Por qué uso la palabra STORYTELLING para hablar de contar historias


Hace poco leí un artículo en donde el autor criticaba el uso innecesario de anglicismos, y me llamó la atención porque incluía en su lista de agravios la palabra Storytelling

Este sometimiento se observa, sobre todo, en vocablos como storytelling. “Es uno de los anglicismos que más me molestan”, afirma Antonio Rodríguez de las Heras, “porque es como descubrir el Mediterráneo. Desde hace mucho tenemos recursos para expresar el hecho de contar historias usando distintas estructuras narrativas. Pero así, usando extranjerismos, se pretende dar la impresión de que se acaba de inventar esta palabra.

Entiendo la molestia de Rodríguez de las Heras, y sé que no está solo. Muchas personas sienten que acudir a un extranjerismo es sinónimo de pereza mental o de esnobismo lingüístico, y es posible que en algunos casos sea así. 

Sin embargo, para mí la palabra Storytelling es una manera de diferenciar lo que yo hago de lo que las personas ya conocen. Cuando hablo de contar historias, muchas personas se confunden y creen que soy cuentera o historiadora. En cambio, cuando digo que enseño técnicas de Storytelling, las personas que saben qué es de inmediato entienden que se trata de una metodología especial de comunicación, y quienes no saben me abren la puerta y me preguntan qué es eso. 

Cuando me preguntan, me dan la oportunidad de explicar, y eso es precisamente lo que busco, que sientan curiosidad, pregunten, aprendan y se interesen. 

Usar esta palabra puede parecer extraño pero para mí es una gran ventaja y creo que les ha ayudado a muchas personas a ver con nuevos ojos y renovado interés el arte y la ciencia de contar historias. 

En todo caso, en mis clases y talleres siempre hablo de la importancia de tener ortografía y dicción correctas, cuidar el uso del idioma y tener en cuenta las reglas gramaticales. El idea es comunicarnos de tal manera que respetemos el idioma y al mismo tiempo seamos fieles a nosotros mismos. 

Para mí, ser fiel a mi voz, ser auténticamente yo, implica usar palabras en español, inglés y spanglish (otras veces sencillamente me invento palabras). 

Aunque no siempre ha sido así, hoy me siento no sólo cómoda sino orgullosa de mi estilo de hablar variopinto y colorido, y con mucha frecuencia me encuentro con otras personas bilingües que cruzan las fronteras idiomáticas con regularidad y sin pena. 

He entendido con el tiempo que mi manera de hablar, con errores y rarezas, es reflejo de mi recorrido. Es posible que algunos consideren que decir Storytelling en lugar de contar historias sea un error, y respeto esa posición, pero también creo que los errores en el habla, como las cicatrices en la piel, nos muestran dónde hemos estado, lo lejos que hemos llegado, y el coraje que hemos tenido en el camino. 

Pu(n)tería pereirana


Español: Marcha de las putas en Costa Rica, fr...

Marcha de las putas en Costa Rica, frente a la catedral metropolitana (Photo credit: Wikipedia)

A raíz de la salida al aire de la historia de las tetas paradisíacas de una tal Catalina, mucho se ha dicho sobre nuestras mujeres, y como quedarme callada nunca ha sido una de mis características distintivas, haré mi pequeño aporte a la discusión usando términos perfectamente castizos y tratando de no atropellar la retina de nadie. Sin más preámbulo, hablemos de las putas, las pereiranas y la inexplicable tendencia de  algunos colombianos de presentarlas como inexorablemente imbricadas.

Empecemos por las putas. La palabra “puta” – según afirma el crítico literario, cuentista y biógrafo Julio César Londoño en su artículo Historia de una Mala Palabra– tiene una historia muy particular, pues el verbo latino “puto” (putas, putare, putavi, putatum) viene del vocablo griego “budza”, que significa sabiduría. Las primeras budzas fueron las mujeres de Mileto, cuna de la primera escuela filosófica griega, en donde las mujeres podían asistir a las academias y participar de la vida pública. Cuando la filosofía y las filosofas de Mileto llegaron a aTenas, soprenderieron a los atenienses con sus habilidades para el baile, el canto y sus conocimientos en historia, astrología, filosofía y matemáticas. Dice Londoño que eran mujeres “con las que se podía reír antes del amor, y conversar después”.  Mujeres así no tardaron en despertar los celos de las puritanas y reprimidas esposas de los atenienses, quienes pronto contaminaron la noble y hermosa palabra “budza” con su ignorante pronunciación celosa de “pudza”. Al poco tiempo, hacia el siglo I DC, había nacido la palabra “puta”, sinónimo de meretriz.

Entonces, tenemos que en su origen, las putas eran mujeres sabias, inteligentes, cultas y diestras en las artes mundanas y celestes. Si nos fijamos bien, las cosas no han cambiado mucho… aún hoy, una mujer hermosa, exitosa, culta, educada y hábil en el uso de su cuerpo para disfrutar y dar placer se le conoce como puta. Y aún hoy, la palabra se susurra con envidia.

Pero, ¿qué nos enseña esta pequeña lección de historia? Para empezar, que el noble origen de la putería no se ha perdido. Puta, distante de prostituta o trabajadora sexual, se refiere a una mujer que ha elegido estudiar, aprender, enseñar. Se refiere a una diva, a una diosa, a una mujer encantadora y femenina llena de poder sensual que toma las riendas de su sexualidad y de su intelectualidad sin disculparse y sin avergonzarse. Pensándolo bien, puta no es un insulto. De hecho, es un halago. Hijo de puta, si vamos al grano, lo es también. Así que, volviendo al tema de las putas pereiranas, creo que el término es bastante justo. En efecto, las mujeres de esta ciudad somos emprendedoras, inteligentes, ‘berracas’, trabajadoras, cultas, educadas. Nos preocupamos por salir adelante y por sacar adelante nuestros hombres. Y si a eso vamos, desciendo orgullosa de una larga línea de putas, empezando por Rita Arango Álvarez del Pino, que fue una valiente, temeraria y aguerrida mujer que desafió los cánones de la época e hizo historia porque tenía una mano fuerte con qué cogerse la falda. Es que, viéndolo bien, mujeres que rompen en molde es lo que hay en Pereira. No tenemos que ir muy lejos para ver que tenemos mujeres sobresaliendo en todo: economía, política, periodismo, deportes, ciencias y artes.

Siendo así, creo que la putas pereiranas tenemos mucho de qué estar orgullosas. Somos miembros de una estirpe elite de mujeres extraordinarias. Y, como bien se sabe, lo extraordinario siempre hace temer a los ordinarios. Así que no nos sorprendamos cuando hombres y mujeres de ciudades aledañas y o lejanas se refieren a nosotras como putas y lo dicen con desdén en lugar de reverencia. Nosotras, las putas, hemos soportado los celos durante siglos. Dejen que hablen, que si están hablando de nosotras, es porque hay mucho qué decir. Mejor así… ¿quién quiere ser de esas que no vale la pena envidiar?

* Esta columna fue publicada en el 2006 a raíz de un reportaje y ha sido una de las más populares de Mundo Moderno. Inspiró un movimiento de Mujeres del Putas y varias veces me saludaron el la calle diciéndome “Oye! Yo también soy puta!”. Lamentablemente algunos no entendieron el sentido y pensaron que era una apología de la promiscuidad.

 

Cuando el cerebro estorba (a los demás)


 

poster for The Matrix

En serio, si lo analizan, la película tiene un problema grave de lógica.

 

Mi hermana Lina me acusa de haberle arruinado varias canciones, al punto que ya me tiene prohibido cantar en el carro. Mi esposo me ha pedido que no le haga observaciones sobre la veracidad histórica ni científica de las tramas de sus películas preferidas. Mi mamá y mi papá han dejado de enviarme datos interesantes por correo electrónico. Y todo porque tengo la razón; pero la razón no alimenta y ni embellece y aparentemente tampoco hace amigos.

 

Verán, yo soy la que pone cuidado y saca conclusiones y dice cosas como “Pero ¿cómo hizo Cypher para entrar a La Matriz sin ayuda del programador para encontrarse con los agentes? La película no tiene sentido si él puede hacerlo solo” o  “Pero la canción Sweet Home Alabama en realidad no es una canción linda sobre el sur y está muy cargada políticamente, hasta hablan de Watergate” o escribo mensajes como “Mamita, por favor verifica los datos del mensaje que enviaste sobre [el chiste de Carnation Milk, lo malo que es el aceite de canola, el computador que me va a dar Bill Gates si le mando este correo a un millón de personas] y lee este artículo por favor”. Sí, lo sé, qué jartera de vieja.

 

Ahora, no crean que ando por ahí corrigiendo gente en la calle, aunque abundan las personas que dicen bobadas como “Sabías que los esquimales tiene más de [diez, veinte, cien, cualquier cifra exagerada] palabras para referirse a la nieve” y otros  rumores cibernéticos y leyendas . Y tal vez la culpa la tenga mi profesor de periodismo que me dijo alguna vez que nunca subestimara ni la estupidez, ni la ignorancia ni la pereza ajena pues la gente no se deja amedrentar por su presencia pasa por encima de la lógica repitiendo sin filtro cuanta cosa ve en Wikipedia como si fuera la verdad revelada. Y eso que por ahora no voy a haber de lo que pienso sobre las Verdades Reveladas.

 

Pero el caso es que la gente me acusa de pensar demasiado, de analizar las cosas que no requieren análisis, de ser incapaz de simplemente disfrutar de la vida. He pensado mucho y analizado profundamente esa acusación y he concluido que tal vez tengan razón. Nadie me ha nombrado policía de la veracidad, ni me pagan por saber que Napoleón no era bajito, que las siete plagas de Egipto en fueron diez o que la palabra gringo no es ofensiva ni hace referencia a la Revolución Mexicana y sólo me he ganado miradas regañones y muecas de horror cuando hablo del verdadero carácter de la Madre Teresa. ¿Podré dejar de hacerlo? ¿Podré simplemente callarme y dejar que la gente diga bobadas a mi alrededor sin que me moleste?

 

Suena tentador pero no creo que lo logre. Hemos comprendido que la estupidez no se puede corregir –lo máximo que podemos hacer es medicarla para adormecerla un poco- y tampoco podemos eliminar la inteligencia, o “pensadera” como le decía mi abuelo. No puedo dejar de pensar. Puedo, eso sí, dejar de decir lo que pienso. Ah, pero para eso tengo mi columna…

 

Si el libertador nos viera…


Vargas Swamp Lancers, bronze, steel and concre...

El Monumento a los Lanceros sería batante diferente si me versión se diera...

A propósito del puente festivo, quisiera hablar un poco sobre la historia de nuestra gran patria. Debo advertir de antemano que no soy experta en el tema de la historia de Colombia. Recuerdo por ejemplo que en la universidad el profesor de la materia que lleva justamente ese nombre (Historia de Colombia, para los que no estaban poniendo cuidado) preguntó si alguien sentía que tenía algún periodo histórico en particular sin dominar. Sin vacilar, levanté la mano y dije “Profesor, yo tengo una laguna entre la 1492 y el Proceso 8000”.

Sobra decir que casi pierdo esa materia. Pero han pasado los años y he aprendido un poco más sobre el tema, al punto que creo que puedo ofrecer una versión actualizada de los hechos.

Creo que si la Campaña Libertadora sucediera hoy, las cosas serían de otra manera. Miremos la batalla del Pantano de Vargas, por ejemplo. Si ahora Bolívar intentara darle la misma orden a Rook de atravesarse por una medio ciénaga para pelear en desventaja numérica contra el ejército español, no obtendría la misma respuesta apasionadamente afirmativa de antes. Probablemente Rook le diría “¿Qué? ¿Al fango?¿Estas crazy? Simon (ojo, ‘Simon’, no ‘Simón’), estoy estrenando botas Brahma de gamuza de antílope y ni creas que las voy a dañar. Mira, mejor pásame el celu y llamo a Barrerio que yo lo convenzo para que no nos demos plomo. Yo tengo un diplomado en mediación de conflictos y manejo de individuos con problemas psico-sexo-socio-afectivos. Además, tengo por allá una tía que es ciudadana española y un par de primas que trabajan en el Creppes&Waffles de Madrid, así que soy prácticamente español, me parecen súper lindos los euros y me compro la Hola cada mes para ver en qué van el príncipe Feli, Leti  los niños. Espera y verás”.

Rook saca su celular y marca. Le contestan y dice “Aló, ¿Barry? ¡Joder, tío! ¿Cómo estáis? Sí, estamos aquí al frente en el pantano este. Oye, baby, los dos sabemos que preferiríamos estar bajándonos unas birras y viendo el partido del Real Madrid en un pub, así que déjate de vainas y piensa en el futuro. En vez de esta bobada imperialista que está totalmente out, deberías darnos la libertad y hacer un contrato de outsourcing con los dueños de las fincas para que siembren de esas cosas transgénicas que están de moda. Ay, seguro que no te quedas sin puesto. Pues, abres un chuzo de paella o te pones a dar  clases de flamenco o de acento español a actores y deportistas. Claro que funciona. Mira, aquí estoy justamente con Rondón que es un tigre para eso de los discursos motivacionales. Eso es lo que está haciendo ahora Clinton. Sí, que se paran allá y dan unas charlas que dejan a todo el mundo con ganas de batallar por la causa. Todos los famosos lo hacen, y después sacan un libro sobre el tema y venden el libro en las conferencias. Es un negocio redondo Te lo llevas para allá y arma el tremendo Dream Team de consultores con Mujica, Infante y Carvajal. Claro. Mira, lo que hacemos es que seguimos el tour que teníamos planeado, porque de aquí salíamos para Boyacá, a lo de la otra batalla. Entonces, seguimos para Paipa y allá nos sentamos, hacemos una presentación en power point bien cuca, nos levantamos un video beam y unas carpetas con los logos de la Campaña Libertadora impresos full color. Bueno, pues nos toca contratar a un diseñador gráfico, pero el tipo ese de la Tipografía Nariño, los que imprimieron los volantes esos con los derechos del Hombre – y la mujer para que no nos caiga encima el batallón de Florance Thomas- y salimos de ese problemita. Listo, entonces con carpetas, presentación, coffee break y todo, convencemos a los “royals” españoles y ¡quedamos como unos príncipes! Bueno, como unos condes, pues. Realeza es realeza. Entonces, ¿quedamos? Bien. Te mando un e-mail con los detalles. Bueno, un beso”. Rook  cuelga y le dice al libertador, “Listo Boli, arma plan con Manu porque nosotros vamos a hacer esta guerra a lo moderno, sin ensuciarnos ni despeinarnos. Tu tranqui, nosotros fresh y todos happy ¿OK?”.

PUBLICADA EN AGOSTO DEL 2004

 

 

 

 

 

 

No, my Darling


Acta de Bautismo de Santa Anna

Acta de Bautismo de Santa Ana. Si fuera Santa Darling, la cosa sería distinta...

Los colombianos estamos acostumbrados a los nombres raros. Me atrevería a decir que es parte de nuestra cultura cotidiana. Todos tenemos un amigo Jason Micheal, Bryan Vladimiro o Yeims James. Casi todos conocemos al menos una Dolly Tatiana, Kelly Milady o Linda Flor. La lista de los deportistas profesionales, actores y políticos nada más contiene nombres que retan la lógica y desafían el aparato fónico. Que a fulano lo bautizaron con gasolina, que a fulana le pusieron así porque los papás le debían plata al notario, no hay burla que impida que las pilas de bautismo se llenen con los baños de las Yardely y los Batman Adolfo.

Admito públicamente que me he burlado en varias ocasiones y de vareadas maneras de quienes ostentan nombres poco comunes, o comunes pero poco castizos. Nunca pensé que llegaría el día en que defendería a los sin tocayos, pero ese día ha llegado.

Una cosa es que yo me burle, pero otra muy distinta es que alguien prohíba los nombres raros. Eso es exactamente lo que hizo el gobierno español con una colombiana.

Así como lo leen.

El pasado mes de enero, el gobierno le negó la ciudadanía a Darling Vélez Salazar, una mujer de 33 años que lleva años viviendo y trabajando en España y que había solicitado formalmente la residencia permanente en el país ibérico empezó a celebrar cuando le dijeron que su petición había sido aceptada, pero que su nombre no.

El periódico español El Mundo reportó el incidente y señaló que la ley española ‘obliga a cambiarse de nombre si esa persona tiene un hermano vivo que se llama igual, si el nombre dificulta la identificación de esa persona (porque induce a error sobre el sexo), si perjudica a su titular, si la persona tiene más de dos nombres simples o más de uno compuesto, o si el nombre es un diminutivo’ y hasta hace poco, también estaban prohibidos los nombres en lengua Vasca, pero ahora son comunes.  A raíz de lo anterior, el notario le sugirió a Darling que cambiara su nombre, tal vez a uno de un santo o una santa. Darling se negó y contrató un abogado para que defendiera su derecho de llamarse así.

Puede que quiera caminar de pasaporte, pero sigue igual de colombiana.

El asunto aquí no es de si el nombre de Darling vale la lucha o la pena. Probablemente, no. El asunto es que nadie tiene por qué decidir quién se llama cómo, y menos la ley de un país lleno de Iñakis, Begoñas, Agostiñas y Bernabeús. Si por las calles de tu pueblo camina al menos una Eudoxia y un Severino, no tienes autoridad nominal para rajar de nadie.  Por mucho que me choquen los nombres que son diminutivos o palabras rebuscadas o sonidos inventados que no merecen ser llamados nombres, me cambio el nombre a Anyi para defender el derecho de que cualquier madre pueda darle el nombre que quiera a su hijo o hija.

Además, no seamos hipócritas. La burla es tan humana como el impulso por coleccionar herramientas que no se usan. Nos niños y las niñas se burlan de sí mismos y de los demás por motivos insospechados. Tener un nombre raro será la excusa, pero uno puede llamarse Juan o Juan María de los Santos Aposentos de los Mártires (nombre real de un español), que da igual. Si los españoles quieren erradicar la burla, les toca prohibir no sólo los nombres raros, sino las facciones y las características únicas. Tendrían que eliminar a los cumbambones, narizones, ojones, grandes, chiquitos, gordos, flacos, pecosos… mejor dicho, eliminar la singularidad. Un tris peligroso este sendero. Pero si defender los nombres raros es la manera de combatir la eugenesia, entonces ¡que vivan las Wendy Dayanas, los Harley Osamas y los Onedollar!

*PUBLICADA EN FEBRERO DEL 2007

Escuela de ‘la conversa’


Català: Portada del llibre Buscant lo desconeg...

Image via Wikipedia

Es asombrosa la cantidad de malos conversadores que andan por ahí sueltos. No estoy hablando de la gente odiosa y maleducada, que no es poca, sino de las personas bienintencionadas que quieren socializar pero carecen de las nociones básicas sobre cómo conversar. Conozco unos conversadores excelentes y unas narradoras encantadoras, pero en estos días me he puesto a pensar y realmente es poca la gente con la que me iría en un carro sin radio hasta la costa. Ese, para mí, es un buen parámetro. Si uno aguanta más de una hora en un vehículo, sin radio ni cd (no hagan trampa) a punta de sólo conversa con alguien, ese alguien es una caja de música. Pero, en serio, ¿cuántos de esos conocen? Yo, pocos. Me sorprende el volumen de individuos que confunden la conversación con la interrogación y la crítica. Pobres almas descarriadas, creen que rajar y chismear y criticar y señalar todo lo que tienen de malo sus interlocutores y los cuerpos, vidas, relaciones y parientes de los mismos, es agradable. Peor, creen que están haciendo un bien. Tiene que ser así. ¿Por qué más tendríamos que soportar viejita tras viejita que cree que se le agradece que le diga a todo el mundo que está gordo, arrugado, enfermo o mal casado? Honestamente, pienso que están confundidos, y como no hay mejor remedio para la confusión que la educación, voy a proponer fundar una escuela en donde enseñemos a hacer visita. Con algo de ayuda de mis amigos y otros buenos conversadores y conversadoras, ofreceremos ‘tips’ a los asistentes para que puedan elevar su nivel de interacción y pasar de ‘vieja tan metida’ o ‘viejo tan insoportable’ a ‘qué rico hablar contigo’.

Pero mientras logramos reunir los recursos necesarios para la sede y la matrícula del ICFES, ofrezco estos consejos a los impedidos conversacionales.

Aparte de la buena dicción y un buen manejo del idioma, (por amor a Cervantes, compren un diccionario y dense cuenta de que la palabra “accequible” no existe), la herramienta más importante del buen conversador es el temario. Mi papá me enseñó que uno nunca debe hablar ni de la plata ni de política ni de religión. Yo diría que tampoco se debe hablar de la salud ni de la belleza, o falta de, a no ser que sea en términos absolutamente hipotéticos o informativos. En tales casos, se deben citar las fuentes respectivas, así “leí un artículo súper interesante en el New England Journal of Medicine sobre los beneficios antioxidantes de las fresas” en lugar de “deberías comer muchas fresas para que se te quiten esas manchas tan horribles en la cara”. ¿Ven la diferencia? Lamentablemente, muchos no. Muchas personas creen que mencionar con detalles abrumadores lo que han dormido o dejado de dormir, comido o dejado de comer, adelgazado o engordado y cómo, es agradable. Permítanme iluminarles el camino y sacarlos del error: a nadie le importa. En serio. Eso es entre usted y su médico. Al resto de la humanidad le sobra el comentario. Si no le pregunté, no me cuente. Eso va para cualquier dolor o dolencia, cirugía, tratamiento o procedimiento. Sólo mencione su estado de salud en caso de que padezcamos el mismo mal y su experiencia me sirva. De resto, guárdese el recuerdo tan celosamente como se deben guardar las trufas.

No hay que ir muy lejos para encontrar temas apropiados. Basta un esfuercito. Estos son tópicos socialmente seguros e intelectualmente aceptados: la carrera cinematográfica de Robbin Williams (ha sido chistoso y profundo, ha hecho de bueno, malo y hasta de mujer. Tema para rato); la perfección física de Bruce Willis (hay muchos ángulos que contemplar); las posibilidades culinarias del chocolate (plato fuerte, postre, frío, caliente, bebida, cubierta…); la versatilidad del café (sirve para detener hemorragias, espantar hormigas, teñir madera, como enjuague para el pelo). Por ahora, es me acabó el espacio, pero la semana entrante prometo tener un listado útil y fácil de consultar para los que no saben cómo conversar.

* PUBLICADO EN ENERO DEL 2007

Defensoría del Idioma


The Super Hero Squad Show

¡Así podría ser nuestro afiche!

¿Alguien tiene el celular de Juan Gosaín o de Daniel Samper? Los ando buscando porque quiero reclutarlos. Estoy armando un grupo de personas que me ayuden a conformar un cuerpo elite de investigación de crímenes contra el idioma, algo así como un CSI pro-español. Estoy buscando gente que me ayude a poner en marcha los horarios de patrullaje. Pero no vamos a patrullar las calles. Al menos, no inicialmente. Vamos a patrullar los medios de comunicación para atraparlos en flagrante desacato a las normas que rigen la locución y la escritura, del español en principio y de otros idiomas después. La idea es que tengamos tanto éxito que nos tenga miedo la INTERPOL.

Llevo varios días pensando cómo podríamos hacer la UICI (Unidad Investigativa de Crímenes contra el Idioma), y creo que primero tenemos que atacar a los criminales que con mayor frecuencia reinciden en los ataques contra la conjugación y la semántica. Nuestra mira estará puesta sobre presentadoras de noticieros, narradores deportivos, comentaristas radiales y candidatas a reinados varios. La próxima vez que alguien diga “es que me perfeccioné demasiado” o “se colocó brava”, llegaremos con uniformes, radios y cinta amarilla, declararemos zona de desastre e interrogaremos a los testigos. “¿Quién dijo ‘yo noto de que’ primero?”, preguntaremos, y frunciremos el ceño y tomaremos atenta nota de todos los detalles, pero más atenta nota de la gente que diga ‘el más mínimo detalle’. La gente que usa el demasiado como sinónimo de mucho y los que persisten en la utilización de la palabra ‘accequible’ aprenderá a temerle al sonido de las sirenas del UICImóvil (obvio que tendremos carrito especial con sirenas, o ¿cómo creían que iba a funcionar si no?).

Empezaríamos a lo Mockus, con multas simbólicas. A la primera infracción, pintalabios negro, para que todo el mundo sepa que dijo algo mal dicho. A la segunda, un tatuaje temporal de Miguel de Cervantes Saavedra, llorando. A la terca, cárcel idiomática en donde se levantan los reos todos los días a las 3 de la madrugada a hacer planas de letra cursiva con el método Palmer. Todas las comunicaciones son por escrito y si la solicitud está mal puntuada o con mala ortografía, se niega rotundamente el permiso. Los presos sólo pueden comer lo que pueden deletrear. Y además, para hacer visitas hay que pasar una prueba escrita.

Creo que la UICI tiene futuro. Podemos convencer al Ministerio de Educación para que los bachilleres pongan multas semánticas en lugar de hacer el vigía de la salud. Y los policías bachilleres podrían ayudarnos a aprehender a los infractores como ATH, que cree que está bien ofrecer ‘cajeros para todo mundo’ (¿cuáles mundos? ¿tu mundo y el mío?¿cuántos mundos hay, luego?) o las aerolíneas que creen que está bien decir que tienen cuatro frecuencias diarias a Pereira (no, lo que tienen son vuelos a Pereira con una frecuencia diaria de cuatro. Cuatro frecuencias es lo que ofrece el radio del carro de mi papá). Y la gente que se refiere a los Señores Caro y Cuero o los Caballeros Ortega y Gasset hay que ponerle esposas de manera inmisericorde. Lo mismo que la gente que dice ‘a grosso modo’ y ‘de ipso facto’. (Lastimar el Latín debería ser motivo de excomunión).

Por eso, repito, si alguien tiene cómo contactar a estos personajes, envíenme los datos (a mí o a Fernando Agudelo o Don Abel, que son miembros honorarios) para que podamos echar a rodar la UICI. Tendríamos el Salón de la Justicia Lingüística y seríamos conocidos como La Liga de Defensores del Idioma. Si nos apoya el Presidente, hasta podemos tener capas con letras bordadas, corona de tildes y cucos con puntos y comas…

 

 

 

De crímenes y letras


Albus Dumbledore

Dumbledore

El concepto de crimen es bien interesante. La palabra en sí proviene del latín ‘crimen’, y este del verbo ‘cernere’, que significa cernir o analizar. ‘Cernere’, a su vez, viene del griego ‘kir’, de ‘krino’ o separar, por lo que se deduce que en un principio, lo que importó no fue tanto el acto en sí, es decir, el crimen como tal, sino la posibilidad de separar a quien lo había cometido. Hay muchas maneras de definir qué es un acto considerado criminal, y lo que se considera delito varía con el espacio y el tiempo, por lo que es imposible encontrar algo que siempre y en todas partes se considere un crimen. Es posible, sin embargo, señalar que todo lo que es considerado un crimen constituye un comportamiento que dista de lo social y culturalmente aceptable, es decir, crimen es algo que va en contra de lo que la mayoría de las personas creen que es la manera correcta de comportarse. Hay otras consideraciones, como las leyes de cada estado y procesos y abogados y jueces y jurados, pero a la raíz de todo está el consenso social de lo percibido como correcto. Así las cosas, quisiera reportar un crimen cometido la semana pasada en un diario muy prestigioso de este país. El pasado sábado, 21 de junio, en la página cultural de un periódico que llamaré el Colombian Times, alguien publicó el final del último libro de Harry Potter. En otras palabras, cometió bibliocidio. Mató el libro, asesinó la emoción y nos sacó la lengua literaria a todos los que habíamos aguardado durante dos largos y agónicos por años saber qué pasaba con Harry, Snape, Dumbledore y todos los demás.

Este crimen no figura en la constitución ni en el código de derecho penal ni civil ni ninguna de esas cosas, pero es un crimen, sin duda, contra la colectividad bibliófila, contra aquellos pocos lectores devotos que hemos logrado sobrevivir. Somos una minoría, una especie en vía de extinción nosotros, los bibliófilos, los logofílicos, los que amamos la lectura y los libros, los adictos al papel, los que todavía acariciamos un poco el lomo de cada libro antes de abrirlo, los que nos emocionamos con encontrar una nueva librería. Hemos sido amenazados por las mini series y las versiones fílmicas, por los audiolibros y por los resúmenes y el incendio y la destrucción de las bibliotecas de Alejandría (Y Hvar, Dresden y hasta Nueva Orleáns) a la prohibición, a la censura, al Index Prohibitorium, a las quemas… y hasta a los periodistas arruinafinales. El desliz del Times es sólo una cosa más. Esto, también, pasará. Esta usurpación de la felicidad literaria no nos derrotará. Estamos dolidos, pero leeremos de nuevo, y leeremos más y mejor.

Claro, muchos dirán que qué importa saber el final, (y el principio y el medio, gracias al dichoso artículo) de un libro, si lo importante es el viaje a través de las palabras. Y tienen razón. El libro no está menos bien escrito por culpa de la falta de tacto de un puñado de personas. Algún día se iba a saber el final. Todos sabemos en qué queda el noviazgo de Romeo y Julieta, e igual nos lo leemos. Todos sabemos que Jorge y María no terminan juntos, pero todos los colegios piden La María en la lista de útiles de algún grado. Nadie ignora qué le pasó a Jesús, y la Biblia sigue siendo uno de los libros más vendidos. Pero saber el final no es lo trágico; es la intención que hubo detrás de querer que supiéramos. Contar el final no daña las ventas del libro, pero sí lastima un poco al lector. En esta era de lo políticamente correcto, de las marchas y los días de no sé qué y la declaración de los derechos de sí sé quién, me sorprende que los derechos de los lectores sean tan atropellados. Sepan ustedes, mis lectores, que yo no les contaré qué pasa con Hagrid ni con Hermione. Mejor les presto el  libro. (Eso sí, me lo devuelven, porque robar libros es crimen doble, porque es contra el bolsillo y contra el cerebro.)

 

* PUBLICADA EN JULIO DEL 2007

 

 

 

 

 

 

Actualización semántica


Lluvia de palabras

Lluvia de palabras

Amo los diccionarios. En vacaciones, mis hermanas y yo jugábamos  “diccionario”, que consistía en que alguien buscaba una palabra rara en el reverenciado libraco y las otras dos tratábamos de adivinar la definición real e inventábamos definiciones creativas y bizarras. A raíz de esas sesiones  fabulosas, mis hermanas y yo somos de las pocas personas que sabemos qué significan las palabras wagogo, marojo, trébede y zuavo, entre otras. Precisamente por mi amor a los diccionarios me alegra cierta nueva tendencia editorial que los ha puesto de moda. Abundan los diccionarios temáticos como el paisa o el de colombianismos, el del vino, el del queso, el gourmet, el del chocolate, el del café, el del tabaco, el del rock, el del arte y hasta el del sexo.  Como no me gusta estar por fuera de la moda, quiero adentrarme en el mundo de la confección de diccionarios, por lo que voy a hacer un ensayo con ustedes. Por eso, voy a actualizar algunas palabras cuyos significados ustedes pueden creer saber, pero que con mi ayuda pedagógica tendrán mucho  más presentes de ahora en adelante. Aquí van:

Amor: dejar que él/ella se coma el último pedazo

Ansiedad: lo que todo columnista siente al darle “enviar” a lo que ha escrito.

Aprehensión: lo que siente cualquier madre cuando alguien respira antes de contestar la pregunta “¿te parece que tiene las orejas muy grandes?”.

Confusión: lo que sienten los hombres en un almacén de ropa interior

Desasosiego: lo que sienten las mujeres en un taller mecánico

Éxtasis: una caja de chocolates

Felicidad: lo que llega cuando decide finalizar la dieta

Fidelidad: la del perro que corre al lado del amo que va en bicicleta

Generosidad: que un niño te ofrezca su chupo

Gratitud: no tener que darle a nadie

Inútil: lo que son un globo de peltre, un jabón decorativo o una flor de plástico

Idolatría: lo que siente un niño por la tía que le pasa dulces al escondido de la mamá

Ira: lo que siente la mamá de ese niño por esa tía cuando el niño no duerme en toda la noche porque está hiperactivo gracias al azúcar de los dulces.

Incredulidad: sentimiento que suscita oír la frase “es sólo una amiga/amigo. No pasó nada entre nosotros”

Independencia: lo que caracteriza a los gatos

Igualada: la margarita en el rosal

Intriga: lo que produce un sobre sellado, una puerta cerrada, un ramo de flores anónimo

Locura: lo que se experimenta al empezar una dieta

Nostalgia: lo que se siente cuando hay que guardar el árbol de Navidad

Matrimonio forzado: dos peces en un acuario

Orgullo: las flores sembradas en los tarros viejos de leche Klim

Pánico: lo que siente una recién casada cuando la suegra cae de visita sorpresa.

Resignación: tener que compartir

Soledad: un pez en un acuario

Segundo: periodo brevísimo que transcurre entre que el semáforo se ponga en verde y el carro de atrás empiece a pitar.

Tenacidad: lo que requieren las flores que brotan en los resquebrajamientos de los andenes.

Triunfo: hacer trampa en la dieta sin que te pillen

Trepidación: lo que se siente al mirar en un pañal

Ultimátum: lo que te da el columpio antes de que se reviente la cuerda

Ya: momento en el que me toca terminar esta columna o si no me cuelgan…

 

*PUBLICADA EN DICIEMBRE DE 2007

 

 

 

 

 

 

A las aulas marchemos…en reversa


El himno de colegio del que soy bachiller empezaba con la animada invitación ‘a las aulas, amigas, marchemos a beber de la ciencia el *licor…’, palabras que aún retumban en mi mente (y logran suscitar cierta angustia y me hacen sudar frío de pensar que tengo que hacer una cartelera para mañana y no tengo cartulina… pero esa es otra historia) por la cadencia pegajosa y la imagen que evocan de las multitudes marchando hacia las aulas, sedientas de saber. Cuando empecé a ser profesora me imaginé a mis alumnos emborrachándose con el licor de mi conocimiento, pero después de algunos años he llegado a la conclusión de que la que necesita emborracharse soy yo. En serio, a veces creo que no voy a lograr pasar el día a palo seco porque siento tal decepción en las nuevas generaciones que sólo el estupor etílico me puede borrar la sensación de cataclismo inminente. Creerán que exagero, pero les aseguro que no. Es más, para conmemorar el principio de este semestre, incluyo en esta columna el ‘top 10’ de los intercambios más absurdos –ojo, todos reales- que he tenido en mi vida académica. Léanlos y júzguenme después, si se atreven…

1) – Ustedes probablemente sean demasiado jóvenes para recordarlo, pero hubo un tiempo en el que Alemania estuvo dividida en dos.

– Claro, eran Alemania del Norte y Alemania del sur.

2) – Profesora, no entiendo por qué a los estadounidenses no les ha dado por buscar a Osama en Italia. Al fin y al cabo, allá empezó todo

– ¿Cómo así que en Italia empezó todo?

– Pues, claro, de Italia era  Benito Musulmani, el fundador del faxismo y líder de los musulmanes.

3) Profesora, ¿es cierto que si uno no presenta los exámenes a tiempo tiene que comprar un supositorio? (supongo que quiso decir supletorio)

"Flaming" cocktails contain a small ...

Va a necesitar un par de estos para pasar algunas de las respuestas...

4)- Por favor recuerden que en sus exámenes deben tener mucho cuidado con citar las fuentes

– Sí, claro, porque de lo contrario usted nos acusa de sufragio. (Me imagino que quiso decir plagio…)

5) – Profe, qué pena, esas fechas le quedaron al revés

.- no, fulanito, es que son fechas antes de Cristo.

–       Ay, la profe tan chistosa. ¿Entonces la gente antes de Cristo nacía viejita y moría recién nacida?

6) – Pero si Bush le dio toda esa plata a Uribe, ¿el presidente cómo va a hacer para traérsela? ‘¿Tiene unas tulas especiales en el avión presidencial o le dan un cheque de gerencia o qué?

7) – Bueno, supongo que todos reconocen este edificio

– Claro, ese edificio de seis lados es el Pentágono

8) En un examen escrito, al pedirles que escribieran por qué creían que uno de los personajes de cierta novela había tomado las decisiones que tomó, un alumno sumamente respetuoso escribió “sus razones tendría”.

9) tratando de corregir una

alumna con serios problemas de dicción:

– Se dice cóctel

– No, profe, es cóctel

– NO, se dice CÓCTEL

– No, profe, es cóPtel porque viene en una Co-Pa

10) Es que los niños chinos tienen que ser más inteligentes porque son capaces de hablar chino desde chiquitos, y ese es un idioma muy difícil de aprender.

Los dejo con esos, no porque no tenga más, sino porque no me caben todos. Si quieren empezar un grupo de apoyo de temor al futuro, me avisan…

 

*Después me dijeron que era “vigor” pero no estoy segura.

PUBLICADA EL 3 DE FEBRERO DE 2008