Sistema Dewey para contactos sociales.


GettyImages-450734153Levante la mano quien ha estado en esta situación: uno va a llamar a alguien y sólo se sabe el nombre porque es alguien poco conocido en donde la relación no da para más, o alguien muy conocido y se estima que el apellido sobra. Uno pone, por decir algo, César y le salen seis con ese nombre, todos sin apellido, todos con números diferentes y uno no tiene ni idea cuál es cuál. Toca descartar uno por uno, hacer preguntas incómodas, gastar minutos y cuando al fin uno da con el que es, ya se le olvidó para qué lo necesitaba.
Es casi tan frustrante como cuando uno tiene guardado un número sin nombre y con sólo una descripción como panadero amigo, Oscar Telecom o mamá amiga Cata empleada (estas son entradas reales sacadas de mi libreta de contactos).
Esta semana justamente estuve al otro lado de una de esas llamadas incómodas. Alguien tenía mi celular pero no sabía quién era yo y llamó a preguntarme ella por qué tenía mi número. Después de eliminar los temores normales de extorsión e infidelidad empezamos a listar posibilidades y resultó que ella se hizo amiga de mi esposo haciendo fila para pagar la matrícula del colegio de su hijo, que está en un curso distinto al de mi hijo, y mi esposo le dio mi número porque ella próximamente se iba a venir a vivir a la vereda y él pensó que ella y yo nos la llevaríamos bien (acertó, pues es adorada y creo que vamos a ser grandes amigas).
El incidente nos llevó a querer hacer un servicio social y evitar que todos tengamos libretas como de espías. Implementamos un modelo para una red funcional de contactos, tomando como ejemplo el sistema Decimal Dewey que se usa en las bibliotecas.

GettyImages-108178733Entonces:

  • familiares en primer grado de consanguinidad o amigos en primer grado de amistad.
  • familiares y amigos políticos, gente de la oficina y papás y mamás de los amigos de los hijos o mamás y papás de los amigos de uno.
  • empleados o personas que van a realizar un oficio. Aquí están incluidos el taxista amigo, la señora que hace tamales, el mago, la amiga del almacén que quedó de llamar cuando llegara la blusa en su talla, etc.
  • personas que hay que evitar. Bancos, empresas que llaman a ofrecer promociones, entusiastas de multinivel y reclutadores de cultos varios.

A todos los anteriores se les puede poner el prefijo X, (Xo masculino, Xa femenino), para indicar relaciones vencidas. Ex novios, ex novias, ex empleados o ex jefes -propios y ajenos- lo reciben.

¿Ven? Súper sencillo. Así, Xo22 es un ex novio de un primo segundo de mi marido y 4Xa21 es una ex empleada de mi mamá que nos robó. ¿O sería un ex novio de la mamá de mi amiga y una ex mamá de mi empleada a quien le debo plata? Esperen, ¿cómo era todo?

Descartología aplicada


El esposo de Delia Ephron dice que ella padece de un síndrome que traduciré como Descartia: la maña de descartar algo que se está comiendo después de unos mordiscos si no se enamora de su sabor. Creo que padezco lo mismo y al parecer el síndrome se está volviendo más fuerte y ha afectado mis redes sociales.
Verán, desde hace rato que noto que hay “amigos” en mi Facebook con los que realmente no tengo contacto alguno. He caído en la trampa de tener contactos como las viejitas tienen botones, porque es reconfortante tenerlos ahí por si acaso algún día los necesito. A veces, como la viejita que abre el cajón para contemplar su creciente colección, yo doy vuelta por mi página y busco rasgos conocidos en caras a duras penas reconocibles e intento recordar qué me une a este hipervínculo. Porque en eso se han convertido algunos nombres, en poco más que algo en qué hacer clic. Agradezco, eso sí, que las redes sociales me hayan devuelto personas y relaciones que creía perdidas para siempre, pero la gran mayoría de las interacciones se han convertido en gente que probablemente no me saludaría si me viera en la calle pero me invita con insistencia a jugar Candy Crush.
Permítanme aclarar algo: no quiero jugar Candy Crush. Tampoco me interesa Criminal Case, Diamond Dash, Monster Legends ni sus semejantes. Si quieren jugar conmigo, pongámonos de acuerdo y jugamos tute, lulo, banca rusa, ternas y escaleras, parqués, dominó, rummy, Uno y hasta cucharas. Yo doy para la parva y hasta llevo el naipe. Pero esta bobada de tener redes sociales para coleccionar destinatarios para avanzar de nivel en los juegos me parece una pérdida de tiempo y un abuso de la relación que alguna vez nos unió. Por eso, he decidido hacer una limpieza de mis redes con la misma disciplina y filosofía con que anualmente purgo mi clóset:
Si hace más de seis meses no tenemos contacto humano alguno, chau.
Si ha pasado de moda (su mentalidad retrógrada y cerrada), ni más.
Si me daría pena que me vieran en la calle con eso (o esa o ese), hasta aquí llegamos.
Si siento que me está quitando tiempo, espacio o paz mental, bye bye.
Si creo que atrae polillas, humedad, pulgas (trolls, peleas, malas vibraciones, malos comentarios o en general, cosas feas), mejor partamos camino.
Si no me acuerdo cómo ni por qué lo adquirí, suerte.
Si ya no me gusta, ya no me sirve o nunca me gustó ni me sirvió pero lo tenía porque era una herencia o me lo embutieron, adiós.
Quiero aclarar que no necesito más que un “like” ocasional para considerar pertinente una relación. No tenemos que hacernos trencitas y ni tener peleas de almohadas en ropa interior para que seamos amigos. Basta con que nos respetemos para que no me de un ataque de descartia.

 

*Esta columna fue publicada el domingo 6 de julio de 2014 en el diario La Tarde con el nombre Confieso que he leído No puedes tenerlo todo de Delia Ephron*

Con la memoria en la tripa


Yo soy de esas personas que tiene la misma clave para todo porque si no, me enredo. Cada vez que abro una cuenta nueva en algún sitio en internet me digo a mí misma que voy a inventarme claves más difíciles pero entonces se me olvidan y me toca hacer clic en el vergonzoso hipervínculo de los olvidadizos. Durante un tiempo tuve “cuaderno de claves, usuarios y pins”, debidamente forrado, rotulado y marcado con mi nombre, dirección y datos personales completos, pero Jorge lo echó a chimenea y me dijo que siquiera yo no manejaba información secreta como los códigos de los misiles o los nombres de los espías. Tiene razón. Probablemente tendría un cuaderno “Listado de espías, misiones secretas y agentes encubiertos y sus ubicaciones actuales”.

Desde eso he contemplado la idea de hacerme un discreto tatuaje pero aparte del temor al dolor y la fobia a la montañerada me detiene el que las claves hay que cambiarlas periódicamente y eso generaría un desgaste económico, epidérmico y marital que no estoy dispuesta a tolerar.

Para mi fortuna, la ciencia ha pensado en mi y en quienes, como yo, padecemos desorden de usuario múltiple y esquizofrenia del password. La respuesta, según los inventivos de Motorola, está en el tracto digestivo.  Así es, usando tecnología desarrollada por Proteus Digial Health, ahora existe una píldora que uno se toma por la mañana y que contiene un chip que se activa cuando entra en contacto con el ácido estomacal. La píldora envía una señal que puede ser percibida por dispositivos móviles, permitiendo la identificación del usuario. Así, el cuerpo entero es el password y uno no tiene que acordarse de nada ni gastar esos molestos dos segundos tecleando la información necesaria. La señal sale por el ombligo y uno sólo tiene que acordarse de lo que está pasando en la novela. Supongo que podrían poner toda clase de información útil en ese chip: alergias, preferencias, tallas, peso y listado de elementos en el clóset. Así, uno podría pasar por el frente de un almacén y la vendedora podría enviarle un mensaje de texto diciendo que tiene la camisa que le sale con esos pantalones que no salen con nada, que la tiene en su talla y que además usted tiene saldo suficiente para comprarla.

big pills

ahora sólo hay que acordarse de tomarse la pasta

La idea es seductora pero pensándolo bien hay un par de cosas que me preocupan. La más obvia es que cualquiera se le puede robar a uno la “pasta maestra” y entonces puede andar por ahí disfrazado de colon ajeno. La otra es el colon mismo, impredecible y sensible como son todas las tripas. Una frijolada a deshoras y uno podría quedar sin claves antes de tiempo, o lo que es peor, podrían coincidir varias píldoras en el duodeno y la policía lo detendría a uno por tener más de una identidad.

Así las cosas, creo que es mejor volver al sistema de la omniclave y rogar por que nadie se la pille…

Intenciones al descubierto


Name tags and Ids

Mi nombre es Angela y me robo las cobijas…

Un par de empresas australianas, ambas encaminadas a conseguirles pareja a los desemparejados, lanzaron la idea de que las personas que estaban de conquista usaran unas escarapelas especiales que sirvieran para romper el hielo. Según los empresarios, los discos plateados con el logo de la empresa, cuando se lucen en la escarapela, indican a los demás las intenciones del portador o portadora y ayuda a romper el hielo.
La idea no me parece mala.
Es más, tal vez sería hasta cómodo que con una sola mirada supiéramos cuáles son las intenciones de los demás. Uno podría, por ejemplo, entrar a un bar y leer en la escarapela de alguien: ‘sólo quiero darle celos a mi novio’ o ‘sólo quiero bailar un rato’. ¿No nos ahorraría mucho tiempo a todos?
El problema tal vez sería que la gente no siempre es honesta. La honestidad es escasa, por decir lo menos, especialmente cuando se trata de las relaciones interpersonales. Por fortuna, la ciencia puede haber resuelto ese problemita.
Recientemente, un grupo de investigadores demostró que, usando un dispositivo de resonancia magnética para ver la actividad cerebral, podían saber qué recuerdo estaba accediendo una persona, sin preguntarle.
Puede parecer ciencia ficción ahora, pero es posible que en unos años tengamos la posibilidad de un dispositivo lector de mentes. Algo así como un ‘rayo de la verdad’.
Así, salir a un bar sería mucho más fácil, porque con un solo disparo podríamos leer ‘fingiré estar interesado en ti, pero en realidad sólo quiero quitarte la ropa’ o ‘esperaré a que vayas al baño para copiar el número de tu tarjeta de crédito y usarlo para sostener mi vicio de apuestas en línea’.
Pensándolo bien, eso podría salirse de las manos. Si las esposas usáramos el rayo de la verdad sobre los esposo, tal vez nos enteraríamos de que –en efecto- esos pantalones sí nos hacen ver gordas y claro que él notó que la vecina del lado se puso silicona y en el fondo no le encantan las empanaditas de chorizo que nos inventamos. Y ellos sabrían que sí nos hemos fijado en el apuesto practicante y que sí, la mamá sí es cansona y en realidad no nos parece que la calva sea enternecedora.
*Publicada originalmente en abril del 2009 enla versión impresa del diario La Tarde de Pereira en la columna Mundo Moderno

Abrebocas para un abreojos


Tal vez sea porque recién cumplí años o porque acabo de llegar de unas vacaciones mágicas o porque mi profesora acaba de perder una pelea que tuvimos hace 22 años, pero esta semana parece que veo el mundo con ojos nuevos.

 

Les cuento de la pelea primero. Estábamos en clase de Ciencias Naturales y yo dije que en el espacio tenía que haber tormentas. Me gané un regaño y creo que un cero pero resulta que han descubierto una nube que contiene el reservorio de agua más grande del universo, con una masa 140 billones de veces la cantidad de agua que contiene todos los océanos de la Tierra, y cerca de la galaxia 3C303 (los astrónomos tienen cero creatividad para los nombres) descubrieron una tormenta eléctrica con rayos que producen hasta 100 trillones de positrones (o en términos científicos, un pringonazo el macho).

 

Tener la razón tardía me dio coba y pensé en otras peleas pendientes. Descubrí que el chocolate no sólo no produce acné -cosa con la que me amenazaron durante toda mi adolescencia- sino que es bueno para la piel y ayuda a proteger contra los rayos UV. Además, el chicle que tanto me prohibieron en el colegio parece que ayuda a aumentar el nivel de atención y reducir el estrés; el azúcar ayuda a mejorar el autocontrol y el algodón de azúcar que tanto han criticado ayuda a salvar vidas (porque se pueden crear nuevos vasos sanguíneos en el laboratorio con esta sustancia según indican nuevas investigaciones).

 

Aparte de todo, resulta que los exámenes NO nos ayudan a aprender mejor (Harvard ya no hace exámenes finales), los descansos o recreos largos y frecuentes son indispensable para tener mejores resultados académicos, el álgebra no se debería enseñar en octavo (dicen estudios de Duke y Stanford que es mejor después de los 17 años), la competencia sana entre los compañeros no es tan sana

i haven't eaten candy floss since a little chi...

leyeron bien: SALVA VIDAS

(de nuevo, Stanford), nada pasa si uno se sienta demasiado cerca del televisor (y la tele no mata la imaginación ni nos vuelve brutos) y leer con poca luz no nos vuelve ciegos.

 

Lo mejor de todo es que buscando por ahí encontré cosas fantásticas que no sabía, como que en el oro crece en ciertos árboles de Australia y que hay un planeta de diamante. O sea, no un planeta con diamantes sino un planeta que es un diamante. El planeta PSR J1719-1438 b es un planeta diamante (de nuevo, el nombre amerita revisión…planeta Angelita me suena). Leí sobre un perro que entiende más de mil palabras, unos leones en Etiopía que rescataron a una niña que estaba siendo atacada por unas bestias (humanas) y sobre el descubrimiento de una nueva parte del cuerpo: el Ligamento Anterolateral, que queda en la rodilla.

 

 

En otras palabras, el mundo es fascinante.  Sí, supongo que todos lo sabemos, pero a veces se nos olvida. Recordarlo esta semana me abrió los ojos y espero que esta columna los inspire a abrir los suyos.

 

 

* PUBLICADA EL 11 DE NOVIEMBRE EN LA TARDE

 

Ecuaciones bonitas y otros oxímoros


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 Icono con código de ejemplo de PostScript 

 

Recuerdo con cariño -y algo de temor- a mi profesor de álgebra, Jaime Ossa (q.e.p.d). Jaime insistía que las ecuaciones eran lindas. Tengo grabada vívidamente la imagen de él emocionado como niño chiquito, manos blancas de la tiza, sonriéndole al tablero y volteando a mirarnos con ojos brillantes. –¿Sí ven lo linda que me quedó? –nos preguntaba. Y algunas asentían, pero yo arrugaba la boca y hacía gesto de asco.
Mis hermanas y yo, hijas de ingeniero, habíamos oído el cuentico ese de que los números son lindos y las ecuaciones son como novelas de misterio. Nosotras éramos más de la idea de que Aurelio Baldor, el autor de la muy voluminosa y vapuleada Álgebra de Baldor, fue un niño rechazado por la sociedad que se dedicó a redactar ejercicios imposibles para vengarse de los hijos de quienes no jugaron con él en el recreo. Pero hay gente como Jaime y mi papá que piensan que hay algo de estético en los números, y al parecer es mucha; tanta, de hecho, que el museo de diseño Cooper-Hewitt del Smithsonian en Nueva York adquirió recientemente el código fuente de Planetary, un app para iPad.
Lo interesante de esta adquisición no es lo que hace el código ni para lo que sirve el app (es un visualizador musical bacanísmo) sino el que un museo haya adquirido el código para exhibirlo, preservarlo y admirarlo, yendo más allá de la recolección de los objetos físicos como calculadoras y computadores y otro tipo de máquinas y dispositivos que ya tienen muchos otros museos, y decidiendo que lo que hace que funcionen esos aparatos es en sí mismo bello. En otras palabras, el código es como una partitura, apreciable por lo que puede suceder cuando se ejecutan sus comandos y por tanto dignos de admiración por el potencial de belleza que contienen, pero también hermosos por lo que son, por la sutileza de las relaciones entre las líneas de texto. Según eso, los programadores son tejedores de mundos comparables con el novelista más premiado.
Para mí es complicado entender este concepto porque eso de que los números son bonitos me cuesta desde que dejaron de ser mis amigos cuando me di cuenta de que lo que en realidad importaba de la canción de las tablas de multiplicar no era el ritmo sino la letra (y yo tratando de sacarla en la flauta para clase de música). Los números y yo peleamos desde eso y yo pensé que así estábamos bien pero últimamente no estoy tan segura, menos desde que me volví adicta a Numb3rs, que además de un alto contenido nérdico tiene un par de actores que me parecen delectables,  y hasta he pensado en darle otra oportunidad a la trigonometría, que siempre me produjo dolor de cabeza porque para mí seno de theta era un pleonasmo y derivar era algo que se le hacía a la leche para obtener queso.
Tal vez Jaime tenía razón después de todo y haya algo de bonito en una ecuación. Voy a nominarlos a él y a mi papá al Nóbel de la Literatura Algebraica.

 

 

 

*PUBLICADA EL DOMINGO 22 DE SEPTIEMBRE DE 2013*

 

Alta tecnología y bajos instintos


Parking lot

Claro, en un parqueadero así, cualquiera.

Mi cuñado Andrés me imeilió (del verbo inventado imeiliar, es decir mandar un email) un video de un carro que se parquea solo. Investigué un poco a ver si era una broma cruel y descubrí que se trata de carros AudiConnect de la marca alemana Audi, uno llamado Pilot Parking y el otro Pilot Driving. Estos autitos tienen sensores que les permiten conducir y parquearse a sí mismos dependiendo del modelo gracias a un app de iOS. Hagamos una pausa para que la fabulosidad de esta noticia haga efecto. Es un CARRO que puedo manejar desde mi IPHONE. Excúsenme mientras me arrodillo y levanto los brazos hacia el cielo con ojos llorosos.

Gracias.

Ahora bien, antes de empezar a ofrecer mis órganos por internet –cosa que tendría que hacer si quiero tener la cuota inicial de un Audi- creo que hay que pensar bien si un auto así funcionaría en Colombia. Digo, esta tecnología está diseñada para Alemania, un país en el que los parqueaderos tienen ciertas especificaciones técnicas, las carreteras tienen unas condiciones diferentes y la gente está acostumbrada a cosas como carros que andan solos.

En Colombia, en cambio, los parqueaderos tienen medidas que podrían ser el tema de un nuevo programa de ciencia ficción titulado Dimensión Impredecible. Los parqueaderos hechizos de los que abundan en el centro requieren destrezas que el humano promedio no posee y por eso hay que dejar las llaves, para que los adolescentes y pre pubescentes asistentes del parqueadero jueguen Tetris Automotor. Eso sin contar con el carro y el teléfono estarían unidos, de tal manera que si me roban el teléfono (OTRA VEZ) se me roban el carro por ahí derecho. O lo que es más probable, Matías aprendería a manejar el carro con el app en menos de un mes y se me escaparía para jugar maquinitas mientras tiendo la cama.

No niego que sería cómodo. Como vivo en la vereda hay muchos restaurantes que no traen domicilio hasta acá y podría llamar a hacer el pedido y mandar el carro con la plata pegada con cinta pegante al parabrisas y una neverita de ICOPOR para que me metieran el pedido. Pero me arriesgaría a que el carro llegara lleno de machetazos y balazos porque la gente atacó al carro poseído o la policía me parta porque mi conductor virtual no tiene pase virtual o me caiga la DIAN porque no le he consignado cesantías a mi chofer invisible. Tal vez tenga problemas con inmigración porque el carro es alemán y no tiene visa de trabajo o lo recluten de algún sindicato y no pueda pedirle que se parquee los domingos ni festivos porque está de descanso. ¿Y tiene un aditivo para mejorar el octanaje y se lo llevan para los patios por conducir bajo la influencia de una sustancia controlada?

Mejor dicho, me dirán cínica –y lo soy- pero creo que no estamos listos para tanta belleza. Mejor sigo andando en flota y conservo mis órganos para cuando salga el robot mucama de los Supersónicos.

 

* PUBLICADA EL 21 DE JULIO EN LA TARDE

Las siete etapas del atraco


The Tigger Movie, a film based on the Disney a...

La calcomanía de Tigger fue lo que más me dolió

Me han robado.  No, no es que estén teniendo una regresión a una columna anterior, sino que me han VUELTO a robar.  Esta vez fue el tradicional “cosquilleo” durante un apretujado viaje en transmilenio.  Y sí, de nuevo todos me han dicho que siquiera no me pasó nada y que agradezca que sólo fue el celular y todo igual que la vez pasada.  Pero como ahora ya soy una experta en aquello de ser víctima del robo, quiero ofrecer mi sabiduría con todos ustedes, víctimas potenciales o que ya han pasado por lo que llamaré las siete etapas del atraco.

La idea se la robé a mi mamá, orientadora familiar y consejera fabulosa quien me enseñó sobre las siete etapas del duelo.  Pues bien, creo que cuando a uno lo atracan, de alguna manera uno le hace duelo a lo robado, por lo que estas siete etapas, con algo de creatividad, se pueden adaptar a lo que siente alguien recién atracado.  Lean y decidan.

La primera etapa es el choque.  El instante en el que uno se da cuenta de que algo anda mal.  El bulto que es el celular ya no es visible ni palpable en el lugar en donde generalmente está.  Uno siente como si se acabara de tragar una moneda de cobre helada y una amarga y álgida sensación recorre el tracto de la boca al estómago.  De repente, uno siente que se le seca la garganta y le faltan las palabras.  A veces, hasta empieza a sudar frío y a temblar ligeramente mientras la mano recorre el bolsillo, la cartera, la chaqueta y de nuevo otro bolsillo con creciente desesperación.

Sigue la negación.  – no – se dice uno mismo – no puede ser que me hayan robado.  Eso fue que dejé el celular (la cartera, la billetera, etc.) en alguna parte.  Eso fue que lo dejé en la otra cartera.  Claro, ayer tenía zapatos azules y ahora tengo los café y seguro lo dejé en la cartera que me sale con los zapatos de ayer. O en la casa de mi novio o en la oficina del lado o junto al teléfono sobre la mesa de noche.  Eso fue, lo dejé por ahí, está embolatado pero eso aparece.  Qué va a ser que me hayan robado (otra vez) a mí, yo siempre tan pendiente.  Además, eso es súper seguro, nadie se los roba, tienen clave y a lo mejor me lo devuelven.  Voy a llamarme en caso de que esté por ahí alguien buscándome para entregármelo, yo tan elevada…

Pero ya uno deja de meterse mentiras, y entonces llega la ira.  En ese momento, el diálogo interior es algo así como – Por qué yo, que soy tan buena persona, que hasta compro de esas goticas que venden para alimentación y nunca me cuelo en las filas, por qué yo, maldita sea, ojalá se pudra el que me lo robó, ojalá se electrocute tratando de descifrar la clave.  Policías inútiles, es una mentira el juramento que toman, dizque proteger y servir, sólo palabras pero dónde están cuando uno los necesita.  Claro, uno hace una “U” en rojo y vuelan, pero cometen un verdadero crimen y ni uno.  El colmo, el colmo, vida ¿!(“&)·?/·=)·!!! Por qué no tengo carro, por qué me vine a vivir a este pueblo, si estuviera en mi casita no me habría pasado esto, o si me hubiera pasado al menos mi mamá me estaría reconfortando y mi papá me llevaría a poner el denuncio, pero me toca sola como un hongo en esta ciudad, y fuera de eso llueve, (la maldición de esta semana cabe aquí) ojalá se caiga en un charco y se parta una pierna el que me robó…

Después de estar así mucho rato, llega la culpa.  Y entonces, la consciencia empieza a dar lora.  ¿por qué contesté esa llamada?  Claro, ahí fue cuando vieron dónde lo guardé.  ¿Y dónde dejé el manoslibres? ¿Por qué no cogí un taxi? ¿cómo no me di cuenta? ¿qué le voy a decir a mi papá?  Qué pena, ya van dos veces, cómo pude ser tan elevada, cómo es que me lo amarré con una cuerdita de la mano, por qué, por qué, por qué.

Pero no hay respuestas.  Y después de sobarse la frente varias veces y comprobar que eso no hará que regresemos en el tiempo, aceptamos la siguiente fase: tristeza.  Mi pobre celular, que compré con mi propia plata, en donde anoté el teléfono del niño que me gusta, con el que me distraje jugando culebrita en las filas en el banco, el que me servía de despertador y de amigo.  Con él no me sentía sola nunca porque si me tocaba almorzar sin compañía podía llamar a alguien para que me hiciera visita y los de las mesas de alrededor no creyeran que no tengo amigos.  Él era mi amigo. Tenía una calcomanía de Tigger por detrás y tenía la pantalla azul y se me calentaba cuando hablaba mucho rato con mis hermanas y olía rico porque lo limpiaba con Splash de fresa una vez a la semana para que no quedara grasoso.  Ahora, quién sabe dónde estará, quién lo estará usando, si lo quieren, si le arrancaron la calcomanía.

Y después de una lagrimosa despedida, llega la última etapa: la aceptación.  El celular no va a volver.  No me voy a encontrar al ladrón en la estación de la 26 para obligarlo a devolvérmelo ni voy a encontrar las pistas que conduzcan a la captura de la pandilla que se dedica a separar a las jovencitas de sus pertenencias.  Será volver a la Edad de las Cavernas, como cuando no había celulares y uno tenía que ser previsivo.

Y esas son las siete etapas del atraco.  Espero que mi análisis sicológico les guste y que nunca tenga que hacer este doloroso recorrido.  Feliz fin de semana y espero que el lunes los encuentre con sus pertenencias intactas.

*PUBLICADA EN MUNDO MODERNO EN el 2004

La culpa la tiene el celular


Old woman and children in a doorway in the Ind...

Evidentemente este es un problema que se puede curar con prohibir el celular, ¿no?

 

En el pequeño pueblo de Sunderbarri, Manuwar Alam está indignado. Los habitantes de los asentamientos vecinos le preguntan cuántas mujeres han sido infieles esta semana y se ríen de él. Ya van seis casos de mujeres, algunas más jóvenes que otras, que huyen de la aldea con sus novios o amantes y por eso Alam convenció a los miembros del Concejo, recientemente formado, de tomar medidas radicales: prohibir el uso de los teléfonos celulares para niñas y mujeres. Han decomisado los aparatos y establecido una multa de 10,000 rupias para mujeres solteras y 20,000 para las casadas que sean sorprendidas usando uno de estos aparatos corruptores. Con esta medida piensan que podrán erradicar el comportamiento escandaloso porque las mujeres ya no podrán comunicarse entre sí ni con sus amantes.

 

Los miembros del Concejo quieren ser previsivos, y sentar un precedente para India y todos los musulmanes, pues su aldea es casi toda musulmana y alrededor del 13% de la India lo es. Por eso para los habitantes de Sunderbarri es importante ser previsivos y eliminar este mal de raíz para impedir lo que podría suceder de lo contrario.

 

Porque, de no hacerlo, las cosas podrían escalar. Uno podría suponer que si las mujeres indias pueden usar celulares, pronto las árabes querrán conducir autos, salir solas y hasta elegir con quién casarse. Y ¿quién sabe qué clase de oprobios podrían surgir luego? ¿Mujeres decidiendo tener hijas en lugar de terminar los embarazos como lo hacen ahora? ¿Decidiendo si quieren ser esposas o madres, pensando que pueden estudiar en la universidad como cualquier hombre, teniendo su propio dinero, su propia propiedad, o peor, su propia opinión? Fatal. Simplemente fatal. Hay que pensar en el bien de todos (los musulmanes extremistas machistas obtusos miopes) y hacer una limpieza moral de la tecnología.

 

Y claro, la culpa la tiene el celular. No la represión, no la doble moral misógina represiva, no la pobreza ni la ignorancia. No; la culpa la tienen estos aparatos que llegan a los lugares remotos donde los servicios públicos no alcanzan, que les permiten a hombres y mujeres tener contacto con el mundo, encontrar trabajo, pedir ayuda, buscar recursos. Esos aparatos que son tan importantes para los indios que hoy en día más gente tienen celular que inodoro en ese país. Esos aparatos hay que destruirlos. Para preservar la moral hay que volver a la era pre-celular, a la era de la puerta abierta y el juicio pronto, de los teléfonos controlados y supervisados y las mujeres aisladas y calladitas. Porque esa es la única manera de tener paz y tranquilidad, y sobre todo, una sociedad ordenada y moral. Eso cree Manuwar.

 

Pero él no sabe que en algún rincón de Sunderbarri hay una adolescente que le está texteando a su amigo que tiene un blog para que Twitee algo sobre esta injusticia, y pronto todo Facebook estará apoyando estas mujeres. Porque ya no hay quien nos calle, Manuwar. Con o sin celular.

 

 

 

La tecnología me ha convertido en una mejor persona


facebook engancha

hasta mi gato podría ser más popular que yo

 

Nunca fui lo que uno llamaría popular. Fui niña rara, adolescente retraída y adulta enmimismada; en el fondo medio tímida y, como dicen los abuelos, cuzumbosola. Además, eso de haber vivido en tantas partes no contribuyó a que formara relaciones duraderas. A veces trato demasiado de ser chistosa y se me va la mano, hablo en exceso, me río por la nariz y soy absolutamente analfabeta en temas de protocolo.

 

Ah, pero eso es en persona. En las redes sociales soy un encanto.

 

Si sumo mis amigos de Facebook, mis seguidores de Twitter y Pinterest y mis círculos de G+ con los que leen mi columna y los suscriptores a mi blog, tengo una “barra” de miles de personas. Al parecer, cuando hay al menos una pantalla entra la otra persona y yo, soy bastante afable.

 

Justamente esta semana estuve de cumpleaños y quedé sorprendida y conmovida por la cantidad de mensajes que recibí. Me di a la tarea de contestar uno por uno y me di cuenta de que muchos provenían de personas con las cuales no tengo contacto directo, humano, físico, en vivo hace más de una década. En algunos casos, hasta dos. Que se hayan acordado de mí y tomado el tiempo de desearme un feliz cumpleaños me alegró el día. Qué va, me mejoró el genio de aquí hasta la Navidad.

 

Lo traigo a colación no para hacerme propaganda (aunque sigo aceptando regalos y buenos deseos hasta que empiecen a sonar los villancicos) sino porque con frecuencia la gente raja de la tecnología. Muchos detractores de la modernidad afirman que el Internet nos aísla y que ha gangrenado la interacción humana, pero yo soy prueba de lo contrario. La red me ha permitido reencontrarme con amigas que creía perdidas, remendar relaciones que daba por irremendables y conocer personas más parecidas a mí de lo que pensé posible. Saber que hay otra gente que piensa como yo, que siente lo que yo me da ánimos para interactuar con todos los que sé que no. Me hace sentir menos sola, menos rara, menos…desencajada.

 

El ratón y el teclado me permiten ser elocuente, chistosa y amable, y los emoticones facilitan la transmisión del sentimiento a falta de inflexiones de la voz, que igual pueden ser ambiguas.  Además, el ritmo es diferente. No hay silencios incómodos que siento que tengo que llenar, no hay suspiros ni resoples ni “ajém” ni “ajá”. Sólo hay que hacer clic y estuvo: amistades casi automáticas.

 

Por supuesto que lo automático tiene sus bemoles. El haber visto fotos pegadas en el muro de alguien da la sensación de que nos hemos visto más o más recientemente de lo real y eso hace que uno haga menos esfuerzos por verse porque no siente la misma urgencia. ¿De qué vamos a hablar si ya lo pusiste en el muro?

 

Pero para mí, funciona de maravilla. Por eso, la próxima vez que me vea, tenga un poco de paciencia si ve que en lugar de estirar la mano hago clic. La verdad es que estoy tratando de decir “me gusta”.