La piñata de la discordia


10173006 (1) Si está haciendo cara de confusión y no entiende por qué algo tan sencillo como jugar sillas musicales y ponerle la cola al burro puede crear discordia, no tiene hijos o aún no tiene nietos. Todos los demás están asintiendo.

Para aclarar, las fiestas ya no son como nos tocaron a nosotros. Eso de manualidades y pasabocas hechos por la mamá está más out que el parasol y los guantes de encaje. Las fiestas de ahora tienen que tener como mínimo telonero, acto principal, recreación dirigida pre-torta y zona de esparcimiento con wifi post-torta. ¿Y la comida? Díganle adiós a las salchichas de tarro y papitas con salsa rosada. En una fiesta que tuvo mi hijo ayer teníamos, entre una veintena de niños menores de 6, una vegetariana, uno alérgico al gluten, uno que no comía nada con colorantes artificiales, uno que no come cerdo por motivos religiosos, tres que no toman gaseosa porque la mamá no los deja, dos que no comen embutidos, dos que no comen chocolate, otra que trajo su propia comida macrobiótica y uno que dice que es alérgico al color azul (ojo, no al colorante sino al color. No se sienta en nada azul, no toca nada azul ni juega con niños vestidos con prendas azules).

¡Pero yo quería un pony!

¡Pero yo quería un pony!

Los niños no son lo más difícil. En el colegio de mi hijo hasta el momento no hemos tenido fiestas extravagantes y las mamás en general estamos en la misma tónica de fiestas divertidas para las que no toque empeñar la casa, pero sé de algunas amigas que han sentido la presión por que las fiestas sean en salones alquilados, dar piedras preciosas en las piñatas -las cuales, para que sepan, son más agresivas que un avispero toreado- y sorpresas que valen más que el mercado de la semana. Es, francamente, ridículo.

Esta semana supe una mamá que les cobró multa a los niños que no asistieron a la fiesta de su hijo y otra que les manda las sorpresas llenas de galletas con caritas infelices. Hubo otra que no sé si odiar o admirar que cobra por niño adicional (es decir, hermanitos o hermanitas que no sean del salón pero que quieran ir o que no tengan con quién quedarse). Me parece de mal gusto pero también entiendo que cuando uno tiene las sorpresas contadas es incómodo que lleguen de sorpresa con un niño adicional.

¿En serio? ¿Sólo un sabor de torta? ¿Y las velas ni siquiera son en forma de Colt 45?

¿En serio? ¿Sólo un sabor de torta? ¿Y las velas ni siquiera son en forma de Colt 45?

¿Qué hacer entonces? Como mamá de un invitado, sugiero tener sorpresa extra en el carro por si el niño se sube llorando porque no le tocó nada de la piñata, doughnut del sabor que le guste al chino por si la torta estaba maluca y un teterito de Nervocalm para usted.

En caso de ser la dueña de la fiesta, tenga sorpresas unisex de sobra, el teléfono del domicilio más cercano y un barril de Nervocalm para todos.

PD/ El tema de la próxima fiesta de Mati va a ser Buddha: meditación, ayuno y silencio.

Consejo para una nueva mamá


Habrá momentos como estos.

Habrá momentos como estos.

Esta semana supe que una de mis primas preferidas está en estos momentos gestando a quien malcriaré con libros y chocolates cada vez que pueda.
Me emocioné profundamente al saber de este bebé y por eso, cuando hablé con mi prima, le di el único consejo realmente útil que le puedo dar a cualquier mamá: confía en ti.
No es tan fácil como suena. Muchas mamás, (la tuya, la mía) te dirán qué hacer y qué no hacer y cómo hacer y no hacerlo y tu vas a querer oírlas a todas. Vas a pensar que ellas saben más que tu porque tienen más hijos o los tuvieron hace más tiempo o criaron catorce hermanos y co-criaron a tus 13 primos; vas a sentir que tu no sabes nada, que los libros que te leíste te fallaron, que el curso psicoprofiláctico debió ser más bien una maestría y que este bebé que llora en tus brazos se merece alguien más preparada. Vas a temer, y presa del temor, les vas a hacer caso.
Y después de que lo hagas, te vas arrepentir. Lo sé porque las veces que he cargado con culpa maternal ha sido porque hice algo que en el fondo no quería hacer. La vez que dejé que llorara porque alguien me dijo que estaba demasiado consentido. La vez que se lo dejé cargar a alguien porque no quería ser odiosa y lo dejó caer. La vez que no quería mandarlo al jardín pero no quería malcriarlo y me llamaron a decirme que estaba ardido de la fiebre. La vez que sabía que tenía algo y el pediatra dijo que era sólo una alergia pero en realidad era rubeola. Cada vez que ignoré mis instintos y silencié mi corazón para hacerles caso al panel de expertas o el comité de co-criadores a distancia, me pesó. Cada vez que permití que alguien me echara en cara que su bebé dormía toda la noche, que ella sí producía galones de leche de calidad exportación o que ese papá había cortado el cordón umbilical con una espada afilada por el Rey Arturo, sentí que me estaba traicionando a mí misma y a mi hijo.
Pero aprendí. Ya no me importa que me digan que mi hijo es consentido cuando lo cargo si está llorando me valen nada las miradas regañadoras de las mamás “firmes” cuando se dan cuenta de que no lo mando al colegio si se siente mal (y en una ocasión porque me dijo de frente que quería estar un ratico más conmigo), y menos aún los fruncidos de las mamás que ven que si el niño dice que está lleno no le insisto para que coma de más. Esa es la lección más valiosa que me ha enseñado la maternidad, y la comparto con todas las neo-mamás. Al carajo las revistas, gracias por los libros, agradezco los consejos, pero al final del día sólo importa el amor.