Del Q.E.P.D al QR


English: Version 4 QR code example

Aquí yace fulanito…

Muchas personas se habrán preguntado por esos cuadraditos negritos distorsionados que ahora aparecen en todas partes y parecen como un código de barras con problemas de identidad. Los muy tecnológicos habrán deducido que es para usar con los teléfonos inteligentes y hasta habrán hecho el intento, y uno que otro sabe que se trata de códigos QR (Quick Response). Si no los han visto, miren en cualquier revista, folleto, volante, tarjeta de presentación o caja de cereal que se respete y verán uno. Son simpáticos y pueden ser útil pero como todo lo tecnológico hay quienes le han dado un uso…diferente.

Esta vez, es en Japón.

Los japoneses, siempre un brinco delante de la vanguardia, empezaron a usar códigos QR en las lápidas en el 2008 y ahora China está haciendo lo mismo. La idea es que el código conduzca a una página que contenga información, fotos, videos y datos sobre el difunto y ofrezca posibilidades de lamentación y pésame cómodas y como velas y arreglos florales virtuales. Duelo a punta de clics.

Debo decir que esta incursión de lo digital en lo mortal me deja un tris perpleja. Esta semana por ejemplo me debatí sobre si enviar un mensaje de condolencia por Facebook (opté por no hacerlo) porque la verdad es que es más cómodo mandar un emoticon que componer una de esas horribles y siempre incómodas frases de solidaridad emocional. Yo nunca sé qué decir en los entierros y siempre temo que me va a dar un ataque de risa nerviosa en el peor momento pero aún así me parece que el funeral virtual -en donde se avisa de la muerte por Facebook, se convoca a las exequias por Twitter y se envían las fotos por Instagram para que la gente vea la tumba en Google Maps– me parece algo impersonal. Práctico, pero impersonal.

Entiendo lo seductivo que puede resultar salir de un plan de esos a punta de mouse pero me parece que es arriesgado. Ya hay reportes de que la recesión ha afectado el negocio mortuorio en Estados Unidos y almacenes de cadena como Walmart y Costco ofrecen ataúdes baratos (que es como si a uno lo entierran en un ataúd del Éxito o metan las cenizas en una coquita del SuperInter) pero ya el velorio por webcast (FuneralOne lo ofrece) me parece ir demasiado lejos. Suficiente tenemos con que la gente no interactúe con el del lado porque está jugando con el celular para que ahora en cualquier banca veamos a alguien de cabeza agachada porque está asistiendo a un entierro vía Tablet.

Pero tal vez ese sea el futuro. La manera de honrar y disponer de nuestros seres queridos avanza a la par con todo lo demás. Personalmente no creo que el QR en la lápida sea para mi. Si me toca escoger me le mido a Celestis, la empresa que programa envíos de restos humanos al espacio. A mí que me anoten y que mis remanentes mortales brillen hasta que se acabe el mundo en la supernova champaña (la SNLS-03D3bb para ser exactos) con la canción de Oasis en loop infinito.

*PUBLICADA EL 20 DE OCTUBRE EN LA TARDE.

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Revolución Marrón


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Experto mugrólogo

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Algunos de mis amigos hacen muecas de horror cuando oyen que mi papá parte el mango con la misma navaja con la que les quita los nuches a las yeguas (tranquilos, la limpia en el bluyín cuando pasa de una tarea a la otra) pero la verdad es que me considero bastante afortunada aunque no siempre supe que era algo raro.

Noté la diferencia cuando llegué a vivir a Bogotá y tuve un novio que pensaba que las fresas crecían en arbustos (como las pitufifresas, que era lo más cercano a una fresa que había visto). Cierto cuñado, también bogotano, nos preguntó alguna vez cómo se sabía cuándo estaban listos para consumir los huevos que ponía la gallina porque él no había visto nunca un “huevo biche”. Otro primito criado en la capital fue motivo de burla porque en el colegio le pidieron que dibujara un pollo y él dibujó una pierna con papitas y gaseosa. La verdad es que tener potreros a la mano y fincas los fines de semana es un lujo que muchos damos por sentado.

El problema no es sólo bogotano. Un estudio reciente realizado a niños franceses mostró que los niños dibujaron pollos asados y croquetas de pescado en lugar de animales. En Inglaterra el año pasado la empresa Leaf realizó una encuesta en personas entre los 16 y 23 años y descubrió que el 36% no sabe que la tocineta proviene de los cerdos; el 40% no sabe que la leche viene de las vacas y el 11% pensaba que los huevos son comida procesada a partir del trigo y el maíz (esto además de la noticia de una mujer de Torquay que admitió darle puré de hamburguesas que compraba en en un restaurante de comida rápida a su hija de pocos meses porque no sabía cocinar). En Australia, la mayoría de los niños piensan que el yogur proviene de una planta, y un programa especial de Jamie Oliver mostró niños en Estados Unidos que eran incapaces de reconocer vegetales como tomates, papas y zanahorias cuando se les presentaron en su forma natural, cruda y sin procesar.

La cosa es grave.

Más allá de burlarme de mi compañera de clase que pensaba que las cebollas tenían pepa en el centro como un aguacate (y me burlé MUCHO), este nivel de ignorancia me preocupa, sobre todo ahora que soy mamá y ando buscando colegio. Somos increíblemente afortunados porque Matías no sólo tiene a mi papá que le enseñe cómo hacerle cesárea a una vaca (y va a saber que los perros no tienen cordón umbilical, a diferencia de su padre) pues tenemos nuestra propia huerta en donde él ha cogido tomates y habichuelas. Pero somos una minoría.

Por eso creo que la educación necesita una reforma y propongo ahora mismo que el Ministerio competente ordene que todos los colegios dicten una nueva materia: MUGROLOGÍA. Los niños se tienen que ensuciar, tienen que tener contacto con la tierra, sembrar, embarrarse, ver lombrices y jugar con lodo. Niño que llegue con el uniforme limpio a la casa no pasa. La revolución verde ya pasó. ¡Es hora de la Revolución Marrón!

PUBLICADA EL 18 DE MAYO DE 2013 EN LA TARDE

Gente sobrante


Beautiful Asian Woman Thinking

Joven, bonita, inteligente, de buen gusto, educada…¡ELIMINÉMOSLA!

 

De pronto ya se enteraron de la política de los medios oficiales chinos de referirse a las mujeres solteras mayores de 28 años como “mujer sobrante”, que en mandarín se dice shengnu. El apelativo forma parte de una campaña que busca eliminar la cantidad de hombres solteros que hay en China, país en donde a pesar de haber 20 millones de hombres más que mujeres, las mujeres parecen cada vez menos proclives a casarse con cualquiera. Qué vaina que el gobierno chino piense que los hombres solteros desestabilizan el orden social. Y aunque los que sobran no son ellos, las señaladas son ellas y el gobierno ha optado por la vergüenza social como incentivo para el matrimonio. Claro, porque no hay mejor cimiento para una relación duradera de mutuo apoyo, fidelidad y amor como la pena. Yo no creo que funcione, especialmente porque la mayoría de las chinas solteras son educadas y con ingresos propios, por lo que pienso que una palabrita como shengnu no las va a arriar hacia el altar.

 

Sin embargo confieso que me resulta interesante la idea de que hay gente que sobra en una sociedad. Por ejemplo creo que definitivamente la gente que cree que casarse es una meta y que reproducirse es una obligación sobra, y mucho. Son como el colesterol de la sociedad; nos vuelven pesados y nos impiden avanzar.

 

Otro grupo que hay que adelgazar es el de los seguidores de “más vale malo conocido” y “mejor mal acompañada que sola”. Esos sí que nos están sobrando.

 

En mi profesión, por ejemplo, quisiera declarar shengnu a toda esta generación de pseudo-periodistas que creen que generar escándalo es lo mismo que investigar, que opinar es lo mismo que juzgar, que la crítica es igual a la rajadera y que los ángulos asimétricos y la edición tipo MTV reemplaza la reportería real. Ah, y chau con la modita esta de que ponerse un disfraz durante 20 minutos es una “crónica de inmersión”.

 

Me sobran también los evangelistas de cualquier naturaleza, bien sea los que me quieren convertir al yoga, al vegetarianismo, al deporte o cualquier otra corriente. Me pesan los médicos que tienen un solo diagnóstico para todo (gordo) y los colegios que no han entendido que las evaluaciones y los castigos son del siglo pasado.

 

Me tallan los omnisapientes que creen que nadie tiene nada para enseñarles, que se las saben todas, que sólo hay dos clases de personas en el mundo: los que están de acuerdo con ellos y los idiotas. También me hacen bulto los que creen que los semáforos y las tildes son facultativos.

 

Por eso quisiera diseñar una varita shengnu que me permita (a mí y a un grupo selecto de oficiales) ir por la calle declarando sobrantes. Prometo perseguir a los corruptos, los mentirosos y los ladrones primero. Pero ojo, la gente que le pinta las uñas a los French Poodle, usa mocasines sin medias o actualiza su estado en Facebook más de tres veces al día está en mi radar.

 

 

 

PUBLICADA EL DOMINGO 17 DE MARZO DE 2013 EN LA TARDE

 

Las siete etapas del atraco


The Tigger Movie, a film based on the Disney a...

La calcomanía de Tigger fue lo que más me dolió

Me han robado.  No, no es que estén teniendo una regresión a una columna anterior, sino que me han VUELTO a robar.  Esta vez fue el tradicional “cosquilleo” durante un apretujado viaje en transmilenio.  Y sí, de nuevo todos me han dicho que siquiera no me pasó nada y que agradezca que sólo fue el celular y todo igual que la vez pasada.  Pero como ahora ya soy una experta en aquello de ser víctima del robo, quiero ofrecer mi sabiduría con todos ustedes, víctimas potenciales o que ya han pasado por lo que llamaré las siete etapas del atraco.

La idea se la robé a mi mamá, orientadora familiar y consejera fabulosa quien me enseñó sobre las siete etapas del duelo.  Pues bien, creo que cuando a uno lo atracan, de alguna manera uno le hace duelo a lo robado, por lo que estas siete etapas, con algo de creatividad, se pueden adaptar a lo que siente alguien recién atracado.  Lean y decidan.

La primera etapa es el choque.  El instante en el que uno se da cuenta de que algo anda mal.  El bulto que es el celular ya no es visible ni palpable en el lugar en donde generalmente está.  Uno siente como si se acabara de tragar una moneda de cobre helada y una amarga y álgida sensación recorre el tracto de la boca al estómago.  De repente, uno siente que se le seca la garganta y le faltan las palabras.  A veces, hasta empieza a sudar frío y a temblar ligeramente mientras la mano recorre el bolsillo, la cartera, la chaqueta y de nuevo otro bolsillo con creciente desesperación.

Sigue la negación.  – no – se dice uno mismo – no puede ser que me hayan robado.  Eso fue que dejé el celular (la cartera, la billetera, etc.) en alguna parte.  Eso fue que lo dejé en la otra cartera.  Claro, ayer tenía zapatos azules y ahora tengo los café y seguro lo dejé en la cartera que me sale con los zapatos de ayer. O en la casa de mi novio o en la oficina del lado o junto al teléfono sobre la mesa de noche.  Eso fue, lo dejé por ahí, está embolatado pero eso aparece.  Qué va a ser que me hayan robado (otra vez) a mí, yo siempre tan pendiente.  Además, eso es súper seguro, nadie se los roba, tienen clave y a lo mejor me lo devuelven.  Voy a llamarme en caso de que esté por ahí alguien buscándome para entregármelo, yo tan elevada…

Pero ya uno deja de meterse mentiras, y entonces llega la ira.  En ese momento, el diálogo interior es algo así como – Por qué yo, que soy tan buena persona, que hasta compro de esas goticas que venden para alimentación y nunca me cuelo en las filas, por qué yo, maldita sea, ojalá se pudra el que me lo robó, ojalá se electrocute tratando de descifrar la clave.  Policías inútiles, es una mentira el juramento que toman, dizque proteger y servir, sólo palabras pero dónde están cuando uno los necesita.  Claro, uno hace una “U” en rojo y vuelan, pero cometen un verdadero crimen y ni uno.  El colmo, el colmo, vida ¿!(“&)·?/·=)·!!! Por qué no tengo carro, por qué me vine a vivir a este pueblo, si estuviera en mi casita no me habría pasado esto, o si me hubiera pasado al menos mi mamá me estaría reconfortando y mi papá me llevaría a poner el denuncio, pero me toca sola como un hongo en esta ciudad, y fuera de eso llueve, (la maldición de esta semana cabe aquí) ojalá se caiga en un charco y se parta una pierna el que me robó…

Después de estar así mucho rato, llega la culpa.  Y entonces, la consciencia empieza a dar lora.  ¿por qué contesté esa llamada?  Claro, ahí fue cuando vieron dónde lo guardé.  ¿Y dónde dejé el manoslibres? ¿Por qué no cogí un taxi? ¿cómo no me di cuenta? ¿qué le voy a decir a mi papá?  Qué pena, ya van dos veces, cómo pude ser tan elevada, cómo es que me lo amarré con una cuerdita de la mano, por qué, por qué, por qué.

Pero no hay respuestas.  Y después de sobarse la frente varias veces y comprobar que eso no hará que regresemos en el tiempo, aceptamos la siguiente fase: tristeza.  Mi pobre celular, que compré con mi propia plata, en donde anoté el teléfono del niño que me gusta, con el que me distraje jugando culebrita en las filas en el banco, el que me servía de despertador y de amigo.  Con él no me sentía sola nunca porque si me tocaba almorzar sin compañía podía llamar a alguien para que me hiciera visita y los de las mesas de alrededor no creyeran que no tengo amigos.  Él era mi amigo. Tenía una calcomanía de Tigger por detrás y tenía la pantalla azul y se me calentaba cuando hablaba mucho rato con mis hermanas y olía rico porque lo limpiaba con Splash de fresa una vez a la semana para que no quedara grasoso.  Ahora, quién sabe dónde estará, quién lo estará usando, si lo quieren, si le arrancaron la calcomanía.

Y después de una lagrimosa despedida, llega la última etapa: la aceptación.  El celular no va a volver.  No me voy a encontrar al ladrón en la estación de la 26 para obligarlo a devolvérmelo ni voy a encontrar las pistas que conduzcan a la captura de la pandilla que se dedica a separar a las jovencitas de sus pertenencias.  Será volver a la Edad de las Cavernas, como cuando no había celulares y uno tenía que ser previsivo.

Y esas son las siete etapas del atraco.  Espero que mi análisis sicológico les guste y que nunca tenga que hacer este doloroso recorrido.  Feliz fin de semana y espero que el lunes los encuentre con sus pertenencias intactas.

*PUBLICADA EN MUNDO MODERNO EN el 2004

Bar de lágrimas


Hace poco leí que se había inaugurado en Estocolmo un Bar de Hielo, en el que todo se sirve congelado. También hay en Londres y el Milán, y no crean que esos son los bares más raros que hay por ahí. Hace un par de años pusieron un bar de oxígeno enLos Ángeles y hay varios bares de sangre ocultos por todo Europa. Pues ahora tengo una idea para un nuevo tipo de bar. Debo admitir que la idea no es totalmente mía, pues le debo la inspiración a Vicky –ella sabe quién es – quien me señaló hace poco, con toda la razón, que no hay un lugar en donde sea socialmente aceptable llorar. Por eso propongo un bar de lágrimas, en donde cada quién puede ir a llorar cuando y cuanto le dé la gana.

No es que yo tenga problemas con el llanto. Mis lágrimas rara vez declinan unainvitación a salir. Lo que pasa es que otras personas sienten que llorar es una invitacióna jugar al psicólogo y no dejan que una llore en paz. Siempre llega la gente a decir “ven,no llores, qué te pasa, no te afanes por eso, cálmate, todo va a salir bien” y no se dan cuenta de que a veces uno necesita una lloradita como para poner las cosas en perspectiva. Llorar es sumamente terapéutico, y creo que es una falta de respeto que le digan a uno que deje de llorar.

Por eso creo que mi idea del bar (bueno, de Vicky y mía) sería todo un éxito.Hay muchas cosas que se pueden ofrecer para que el ambiente lacrimógeno sea másagradable. El bar podría ofrecer un menú ecléctico que incluya bebidas hidratantes y estimulantes para olvidar por qué lloras; una variedad de pañuelos faciales texturizados,saborizados, aromatizados, coloridos, remojados en Xanax; comida apropiada para unasesión de indignación, rabia, ira, intenso dolor, desasosiego, crisis existencia (muchochocolate habría en el la carta); una variedad de cobijas, almohadas, cojines, y sofáspara acomodarse y dar una lloradita larga y cómoda; maquillaje a prueba de agua;bolsitas de té y máscaras de esas frías para deshinchar los ojos y muchas otras cosas.

Este bar no sólo ofrecería un espacio apto para el llanto, sino que nos ayudaría arecuperar la dignidad del acto de llorar. Al fin y al cabo, hay lugares especialmentediseñados para el depósito de otros fluidos corporales mucho menos respetables y nadie se queja de ello. Nadie respeta las lagrimitas, o los “llorares” como les decía yo cuando era niña. No entiendo por qué. De todos los fluidos, ninguno coma la lágrima ha sido objeto de poemas, canciones y retratos, y aún así no goza de la misma aceptación quelos demás. Es perfectamente bien visto decir que una va al baño, e inclusive no es mal visto que alguien diga explícitamente que va a hacer pipí, pero si uno dice que va a hacer lágrimas, todo el mundo queda en choque. Es discriminación líquida.

Francamente, no veo por qué el llanto causa tanto revuelo. Todos lo hacemos,aunque unos más que otros, pero en general es algo común a todas las culturas, edades,estratos, orientaciones sexuales y religiosas. De hecho, si me preguntan a mí, creo que las lágrimas son de lo más democrático que tiene la humanidad.

Por eso insisto en mi idea del bar de lágrimas, con música apropiada, meseros bizcochos que pasan y dicen “estás llorando divina, ¿quieres otro kleenex?”. Nostaparíamos de plata, seríamos famosas y recuperaríamos el valor social de la ocasional lloradita.

Pero mientras conseguimos la licencia de sanidad, los permisos, la plata para montar el local y todo lo demás, lo que podemos ir haciendo como sociedad es volvernos más tolerantes con los llorones. Algunas personas sienten que llorar es un acto impúdico, casi pornográfico, y creo que están sumamente equivocados. Me parece lamentable que nos llame más la atención un lagrimón descarado que un pantalóndescaderado. La próxima vez que vea a alguien atacado llorando, déjelo en paz. No se sienta incómodo ni culpable. Piensen nada más que si podemos convivir con playas y colonias nudistas, ¿cómo no convivir con unas lágrimas al aire?

La mironería


stare

stare (Photo credit: Hen3k Hen3k)

Una amiga me textea :¿la gente por qué es tan mirona? Está haciendo fila en alguna parte y siente que la miran mucho, que invaden su espacio personal las pupilas penetrantes de gente imprudente. Sé lo que siente. Todos lo hemos sentido. Ocurre en las filas, en los semáforos, en los bares. Alguien mira fijamente a otro y el otro le dice al alguien –¿qué mira, se le perdió uno igual, me le parezco a su mamá?-. Se cazan peleas, se lanzan puños, se profieren insultos, todo porque percibimos como agresión el que nos miren mucho. Pero hay miradas de miradas. Hay una miradita, un atisbo, una ojeada y ya pasarse de metido hasta llegar a la intrusión ocular y el voyerismo. Y también depende del mirador y el mirado. Si un apuesto extraño nos mira fijamente nos sonrojamos, pero si se trata de alguien desagradable, nos ofendemos. Si nos miran en un bar, es seducción; si nos miran en un banco, nos están intentando robar.

 

Miramos y somos mirados, nos juzgamos y regañamos con los ojos. ¿Quién no ha sido víctima de la mirada de viejita regañona cuando habló muy duro en misa o se rió en un funeral? Y ya de adultos, todos hemos mirado a un niño que se puso a correr por los pasillos del supermercado o al que nos daba patadas en la parte de atrás del asiento en el avión.

 

La mirada es parte de nuestro repertorio social y personal. La mirada como forma de agresión y dominación se ha estudiado en perros, simios, ratas y humanos; existen estudios sobre cómo las personas miran lo sobresaliente como parte del instinto de lucha y huida y otros cómo, qué, cuándo y cuánto miramos. Incluso se ha tipificado el miedo a ser observados (se llama scopofobia) y se ha estudiado la mirada en personas con discapacidades, problemas sociales, depresión y dificultades de comunicación y aprendizaje. La mirada dice mucho de quien mira y más aún de cómo reacciona el mirado.

 

Todos somos mirones. Todos somos paisaje.

 

 Así que la próxima vez que alguien lo mire fijamente, o que usted se pilla escrudiñando a alguien, piense en esta columna y ríase un poco antes de decir -¿Y usted qué mira?

 

Sencillez y sensibilidad


Turkish Tea

Ejemplo del té cachaco

Esta semana comprendí algo: la sencillez está sobrevalorada, sobre todo en Colombia. Como no crecí aquí no tengo esa apreciación por lo sencillo y con frecuencia me ofendo cuando invito a alguien a comer a mi casa, le dedico tiempo y esfuerzo a preparar algo rico y en lugar de echarme flores me dicen –ay, pero no has debido molestarte, la próxima vez me haces algo más sencillo.

 

La persona cree que me está diciendo que no era necesario todo lo que hice, pero lo que en realidad quiere decir es que no se lo merece, o que nuestra relación no lo amerita. Les voy a contar un secreto: si no se lo mereciera, no lo haría. Yo tengo dos cajas de té, el de la visita normal y el de la visita que me cae bien. A los primeros les doy aromática común y silvestre; a los segundos les ofrezco de mi colección privada de mezclas exóticas que vienen con historias y sueños de viajes. Lo mismo con los postres, dulces, mermeladas y recetas. Si no me importara le daría un paquete de galletas saltinas y una sopa en sobre,  pero si me puse a hacerle mi famosa pechuga de pavo con salsa de mostaza Dijon con estragón o el cheescake con salsa de moras y menta que cultivé yo misma en mi propio jardín es porque quiero hacer algo personal y decirme que no lo he debido hacer me duele un poco. Me duele porque si cree que no valió la pena es porque piensa que nosotros no valemos la pena, que la ocasión no da para tanto o, en algunos casos, que no haría lo mismo por mí.

 

Ahora, muchos dirán que es señal de confianza cuando se recibe la visita en piyama, de pierna peluda y se le da de comer arepa con queso, y tienen razón. Cuando es una visita que se repite a menudo, cuando es “de la casa” uno le puede dar café tibio en taza despicada y decirle que lave el plato. Pero yo estoy hablando de la visita, de la comida, de los convites que se anhelan y se planean con gusto y cariño. Si me tomé el trabajo de sacar la vajilla bonita, poner flores y depilarme el bigote, lo mínimo que puede hacer es reconocer que hice algo especial y sentirse importante por ello.

 

Entiendo que para muchas personas no es fácil aceptar los derroches de atención. Nos han enseñado que nos de pena o nos sintamos incómodos porque no queremos importunar. Lo que muchos no ven es que también es un placer dedicarle un rato a pensar en cómo contemplar a alguien, cómo hacerle sentir que vale el esfuerzo y expresarle nuestra dicha porque podemos compartir un rato. La comida elegante, el mantel bordado y la servilleta alcholchada son cariñitos que no hay que despreciar.

 

De allí que diga que eso de la sencillez está sobrevalorada. Yo creo que la complicación también es una forma válida de expresar amor, y si yo me complico por usted, agradézcalo, siéntase halagado, aprecie la bomba y valore los platillos. En otras palabras, déjeme complicar por usted, y si siente el impulso, bien pueda complíquese por mí.