para que mi vida sea perfecta, sólo me falta que Gisele y sus amigas modelos se nieguen a hacer dieta y pongan de moda la celulitis y las estrías, acepten las canas y las arrugas con gracia y digan que no hay nada más sexy que usar las camisetas desteñidas del marido como piyamas. Hagamos una cosa, yo arranco y vemos si las demás me alcanzan. Estoy optimista…al fin y al cabo, ya pasó con los tacones.

 

Aniversarios amnésicos


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Image via Wikipedia

Les cuento que he decidido que, de ahora en adelante, voy a celebrar aniversarios en vez de cumpleaños. Cumplir años suena a cumplir una condena, en cambio celebrar aniversarios siempre es divertido.  Por ejemplo, el sábado celebré mi segundo aniversario de haber cumplido 16.

Parte de la diversión de cualquier aniversario es ver qué y cuánto ha cambiado desde la última fecha. En mi caso, me complace decir que desde mis primeros 16 años he avanzado mucho: Me he graduado tres veces (colegio, pregrado y posgrado); me quitaron los braquets, el acné fue y volvió, me salieron canas y cultivé algunas arrugas;  he sacado la cédula, el pase y el RUT; invertí mi virginidad (¡perderla suena tan fatalista!), me casé y empecé a contemplar las posibilidades engendrar prole.

La verdad es que este aniversario me cogió con el ego saludable y estaba en plena reflexión auto-congratulatoria cuando vi la noticia: el neurobiólogo Joe Tsien y su equipo de investigadores encontraron la manera de borrar los recuerdos traumáticos de los ratones. Traigo a colación al neurobiólogo y sus roedores con amnesia selectiva en vista de que hacer un ejercicio de repaso autobiográfico exige transitar por algunos senderos empedrados por malos recuerdos y me suena interesante la idea de que podría eliminarlos, como sacándole los gordos a la carne.

¿Será que se puede? Porque la verdad es que tengo memoria de elefante (y ahora que vivo cerca de una panadería, me están saliendo las caderas que le hacen juego). Mi marido dice que pelear conmigo es como alegarle al Almanaque Bristol porque no me pongo histérica sino histórica. El término médico es síndrome hipertimésico, pero el término familiar es ‘amargada’. De allí que me suene eso de que podría descargar algo de mi bagaje histórico.

Empezaría por la vez que en clase de Cálculo en la U empecé a correr el pupitre para hacer un círculo porque el profesor dijo que íbamos a hacer una integral y yo entendí que íbamos a hacer una integración (ya saben, donde todos dicen el nombre y lo que esperan aprender en la materia). Seguiría con la vez que accidentalmente le robé las monedas a uno de los empacadores del supermercado (les juro que pensé que esa era mi devuelta, no sabía que ahí se ponía la propina). Y, ya estando en esas, eliminaría los rastros de la vez que le pregunté a mi mamá cómo se fingía un orgasmo delante de mis abuelitos y mis tíos (oigan, sólo tenía ocho años). Tampoco es que esté particularmente encariñada del recuerdo de mí robándole la caja de dientes a la empleada del servicio para usar como parte de mi disfraz de bruja en Halloween, ni del de la vez que les dije a todos los vecinos que mi papá nos había abandonado y que no teníamos con qué comprar mercado (la verdad era que mi mamá me había puesto a dieta). Y ni hablemos de la vez que me puse unas pantuflas tan cómodas que se me olvidó quitármelas y me fui para clase con ellas…

Mejor dicho, definitivamente hay momentos, personas, palabras y pensamientos a los que quisiera darles una pasadita con Liquid Paper mnemónico, pero al mismo tiempo, de hacerlo ¿sería una mejor versión de mi misma o sería menos yo que antes? Ya da igual porque si yo lograra olvidar, ustedes no lo harían. Ahora, si pudiéramos diseñar un arma biológica que indujera a la amnesia colectiva, podríamos olvidar los ochenta y salir todos favorecidos.

 

*PUBLICADA EL DÍA DESPUÉS DE MI CUMPLEAÑOS, 26 DE OCTUBRE DE 2008 EN MUNDO MODERNO

Reunión en la U: nada qué ponerme


closet reorganization

Image by Liz (perspicacious.org) via Flickr

La siguiente es una dramatización hipotética y que no tiene nada que ver con que esta noche haya una reunión de ex alumnos en la universidad de la que soy egresada. Se trata de un suceso conocido en el mundo femenino como ‘Nada qué hacer’. Generalmente, aunque hay excepciones, arranca con la mujer desnuda frente al clóset abierto, manos en la cintura, gritando (al marido, a la mamá o al espacio) “No tengo ropa”. Lo que sigue puede ser un diálogo o un monólogo –da igual- e incluye pero no necesariamente se limita a lo siguiente:

–       ¿Estás lista? Ya casi es hora

–       No. No estoy lista. No tengo qué ponerme.

–       ¿Y ese vestido negro?

–       Cómo se te ocurre, con ese se me ven los brazos y los tengo llenos de pecas inmundas.

–       ¿Y los pantalones?

–       No me puedo ir de pantalones porque todo el mundo va a creer que no fui de falda porque tengo celulitis.

–       Pues, vete de falda.

–       ¡NO PUEDO PORQUE TENGO CELULITIS!

–      ¿Y de falda-pantalón?

–       ¡Qué  buena idea! Ahora, si me pudieras conseguir una máquina del tiempo para regresar a enero 12 de 1988 que fue la última vez que la falda-pantalón estuvo de moda…

–       Bueno, no hay que ser sarcásticos. Sólo quería ayudar.

–       Pues entonces, ayuda. ¿Qué tal esta chaqueta?

–       Se te ve muy bien. El color te resalta los ojos.

–       ¿Qué importan mis ojos? Lo que quiero es verme flaca.

–       Sí, te ves flaca.

–       Mientes. ¿Y este otro conjunto?

–       Sí, con ese te ves súper flaca. Pónte ese.

–       No, este no me lo puedo poner porque no tengo zapatos que me salgan.

–       Y esos…

–       Esos son para llevar una cartera chiquita y no tengo cartera chiquita.

–       Pero esa cartera es chiquita

–       Esa cartera es tipo clutch. ¡Esto no es un cóctel! Tiene que ser de cargadera.

–       ¿Por qué no te pones este? Te veías tan flaca que la gente pensó que estabas enferma.

–       Puede ser… pero entonces me tendría que lavar el pelo porque con ese escote tengo que estar de pelo suelto y ya me peiné y además tengo raíces y se me ven las canas y cogerme el pelo es la mejor estrategia porque si me hago una moña apretada se me disimulan las patas de gallina. No. Definitivamente ese no.

–       Pero ven, estas son tus amigas, se van a alegrar tanto de verte que no se van a fijar en eso.

–       No sabes nada. Son arpías inmisericordes. Lo sé porque yo también lo soy. Y si yo me fijo, ellas se fijan.

–       Empecemos por algo. Al menos ponte ropa interior.

–       No puedo ponerme ropa interior hasta no decidir la ropa exterior porque si me pongo este brasier no me puedo poner cuello bandeja y si me pongo este no me puedo poner blusa blanca y con este no me salen las blusas de tiritas. Y los cucos dependen del pantalón porque estos tiene reductor de barriga pero entonces el banano se desplaza hacia arriba y no me puedo poner nada que estire. Nada qué hacer ¡no puedo ir!

–       Pero tal vez te encuentres con alguien que esté más gorda que tu…

–       ¡Pásame los pantalones que tenemos que salir ya para no llegar tarde a la reunión!

* PUBLICADA EL 9 DE NOVIEMBRE DE 2008