Entre meros machos


English: ChapStick lip balm Español: Bálsamo l...

ChapStick, o como Jorge lo llama “barra inmasculinizadora”

 

El concepto de macho ha cambiado bastante. Hemos pasado de los rituales de la era Isabelina -en donde los hombres se realizaban tratamientos con agua de romero y salvia para blanquear los dientes, usaban medias veladas, tacones, pelucas, polvos faciales, rubor y lunares de mentiras- a hoy en día, época en la que convencer a mi papá de que se eche protector solar para que no se insole es una labor que requiere la paciencia, fuerza y velocidad de al menos tres de las cuatro mujeres de la familia. Y mi marido no está muy lejos.
En estos días, Jorge se estaba afeitando sin usar crema de afeitar. El proceso le dejó la cara como andén del centro e intenté echarle una cremita humectante, pero me encontré con una resistencia que habrían envidiado los franceses durante la Segunda Guerra Mundial. Me explicó que él no usa nada ‘de marca’ (Clinique, Lancome, etc.); nada que se tenga que untar (léase, aplicar delicadamente con las yemas de los dedos); que no huela a remedio (si dice que contiene vainilla o flor de naranjo, estamos en la olla); que no haya sido comprado en droguería; ni que sea ‘específico’, es decir, crema para manos, champú para pelo seco, jabón de avena para pieles sensibles. Su noción de la masculinidad higiénica se reduce a que agarra lo que esté ahí sin mirar mucho, se lo echa donde y como cree que es y sale a trabajar sin darle mayor importancia a los resultados.

 

No volví a pensar en el incidente hasta un día, a mitad de esta semana, hice  un plato a base de huevos, crema de leche, queso y verduras. Todo iba bien hasta que usé la palabra “quiche”, y hasta ahí llegó. Si fuera tortilla, comería, pero los hombres –según Jorge- no comen “quiche”. Tampoco, me informó, comen yogur de sabor, pescado, cosas Light, “fruticas raras” (arándanos, kiwi, goji), verduras (que Jorge llama ‘vegetales-vegetarianos’ -que se comen crudos, a diferencia de los ‘vegetales-ingredientes’ que se comen fritos o en salsa-, ni ‘ensaladas armadas’.  En otras palabras, los hombres pueden comer kumis pero no yogur de fresa; trucha, pero no atún en aceite de oliva; naranja, pero no albaricoque; papas, pero no alcachofa; repollo con zanahoria y tomate, pero no ensalada thai.  Al parecer, una dieta que no sea a base de carne roja, cerveza y fritos disuelve el cromosoma ‘Y’. Sobra decir que me comí el quiche solita. No sabía lo importante que era el “men” en “menú”.
Así las cosas, el hombre promedio prefiere la arterioesclerosis a una ensalada mediterránea y la piquiña y el ardor que una untadita de bálsamo, y ni hablemos del Chapstick, que eso es pelea fija.
Tal vez el concepto de lo masculino sea cíclico y estemos regresando a la noción cavernícola. El caso es que ya domino la masculinidad higiénica y culinaria estoy segura de que no tendremos problemas al respecto, sobre todo porque quiero que redecoremos la sala y le tengo puesto el ojo a un ‘chaise lounge’ divino que vi el otro día…

 

*Esta columna fue publicada originalmente el 16 de julio de 2010 en Mundo Moderno en el diario La Tarde de Pereira. *

 

Del amor y otras jodas


Eran tan jóvenes, este par de enamorados. Él de patillasfrondosas y ella de sombra perlada y ojos con “cola de gato”, como le exigía ladécada. El cura sonrió cuando bajando con el libro de casamientos oyó al novio exclamar:-¡Santa pacha bendita!-. El fotógrafo contratado para la ocasión maldecía a todo pulmón cada vez que iba a tomar una foto porque el flash no le funcionaba. Y finalmente cuando los declararon marido y mujer y él se inclinó para besar a su nueva esposa y ella, ruborizada y bella, dijo suavemente al micrófono  -¡Ahora sí se jodió!
Y así empezaron mis padres su vida de casados, unión que cumplió esta semana cuarenta años de celebrada. Según la tradición, los cuarenta son las Bodas de Rubí pues esta joya representa la llama del amor y el deseo eternos. Pero este año alguien de la familia (tal vez fui yo) dijo que como no había con qué comprar rubíes deberíamos empezar una nueva tradición y celebrar las Bodas de Boñiga.
No se alarmen; no es una ofensa. Lo digo citando las perenemente sabias palabras del gran filósofo Miguel Álvarez Jaramillo (mi abuelo), quien en alguna ocasión me dijo: –A uno a veces le toca comer mierda, pero no hay que olvidar que la mierda también es abono.
Esas palabras tan profundas las he tenido muy presentes en los últimos días porque vaya sí ha habido bastante fertilizante por esos lados. Desde inquilinos mezquinos y sus abogados maquiavélicos pasando porinmobiliarias inmisericordes hasta funcionarios vengativos, la verdad es que llevamos un par de semanas difíciles. Pero el abuelo tenía razón, la dificultad es muy buen abono.
Para empezar, de todo esto han surgido amistadesinesperadas, hemos descubierto aliados sorprendentes y nos hemos percatado de habilidades que no sabíamos que teníamos. Hemos renovado nuestro directoriosocial y replanteado el uso de palabras como “indispensable”, “importante” y“amigo”. Hemos salido fortalecidos como familia y eso nos ha dado ánimo para celebrar estos cuarenta años de Alvarezasgo que han estado llenos de alegrías y pesares, dichas y desdichas, y todo el abono (desde pañales con regalitos hasta cagadas adolescentes) que ha posibilitado el retoño de tanta cosa buena. Aquí abundan el buen humor y el mal genio, el buen gusto y el maldecir. Somos una manada de nómadas burlones lectores y comelones jugadores de cartas televidentes que nos creemos jueces de American Idol y al menos la mitad somos músicos frustrados. Nos queremos. Nos peleamos. Nos perdonamos. Nos volvemos a pelear y nos volvemos a querer. Y todo esto gracias a que mi papá se veía interesante tocando guitarra mientras mi mamá espiaba desde las escaleras la fiesta que hicieron sus primas a la cual no la invitaron porque estaba muy niña. Y después de cuarenta años, la niña y el guitarrista han producido tres hijas y dos nietos y una familia amorosamente jodida y jodidamente amorosa. Así que Felices Bodas de Boñiga, papá y mamá. Celebremos todo lo bueno que ha salido de tanto abono.

Mi nueva morada


Desde su más tierna infancia, a mi esposo le han fascinado los suizos. Tal vez fuera porque mi suegro los llevaba a él y a su hermano a comer a un restaurante donde le daban salchichas gordas con chucrut, porque desde niño descubrió que allá quedaba la sede de la FIFA y la UEFA (o sea que es como el Vaticano del fútbol) o porque hubo en los años ochenta una moda arquitectónica del estilo alpino, pero el caso es que cuando vio la casa el techito puntudo ,vigas a la vista y paredes de troncos, quedó enamorado. Yo, por mi parte, quedé embelesada con el jardín lleno de árboles frutales y soñé que estaba haciendo conservas y tartaletas con frutas que yo misma había cogido (extrañamente en este sueño también tenía vacas y el cuerpo de Claudia Schiffer). Creo que la combinación de los sueños de ambos (creo que el cuerpo de la Schiffer también aparecía en el sueño de Jorge) junto con la felicidad de Matías de poder correr sin arnés nos convencieron de que esta era la casa para nosotros. Nos pasamos hace ya quince días y poco a poco nos hemos ido dando cuenta de que este no es precisamente un chalet suizo. Empezando  porque no estamos en Suiza. Estamos en la vereda de Fagua en el municipio de Chía en el departamento de Cundinamarca y aquí nada es como en las laminitas de las montañas de Jura que nos mostraron en el colegio.

Para empezar, mi chalet no fue construido por suizos meticulosos sino por colombianos ingeniosos que tomaron una cabaña y le fueron añadiendo espacios a medida que creció la familia, razón por la cual hay unos desniveles bien coquetos por toda la casa, no tan obvios como para que se note a simple vista pero lo suficientemente disímiles como para que uno se vaya de bruces si no sabe que ahí están. Los desniveles vienen en combo con las goteras los guardaderos profundos y oscuros en donde uno teme entrar porque no sabe si se va a encontrar una guaca o al tío Olaf que fue a buscar una linterna y nunca salió. Lo único suizo de la casa parece ser la altura de la persona que usaron como referencia para hacer los mesones de la cocina, que a mí me dan en tercera costilla esternal. Para completar, el teléfono es intermitente, la luz es temperamental y el internet es más raro que el trébol de cuatro hojas.
Además, mi chalet no queda en una montaña rodeada de nieve sino en un valle rodeado de lodo. Y no del lodo play europeo con el que hacen masajes sino el fango común y maloliente sazonado con hollín y miaos (no me refiero a los chinos). Y en lugar de pintorescos delicatessen que venden Emmental y pino noir con chocolate, mis vecinos venden chunchullo, rellena y gallina premiada.

Casa Camelo, el chalet criollo

Sobra decirles que estamos felices. Jorge ya tiene amigo en la choripanería de la esquina, Matías distingue entre tres clases de cuchuco y yo no me quito la ruana. Porque la verdad es que no vivimos en un chalet suizo, sino en un chalet criollo. Quedan todos invitados (traigan botas).

Sala del Chalet (el único espacio organizado. Gracias Mami y Pili)

El campo de batalla marital


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El Campo de Batalla

Compartir mi lecho nunca me ha resultado fácil. Mi compañero de colchón ronca, me ataca con armas químicas y sonoras, me habla mientras duerme y a veces se levanta y alega conmigo, todo mientras duerme. Y yo lo he aceptado casi todo de buena gana y hasta con amor, pero en estas noches de frío sabanero me resulta muy difícil perdonarle que me robe las cobijas. Eso ya no es uno de esos detalles que primero enamoran y después emboban. Esto es grave. Es guerra, y guerra a muerte. Bueno, guerra a frío.

He consultado a Sun Tzu y dice el gran maestro que hay que conocer al enemigo. Hay que conocer sus estrategias. Hay que ponerles nombres místicos a esas estrategias y luego buscar contras y ponerles nombres místicos a esas contras. Lo he anotado todo en mi súper cuaderno Ninja Operación Tortuga Duerme Bien.

  1. “Engarza y enrolla”. Esta consiste en que el guerrero debe usar la uña del dedo gordo del pie –que debe estar sin cortar ni limar desde hace rato- para engarzar en ella la cobija y luego halarla hacia sí, dejando descubiertos mis pies.
  2. “Enrolla y pisa”. En esta maniobra, el guerrero asume posición boca-arriba y toma las cobijas con las dos manos; luego, se voltea 45 grados hacia la dirección opuesta a su contrincante y pisa las cobijas con la panza. Nota: la panza debe ser prominente (esto lo podía hacer yo en embarazo pero ya no. Maldita dieta…)
  3. “Sushi roll”. Para realizar efectivamente este rollo el guerrero debe dar un giro de 180 grados completo y quedar enrollado en las cobijas. Esta es una de las maniobras más difíciles de realizar pues se necesita gran velocidad y sutileza para no despertar al contrincante.

 

Mis estrategias de defensa y recuperación térmica también están anotadas:

  1. “Arco invertido helado” En este movimiento que requiere gracia y flexibilidad, la contrincante se posiciona de espaldas al guerrero, arquea la espalda y, usando los dedos para manipular el pantalón de la piyama,  ubica sus pies gélidos en los gemelos del guerrero. Al contacto con el frío intenso, el guerrero normalmente suelta las cobijas.
  2.  “Puercoespín”. Aquí, la contrincante traza una línea recta imaginaria y ubica sus codos, rodillas y dedos gordos en dicha línea, ejerciendo presión sobre la nuca, el coxis y los tobillos del guerrero. Se debe tener buen tono muscular para poder penetrar las cobijas en caso de que el guerrero se encuentre en posición “Sushi roll”.
  3. Medusa”. Este se debe usar como último recurso: consiste en ubicar la melena de la contrincante directamente sobre la cara del guerrero, quien despierta temeroso y asfixiado y suelta las cobijas.

 

Todo se vale en la guerra y en el amor, y cuando la guerra es con el amado, vale hasta la nariz fría en la nuca. Es eso o empiezo a dormir en saco como si estuviera acampando. Ahora que lo pienso, la carpa me resolvería el problema de las armas químicas también…

Mi confesa indiscreción


Eating's Not Cheating

Si esto fuera cierto...

No, no ¡ya te dije que no! No puedo. No me mires así. No eres tu, soy yo. Mira, hace un par de años no lo hubiera pensado dos veces pero ya no soy la misma. Ahora soy mamá y tengo que pensar en mi hijo. ¿Cómo voy a enseñarle la diferencia entre el bien y el mal, cómo voy a inculcarle valores si sucumbo ahora? La promesa de unos instantes de placer no pueden hacerme tambalear. Di mi palabra.

Claro que un poco de placer no me caería mal. Ha pasado mucho tiempo y, bueno, al fin y al cabo soy humana. La carne es débil. Yo soy débil. Siento cómo me debilito con sólo mirarte…pero no. Mejor no. Además, Jorge se daría cuenta. Me vería la cara de culpa y sabría. Pero, ¿quién es él para juzgarme? Él también lo ha hecho, estoy segura. Además, hay una gran diferencia entre ser infiel y ser desleal y yo aquí no estoy siéndole desleal a nadie.

Pero no se trata de él; se trata de mi, de mis principios, mis convicciones. Yo no quiero defraudarme a mí misma. Quiero ser fuerte. Pero también quiero ser divertida. A veces extraño esa otra yo, la yo de antes, la que reía fácilmente y no se tomaba la vida tan en serio. La que te habría dicho que sí mil veces ya. No te niego que he soñado contigo, no una sino muchas veces. Sueño con volverte a sentir pero sé en mi corazón que una sola vez podría conducirme a la ruina. Bueno, ¿será que una vez es tan grave? No del todo…sólo la puntica no más. Una probadita del fruto prohibido es bueno porque sólo el que conoce el vicio puede apreciar al virtud. Ay, por favor, estoy desvariando.  Delirio de la falta que me hace todo lo que me estás ofreciendo. ¿Cómo dejé que esto llegara tan lejos? ¿Por qué te dejé entrar a mi casa

Yo sé por qué. Porque en el fondo siempre supe que iba a rendirme. Tu también lo sabías, por eso has esperado pacientemente. Está bien. Vamos. Pero no aquí. En la cocina, donde nadie nos vea. ¡Pacito! Ay, qué delator es el sonido del empaque de papel metalizado. Ya está. Ahhhh. Fuiste todo lo que esperaba y más. Ahora me tengo que lavar los dientes y la cara para que cuando Jorge me salude no te huela en mi aliento. Debo protegerlo de esto. Él no puede saber. Y Matías está demasiado niño para entender. No, es mejor guardar este secreto, por más que me pese. Esto sólo puede pasar una vez y ya.

No, no, mañana no. Tal vez la semana entrante porque Jorge se va de viaje. Tendría que ser después de almuerzo, durante la siesta del niño. Pero ¿y la empleada? La podría mandar a comprar algo al supermercado. No, esto tiene que parar. Ya estoy maquinando y conozco muy bien este sendero. Lleva derechito al infierno. Lo mejor es dejar las cosas así. Gracias por todo. Adiós. Qué lástima, pero adiós.

Ya pasó. Nadie tiene que saber. Queda entre ustedes y yo. Pero no me juzguen demasiado duramente. Sí, hice trampa, pero una trufita de vez en cuando no le hace daño a nadie ¿cierto?

Columna de participamiento (participación-agradecimiento)


Andy García...¿o no?

Esta es mi última columna como mujer soltera. Me caso el próximo domingo, en gran parte gracias a la tecnología. Mi esposo y yo nos conocimos por teléfono, nos enamoramos por e-mail, fijamos la fecha por Messenger y participamos vía esta columna (ya, dense todos por participados).

Para serles sincera, creo estoy un tris nerviosa.

Pero no por la boda ni el compromiso que estoy adquiriendo. Estoy convencida de que el hombre que he elegido para ser mi primer marido (una nunca sabe) es el más indicado. Somos el uno para la otra. Tenemos el mismo sentido del humor, compartimos nociones políticas y morales similares, nos gustan las mismas películas, nos gusta pedir a domicilio de los mismos lugares y somos iguales de torpes y elevados. Él es un hombre inteligente, creativo, chistoso, amoroso, amable, detallista, paciente y, además, se me parece a Andy García (las opiniones divergen mucho en este punto. Mi mamá dice que se parece a Harry Potter, pero el del libro, no el de la película. Y una amiga asegura que es un cruce entre Al Pacino y Dustin Hoffman: narizón y peliflechudo). En todo caso y desde todo punto de vista, es perfecto para mí y, como toda recién casada, estoy convencida de nuestro amor, segura de que nosotros seremos los que desafían las estadísticas y de que mi primer marido será también el último.

Pero me preocupan ciertas cosas. Por ejemplo, la ceremonia. Nos vamos a casar rodeados de nuestras respectivas familias en una ceremonia íntima durante la cual es enteramente probable que suceda una o varias de las siguientes cosas: que me tenga que quitar los tacones porque me tallan, que mi sobrino Emilio bote las argollas a la piscina, que mi mamá se ponga a llorar, que mi a abuelito le de por intercambiar historias con el notario y se le olvide casarnos, que mi papá decida revisar los cultivos del sitio y darles consejos a los cuidanderos durante la ceremonia y que a mis hermanas les de un ataque de risa que se me contagie y me impida aceptar a mi nuevo esposo.

A medida que se acerca la fecha, otras posibilidades se me han empezado a ocurrir. Por ejemplo, he tenido una pesadilla recurrente: me estoy midiendo el vestido y no me sirve, me queda chiquito, y entonces me tengo que casar de sudadera y camiseta. Otro temor es que durante la ceremonia me dan ganas de ir al baño y me toca salir corriendo y rompo el vestido. Y otra más es que se me olvida la fecha y no me levanto a tiempo y todos creen que me arrepentí y mi novio se va y nunca más vuelvo a saber de él.

También está el tema del espacio. Físicamente, no cabe en este apartamento. Sólo hay dos armarios y en uno tengo mis camisas y mis pantalones y en el otro, las chaquetas y los zapatos y las carteras. Y hay dos alcobas; en una duermo y en la otra tengo mi computador y mis papeles y mis libros y mis cosas. No cabe. Además, duermo en diagonal y me enrollo en las cobijas porque en Bogotá hace mucho frío. Tampoco hay espacio en el baño. Hay dos baños, y en uno tengo las cosas de mi aseo personal y en el otro tengo mis maquillajes, cepillos, pinceles, secador, espuma, gomina, laca y bambas. Sencillamente, no cabe. Todo lo demás, la fidelidad, la monogamia, el apoyo incondicional, el amor sin límites, todo eso me parece puche al lado de tener que compartir el clóset. Otra cosa que me desvela es el control del televisor. Entregar el control es como entregar una parte de mí. ¿Qué pasará con mis series? Habrá algunas que nos gusten a ambos, pero otras no. ¿Me va a tocar abandonar a los náufragos de Lost o a los detectives de La Ley y el Orden? Ellos me NECESITAN. Y yo a ellos. Y mi esposo a mí. Y yo a él… qué enredo. Les contaré en qué queda todo. Por ahora, muchas gracias por todas las manifestaciones de cariño y apoyo que hemos recibido, y en nombre de Jorge y mío, los declaro a todos participadecidos (participados y agradecidos).

 

 

El fútbol y el matrimonio


Español: Museo de Colo-Colo, Estadio Monumental

Image via Wikipedia

Este ha sido un mes lleno de emociones. Me casé, fui a Disney de luna de miel, cumplí 31 años el jueves y Millonarios clasificó a la semi final de la Copa Nissan al vencer a Sao Paulo. Ahora, yo no soy fanática ni del fútbol ni de Millonarios, pero mi esposo sí lo es y aparentemente este es un acontecimiento histórico. Para mí no es muy claro cómo hacen los aficionados al fútbol para saber cuáles son los acontecimientos históricos y cuáles no ya que hay un partido todos los días. Todos los santos días, en algún lugar del mundo, unos señores de chorcitos se enfrentan a otros señores de chorcitos con el fin de patear un balón y de vez en cuando meterlo por un arco. Aparentemente, aunque las leyes de la física básica dicen lo contrario, es muy difícil meter un balón de 30 centímetros de diámetro por un arco de diez metros cuadrados porque cada que lo hacen, un simio gritón posee a mi marido, quien procede a saltar, gritar, enrojecerse, agarrarse el pecho como si se le fuera a salir el corazón y tumbar y regar todo lo que lo rodea durante el proceso.

Antes de casarme, cuando era la feliz Ama y Señora del Control Remoto, no tenía ni sospechas de la cantidad de partidos de fútbol que se juegan diariamente en el mundo. Según mis cálculos, a nivel mundial hay más partidos que lloviznas, y mi marido los tiene que ver todos. Pero no sólo tiene que ver el partido en sí. No, no, no, él tiene que ver el programa que viene antes del partido -en el que especulan quién podría ganar y por qué-; luego, ver el partido -que incluye en show del medio tiempo donde hablan de quién está ganando y por qué y cómo esto podría cambiar el en segundo tiempo-; seguido por el programa que viene después del partido, en el que analizan quién ganó y por qué no ganó el que dijeron que iba a ganar. Y al otro día hay que ver el comprimido (que es el mismo partido que ya se vio pero editado para que parezca más emocionante de lo que realmente fue) y los comentarios de los jugadores y los entrenadores de por qué perdieron. Es agotador. Y a veces, ni siquiera hay goles. Noventa minutos de absolutamente nada. Partidos de cero a cero. Eso es peor que esperar a que se seque el esmalte de las uñas.

En una semana he visto más partidos de fútbol que en toda mi vida, y he aprendido dos cosas. 1) Todos los árbitros del planeta están curiosamente unidos en una conspiración en contra de los equipos de mi esposo, y 2) nadie sabe qué es exactamente el fuera de lugar. El fuera de lugar está ahí con el sereno y el pálpito (ya saben, cuando las tías o las abuelitas dicen que ‘tienen un pálpito’ de que algo va a suceder). Creo que es una leyenda urbana deportiva. O tal vez haya que tener el tipo de raciocinio de los narradores deportivos, que aparte de que tienen un idioma propio –eso que hablan no puede ser Español-, tienen su propia lógica, que desafía todas las demás. Frases como “El que gana no es el que mejor juega”, “meter goles no es el único fin del fútbol”, “cuando las cosas andan mal es que algo no va bien”, “es curioso ver que desde que este equipo no ocupa el primer lugar, otros equipos han ascendido en la clasificación y “es más fácil correr hacia delante que hacia atrás” son perlas que he oído sólo en los últimos días.

Sin embargo, debo admitir que no todo es color hormiga, pues resulta que mi esposo no es el único aficionado al fútbol que hay en mi vida. Mi abuelo Óscar también ama este deporte que me resulta incomprensible. Lo único bueno de que mi esposo vea fútbol es que últimamente tengo más de qué hablar con mi abuelito, a quien le parezco ahora culta e inteligente porque sé que Colo colo no es el apodo de alguna bailarina exótica que resultó ser amante de un presidente francés. Algo bueno tenía que salir de todo esto…

 

*PUBLICADA EN OCTUBRE DE 2007

Guía para la esposa contemporánea


Good Housekeeping is one of several periodical...

Claramente no soy yo.

Con motivo de mis recientes nupcias, una amiga me envió un artículo de la revista Good Housekeeping del año 1955 que incluía consejos para ser una esposa ideal. Después de haberme recuperado del ataque de hilaridad inducido por los ‘tips’ de la revista y haberme tomado un betabloqueador para evitar en infarto que amenazó con darme luego de que me diera cuenta del que el artículo era EN SERIO, empecé a meditar sobre los cambios que han sufrido los consejos que se les dan a las nuevas esposas. Me puse en la tarea de comparar lo que dice el artículo con lo que me han dicho a mí en la infinidad de ‘showers’ pre y post matrimoniales. Juzguen ustedes.

Versión 1955: Cuando llegue de la oficina, deja que él hable primero. No le interrumpas. Recuerda que sus tópicos de conversación son más importantes que los tuyos. Haz que él sienta su hogar como un cielo de descanso teniendo todo limpio y en orden para su llegada.

Versión moderna: Divídanse el trabajo. Quien cocina no tiene que lavar los platos. Mientras comen, se reparten el derecho a alegar de tal manera que cada quien pueda rajar de su jefe, compañeros de trabajo, clientes o familia de manera alternada.

 

Versión 1955: Procura siempre estar al mando de tu hogar. Demuéstrale a tu esposo que eres un ama de casa competente y que no necesitas ayuda. Si se te sale de las manos el aseo de tu hogar, contrata a alguien que vigile los niños y dedícate a las labores caseras. Él estará feliz de saber que te pasas el día haciendo preparando la casa para él. No permitas que haya ruidos de electrodomésticos cuando él llegue y mantén a los niños lo más callados posible.

Versión moderna: Hay que tener muchacha del servicio interna y marido de por días. Y, para la salud mental de ambos, procuren tener baños separados.

 

Versión 1955: Nunca superes a tu esposo en maniobras o destrezas masculinas. No pongas en duda su juicio o conocimiento y no lo retes cuando se trata de temas intelectuales o de dominio masculino. Él siempre debe sentirse como el hombre de la casa.

Versión moderna. El portero siempre puede abrir los frascos que ustedes no. Para todo lo demás, busquen en Internet o las páginas amarillas.

 

Versión de 1955: Recuerda que como administradora de los recursos del hogar, tu eres la encargada del bienestar económico de tu familia. Pon primero las necesidades de él, luego las del hogar, luego las de los niños y deja las tuyas para el final. Revisa al menos una vez al mes toda su ropa y arregla los dobleces y botones que lo requieran sin que él te lo tenga que pedir.

Versión moderna: Nunca admitas haber comprado nada a precio completo. Siempre, todo lo que te has comprado estaba en promoción a unos precios absurdos. Durante los primeros cinco años de matrimonio puedes decir que son cosas del ‘shower’ que te hicieron tus tías que él no había visto. Busquen muchacha que sepa coser.

 

Versión de 1955: Tu día debe girar en torno a su cena. Nunca te quejes si llega tarde o no llega. Siempre ten la comida caliente y bien preparada. Si sólo hay suficiente para él, dile que ya has comido.

Versión moderna: pidan a domicilio.

Más sobre cómo ser la esposa ideal en el siglo XXI en una próxima entrega.

 

*NOVIEMBRE DE 2007

Viringos de la dicha


No-soccer

Me provoca poner esto en mi puerta...

¿Alguna vez han oído esa expresión, ‘estoy que me empeloto de la dicha’? Yo tampoco. Debe ser porque no existe. Bueno, no existe el dicho, porque la acción de empelotarse de la alegría parece ser bastante común. No en mi casa ni en mi familia, quiero aclarar, pero sí en los escenarios deportivos.

Ahora que mi esposo asume el control del televisor, me ha tocado ver varios partidos de fútbol a la semana, los que  he aprendido a apreciar por su vasto contenido educativo. No lo digo con sarcasmo. Bueno, tal vez un poco… pero en realidad he aprendido mucho viendo fútbol. He aprendido sobre la estética deportiva, sobre todo en el área de la distribución capilar facial y craneal. He concluido que entre más famoso el individuo, menos simétrico es su motilado. No sé aún si es el mito de Sansón y su melena o un cromosoma en común con los gallos lo que hace que cuiden tanto su cresta, pero lo cierto es que la fama hace maravillas con el pelo de los deportistas.

También he aprendido mucho sobre la lengua española. Al parecer, Gabo, Daniel Samper Pizano y Juan Gossaín son apenas unos aprendices, tímidos exploradores de la potencialidad del idioma al lado de los narradores deportivos que sentencian sin titubear que “este joven tiene muy buen registro en cámara y su liderato fubtolístico está muy bien aspectado en el dominio que este deportista está performacionando con el esférico”. No me lo estoy inventando. En serio dicen eso.

Pero tal vez lo que más me ha sorprendido de mis sesiones de investigación futbolística –debo fingir que estoy haciendo una investigación sociológica o no logro ver más de dos minutos seguidos- es el campo del exhibicionismo eufórico-inducido. Me refiero a que cuando un jugador mete un gol, de inmediato procede a levantarse la camisa, acto que con frecuencia imitan los asistentes en el esatadio y, temo, algunos espectadores en sus casas. A veces es más que sólo levantarse la camisa. Esta semana vimos la final de la Copa Nissan, que se disputó entre los equipos América de Méjico y Arsenal de Argentina. Aunque el América metió más goles, ganó el Arsenal (es algo así como lo que sucedió entre Bush y Gore, pero sin las corbatas). En el instante mismo en que el árbitro colombiano Óscar Julián Ruiz indicó con un pitazo que el encuentro había terminado, empezó en strip-tease. Varios jugadores perdieron sus camisas y más de uno quedó sin pantalones. Estoy hablando en serio. Al menos dos jugadores quedaron en calzoncillos. Y no bóxer, sino tanga narizona, una roja y una azul. Estando en bola se abrazaron, le dieron picos a la copa, corrieron por la gramilla agitando los brazos y brincando unos encima de otros. Fue un espectáculo similar al que seguramente vieron los griegos en las Olimpiadas originales, que se disputaban en traje de Adán. Tal vez sea por eso, porque la memoria genética existe y en alguna parte de los deportistas de hoy sobrevive un gen con la información que relaciona el deporte con la desnudez de sus ancestros esculturales. O tal vez sea porque ellos tienen un cromosoma que alerta al cuerpo de la necesidad de oxigenar las tetillas cuando se siente felicidad. O a lo mejor es porque quieren estar más cerca de Dios y sienten que deben estar como Él los trajo al mundo. O quizás sean simples exhibicionistas. El caso es que los jugadores de fútbol son los únicos que yo haya visto que asocian el triunfo con la embiringada. He visto transmisiones en vivo de los Premios Óscar, los Nóbel y hasta los TV y Novelas, y hasta ahora no he visto a nadie correr por el escenario liberando sus pectorales de las construcciones de la ropa. Sólo en el fútbol. Eso de empelotarse de la dicha debe estar ligado a la estética del pelo largo atrás y cortico adelante. A lo mejor es causado por un daño cerebral que ocurre cuando “el esférico” les pega en la cabeza.

Sobre la espera


Está bien, está bien, ya sé que he estado un poco monotemática últimamente, pero la verdad es que una solo se casa, por primera vez, una vez en la vida. Reconozco que esto puede resultarles un tris aburrido y que deben estar cardiacos de que les hable de mi boda, pero les prometo que esta es la última vez… al menos por este mes. La honesta verdad es que, aunque esta columna saldrá la semana entrante, la estoy escribiendo el día de mi boda. En este instante están maquillando a mi hermana mayor, ya están listas mi hermana menor y mi mamá y sigo yo. Les voy a ser muy sincera: estoy de un relajo total. Ayer me regalaron el masaje más delicioso del mundo, me hicieron el famoso baño de luna, hice la dichosa ofrenda de huevos y me puse pepinos en los ojos esta mañana.  Ya llegó el fotógrafo, el notario está en camino, el chef acaba de entrar y el novio durmió acá, así que todo está bajo control. Si yo estuviera más relajada, estaría en coma.

Dado que he tenido toda la mañana para pensar y meditar, mi mente ha pasado por tópicos tan variados y dispersos que no he podido concentrarme en un sólo que me guste para escribir esta columna. He meditado sobre los orígenes de las bodas, sobre la naturaleza de las relaciones monógamas, sobre la condición humana y sobre los fundamentos del maquillaje correctivo, pero todos esos temas me pasan volando por el inconsciente mientras una sola frase se repite constantemente: ya casi, ya casi, ya casi.

Ya casi, después de tantos años, tantos retos, tantas dificultades, después de haber superado literalmente la vida y la muerte, ya casi nos vamos a casar. Bueno, la verdad es que ya estamos casados porque, según dice mi papá, uno se casa cuando decide que esa es la persona con la que uno quiere estar el resto de la vida. Yo escogí hace rato que quería que fuera Jorge el que me sostuviera la mano cuando naciera mi primer hijo; el que me consolara cuando nos sorprendiera la muerte de alguien cercano; el que compartiera conmigo la alegría de mi nominación al Nóbel (soñar no sólo es gratis, es libre de trans fat). Hace rato tomé la decisión, hace rato sé que en sus brazos quiero despedir y recibir todos los días que me faltan por vivir. Sí, ya sé, cursi total, ¿no? Pero, en fin, qué quieren que les diga… lo amo. Lo he amado a través de varios estilos de peluquiado, algunos menos favorecedores que otros, así como él me ha amado a mí a través de kilos de más y de menos y al menos tres colores de pelo.  El que hoy nos estemos casando por fin es una celebración de nuestra tenacidad, un testimonio de nuestro compromiso por mantener viva una relación que a veces parecía más emproblemada que el Titanic.

Pero henos aquí, a minutos de hacer público el deseo privado (de nuevo, los derechos de autor de ese concepto son de mi papa) de unir nuestras vidas. No podría estar más contenta. No podría estar más segura.  No podría estar más aburrida… esta maquillada está eterna.  Me está empezando a dar hambre y desde acá veo la caja en la que está la torta. Mi torta es, como era de suponerse, de CHOCOLATE.  He jugado solitario toda la mañana, me intenté volar para ver a mi novio, que está en la casa principal de Casa Inspiración y tiene internet y Direct TV y acceso a la nevera, pero mi mamá dijo que era mala suerte, me confiscó el celular y me encerró cual Rapunzel.  Pero el hambre y la espera son nada. Ya casi, ya casi, ya casi arranca este tren, esta vida juntos, esta sociedad conyugal. Lo que vale la pena, vale la espera y he esperado a Jorge toda mi vida, que dentro de pocos minutos estará imbricada con la de él durante el resto de nuestros días y aún después de que se nos acaben.  Ya casi y para siempre, mi amor.  ¡Al fin!

* ESCRITA EL 14 DE OCTUBRE DE 2007, MINUTOS ANTES DE MI BODA.