Nosotros, los necios


Nuestros nuevos héroes.

Nuestros nuevos héroes.

Admito haber arrugado la nariz y blanqueado los ojos cuando vi que vendían agua embotellada con etiquetas que rezaban “paz” y “amor”, y que además cobraban un montón por esta agua “tratadas”. Aún cuando leí sobre los experimentos de Mesaru Emoto en los que fotografiaba cristales de agua a las que se le había hablado con palabras positivas y se las comparaba con cristales de agua que habían sido atacadas con palabras ofensivas, dudé. Mis años dedicados al culto al método científico me llevaron a tachar de insulsas estas conclusiones y mentalmente almacené estos escritos en la misma caja con un sartal de prácticas y creencias esotéricas y pseudocientíficas, que arrinconé en un lugar oscuro de mi cerebro, rogando por que no me ocupara mucho espacio y que lo olvidara pronto.
Pero entonces, me hice mamá y descubrí que si bien los métodos de Emoto son cuestionables, eso de que las palabras son dañinas es absolutamente cierta. La idea está presente en el arte y la literatura y todos, desde la Hester de Nathaniel Hawthorne (La letra escarlata) hasta la marca de Caín de Herman Hesse en Damian nos dicen que las palabras marcan y las marcas duelen.
Yo fui una niña necia, hija de un niño necio y ahora madre de un niño necio. Y esa palabra, necio, que para nosotros es sinónimo de insoportablemente inquieto (y no de ignorante, terco o imprudente como lo sugiere el diccionario) nos ha dolido. Cuando mi papá nos recuenta las aventuras en el colegio que le merecieron el adjetivo nos reímos, pero debajo de la risa está la tristeza de un niño que no quería que lo castigaran por tener una gran imaginación. Lo sé porque cuando yo oigo las historias de mis propias pilatunas está la misma sensación de que ahí estaba la semilla de una artista que no encontró terreno fértil para pelechar. Y ahora, cuando Mati me dice entre lágrimas que la profesora le ha dicho que es un niño necio siento el peso de las generaciones de niños incomprendidos y niñas inquietas sobre mi corazón. Veo mi hijo, precoz y sobresaliente, y nos veo a todos en sus ojos lagrimosos, expectantes, heridos. Le digo que no es un niño necio, que la profesora no entiende y que probablemente muchos no entenderán la magia de su cerebro, la fantasía de su juego y el nivel de entelequia que le impregna a las actividades más mundanas. Suspiro y me lleno de valor para lo que viene, para la gente que va a atropellarlo con sus estigmas y ofenderlo al forzarlo en un cajón cuadriculado cuando claramente es una estrella.
Pienso en Emoto y sus cristales de agua, frágiles y bellos como la mente de mi hijo, y entiendo. Tal vez nos demoremos en encontrar una demostración científica, pero por ahora no importa. Las palabras crean mundos o desvalijan sueños, así que tengan cuidado con las que eligen. Sobre todo alrededor de nosotros, los necios.

 

*Este escrito apareció el domingo 1 de junio de 2014 en el diario La Tarde de Pereira bajo en nombre Confieso que he leído Mensajes del agua de Mesaru Emoto

Toda niña merece una historia de amor


Jorge y yo nos conocimos por una llamada equivocada. Yo trabajaba en la sala de redacción de La Tarde en Pereira y él en una agencia de publicidad en Bogotá. Él estaba tratando de contactar a otra periodista pero timbró mi extensión y me tomó menos de dos minutos enamorarme de su voz. Nos cortejamos por celular, nos sinceramos por mail y fijamos la fecha de nuestra boda por messenger. Ya llevamos una docena de años juntos en una historia de amor que mezcla tecnología con Benedetti con Star Wars y está llena de gatos, Disney, Pizza y risas de Matías. Es una historia de amor que nunca habríamos tenido si nos hubieran obligado a casarnos. Y uno no piensa mucho en los matrimonios obligados pero esta semana lo he pensado porque hay mucha gente importante reunida hablando del tema de la planeación familiar y el tema de los embarazos no deseados y el matrimonio infantil, particularmente las niñas esposas que se convierten en niñas madres, son el foco de la conferencia. Y pensé en esas niñas y en que toda niña merece ser una princesa el día de su boda y casarse con su príncipe encantado (que puede ser contador o hippie o motociclista mechudo o rockero rebelde o chocolatier romántico incurable o lo que sea) y tener su cuento de hadas que incluye peleas y reconciliaciones y la posibilidad de reconocer que se equivocó y ese no era un príncipe sino una rana y hay que besar muchas ranas antes de encontrar el príncipe y aveces nunca abandonan su lado batracio. El caso es que comparto mi historia de amor y quisiera que ustedes compartan las suyas. Compártanlas conmigo, con sus hijas, amigas, hermanas. Compártanlas por Facebook, Twitter, email (me pueden escribir a logosyfilias@gmail.com), llamen a alguien y compártanlas por teléfono y echemos a rodar la idea de que toda niña merece una historia de amor.

Nuestra torta de bodas. De chocolate, por supuesto.

Nuestra torta de bodas. De chocolate, por supuesto.

Entre meros machos


English: ChapStick lip balm Español: Bálsamo l...

ChapStick, o como Jorge lo llama “barra inmasculinizadora”

 

El concepto de macho ha cambiado bastante. Hemos pasado de los rituales de la era Isabelina -en donde los hombres se realizaban tratamientos con agua de romero y salvia para blanquear los dientes, usaban medias veladas, tacones, pelucas, polvos faciales, rubor y lunares de mentiras- a hoy en día, época en la que convencer a mi papá de que se eche protector solar para que no se insole es una labor que requiere la paciencia, fuerza y velocidad de al menos tres de las cuatro mujeres de la familia. Y mi marido no está muy lejos.
En estos días, Jorge se estaba afeitando sin usar crema de afeitar. El proceso le dejó la cara como andén del centro e intenté echarle una cremita humectante, pero me encontré con una resistencia que habrían envidiado los franceses durante la Segunda Guerra Mundial. Me explicó que él no usa nada ‘de marca’ (Clinique, Lancome, etc.); nada que se tenga que untar (léase, aplicar delicadamente con las yemas de los dedos); que no huela a remedio (si dice que contiene vainilla o flor de naranjo, estamos en la olla); que no haya sido comprado en droguería; ni que sea ‘específico’, es decir, crema para manos, champú para pelo seco, jabón de avena para pieles sensibles. Su noción de la masculinidad higiénica se reduce a que agarra lo que esté ahí sin mirar mucho, se lo echa donde y como cree que es y sale a trabajar sin darle mayor importancia a los resultados.

 

No volví a pensar en el incidente hasta un día, a mitad de esta semana, hice  un plato a base de huevos, crema de leche, queso y verduras. Todo iba bien hasta que usé la palabra “quiche”, y hasta ahí llegó. Si fuera tortilla, comería, pero los hombres –según Jorge- no comen “quiche”. Tampoco, me informó, comen yogur de sabor, pescado, cosas Light, “fruticas raras” (arándanos, kiwi, goji), verduras (que Jorge llama ‘vegetales-vegetarianos’ -que se comen crudos, a diferencia de los ‘vegetales-ingredientes’ que se comen fritos o en salsa-, ni ‘ensaladas armadas’.  En otras palabras, los hombres pueden comer kumis pero no yogur de fresa; trucha, pero no atún en aceite de oliva; naranja, pero no albaricoque; papas, pero no alcachofa; repollo con zanahoria y tomate, pero no ensalada thai.  Al parecer, una dieta que no sea a base de carne roja, cerveza y fritos disuelve el cromosoma ‘Y’. Sobra decir que me comí el quiche solita. No sabía lo importante que era el “men” en “menú”.
Así las cosas, el hombre promedio prefiere la arterioesclerosis a una ensalada mediterránea y la piquiña y el ardor que una untadita de bálsamo, y ni hablemos del Chapstick, que eso es pelea fija.
Tal vez el concepto de lo masculino sea cíclico y estemos regresando a la noción cavernícola. El caso es que ya domino la masculinidad higiénica y culinaria estoy segura de que no tendremos problemas al respecto, sobre todo porque quiero que redecoremos la sala y le tengo puesto el ojo a un ‘chaise lounge’ divino que vi el otro día…

 

*Esta columna fue publicada originalmente el 16 de julio de 2010 en Mundo Moderno en el diario La Tarde de Pereira. *

 

Abrebocas para un abreojos


Tal vez sea porque recién cumplí años o porque acabo de llegar de unas vacaciones mágicas o porque mi profesora acaba de perder una pelea que tuvimos hace 22 años, pero esta semana parece que veo el mundo con ojos nuevos.

 

Les cuento de la pelea primero. Estábamos en clase de Ciencias Naturales y yo dije que en el espacio tenía que haber tormentas. Me gané un regaño y creo que un cero pero resulta que han descubierto una nube que contiene el reservorio de agua más grande del universo, con una masa 140 billones de veces la cantidad de agua que contiene todos los océanos de la Tierra, y cerca de la galaxia 3C303 (los astrónomos tienen cero creatividad para los nombres) descubrieron una tormenta eléctrica con rayos que producen hasta 100 trillones de positrones (o en términos científicos, un pringonazo el macho).

 

Tener la razón tardía me dio coba y pensé en otras peleas pendientes. Descubrí que el chocolate no sólo no produce acné -cosa con la que me amenazaron durante toda mi adolescencia- sino que es bueno para la piel y ayuda a proteger contra los rayos UV. Además, el chicle que tanto me prohibieron en el colegio parece que ayuda a aumentar el nivel de atención y reducir el estrés; el azúcar ayuda a mejorar el autocontrol y el algodón de azúcar que tanto han criticado ayuda a salvar vidas (porque se pueden crear nuevos vasos sanguíneos en el laboratorio con esta sustancia según indican nuevas investigaciones).

 

Aparte de todo, resulta que los exámenes NO nos ayudan a aprender mejor (Harvard ya no hace exámenes finales), los descansos o recreos largos y frecuentes son indispensable para tener mejores resultados académicos, el álgebra no se debería enseñar en octavo (dicen estudios de Duke y Stanford que es mejor después de los 17 años), la competencia sana entre los compañeros no es tan sana

i haven't eaten candy floss since a little chi...

leyeron bien: SALVA VIDAS

(de nuevo, Stanford), nada pasa si uno se sienta demasiado cerca del televisor (y la tele no mata la imaginación ni nos vuelve brutos) y leer con poca luz no nos vuelve ciegos.

 

Lo mejor de todo es que buscando por ahí encontré cosas fantásticas que no sabía, como que en el oro crece en ciertos árboles de Australia y que hay un planeta de diamante. O sea, no un planeta con diamantes sino un planeta que es un diamante. El planeta PSR J1719-1438 b es un planeta diamante (de nuevo, el nombre amerita revisión…planeta Angelita me suena). Leí sobre un perro que entiende más de mil palabras, unos leones en Etiopía que rescataron a una niña que estaba siendo atacada por unas bestias (humanas) y sobre el descubrimiento de una nueva parte del cuerpo: el Ligamento Anterolateral, que queda en la rodilla.

 

 

En otras palabras, el mundo es fascinante.  Sí, supongo que todos lo sabemos, pero a veces se nos olvida. Recordarlo esta semana me abrió los ojos y espero que esta columna los inspire a abrir los suyos.

 

 

* PUBLICADA EL 11 DE NOVIEMBRE EN LA TARDE

 

Del Q.E.P.D al QR


English: Version 4 QR code example

Aquí yace fulanito…

Muchas personas se habrán preguntado por esos cuadraditos negritos distorsionados que ahora aparecen en todas partes y parecen como un código de barras con problemas de identidad. Los muy tecnológicos habrán deducido que es para usar con los teléfonos inteligentes y hasta habrán hecho el intento, y uno que otro sabe que se trata de códigos QR (Quick Response). Si no los han visto, miren en cualquier revista, folleto, volante, tarjeta de presentación o caja de cereal que se respete y verán uno. Son simpáticos y pueden ser útil pero como todo lo tecnológico hay quienes le han dado un uso…diferente.

Esta vez, es en Japón.

Los japoneses, siempre un brinco delante de la vanguardia, empezaron a usar códigos QR en las lápidas en el 2008 y ahora China está haciendo lo mismo. La idea es que el código conduzca a una página que contenga información, fotos, videos y datos sobre el difunto y ofrezca posibilidades de lamentación y pésame cómodas y como velas y arreglos florales virtuales. Duelo a punta de clics.

Debo decir que esta incursión de lo digital en lo mortal me deja un tris perpleja. Esta semana por ejemplo me debatí sobre si enviar un mensaje de condolencia por Facebook (opté por no hacerlo) porque la verdad es que es más cómodo mandar un emoticon que componer una de esas horribles y siempre incómodas frases de solidaridad emocional. Yo nunca sé qué decir en los entierros y siempre temo que me va a dar un ataque de risa nerviosa en el peor momento pero aún así me parece que el funeral virtual -en donde se avisa de la muerte por Facebook, se convoca a las exequias por Twitter y se envían las fotos por Instagram para que la gente vea la tumba en Google Maps– me parece algo impersonal. Práctico, pero impersonal.

Entiendo lo seductivo que puede resultar salir de un plan de esos a punta de mouse pero me parece que es arriesgado. Ya hay reportes de que la recesión ha afectado el negocio mortuorio en Estados Unidos y almacenes de cadena como Walmart y Costco ofrecen ataúdes baratos (que es como si a uno lo entierran en un ataúd del Éxito o metan las cenizas en una coquita del SuperInter) pero ya el velorio por webcast (FuneralOne lo ofrece) me parece ir demasiado lejos. Suficiente tenemos con que la gente no interactúe con el del lado porque está jugando con el celular para que ahora en cualquier banca veamos a alguien de cabeza agachada porque está asistiendo a un entierro vía Tablet.

Pero tal vez ese sea el futuro. La manera de honrar y disponer de nuestros seres queridos avanza a la par con todo lo demás. Personalmente no creo que el QR en la lápida sea para mi. Si me toca escoger me le mido a Celestis, la empresa que programa envíos de restos humanos al espacio. A mí que me anoten y que mis remanentes mortales brillen hasta que se acabe el mundo en la supernova champaña (la SNLS-03D3bb para ser exactos) con la canción de Oasis en loop infinito.

*PUBLICADA EL 20 DE OCTUBRE EN LA TARDE.

Fincología aplicada


Desciendo de una larga y orgullosa línea de gente formada por el campo. Mi bisabuelo Marco, mi abuelo Miguel y mi papá todos labraron la tierra. Me casé con un publicista que poco se ensucia pero cuya abuela administró sola dos fincas cafeteras y dormía con una escopeta (mientras el marido banquero estaba cómodo en la ciudad). Las historias compartidas por ellos me han hecho apreciar todo lo que la tierra tiene para enseñarnos y he recopilado algunas de las lecciones más importantes y aplicables para la vida diaria:

Si el hueco está profundo suelte la la pala. Corolario 1: aprenda a parar. Corolario 2: si lo que está haciendo está causando problemas DEJE DE HACERLO.

Si la vaca levanta la cola, córrase. Corolario: en un boleo de ñola el que más se unta es el de la mitad así que si ve que va a haber derrame de porquería procure no estar demasiado cerca o lo salpican.

Si está perdido, siga las vacas. Corolario: a veces es útil observar a los que ya saben cómo llegar para aprender el camino. O sea, no siempre hay que dárselas de súper innovador y se puede aprender de los que tienen experiencia.

El mismo perro no me muerde dos veces. Corolario: aprenda de los errores.

El segundo ratón se queda con el queso. Corolario: a veces ser el primero no es lo importante. O dicho con ritmo, “no hay que llegar primero sino hay que saber llegar”.

Hasta una cebolla logra que la gente llore pero ningún vegetal logra que la gente se ría (este era de mi abuelo Miguel hablando de lo difícil que era hacer reír pero creo que se puede usar como argumento como el vegetarianismo…aunque un pedazo de tocineta es bastante buen argumento para mí)

Si no es el primer caballo la vista es básicamente la misma sin importar el camino. Corolario: trate de ser el líder (si bien no el primero, como vimos anteriormente).

Si los problemas tocan la puerta no hay que darles tinto. Corolario: evitar una pelea noes cobardía.

No se agache con las espuelas puestas.

No haga un pozo debajo de la letrina.

No beba de donde mea.

No ande descalzo por donde pastan las vacas.

No se le acerque a un toro por delante, a un caballo por detrás ni a un culebrero por ninguna parte.

* PUBLICADA EL 28 DE JULIO EN LA TARDE *

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Matías en clase de machetología (el machete no tiene filo).

La evolución del concepto de las vacaciones


Si no estoy montado en un tractor a las cinco de la mañana, no estoy en vacaciones.

Si no estoy montado en un tractor a las cinco de la mañana, no estoy de vacaciones.

De 0 a 3 años: Me da igual estar en vacaciones que no. Como, babeo, lloro, ensucio, repito. Este ciclo se puede llegar a cabo en cualquier lugar, clima o época del año.
De 3 a 6 años: Mi oficio es jugar. Las vacaciones me ofrecen más tiempo y nuevos espacios para el juego. Debo levantarme más temprano que de costumbre para alcanzar a ponerme todos los disfraces que tengo antes del desayuno. Es indispensable tener a la mano juguetes, particularmente costosos y que requieran pilas y hacen ruidos irritantes y chuzan si un adulto los pisa descalzo. La comida y el sueño no son prioridad.
De 6 a 10 años: Ya no soy un niño. El colegio me exige mucho y las vacaciones son MI momento. Todo gira en torno a mí. Necesito actividad. Mucha actividad. Quiero ir a pescar, montar en bicicleta, aprender a usar el monopatín, el uniciclo, patines en línea, patines en círculo o lo que se hayan inventado recientemente que pueda provocar una fractura. Si no hay peligro, no hay diversión. Necesito adrenalina y muchos implementos deportivos. Los cascos son para mi mamá; yo prefiero escalar montañas de alambre de púas en calzoncillos.
De 10 a 14 años: Ya no soy un niño.  Las vacaciones son demasiado cortas y las tengo que usar bien. Me ofende que me pongan a leer o ir a un museo o hacer actividades estimulantes. Lo único que me estimula es usar mis dedos gordos. Quiero jugar con el Wii, el Nintendo, el iPad, el GameBoy o cualquiera sea el dispositivo costoso y aislante de moda. Quiero ver televisión. Quiero verme todos los capítulos de todas las series y todas las películas y no quiero interactuar con otros humanos. La comidita que sea fácil de comer con las manos, gracias.
De 14 a 25 años: Ya no soy un niño. Las vacaciones son sagradas. Son para pasarlas en manada. Plan con menos de seis no es plan. Necesito mi manada de amigos y amigas y novias y ex amigas que ahora son novias y ex novias que ahora son amigas de los novios que antes eran mis amigos pero ahora me caen mal pero tienen carro. El carro es el centro de todo mi universo. Me llevan en él, me lo prestan, me lo quitan, me lo prometen. Dormir no es importante. Mi manada gira en torno al desplazamiento y la comida. Si no hay gente de mi edad o algo en qué montar, no son vacaciones, gracias.
De 25 a 35 años: ¿Vacaciones? Por favor, ya no soy un niño. No necesito vacaciones.
De 35 años en adelante: Ya no soy un niño. No resisto las vacaciones. Necesito dormir. No puede ser que ya no estén en el colegio. ¿Por qué no estudian todo el año?
 * PUBLICADA EL 1 DE JULIO EN LA TARDE

Revolución Marrón


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Experto mugrólogo

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Algunos de mis amigos hacen muecas de horror cuando oyen que mi papá parte el mango con la misma navaja con la que les quita los nuches a las yeguas (tranquilos, la limpia en el bluyín cuando pasa de una tarea a la otra) pero la verdad es que me considero bastante afortunada aunque no siempre supe que era algo raro.

Noté la diferencia cuando llegué a vivir a Bogotá y tuve un novio que pensaba que las fresas crecían en arbustos (como las pitufifresas, que era lo más cercano a una fresa que había visto). Cierto cuñado, también bogotano, nos preguntó alguna vez cómo se sabía cuándo estaban listos para consumir los huevos que ponía la gallina porque él no había visto nunca un “huevo biche”. Otro primito criado en la capital fue motivo de burla porque en el colegio le pidieron que dibujara un pollo y él dibujó una pierna con papitas y gaseosa. La verdad es que tener potreros a la mano y fincas los fines de semana es un lujo que muchos damos por sentado.

El problema no es sólo bogotano. Un estudio reciente realizado a niños franceses mostró que los niños dibujaron pollos asados y croquetas de pescado en lugar de animales. En Inglaterra el año pasado la empresa Leaf realizó una encuesta en personas entre los 16 y 23 años y descubrió que el 36% no sabe que la tocineta proviene de los cerdos; el 40% no sabe que la leche viene de las vacas y el 11% pensaba que los huevos son comida procesada a partir del trigo y el maíz (esto además de la noticia de una mujer de Torquay que admitió darle puré de hamburguesas que compraba en en un restaurante de comida rápida a su hija de pocos meses porque no sabía cocinar). En Australia, la mayoría de los niños piensan que el yogur proviene de una planta, y un programa especial de Jamie Oliver mostró niños en Estados Unidos que eran incapaces de reconocer vegetales como tomates, papas y zanahorias cuando se les presentaron en su forma natural, cruda y sin procesar.

La cosa es grave.

Más allá de burlarme de mi compañera de clase que pensaba que las cebollas tenían pepa en el centro como un aguacate (y me burlé MUCHO), este nivel de ignorancia me preocupa, sobre todo ahora que soy mamá y ando buscando colegio. Somos increíblemente afortunados porque Matías no sólo tiene a mi papá que le enseñe cómo hacerle cesárea a una vaca (y va a saber que los perros no tienen cordón umbilical, a diferencia de su padre) pues tenemos nuestra propia huerta en donde él ha cogido tomates y habichuelas. Pero somos una minoría.

Por eso creo que la educación necesita una reforma y propongo ahora mismo que el Ministerio competente ordene que todos los colegios dicten una nueva materia: MUGROLOGÍA. Los niños se tienen que ensuciar, tienen que tener contacto con la tierra, sembrar, embarrarse, ver lombrices y jugar con lodo. Niño que llegue con el uniforme limpio a la casa no pasa. La revolución verde ya pasó. ¡Es hora de la Revolución Marrón!

PUBLICADA EL 18 DE MAYO DE 2013 EN LA TARDE

La Feminista y las Mariposas de Cerámica.


No he sido precisamente la más fanática del Día de la Mujer. No me gusta su origen, lo que representa, cómo se celebra, cómo se ha mediatizado y cómo se usa para vender rosas baratas en los semáforos. Fo, fo, fo. Año tras año me debato entre escribir al respecto y tratar de no sonar latosas (pueden leer las columnas de otros años aquí, aquí y aquí) y simplemente ignorarlo y esperar que la gente que me manda tarjetas virtuales de felicitación entienda que aprecio su cariño pero deploro este día.

Pero este año…ay, este año estoy en problemas.

Bolsa con mariposas

Bolsa con mariposas

Mariposas anti-feministas

Mariposas anti-feministas

Lo que pasa es que mi hijo, mi hermoso, tierno e inocente bebé, está en el Jardín y allá han sucumbido a la tentación de celebrar este día macabro y hoy, justamente hoy, 8 de marzo, día que detesto, ha llegado con un regalo para mi. Pero no cualquier regalo; no un bouquet de flores marchitas ni una tarjeta prefabricada. Por supuesto que no. Mi hijo ha llegado con un móvil de mariposas de cerámica que él mismo hizo y pintó y luego metió dentro de una bolsa de papel marrón que además decoró con papel de seda.

¿Qué hace una en este tipo de situaciones? En el manual de la Clínica no había ningún capítulo sobre el efecto que el estrógeno tendría sobre mi feminismo, ninguna advertencia sobre la posibilidad de que las mariposas estropearan años de animadversión. Pero ahí lo tienen, este regalo de mi hijo me enterneció. Y me lo entregó dándome un beso babiado y diciéndome “Feliz día de la mujer, Mami.”

Lamento informarles que se me encharcaron los ojos.

¡Pero, por Florance! ¿Qué me pasa?

Es una conspiración. Los promotores de este día sacaroso han reclutado a los niños y eso es sencillamente cruel. Es bajo. Es ruin. Es…bastante efectivo. Porque ahora tengo el móvil de mariposas colgado del techo y la bolsa pegada al corcho del que pego todos los artes de mi hijo y no puedo, no puedo generar el veneno de otros años.

Siento los suspiros de desprecio, los gruñidos desaprobatorios. Lo sé. Me los merezco. Pero es que estas delicadas y deformes creaciones de cerámica, colgadas con amor de hilos sucios y surcados con cuentas plásticas –probablemente chinas y tóxicas- las hizo Matías. Ustedes no entienden. Con razón Simone de Beauvoir nunca tuvo hijos. Un solo móvil y Llegó para quedarse habría tenido como protagonista una mariposa.

O tal vez no. Tal vez sea sólo yo. Tal vez sea pasajero y un día no muy lejano me siente con Matías y le explique sobre teoría de género y le hable de Judith Butler y le cuente sobre las sufragistas y veamos Erin Brocovich arrunchados comiendo crispetas.

Tal vez otro día, pero no hoy. Hoy sólo tengo ojos maternales para mis mariposas de cerámica. El año entrante alegaré sin duda…salvo que en el colegio les enseñen a hacer rosas en porcelanicrom.

 

Primera semana de colegio


Lunes en la mañana: se fue sin problema. No lloró. Soy una mamá fantástica, mi hijo tiene mucha confianza en sí mismo y eso es todo gracias a que lo he criado con amor y esto significa que va a poder con cualquier obstáculo y va a ser famoso y me va a dedicar todos sus triunfos.
Lunes en la tarde: no me han llamado del colegio. No me ha extrañado ni poquito. Eso es que no me quiere. Claro, estaba ya harto conmigo y está dichoso de poderse volar. Soy una mamá horrenda.
Martes en la mañana: Lloró. Dice que no quiere ir al colegio. Claro, como yo nunca lo mandé a nada y no lo dejé ir con nadie sino que estuvo conmigo siempre pues eso es que no se va a poder adaptar y va a ser un antisocial y nadie lo va a querer y va a vivir en el garaje de la casa y coleccionar chicles usados toda la vida. Soy una mamá horrible.
Martes por la tarde: la profesora dijo que se había calmado sin problema. Soy la mejor mamá del planeta y mi hijo es resiliente y capaz de navegar las turbulentas aguas de la sociedad infantil.
Miércoles por la mañana: Tuvimos un accidente y tocó cambiarlo antes de ir al colegio y ahora todos los niños se van a burlar porque no tiene el uniforme y van a pensar que es que no hicimos bien el proceso de quitarle el pañal porque soy perezosa y el niño no va a hacer bien su etapa y según Freud eso le va a generar problemas psico-sexo-socio-afectivos y nunca va a ser feliz. Apesto como mamá.
Miércoles en la tarde: no se comió la lonchera. La profesora dijo que se había comido todo el refrigerio y todo el almuerzo. Eso es porque yo siempre le he dado comida variada y lo he llevado a restaurantes y nunca le di de esa comida de bebé simple ni compotas de hígado y el niño tiene buen gusto y va a ser chef y va a poner un restaurante que se llame Angelita’s y vamos a ser famosos y soy una mamá estupenda.
Jueves en la mañana: Pero ¿por qué no se come la lonchera? ¿Será que no le gusta lo que le empaco? ¿Será que no le estoy comprando el mecato adecuado, que no estoy al tanto de los pasabolas trendy y lo estoy condenando al ostracismo prejardínico porque los demás niños se burlan de su lonchera del siglo pasado? Soy una mamá horrible.
Jueves en la tarde: Se despidió de beso y abrazo de la profesora. Ella siempre me cayó bien. Ella es joven y linda y lo carga y está haciendo todo lo posible para que esta transición sea fácil. Elegí el mejor colegio para mi hijo. Soy una mamá espectacular.
Viernes en la mañana: ni siquiera me dio beso. Llegó y se le lanzó a los brazos de la profesora. Perra inmunda, me está tratando de quitar a mi bebé. No lo voy a permitir. Mi bebé es mío y no lo comparto con nadie. Soy una mamá espantosa.
Viernes en la tarde: ¿Tengo que hacer esto otra vez el lunes?
Conclusión: voy a investigar sobre home schooling. Mientras tanto, necesito una agüita de Valium y una siesta.