Ideas geniales


Mati con el libro más grade que hemos visto.

Mati con el libro más grade que hemos visto.

A veces se me ocurren unas ideas que sólo pueden ser descritas como destellos de genialidad centelleantes que bailan ante mis ojos cerrados y me generan cierta satisfacción personal. Tuve una de estas ideas brillantes ayer, que fue festivo. Verán, quería ir a la Feria del Libro de Bogotá pero no quería tanto tumulto entonces esperé porque, claro, ¿quién va a ir a la Feria del Libro un viernes festivo?
Es puente, me dije a mí misma y a mi esposo, así que todo el mundo se va a ir de la ciudad y la feria va a estar despejada, dándome todo el tiempo y el espacio que necesito para acariciar los libros como si fueran mascotas, buscar los que más me necesitan y adoptarlos para traerlos a su nuevo hogar en mi biblioteca.
Mi raciocinio era infalible. La idea estuvo buenísima, tan buena que otras cincuenta mil personas la tuvieron exactamente al mismo tiempo y allá nos encontramos haciendo fila para entrar.

Siguiendo la mariposas amarillas...

Siguiendo la mariposas amarillas…

No hablemos de la estrechez ni del olor ni de la incomodidad, que ustedes solitos pueden suponer. Hablemos, en cambio, de la felicidad que me produjo este maremágnum de bibliófilos. Sí, dije felicidad, porque si bien odio la muchedumbre –más cuando ha llovido y la muchedumbre huele a humedad, sudor y mazorca- me encanta que la gente acuda en masa a ver libros. Me llena de optimismo porque significa que leer sigue siendo plan y que los libros siguen siendo objeto de deseo y culto y no sólo herramientas para nivelar mesas y usar como portavasos.
Vi muchas personas con bolsas llenas de nuevas aventuras esperando a ser descubiertas y sobre todo muchos niños y niñas felices buscando ese libro que todos los del salón se están leyendo. Y vi a mi hijo embrujado por miles de tomos bellamente ilustrados que contenían la promesa de llevarlo a otro lugar, a otro tiempo, a otra vida.
Eso fue lo mejor de todo. Mati, mi pequeño ratoncito de biblioteca, se empezó a

Macondo era el país invitado.

Macondo era el país invitado.

emocionar cuando reconoció las mariposas amarillas en el andén que lleva a CORFERIAS y casi se desmaya cuando entramos al pabellón infantil. Nunca había visto tantos libros en un solo lugar y no podía creer que en el mundo hubiera tantas historias por descubrir. Debió abrir varias docenas libros y sus deditos recorrieron amorosamente cientos de ilustraciones antes de escoger los cuentos que finalmente trajimos a casa.
Esta es la primera vez que voy a la Feria y no traigo nada para mí, pero no importa porque esta vez fui yo la que le di algo a la literatura. Un nuevo lector, enamorado para siempre de la dicha que sólo da abrir un libro por primera vez.
De verdad que fue una idea genial, aunque el año entrante creo que iremos entre semana.

Buñuelos regalados


547975357Estoy en ese terrible limbo artístico que ocurre cuando se tiene una obra terminada -en mi caso, una novela- pero aún no publicada, momento oscuro y detestable en el que a uno lo asedian todas las dudas propias y ajenas sobre la calidad tanto del juicio del artista como de la obra misma y uno queda reducido a un manojo de nervios tratando de encontrar agente, publicista o comprador entre una maraña de contactos. En los últimos días me he hecho amiga en redes sociales de personas a quienes probablemente no reconocería en persona y he enviado mensajes a mis amigos que dicen más o menos “Oye, esa persona que conoces en Linkedin/Facebook/Twitter con quien probablemente no hablas desde hace diez años y quien a duras penas saludabas en el colegio…¿será que me la puedes presentar a ver si quiere ser mi agente literario?” entre otros intercambios humillantes. Y todo esto mientas enfrento el silencio incómodo que ocurre cuando digo que soy escritora y la gente me pregunta que dónde puede comprar mi libro y yo digo que en ninguna parte porque aún no ha sido publicado.
Y eso que el silencio es mejor que el consejo producto de la ignorancia o las super ideas de quien no tiene ni idea de cómo funciona el negocio de los libros. Cualquiera sea la ruta, parece que la conversación está destinada a terminar en el parqueadero de “Y entonces, ¿cómo haces?”.
La pregunta es necia y tendenciosa porque basta con mirarme para saber que no padezco hambre, pero tiene un tufillo de juicio, como si el que aún no hubiese triunfado monetariamente haga que no me merezca la ayuda, que no me merezca que me sostengan, que no debo comerme el buñuelo comprado con el salario de mi marido porque eso está a dos pasos de la mendicidad (y a uno de la prostitución).
Pero quienes juzgan a quienes comemos buñuelos regalados ignoran o eligen olvidar que Henry David Thoreau comía de las donas que su madre y hermana le llevaban todos los domingos a Walden Pond para que fuera una artista independiente, que su amigo Ralph Waldo Emerson lo invitaba a comer con frecuencia y que la tierra en donde construyó su pintoresca cabaña era prestada por un vecino adinerado. También olvidan que Ghandi, Van Gogh y Jesús comían con frecuencia buñuelos (o su equivalente indio, danés e israelí) regalados. Se limitan a ladear la cabeza, a suspirar profundo y agradecer que ellos ya maduraron y no tienen esos sueños infantiles ni esas ínfulas de artista que tanto daño le hacen a la economía. Al hacerlo, nos hacen un poco más difícil el camino a los ilusos profesionales.
Aún así, seguimos por ese camino, mis hermanos artistas y yo, con las bodegas llenas de esculturas, los cajones llenos de manuscritos, el ático lleno de cuadros, pero más importante aún, la cabeza llena de sueños.
Pero por si se nos olvida decirlo, agradecemos mucho los buñuelos.

Oda al libro no leído


518666975Siempre he creído que el único tamaño que importa es el de la biblioteca  y la mía es grande y con tendencia a la expansión. Sin embargo, he encontrado que tanto en la mía con en la de mis amigos, ídolos y tutores hay un porcentaje alto (también con tendencia al crecimiento) de libros no leídos. Y, quiero aclarar, no son libros por leer, es decir, libros en la lista de espera para cuando termine el actual, y ni siquiera en la lista de “leeré algún día”. No, se trata de libros que no voy a leer nunca, que no tengo intenciones siquiera de ojear y de los cuales no pretendo saber nada.
Algunos pensarán que tener libros de esta clase es presuntuoso, que sirven para inflar el ego, descrestar al visitante o despistar al enemigo, como queriendo sugerir que mi conocimiento es vasto por habérmelos leído todos, pero ese no es el caso. Al menos, no para mí.
Incluso, hasta hace poco no sabía exactamente por qué me gustaba tenerlos a la mano hasta que supe que Umberto Eco no sólo tiene su propia anti-biblioteca, sino que sugiere que esta debería ser aún más grande que la suma de los libros que sí hemos leído.
La razón, dice Eco, es que los libros sin leer representan lo que no sabemos, lo que no tenemos cómo saber, y tener un recordatorio de lo mucho que aún no conocemos nos ayuda a mantener cierta humildad con respecto al conocimiento humano en su -pequeña- totalidad y sobre todo con respecto a nuestra propia aglomeración de conocimiento.
Porque, toca reconocerlo, lo que sabemos, por mucho que sea, es poco. Mi abuelo Miguel decía que la ciencia es la pequeña porción de nuestra ignorancia que hemos logrado clasificar, pero lo que no hemos podido ordenar es superior a todo esfuerzo humano. Para muchos el conocimiento es un adorno, algo capitalizable como diría Pierre Bourdieu, que nos ayuda a ascender social y laboralmente, como una medalla de la cultura o un premio al Nerdismo, pero la cosa no va por ahí. Tener presente lo que no se ha leído y aceptar la inevitable realidad de que nunca nos vamos a leer todos los libros de la biblioteca es una manera de aceptar que nuestra mente es un proyecto de nunca terminar y que el fin no siempre llega cuando uno acaba porque a veces no se trata de acabar. Lo divertido está precisamente en la imposibilidad de agotar, de tachar todos los ítems de la lista, de ver la pila de libros leídos y darse vueltas con satisfacción y decir “no me queda más por leer.”
Que ese día nunca me llegue, que las estanterías no me alcancen y que mi saldo bibliofílico esté en rojo hasta el día en que me entierren con mi antibiblioteca.

Más sobre tamaños que importan en esta columna

Sobre mi bibliofilia aquí y aquí

De abejas, mitos y pesares


La miel, dulce, deliciosa y mágica.

La miel, dulce, deliciosa y mágica que me dejaron las abejas.

Marc Twain dice que las abejas son humanas. La crueldad con la que tratan a los improductivos, la manera como desechan los zánganos, la despiadada reclusión de la reina en una oscuridad sin fin rodeada de adoratrices maquinadoras que termina con el espectáculo de su enfrentamiento a aguijonazos con su propia hija son, según Twain, razones suficientes para afirmar que las abejas son tan tontas y sus vidas regidas por tanta politiquería que sólo humanas pueden ser.
No sé si le crea del todo a Twain pero sí sé que las abejas tienen algo mágico.
He amado las abejas toda mi vida, desde que mi mamá que contaba la historia de la abeja y el Rey Salomón. Hasta he llegado a pensar que mi don de la palabra se la debo a una abeja que se posó en mis labios de bebé pues decían los griegos que así les llega su don a los poetas. Los griegos, además, creían que a la miel se debía el poder adivinatorio de la Triada de ninfas aladas (Melania, Kleodora y Daphnis) que vivían en el Monte Parnaso y recibieron a Apolo, y a quienes Rhea les entregó a Zeus para que lo alimentaran con el líquido sagrado.
Los egipcios, por su parte, tenían símbolos de abejas en los pilares de Karnak, el obelisco de Luxor y en Tanis, y en el templo de Dendera hay una inscripción que cuenta cómo Osiris emula a las abejas en el templo y da instrucciones para conocer el jardín secreto de las abejas en el otro mundo; los celtas creían que las abejas llevaban y traían mensajes entre los mundos; los babilonios y los persas embalsamaban a los nobles en miel y el ángel que vino a casar a José el hijo de Jacob pidió un panal de miel.
Incluso el nombre de uno de mis personajes preferidos de Harry Potter, el Profesor Dumbledore, debe su nombre a una antigua palabra que significa abeja.

Pese a tanto amor, esta semana tuve que despedirme de las que habían escogido vivir cerca de mi. Temas de vecinos, preocupaciones, ignorancias y temores humanos me obligaron a darlas en adopción. Busqué un hombre apifílico que se las llevó a vivir en su finca. Las removió del palacio de once panales que habían construido en la caja eléctrica de la casa con sumo cuidado y rescató a Su Majestad de la oscuridad twainiana junto con la mayor cantidad posible de sus hijitas. Me dejó, eso sí, la miel pero la miel no llena el vacío dejado por mis amigas zumbantes.
Por eso he dejado instrucciones de que me entierren como se describe en La Vida Secreta de las abejas, con un panal en mi tumba para que la miel me bañe. Tal vez reviva como Glauco, el hijo de Minos, pero por si acaso hagamos como en Appalachia y díganles a las abejas que he muerto para que cuiden mi alma y me susurren durante toda la eternidad.

Uno de los once majestuosos panales, cuidadosamente extraído.

Uno de los once majestuosos panales, cuidadosamente extraído.

 

*Este escrito apareció publicado en el diario La Tarde  bajo el nombre Confieso que he leído La Abeja de Marc Twain el domingo 27 de abril de 2014. 

Super(gay) Man y las Nuevas Ligas de la Justicia


Alan Scott

Alan Scott (Photo credit: Wikipedia)

Mucha gente menosprecia el poder de las tiras cómicas y las considera una deformación populacha del noble arte de la escritura “seria”. Pero lo cierto es que las imágenes secuenciales en forma de viñetas han sido usadas para narrar historias desde los jeroglíficos, pasando por Las Cantingas de Santa María hasta llegar a The Yellow Kid y de él a todos los súper héroes mutantes extraterrestres que últimamente han saltado de las páginas a las pantallas. Los cómics modernos, aparte de hobby de nerds, son una plataforma de participación cultural como pocas porque sus páginas reflejan las preocupaciones de la sociedad contemporánea más pronto y más vívidamente que cualquier otro producto. Antes que el teatro, el cine, la televisión o la novela, el cómic book es donde salen a relucir las preocupaciones de la juventud. La historia moderna se ve en los chistes de Krazy Kat, la tensión de la guerra del Capitán América y el temor al apocalipsis tecnológico en Soldier (que inspiró la película The Terminator) y The Invisibles (que inspiró The Matrix). ¿Qué decir entonces del anuncio que hicieron los ejecutivos de Marvel Comics esta semana respecto a la orientación sexual de Linterna Verde? Pues lo único que podemos decir es que la sociedad está lista para un héroe valiente, poderoso y orgullosamente gay. Porque no crean que es una burla ni que Linterna Verde ahora vaya a ser Farol Rosado ni que los malos ganen porque él no llegó a tiempo por estarse depilando las cejas. Para nada; Alan Scott es todo lo que un héroe debe ser y su homosexualidad es simplemente una característica más.  No es un secreto, no es una subtrama, no es una debilidad. Es sólo…gay. Y no es el primero. Marvel anunció que en una edición este año tendremos una boda entre dos X Men (no un X man y una X woman) pero DC Comics ha incorporado personajes homosexuales desde 1988. Linterna Verde (Linterna Verde Tierra 2 Alan Scott, para ser más precisos) es el primer protagonista abiertamente homosexual y si bien hay gente escandalizada y curas protestando y padres de familia al borde de un soponcio, también debe haber un niño que está leyendo la tira cómica y pensando que si su héroe es orgullosamente gay, él también puede serlo.
Y ese es el verdadero valor de un producto cultural, porque lo masivo también afecta individuos. Tal vez esto de tener un súper héroe gay no parezca ser de gran importancia hoy, pero este puede ser el principio de una nueva Liga de la Justicia verdaderamente justa que incluya -además del héroe gay-  un héroe desprolijo, uno con acné y otro miope y no sólo que usa gafas como parte de su identidad secreta, y a lo mejor ellos pavimentan el camino para llegar a la heroína gordita. ¿Se imaginan la dicha de tener una muñeca de la Mujer Celulitis? Yo hasta me ofrezco para posar para la tira cómica.

De crímenes y letras


Albus Dumbledore

Dumbledore

El concepto de crimen es bien interesante. La palabra en sí proviene del latín ‘crimen’, y este del verbo ‘cernere’, que significa cernir o analizar. ‘Cernere’, a su vez, viene del griego ‘kir’, de ‘krino’ o separar, por lo que se deduce que en un principio, lo que importó no fue tanto el acto en sí, es decir, el crimen como tal, sino la posibilidad de separar a quien lo había cometido. Hay muchas maneras de definir qué es un acto considerado criminal, y lo que se considera delito varía con el espacio y el tiempo, por lo que es imposible encontrar algo que siempre y en todas partes se considere un crimen. Es posible, sin embargo, señalar que todo lo que es considerado un crimen constituye un comportamiento que dista de lo social y culturalmente aceptable, es decir, crimen es algo que va en contra de lo que la mayoría de las personas creen que es la manera correcta de comportarse. Hay otras consideraciones, como las leyes de cada estado y procesos y abogados y jueces y jurados, pero a la raíz de todo está el consenso social de lo percibido como correcto. Así las cosas, quisiera reportar un crimen cometido la semana pasada en un diario muy prestigioso de este país. El pasado sábado, 21 de junio, en la página cultural de un periódico que llamaré el Colombian Times, alguien publicó el final del último libro de Harry Potter. En otras palabras, cometió bibliocidio. Mató el libro, asesinó la emoción y nos sacó la lengua literaria a todos los que habíamos aguardado durante dos largos y agónicos por años saber qué pasaba con Harry, Snape, Dumbledore y todos los demás.

Este crimen no figura en la constitución ni en el código de derecho penal ni civil ni ninguna de esas cosas, pero es un crimen, sin duda, contra la colectividad bibliófila, contra aquellos pocos lectores devotos que hemos logrado sobrevivir. Somos una minoría, una especie en vía de extinción nosotros, los bibliófilos, los logofílicos, los que amamos la lectura y los libros, los adictos al papel, los que todavía acariciamos un poco el lomo de cada libro antes de abrirlo, los que nos emocionamos con encontrar una nueva librería. Hemos sido amenazados por las mini series y las versiones fílmicas, por los audiolibros y por los resúmenes y el incendio y la destrucción de las bibliotecas de Alejandría (Y Hvar, Dresden y hasta Nueva Orleáns) a la prohibición, a la censura, al Index Prohibitorium, a las quemas… y hasta a los periodistas arruinafinales. El desliz del Times es sólo una cosa más. Esto, también, pasará. Esta usurpación de la felicidad literaria no nos derrotará. Estamos dolidos, pero leeremos de nuevo, y leeremos más y mejor.

Claro, muchos dirán que qué importa saber el final, (y el principio y el medio, gracias al dichoso artículo) de un libro, si lo importante es el viaje a través de las palabras. Y tienen razón. El libro no está menos bien escrito por culpa de la falta de tacto de un puñado de personas. Algún día se iba a saber el final. Todos sabemos en qué queda el noviazgo de Romeo y Julieta, e igual nos lo leemos. Todos sabemos que Jorge y María no terminan juntos, pero todos los colegios piden La María en la lista de útiles de algún grado. Nadie ignora qué le pasó a Jesús, y la Biblia sigue siendo uno de los libros más vendidos. Pero saber el final no es lo trágico; es la intención que hubo detrás de querer que supiéramos. Contar el final no daña las ventas del libro, pero sí lastima un poco al lector. En esta era de lo políticamente correcto, de las marchas y los días de no sé qué y la declaración de los derechos de sí sé quién, me sorprende que los derechos de los lectores sean tan atropellados. Sepan ustedes, mis lectores, que yo no les contaré qué pasa con Hagrid ni con Hermione. Mejor les presto el  libro. (Eso sí, me lo devuelven, porque robar libros es crimen doble, porque es contra el bolsillo y contra el cerebro.)

 

* PUBLICADA EN JULIO DEL 2007

 

 

 

 

 

 

Actualización semántica


Lluvia de palabras

Lluvia de palabras

Amo los diccionarios. En vacaciones, mis hermanas y yo jugábamos  “diccionario”, que consistía en que alguien buscaba una palabra rara en el reverenciado libraco y las otras dos tratábamos de adivinar la definición real e inventábamos definiciones creativas y bizarras. A raíz de esas sesiones  fabulosas, mis hermanas y yo somos de las pocas personas que sabemos qué significan las palabras wagogo, marojo, trébede y zuavo, entre otras. Precisamente por mi amor a los diccionarios me alegra cierta nueva tendencia editorial que los ha puesto de moda. Abundan los diccionarios temáticos como el paisa o el de colombianismos, el del vino, el del queso, el gourmet, el del chocolate, el del café, el del tabaco, el del rock, el del arte y hasta el del sexo.  Como no me gusta estar por fuera de la moda, quiero adentrarme en el mundo de la confección de diccionarios, por lo que voy a hacer un ensayo con ustedes. Por eso, voy a actualizar algunas palabras cuyos significados ustedes pueden creer saber, pero que con mi ayuda pedagógica tendrán mucho  más presentes de ahora en adelante. Aquí van:

Amor: dejar que él/ella se coma el último pedazo

Ansiedad: lo que todo columnista siente al darle “enviar” a lo que ha escrito.

Aprehensión: lo que siente cualquier madre cuando alguien respira antes de contestar la pregunta “¿te parece que tiene las orejas muy grandes?”.

Confusión: lo que sienten los hombres en un almacén de ropa interior

Desasosiego: lo que sienten las mujeres en un taller mecánico

Éxtasis: una caja de chocolates

Felicidad: lo que llega cuando decide finalizar la dieta

Fidelidad: la del perro que corre al lado del amo que va en bicicleta

Generosidad: que un niño te ofrezca su chupo

Gratitud: no tener que darle a nadie

Inútil: lo que son un globo de peltre, un jabón decorativo o una flor de plástico

Idolatría: lo que siente un niño por la tía que le pasa dulces al escondido de la mamá

Ira: lo que siente la mamá de ese niño por esa tía cuando el niño no duerme en toda la noche porque está hiperactivo gracias al azúcar de los dulces.

Incredulidad: sentimiento que suscita oír la frase “es sólo una amiga/amigo. No pasó nada entre nosotros”

Independencia: lo que caracteriza a los gatos

Igualada: la margarita en el rosal

Intriga: lo que produce un sobre sellado, una puerta cerrada, un ramo de flores anónimo

Locura: lo que se experimenta al empezar una dieta

Nostalgia: lo que se siente cuando hay que guardar el árbol de Navidad

Matrimonio forzado: dos peces en un acuario

Orgullo: las flores sembradas en los tarros viejos de leche Klim

Pánico: lo que siente una recién casada cuando la suegra cae de visita sorpresa.

Resignación: tener que compartir

Soledad: un pez en un acuario

Segundo: periodo brevísimo que transcurre entre que el semáforo se ponga en verde y el carro de atrás empiece a pitar.

Tenacidad: lo que requieren las flores que brotan en los resquebrajamientos de los andenes.

Triunfo: hacer trampa en la dieta sin que te pillen

Trepidación: lo que se siente al mirar en un pañal

Ultimátum: lo que te da el columpio antes de que se reviente la cuerda

Ya: momento en el que me toca terminar esta columna o si no me cuelgan…

 

*PUBLICADA EN DICIEMBRE DE 2007

 

 

 

 

 

 

Punto, cadeneta, ronquido ( o por qué renuncié a ser intelectual)


"Anna Karenina" by Leo Tolstoy

Image by cod_gabriel via Flickr

Albert Einstein dijo alguna vez que había que tener mucho cuidado de no hacer del intelecto nuestro Dios porque tiene músculos poderosos, pero cero personalidad. Me encanta esa frase y la recuerdo con frecuencia, en especial cuando me reúno con algunos colegas académicos (No se preocupen, ellos no leen mi columna). Cuando mi abuelita se reunía con sus amigas del costurero, decíamos que ellas hacían ‘punto, cadeneta, chisme’, pero con mis colegas es más ‘punto, cadeneta, ronquido’. El ronquido es mío. Ellos hacen otros sonidos más aceptables, como el ‘ajém’ y el ‘ajá’ y el infaltable ‘esteeee’, y los entremezclan con citas, referencias, fuentes y anécdotas de gente que aparece en la parte de atrás del Pequeño Larousse Ilustrado. No les miento… estaba el otro día almorzando con un par de profesores y saqué unas cosas de mi cartera (mi cartera es una maravilla. Dentro hay los elementos necesarios para hacer una traqueotomía de urgencias, desmantelar una bomba y retocar mi maquillaje), acto que produjo el siguiente comentario “tienes más cosas ahí adentro que Ana Karenina en su cartera roja”. Esto engendró en mi rostro una expresión de silenciosa confusión porque en la versión fílmica- protagonizada por Greta Garbo y que me vi con mi abuela Pepita durante un festival de cine clásico que dieron durante una amigdalitis mía que me evitó tener que ir al colegio- no había tal cartera roja. Mi confusión, por supuesto, me ganó una larguísima explicación de la trama central de Ana Karenina y los diferentes niveles de lectura en los que además la careta se convierte en una metáfora para las cargas emocionales de la vida de las mujeres oprimidas. Les juro que tres cucarachas que pasaban cayeron muertas del peso de la explicación. Había cucarachas porque no fuimos a almorzar donde yo quería sino a un ‘lugarcito’ que ellos frecuentan en donde uno puede, por 5500 pesos, sentirse ‘como en casa’. Yo pensé que ‘como en casa’ significaba comodidad e higiene, mas no. Significa que el concepto de servicio al cliente es inexistente, que hay salero comunal y que como todos somos familia, los cubiertos están mal lavados. Ah, y además no sirven coca- cola, elixir divino, sino jugo mal revuelto y aguado de frutas que debieron haberse extinguido con los dinosaurios. ¿Por que, por qué, POR QUÉ la gente le dice ‘jugo’ aún cuando el agua y la fruta se han separado, se han divorciado irreconciliablemente como cualquier pareja de Hollywood? La palabra JUGO implica que hay unidad estructural, pero estos vasos contienen capas, CAPAS. Las capas están bien en las tortas y hasta en los cocteles (advertencia, los cocteles de capas de colores prenden más que gasolina de jet), pero un juego no debe parecer una bandera. Pero claro, no podemos ir donde los yanqui-imperialistas opresores que alimentan la maquinaria que mantiene sometidas a las masas y manejan el peligroso concepto del sabor y la variedad en las comidas. No, por supuesto que nosotros, los intelectuales, tenemos que comer algo llamado ‘sopa de la prosperidad’, que no resultó ser más que sopa de lentejas aguada con lo que elegí creer eran raíces chinas y no quiero que NADIE me lleve la contraria.

El postre, algún menjurje coloidal rosado dulzón de sabor que no lograba asemejarse del todo a algo que se encuentre en la naturaleza, marcó el fin del encuentro y me lo devoré para poderme ir rápidamente, pero pronto me arrepentí. Se me formó una capa de sustancia pegajosa en el paladar y tuve aliento rosado toda la tarde. Traté de disolverlo con un café después, pero la duración del sabor es, aparentemente, inversamente proporcional a la calidad de los ingredientes. Una Hershey’s kiss dura segundos, mientras que el jugo de tomate de árbol es recordado hasta entrada la madrugada.

De regreso del almuerzo pensé en todo lo que habían dicho, en cada frase que venía con notas al pie de página. Las comillas fueron mi principal fuente de proteína en ese almuerzo, así que tenía hambre. Y caminando hacia McDonalds me reí al pensar en mi amigo Einstein y lo mucho que habría gozado viendo estos adoradores del Intelecto.

* PUBLICADA EL 17 DE FEBRERO DE 2008

Los mandamientos del préstamo de los libros


Excomunión

He prestado un libro. Sucedió como siempre sucede, esa escena que los bibliófilos tanto tememos. Alguien que está de visita en tu casa empieza a curiosear tu biblioteca. Rezas para que se aburra, haces un comentario jocoso para desviar su atención pero nada distrae su mirada penetrante. De repente, con la velocidad sorpresiva y certera de una serpiente, una mano sale y toma presa un preciado volumen. Es un libro que te has leído mil veces y anhelas leer mil veces más, o peor aún, está aún con las páginas pegadas en las esquinas porque ningún humano ha violado con sus retinas la virginidad de los párrafos… está bien, se me está yendo la mano en la cursilería, pero el caso es que todos los coleccionistas literarios (suena mejor que ‘nerd’, ¿no?) repudiamos el momento en el que alguien nos pide prestado un libro. Es sumamente incómodo porque la gente no reacciona bien cuando uno sale con un “mejor no” o hasta un “mi religión me lo prohíbe”. Me hace anhelar los días en los que aún me servía el clásico “mi mamá no me deja”, pero ya ni modo. La verdad es que apenas presto un libro, lo extraño. Mi biblioteca parece caótica y desvalijada. Me invade una nostalgia terrible y me provoca llamar al prestador e instruirlo sobre el protocolo del libro ajeno. Ya no lo hice con esa amiga, pero aprovecho esta columna para decirles a todos los prestadores en nombre de todos los dueños esta súplica sencilla:

No caigas en la tentación de DOBLAR LAS ESQUINAS. En todas partes le regalan a uno separadores de hojas y calendarios y cositas que uno puede usar para marcar el lugar en el que va sin tener que dañar el libro. Tampoco es buena etiqueta librera dejar el libro abierto boca-abajo. Esto le da escoliosis al libro e ira a mí. Usa el envoltorio de una chocolatina, una tarjeta de presentación, un pedacito de periódico aunque sea, pero no dañes el librito…

Es igualmente importante mantener un nivel básico de higiene. El papel, como sabrás, es un material poroso que guarda durante décadas el olor a empanada, papitas fritas, mandarina, etc. Abstente de comer o beber mientras lees, pues corremos el riesgo de que la página 102, justo en el párrafo de la candente escena de amor o a punto de descubrir al asesino, quede una enorme mancha de grasa en forma de tu huella digital que para siempre olerá a longaniza, arruinando la experiencia lectora. Si te da hambre, separe la hoja (como he indicado anteriormente), come y lávate las manos antes de reanudar la lectura.

Asimismo, aunque parezca obvio –me da casi pena mencionarlo- procura evitar estornudar o toser hacia las páginas. Y, te ruego, no entres en libro contigo al baño. Las escenas en las que alguien lee en la tina rodeada de velas se ven bien en la pantalla, pero en la vida real suponen un peligro para libro.  Ah, y queda TERMINANTEMENTE PROHIBIDO RE-PRESTAR. Esta actitud, si bien en su origen es noble, produce más pérdidas que el diluvio. Crees que eres buena persona cuando alguien te ha prestado un libro y se lo recomiendas a una tercera persona, que generalmente no tiene contacto alguno con el dueño original. En ese momento, las probabilidades de recuperar el libro son más peligrosas que las de una banda de ‘reggae’ en un rally del Klu Klux Klan

Finalmente, amigo prestador, quiero hablar de la devolución. No te quedes con el libro un año para luego decirme ‘ah, ni lo leí’. Eso es como dejar podrir el mercado por el que has mendigado. Dime que te encantó, así sea mentira. Haz que mi sacrificio valga la pena, dime que te ha cambiado la vida ese libro y que nuestra amistad se ha fortalecido. Pero, ojo, no me hagas escoger entre ambos porque temo que podrías salir perdiendo.

*Publicada el 15 de marzo de 2008

 

La utopia del lector


Cover of "Mulholland Drive"

Cover of Mulholland Drive

Dado que se acerca mi cumpleaños (ajém) estuve chismoseando el sitio Amazon.com, que ofrece millones de libros. Quería ver si me antojaba de algo puesto que hace rato no estoy al tanto de las novedades editoriales, pero me encontré con algo más que una novedad. Me encontré con Utopia.

Verán, la semana pasada Amazon lanzó @author, una función que permite a los lectores de Kindle (un dispositivo electrónico que permite leer libros en una pantalla en lugar de el ya anticuado papel) hacerles preguntas directamente a los autores. Imagínense eso…uno está leyendo y con presionar un botón puede contactar al autor y hacerle cualquier pregunta.

Obvio, hay que respetar ciertas reglas y no hay garantía de que uno obtendrá una repuesta satisfactoria. Amazon sólo promete hacerle la vuelta, pero hasta ahí. Lo que ofrecen es un foro abierto en donde no sólo el autor sino otros lectores pueden hacer y responder preguntas. Lo que pretenden es crear comunidades alrededor de los libros y prolongar (¿o extender?) la experiencia lectora más allá del libro como objeto y volverlo vivencia. Una especie de club. Y como todo club, habrá gente chévere y gente que va con los calzones puestos debajo del vestido de baño y se orina en la piscina (ustedes saben de quién hablo).

Pero haciendo a un lado los demás lectores, la posibilidad de interactuar con el autor de una manera tan personal, si bien mediada por la tecnología, me parece fascinante. Pero pensándolo bien, podría ser un fastidio para el autor.

Lo digo porque si yo hubiese tenido a la mano a Gabriel García Márquez cuando me estaba leyendo Cien Años de Soledad, el pobre hombre no habría tenido ni un minuto de paz. Cada dos o tres páginas le habría enviado un mensaje pidiéndole que me explicara en qué generación de los Buendía estaba y con cuál hermana se había casado al fin el italiano y al fin cuál de las Remedios era la bella y cuál era la loca (¿o eran ambas las dos cosas?) y habría querido ver fotos de la tal cola de marrano. Lo mismo es cierto para otros libros como El Nombre de la Rosa (habría fastidiado a Umbertico porque hubo ratos en los que me perdí en la biblioteca) y La Invención de Morel (la máquina esa me produjo pesadillas y habría llamado a Adolfo Bioy Casares a las tres de la mañana a insultarlo). No quiero ni imaginarme lo que haría si leyera El Exorcista…

El peligro es que este tipo de comunidad se popularice y se extienda al cine, por ejemplo. Creo que me echarían al otro día porque lo primero que haría sería llamar a David Lynch para que me explicara Mulholland Drive porque sigo sin entender si ella está loca o soñando o drogada o todas las anteriores. Y apuesto que no sería la única en llamar a Christopher Nolan con unas mil preguntas sobre Inception (no se hagan la que la entendieron de una).

Pensándolo bien,  esta Utopia lectora podría ser un Infierno para los escritores porque si bien el arte imita la vida, no siempre se deben juntar.

*PUBLICADA EL 18 DE SEPTIEMBRE DE 2011