El gran regalo de la maternidad


Empecé a contar historias como estrategia de supervivencia escolar. 

Todo empezó porque yo aprendí a leer antes de entrar al colegio (me enseñó mi amigo imaginario, pero esa es otra historia) y mis compañeros me perseguían durante los descansos para que les leyera los cuentos del libro de Español, que era verde con dibujos de niños jugando en la carátula.

Les leí todos los cuentos, después los poemas y finamente las adivinanzas, pero un día vi que ya había llegado al final de libro y no tenía nada más que leer. Informé a mi público expectante que ese día no habría show y Para mi gran sorpresa, las cinco niñas y dos niños que me habían seguido hasta el árbol protestaron. Y no sé si fue la cara de decepción que me hicieron, el temor a que me tocara hacer algún deporte o, más probable, el horror de verme sin fans lo que me llevó a decirlo, pero les dije que había encontrado otra historia y me hice la que les leía una historia que me sabía.

Y luego, otra. 

Y otra y otra y otra más, hasta que un día se me acabaron las historias que sabía y me las empecé a inventar. 

Fue lo máximo.

Varias semanas más tarde, una asidua espectadora le pidió a la profesora que le leyera el mismo cuento que yo le había leído, la profesora dijo que esa historia no estaba en el libro y hasta ahí me llegó la felicidad. La profesora me regañó y quedé con fama de mentirosa, pero descubrí que me encantaba contar historias, inventar fantasías y compartirlas. 

Dije que quería ser escritora y nadie se sorprendió. A los cinco años, tenía el camino claro, mi destino estaba escrito, la fama no se haría esperar. 

Pero entonces, crecí. 

Me llené de temor. Me dije a mí misma que el mundo no necesitaba mis historias porque ya había muchas y eran mejores que cualquier cosa que yo podría aportar, que mi sueño de ser escritora era irrisorio y que si lo intentaba el mundo entero se iba a burlar de mí.

Me desvié académica y profesionalmente de la escritura hasta llegar a un punto en el que mi vida eran las palabras de los demás.

Hasta que llegó Matías. 

Cuando sostuve a mi hijo en mis brazos, supe que haría cualquier cosa por él, que lo apoyaría en todas sus empresas, que financiaría todos sus impulsos, que aplaudiría todos sus logros y secaría todas sus lágrimas. Me imaginé a mí misma diciéndole que todo era posible, que él podía hacer realidad cualquier sueño. 

Y entonces me imaginé a mi hijo preguntándome cuál había mi sueño, y vi a mi futura yo diciéndole “Yo tuve un sueño alguna vez pero lo abandoné y ahora no tengo autoridad moral para decirte a ti que no abandones el tuyo.”

Pensar en decir eso me dio más miedo que publicar una historia y que se rieran de mí, más miedo que hacer el ridículo, hacer el oso, ser poco original, ser cursi, ser ingenua o ilusa o cualquiera de las cosas que hasta ese momento me habían dado miedo. Decidí en ese instante que esa conversación nunca iba a ocurrir, que en el peor de los casos le iba a decir a mi hijo que tuve un sueño y lo seguía luchando o incluso que tuve un sueño que no logré hacer realidad pero nunca que me rendí y menos que fue por miedo. 

Para mí, ese fue el verdadero regalo de ser mamá: ser más valiente por mi hijo de lo que había sido por mi misma, y entender que así como yo haría cualquier cosa por Matías, mi mamá y mi papá harían cualquier por mí. 

Ese día empecé a escribir de nuevo como cuando era niña, inventándome historias y con ganas de compartirlas con el mundo. Y desde ese día sé que puedo decirle a mi hijo que él puede hacer realidad sus sueños tal como lo hace su mamá.

Balada de la Mamá Moderna (y el papá también)


Ahora no,Screen Shot 2016-04-07 at 11.43.25 AM

No puedo,

Duérmete,

Levántate,

Apúrale,

Despacio,

Te quiero.

Deja eso,

No lo toques,

Estoy ocupada,

Límpiate,

No te lo comas,

Termina de comer,

Te quiero.

Sal a jugar,

Entrate ya,

Ve una película,

No más televisión,

Toma una siesta,

No seas perezoso,

No llores más,

Te quiero.

Estoy en el teléfono,

Haz caso,

No tengo plata,

Espera a que termine,

Lo siento,

Ojalá pudiese,

Te quiero.

Ya casi llegamos,

No te va a doler,

Dame un besito,

No puedo cargarte,

¿Puedo jugar contigo?

¿Otra vez vas a salir?

Te quiero.

Ya no me coges la mano,

Ya no me llamas,

Ya nunca te veo,

¿Viste mi mensaje?

¿Estás ocupado?

¿Me presentas?

Te extraño.

Ideas geniales


Mati con el libro más grade que hemos visto.

Mati con el libro más grade que hemos visto.

A veces se me ocurren unas ideas que sólo pueden ser descritas como destellos de genialidad centelleantes que bailan ante mis ojos cerrados y me generan cierta satisfacción personal. Tuve una de estas ideas brillantes ayer, que fue festivo. Verán, quería ir a la Feria del Libro de Bogotá pero no quería tanto tumulto entonces esperé porque, claro, ¿quién va a ir a la Feria del Libro un viernes festivo?
Es puente, me dije a mí misma y a mi esposo, así que todo el mundo se va a ir de la ciudad y la feria va a estar despejada, dándome todo el tiempo y el espacio que necesito para acariciar los libros como si fueran mascotas, buscar los que más me necesitan y adoptarlos para traerlos a su nuevo hogar en mi biblioteca.
Mi raciocinio era infalible. La idea estuvo buenísima, tan buena que otras cincuenta mil personas la tuvieron exactamente al mismo tiempo y allá nos encontramos haciendo fila para entrar.

Siguiendo la mariposas amarillas...

Siguiendo la mariposas amarillas…

No hablemos de la estrechez ni del olor ni de la incomodidad, que ustedes solitos pueden suponer. Hablemos, en cambio, de la felicidad que me produjo este maremágnum de bibliófilos. Sí, dije felicidad, porque si bien odio la muchedumbre –más cuando ha llovido y la muchedumbre huele a humedad, sudor y mazorca- me encanta que la gente acuda en masa a ver libros. Me llena de optimismo porque significa que leer sigue siendo plan y que los libros siguen siendo objeto de deseo y culto y no sólo herramientas para nivelar mesas y usar como portavasos.
Vi muchas personas con bolsas llenas de nuevas aventuras esperando a ser descubiertas y sobre todo muchos niños y niñas felices buscando ese libro que todos los del salón se están leyendo. Y vi a mi hijo embrujado por miles de tomos bellamente ilustrados que contenían la promesa de llevarlo a otro lugar, a otro tiempo, a otra vida.
Eso fue lo mejor de todo. Mati, mi pequeño ratoncito de biblioteca, se empezó a

Macondo era el país invitado.

Macondo era el país invitado.

emocionar cuando reconoció las mariposas amarillas en el andén que lleva a CORFERIAS y casi se desmaya cuando entramos al pabellón infantil. Nunca había visto tantos libros en un solo lugar y no podía creer que en el mundo hubiera tantas historias por descubrir. Debió abrir varias docenas libros y sus deditos recorrieron amorosamente cientos de ilustraciones antes de escoger los cuentos que finalmente trajimos a casa.
Esta es la primera vez que voy a la Feria y no traigo nada para mí, pero no importa porque esta vez fui yo la que le di algo a la literatura. Un nuevo lector, enamorado para siempre de la dicha que sólo da abrir un libro por primera vez.
De verdad que fue una idea genial, aunque el año entrante creo que iremos entre semana.

La mamicartera


Mi mamicartera. Esta foto no es un montaje.

Mi mamicartera. Esta foto no es un montaje.

Yo estaba preparada para la transformación. Yo sabía que mi cuerpo no sería el mismo pero todo eso lo enfrenté con gracias y dignidad (y la ocasional rabieta porque pensaba que con la última contracción dejaría de ser parturienta y me convertiría en mamá y todo volvería a la normalidad.

Ja, ja, ja. Aparte de las estrías que me dejaron como si me hubiera revolcado con un tigre, se me deformaran los pies y los globos oculares, se me oscureció el pelo, me salieron canas, me volví alérgica a mi marca de maquillaje predilecta y se me resecó la piel y quedé con problemas de azúcar en la sangre

Pero no sólo sufrió mi cuerp. Sufrieron mis posesiones. Antes de tener que pensar en banalidades como alimentar a mi hijo yo podía invertir una porción generosa de mi quincena en la compra de útiles e insumos profesionales como libros, esmaltes para uñas, polvos, cremas, ungüentos, perfumes, barras hidratantes para labios, estilógrafos, cuadernos de diseñador y trufas de whisky. Y todo iba a dar a una de mis fabulosas carteras. Ay, cómo me encantan las carteras…y las billeteras y las bolsitas y los portalápices y los monederos y los portalabiales y los estuches y todas las cositas con cremallera y espejitos y…en fin, tienen la idea.

Mas ahora, mi cartera, otrora de tamaño decente y hecha en cuero, negra, con mariposas en relieve y forro satinado, altar y receptáculo de todas mis vanidades, banalidades y feminidades, es ahora grande, de material antiinflamatorio, a prueba de agua, sismoresistente, deforme y decididamente maternal. Abro mi mamicartera, con cautela meto la mano y me topo con al menos cinco crayones, pañuelos faciales en diferentes estados de humedad, un surtido de partes de juguetes –un brazo, una cabeza, un casco que no pertenecen al mismo cuerpo- y algo que alguna vez se pareció a una barra labial hidratante con sabor a cereza que ahora está mordida y babiada.  Además mi mamicarera tienen un lugar para el jabón antibacterial, los pañitos húmedos, el Neosporin, las curitas del Hombre Araña (que sirven tanto para las laceraciones reales como para las imaginarias), el atomizador desinfectante, el Spray Mágico (que espanta arañas, zombies y monstruos comeniños), botella de agua, termito con jugo, coca con tapa hermética con trocitos de manzana verde, bolsita hermética con trocitos de zanahoria, marcadores lavables, hojitas para rayar (porque no todos los restaurantes tienen juguetes para niños, lo cual debería ser obligatorio por ley) y una billetera que está que se revienta porque además de mi pase, mi cédula y dos billetes de diez contiene el registro civil, el carné de la EPS, el carné de vacunación, el carné del colegio, la tarjeta con el número del pediatra y las tarjetas de las cuatro mil empresas de salones de juegos con maquinitas y atracciones (ya no son de monedas) y las tarjetas de descuentos de club infantil de siete restaurantes distintos.

No cabe duda, a la mamita se le reconoce por la cartera. Pero no cambiaría la mía por nada…aún. Feliz Día de la Mamicartera habiente y nos vemos en la fila (no sé cuál pero siempre hay una).

 

* PUBLICADA EL 12 DE MAYO DE 2013 EN LA TARDE

La Feminista y las Mariposas de Cerámica.


No he sido precisamente la más fanática del Día de la Mujer. No me gusta su origen, lo que representa, cómo se celebra, cómo se ha mediatizado y cómo se usa para vender rosas baratas en los semáforos. Fo, fo, fo. Año tras año me debato entre escribir al respecto y tratar de no sonar latosas (pueden leer las columnas de otros años aquí, aquí y aquí) y simplemente ignorarlo y esperar que la gente que me manda tarjetas virtuales de felicitación entienda que aprecio su cariño pero deploro este día.

Pero este año…ay, este año estoy en problemas.

Bolsa con mariposas

Bolsa con mariposas

Mariposas anti-feministas

Mariposas anti-feministas

Lo que pasa es que mi hijo, mi hermoso, tierno e inocente bebé, está en el Jardín y allá han sucumbido a la tentación de celebrar este día macabro y hoy, justamente hoy, 8 de marzo, día que detesto, ha llegado con un regalo para mi. Pero no cualquier regalo; no un bouquet de flores marchitas ni una tarjeta prefabricada. Por supuesto que no. Mi hijo ha llegado con un móvil de mariposas de cerámica que él mismo hizo y pintó y luego metió dentro de una bolsa de papel marrón que además decoró con papel de seda.

¿Qué hace una en este tipo de situaciones? En el manual de la Clínica no había ningún capítulo sobre el efecto que el estrógeno tendría sobre mi feminismo, ninguna advertencia sobre la posibilidad de que las mariposas estropearan años de animadversión. Pero ahí lo tienen, este regalo de mi hijo me enterneció. Y me lo entregó dándome un beso babiado y diciéndome “Feliz día de la mujer, Mami.”

Lamento informarles que se me encharcaron los ojos.

¡Pero, por Florance! ¿Qué me pasa?

Es una conspiración. Los promotores de este día sacaroso han reclutado a los niños y eso es sencillamente cruel. Es bajo. Es ruin. Es…bastante efectivo. Porque ahora tengo el móvil de mariposas colgado del techo y la bolsa pegada al corcho del que pego todos los artes de mi hijo y no puedo, no puedo generar el veneno de otros años.

Siento los suspiros de desprecio, los gruñidos desaprobatorios. Lo sé. Me los merezco. Pero es que estas delicadas y deformes creaciones de cerámica, colgadas con amor de hilos sucios y surcados con cuentas plásticas –probablemente chinas y tóxicas- las hizo Matías. Ustedes no entienden. Con razón Simone de Beauvoir nunca tuvo hijos. Un solo móvil y Llegó para quedarse habría tenido como protagonista una mariposa.

O tal vez no. Tal vez sea sólo yo. Tal vez sea pasajero y un día no muy lejano me siente con Matías y le explique sobre teoría de género y le hable de Judith Butler y le cuente sobre las sufragistas y veamos Erin Brocovich arrunchados comiendo crispetas.

Tal vez otro día, pero no hoy. Hoy sólo tengo ojos maternales para mis mariposas de cerámica. El año entrante alegaré sin duda…salvo que en el colegio les enseñen a hacer rosas en porcelanicrom.

 

Primera semana de colegio


Lunes en la mañana: se fue sin problema. No lloró. Soy una mamá fantástica, mi hijo tiene mucha confianza en sí mismo y eso es todo gracias a que lo he criado con amor y esto significa que va a poder con cualquier obstáculo y va a ser famoso y me va a dedicar todos sus triunfos.
Lunes en la tarde: no me han llamado del colegio. No me ha extrañado ni poquito. Eso es que no me quiere. Claro, estaba ya harto conmigo y está dichoso de poderse volar. Soy una mamá horrenda.
Martes en la mañana: Lloró. Dice que no quiere ir al colegio. Claro, como yo nunca lo mandé a nada y no lo dejé ir con nadie sino que estuvo conmigo siempre pues eso es que no se va a poder adaptar y va a ser un antisocial y nadie lo va a querer y va a vivir en el garaje de la casa y coleccionar chicles usados toda la vida. Soy una mamá horrible.
Martes por la tarde: la profesora dijo que se había calmado sin problema. Soy la mejor mamá del planeta y mi hijo es resiliente y capaz de navegar las turbulentas aguas de la sociedad infantil.
Miércoles por la mañana: Tuvimos un accidente y tocó cambiarlo antes de ir al colegio y ahora todos los niños se van a burlar porque no tiene el uniforme y van a pensar que es que no hicimos bien el proceso de quitarle el pañal porque soy perezosa y el niño no va a hacer bien su etapa y según Freud eso le va a generar problemas psico-sexo-socio-afectivos y nunca va a ser feliz. Apesto como mamá.
Miércoles en la tarde: no se comió la lonchera. La profesora dijo que se había comido todo el refrigerio y todo el almuerzo. Eso es porque yo siempre le he dado comida variada y lo he llevado a restaurantes y nunca le di de esa comida de bebé simple ni compotas de hígado y el niño tiene buen gusto y va a ser chef y va a poner un restaurante que se llame Angelita’s y vamos a ser famosos y soy una mamá estupenda.
Jueves en la mañana: Pero ¿por qué no se come la lonchera? ¿Será que no le gusta lo que le empaco? ¿Será que no le estoy comprando el mecato adecuado, que no estoy al tanto de los pasabolas trendy y lo estoy condenando al ostracismo prejardínico porque los demás niños se burlan de su lonchera del siglo pasado? Soy una mamá horrible.
Jueves en la tarde: Se despidió de beso y abrazo de la profesora. Ella siempre me cayó bien. Ella es joven y linda y lo carga y está haciendo todo lo posible para que esta transición sea fácil. Elegí el mejor colegio para mi hijo. Soy una mamá espectacular.
Viernes en la mañana: ni siquiera me dio beso. Llegó y se le lanzó a los brazos de la profesora. Perra inmunda, me está tratando de quitar a mi bebé. No lo voy a permitir. Mi bebé es mío y no lo comparto con nadie. Soy una mamá espantosa.
Viernes en la tarde: ¿Tengo que hacer esto otra vez el lunes?
Conclusión: voy a investigar sobre home schooling. Mientras tanto, necesito una agüita de Valium y una siesta.

 

Dèjá vu


 

English: multi slides

Hagan de cuenta…

 

Este temor lo he sentido. Miro hacia abajo y vuelvo a tener seis años y soy la niña gorda que no cabe en el rodadero. Ya he sido la niña gorda que reventó el columpio, la niña gorda con la que nadie quiere jugar al subibaja (porque el otro no bajaba), la niña que no podía deslizarse por el tubo a lo bombero porque los gordos de las piernas desafiaban la gravedad, la niña gorda que nadie quiere delante en la fila en la fiesta porque se comía toda la torta. Bueno, en fin, la niña gorda.

Ya no soy una niña gorda. Pero estoy en la cima de un rodadero y temo que no voy a caber. ¿Cómo llegué aquí? ¿Cómo diablos me encaramé a esta cosa? Matías. Matías, mi hijo temerario, mi bebé adicto a la adrenalina. Ama las alturas, la velocidad, y sobre todo, los rodaderos. En un abrir y cerrar de ojos se encaramó por la escalera, corrió por la rampita y desde lo alto  de rodadero me gritó Mamá, mírame. Yo, pálida y rauda, me trepé como pude para alcanzarlo. El rodadero era demasiado alto para alcanzarlo desde abajo –mido 1.57 así que no era mucho lo que alcanzaba- y no tenía laderas altas y se podía caer antes de llegar a mí. Una vez allá arriba vi que las opciones para bajarnos no eran muy buenas. Podía echarme  Matías al hombro y bajar por la escalera de cuerda por la que nos habíamos subido, pero no me pareció prudente. Había un tubo pero… no. Y estaba el rodadero. Dos metros arriba y de los viejos, de los de lata asesina que cualquier imperfección hace las veces de navaja y podía tajar la delicada piel de mi bebé. Y así fue como llegué acá y ahora soy la mamá gorda sentada en el rodadero rodeada de adultos que señalan y ríen, con mi bebé sobre mi regazo diciendo Dale Mamita, rápido, rápido.Hay otros niños detrás de nosotros haciendo fila para tirarse por la lata esta. Y yo haciendo cálculos mentales que arrojan los peores resultados: no voy a caber. Mis caderas se van a quedar engarzadas en las laderas de aluminio y volvería a oír el terriblemente familiar sonido que hace la carne al sobar el metal, ese fastidioso “squich” lento y agudo que dura lo que tarda la bajada. Pero es inevitable.
Agarro con fuerza a Matías, miro suplicante al público implorando su misericordia, cierro los ojos y ¡zum!¡sush! Nada de squich, nada de atascos ni impedimentos, sólo velocidad y viento y, ¡ay, el suelo! A último minuto usé mis tobillos para frenar contra el borde del rodadero y me dolió sólo un poco. Pero Matías estaba dichoso y yo estaba en éxtasis. Cupe por el rodadero…ya no era más la niña gorda. Nos lanzamos varias veces más y desde ese día rodamos juntos docenas de veces más por otros rodaderos. Algunos nos miraron de manera extraña pero vimos muchas sonrisas y nuestras carcajadas opacaron cualquier ruido desaprobatorio.
Tal vez la dieta esté funcionando, tal vez los estándares para el diseño de rodaderos haya cambiado en vista del aumento de peso de la nueva generación, pero no importa. Nadie me quita lo rodado.

 

 

Mi nueva mejor amiga


Brazilian model Gisele Bündchen at the Fashion...

Gisele antes de ver La Luz de la comodidad

 

No celebramos el Día de Acción de Gracias en Colombia, pero igual quiero participar porque este año tengo mucho que agradecer. Tengo un hijo hermoso, un esposo amoroso, padres saludables, hermanas fabulosas, un sobrino que fue el mejor del salón este año…en fin, muchas cosas maravillosas. Pero aquello, o mejor, aquella que me tiene más agradecida que todo lo demás es Gisele Bünchden.

 

A primera vista podrían creer que Gisele Bündchen y yo no tenemos nada en común. Claro, ella es una supermodelo brasilera multimillonaria despampanante y yo…bueno… no soy brasilera. Pero no importa porque la razón por la cual estoy agradecida con ella es porque ha salido en defensa de la comodidad.

 

Resulta que Gis (así le decimos las amigas) se negó a usar tacones altos en un reciente desfile de Balenciaga, alegando que se desacostumbró a usarlos porque ahora es mamá y ya tiene que pensar en la comodidad ante todo. Y con ese comentario ha desatado una tormenta que ha convertido los zapatos cómodos en algo chic. Y eso significa que yo estoy a la vanguardia del calzado.

 

Les seré sincera, nunca usé tacones porque no les veía la gracia. Yo mido poco más que metro y medio así que necesitaría tacones de mínimo 10 centímetros y creo que me sangra la nariz a esta altura. Alguna vez me dijeron que los tacones ayudaban a adelgazar la cadera pero igual necesitaría andar en zancos, así que no trato de engañar a nadie y mejor prefiero los crocs y las chanclas de dedo. Y esta preferencia siempre me había condenado al rechazo. Las que usan tacones puntudos y botas de plataforma en las fiestas siempre miraban mis baleticas de abuela y se reían despiadadamente…pero ahora puedo decir que Gis y yo estamos en las mismas.

 

Además, como si fuera poco, compartimos las dichas y desdichas de la maternidad. Esto significa que no importa lo glamorosa que luzca en las portadas de las revistas, en algún momento del día ella también huele a queso, tiene leche en el pelo, compota en la camisa y mocos en los pantalones porque bebé es bebé y que la mamá tenga o no piernas kilométricas le importa un bledo a la hora de cargar el pañal o alegar porque no encuentra el chupo.

 

Por eso esta mamá en busca de la comodidad es mi nueva aliada. Ahora puedo decir orgullosamente que mi “mami look” es digno de las pasarelas europeas y quien diga lo contrario que coma un tarrado de tacones.

 

Ahora, para que mi vida sea perfecta, sólo me falta que Gisele y sus amigas modelos se nieguen a hacer dieta y pongan de moda la celulitis y las estrías, acepten las canas y las arrugas con gracia y digan que no hay nada más sexy que usar las camisetas desteñidas del marido como piyamas. Hagamos una cosa, yo arranco y vemos si las demás me alcanzan. Estoy optimista…al fin y al cabo, ya pasó con los tacones.

 

¿Juguetes demasiado correctos?


Mr. Potato Head and Friends

Image by Ian Muttoo via Flickr

Empezaré por decir que sé perfectamente que la palabra demasiado tiene una connotación negativa de exceso y que no tengo el vicio irritante que tienen algunos de usarla como sinónimo de muy o mucho. No digo que alguien me cae “demasiado bien” ni que me resulta “demasiado interesante” un libro, ni mucho menos le digo a mi esposo “te amo demasiado”. Habiendo aclarado lo anterior quiero decirles que me encontré un juguete que recibió Matías de regalo hace poco que es demasiado correcto. Lo digo en el sentido anatómico pues dicho animal está…como dijera…sumamente bien dotado, aún para estándares de semental. Mi hijo curioso no tardó en descubrir el bulto e inquirir sobre él y como yo (entrenada por mi mamá que estudió Montessori y es experta en sexualidad en adolescentes y todas esas cosas raras) le he enseñado los nombres correctos de las partes del cuerpo, sin recurrir a eufemismos ni apodos, le dije qué era el bulto y pensé que lo olvidaría pronto. Lamentablemente, a Matías le pareció que el día que vino a almorzar el jefe de mi esposo era el momento perfecto para mostrarle el caballo e indicarle, con entonación entusiasta y dicción inequívoca, dónde quedaba el pene del superdotado equino.

Todos nos reímos -¿qué otra opción nos quedaba?- pero yo quedé con la duda de si estaba haciendo lo correcto, y si los fabricantes eran mis aliados o no en mi campaña para educar a mi hijo sin tapujos ni tabúes.

La verdad es que en el tema de juguetes, Matías tiene de todo; una arañita que de ocho patas con cabeza, tórax y abdomen en lugar del cefalotórax y abdomen que debería tener haciendo que luzca como una hormiga mutante; dinosaurios con mini-biografías detallando qué comían, cuando rondaron la tierra y cuáles eran sus enemigos; el Señor Cara de Papa, que tiene ojos, bigotes, zapatos y docenas de cosas más que no tiene ningún otro tubérculo…

¿Lo confunden? ¿En lugar de dejarlo jugar con la cebra y el león debo enseñarle que los leones se comen a las cebras? ¿Le debo explicar que Enrique y Beto tienen una relación especial? ¿Me hago la loca si algún día me pregunta dónde está en papá de Roo o aprovecho la historia de Kanga para sensibilizarlo sobre las dificultades que enfrentan las madres solteras?¿Y si me pregunta por qué Mickey y Minnie no se han casado?

Tal vez me preocupo en exceso. Mis juguetes preferidos eran una Barbie cin cuerpo de portada de Playboy y su Ken, que nunca tuvo ni casa ni carro propios y que tenía calzoncillos en alto relieve empotrados en sus genitales de tal manera que nunca pude verle el pipí (y admito que se lo busqué). Eso no parece haberme traumatizado mucho así que tal vez no deba esperar que los juguetes carguen con la responsabilidad de ser “correctos”. Sólo deben ser divertidos; la correcta debo ser yo. Vaya…

 

* PUBLICADA EL 16 DE OCTUBRE DE 2011

Requisitos de paternidad


Estimado señor;

Gracias por su interés en la paternidad. Como bien sabe, el Día del Padre es un festivo muy codiciado y dado que hay regalos y un posible almuerzo de por medio, entenderá que no podemos aceptar cuanta solicitud recibimos. Antes de procesar su formulario le rogamos se fije atentamente en la lista de requisitos indispensables que ofrecemos a continuación.

 

Para ser Papá:

Es obvio que primero debe fabricar un bebé y aunque esto pueda sonar placentero, después de la diversión furtiva se tendrá que aguantar a su señora en embarazo. Esto incluye, pero no se limita, a sobarle la barriga, la espalda y los pies; decirle varias veces al día que no está gorda, que aún la considera atractiva y que a usted lo excitan las estrías y los pies de payaso; conseguirle cuanto antojo le de, sin importar que estos le parezcan extraños o francamente cochinos; secarle las lágrimas cuando le de el ataque porque va a ser mala mamá, porque ya no quiere estar embarazada, porque quiere que la mamá de ella se vaya a vivir con ustedes o porque no quiere volver a ver a nadie. Ah, y debe estar presente para el parto. No importa que se desmaye de sólo pensarlo. Usted estuvo cuando entró y debe estar cuando vaya a salir. Así de simple.

Una vez llegue su bulto de felicidad deberá hacer caso omiso de lo que registran sus ojos y decir que es el bebé más hermoso que jamás haya visto. También debe hacer caso omiso de su nariz e insistir que el pañal no huele mal y que con gusto limpiará cuanta cosa salga disparada de este cuerpecito sin titubear. Deberá privarse del sueño y pasar cientos de noches en vela, a veces sin motivo aparente. Se resignará a que su camisa huela siempre a queso, que su corbata preferida se use ocasionalmente como babero improvisado y que no vuelva a haber superficies secas en su hogar.

Cuando crezca un poco se deberá acostumbrar a ser el malo del paseo cuando haya que administrar medicamentos, quitar objetos cortopunzantes, bajar de sitios altos o explicar con amor que no hay plata para comprar una réplica a escala de la Estrella de la Muerte que viene con todas figuritas y estalla con fuego de verdad.

Hará tareas de materias que no existían cuando usted estaba en el colegio, se someterá a indagatorias penosas sobre su pasado, verá cómo se pone a prueba cada ápice de conocimiento que ha adquirido y como se desprecia su experiencia. Todo esto lo tomará con tranquilidad y de ser posible con una sonrisa.

Verá cómo sus sueños de un auto deportivo, un viaje a la playa o un dispositivo brillante y costoso se desvanecen para poder pagar los juguetes con los que nadie juega, la guitarra que se tocará una vez y luego irá a un rincón del clóset y las clases de karate, canto, cerámica, mandarín, etc.

Si considera que no es apto para lo anterior, absténgase de diligenciar el formato. De lo contrario, FELIZ DÍA DEL PADRE.

 

*PUBLICADA EL 19 DE JUNIO DE 2011 EN MUNDO MODERNO