La moraleja de la lonchera


Uno de los actos de amor más grandes y más subvalorados de la niñez es compartir la última papita del paquete. Le sigue el chicle del bom bom bum y el último trago de gaseosa. Estos actos de generosidad absoluta se presentan desde preescolar hasta más o menos octavo grado porque entonces las hormonas hacen que el sexo reemplace el dulce como aquello en lo que más se piensa, desea y busca.
Pero los dulces, los paquetes y el conjunto que los abarca, el mecato, son nuestro primer encuentro con la noción de dar de lo que queremos para que nos quieran. Por supuesto hay quienes eligen comerse todos los ositos gummy y ahogarse con las migajas de las galletas. Esos son los que son acusados de tener un sapo en la barriga, se les desea cólico y se les augura obesidad. Tienen pocos amigos y así serán toda la vida porque la verdad es que el que no comparte los dulces en el recreo no da propina, no paga impuestos, no contrata a los empleados con seguridad social completa y siempre busca la manera de pasarse de listo con los bancos (o trabaja en uno).
No me cabe duda: los dulces nos enseñan a compartir.
Por eso me llamó tanto la atención de la campaña de Milka

Campaña Dare to Be Tender de Milka.

-esa deliciosa chocolatina suiza que viene en el empaque morado con una vaquita- que este año está cumpliendo 111 años y con motivo de ello lanzó el agosto la campaña Atrévase a ser tierno en Francia , que funcionó así: a cada chocolate le faltaba un pedacito y en su lugar había un código de barras que los compradores debían ingresar en una página. Allí tendrían la opción de pedir el faltante para sí o enviarla de regalo a un amigo con la opción de incluir un mensaje impreso (les digo de una vez que si me llegara un pedazo de chocolate por correo me pondría a llorar).
Más allá de alterar un producto para comunicar una idea o descompletar un chocolate (que en otras circunstancias serían imperdonable), lo que me parece fascinante es que los de Milka están apoyándose en la idea de que el chocolate es para compartir. Está hecho, diseñado, pensado para unir a la gente, y creo que eso no sólo es cierto para el chocolate. Creo que la comida en general, es lo que nos hace humanos, lo que nos hace familia, lo que nos obliga a civilizarnos. Y en esta era de las papas agrandadas y pague uno y lleve dos uno creería que aquello de compartir estaría por las nubes en los adultos pero la realidad es otra. La billetera es mucho más difícil de compartir que la lonchera. Obvio, la lonchera la llena la mamá y la billetera la llena uno, pero es más que eso. Las comidas de adulto no son fácilmente porcionables y además nos da asco, pereza, pena y un montón de cosas más.
Pero aún así podemos aprender algo del experimento de aquel pedacito obsequiable. Podemos tener un paquete de papitas imaginario y preguntarnos a quién le daríamos con una sonrisa esa última papita y darles una llamada. Y quién sabe, a lo mejor descubrimos que alguien nos tenía guardado el último cuncho de Milo.

Revolución Marrón


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Experto mugrólogo

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Algunos de mis amigos hacen muecas de horror cuando oyen que mi papá parte el mango con la misma navaja con la que les quita los nuches a las yeguas (tranquilos, la limpia en el bluyín cuando pasa de una tarea a la otra) pero la verdad es que me considero bastante afortunada aunque no siempre supe que era algo raro.

Noté la diferencia cuando llegué a vivir a Bogotá y tuve un novio que pensaba que las fresas crecían en arbustos (como las pitufifresas, que era lo más cercano a una fresa que había visto). Cierto cuñado, también bogotano, nos preguntó alguna vez cómo se sabía cuándo estaban listos para consumir los huevos que ponía la gallina porque él no había visto nunca un “huevo biche”. Otro primito criado en la capital fue motivo de burla porque en el colegio le pidieron que dibujara un pollo y él dibujó una pierna con papitas y gaseosa. La verdad es que tener potreros a la mano y fincas los fines de semana es un lujo que muchos damos por sentado.

El problema no es sólo bogotano. Un estudio reciente realizado a niños franceses mostró que los niños dibujaron pollos asados y croquetas de pescado en lugar de animales. En Inglaterra el año pasado la empresa Leaf realizó una encuesta en personas entre los 16 y 23 años y descubrió que el 36% no sabe que la tocineta proviene de los cerdos; el 40% no sabe que la leche viene de las vacas y el 11% pensaba que los huevos son comida procesada a partir del trigo y el maíz (esto además de la noticia de una mujer de Torquay que admitió darle puré de hamburguesas que compraba en en un restaurante de comida rápida a su hija de pocos meses porque no sabía cocinar). En Australia, la mayoría de los niños piensan que el yogur proviene de una planta, y un programa especial de Jamie Oliver mostró niños en Estados Unidos que eran incapaces de reconocer vegetales como tomates, papas y zanahorias cuando se les presentaron en su forma natural, cruda y sin procesar.

La cosa es grave.

Más allá de burlarme de mi compañera de clase que pensaba que las cebollas tenían pepa en el centro como un aguacate (y me burlé MUCHO), este nivel de ignorancia me preocupa, sobre todo ahora que soy mamá y ando buscando colegio. Somos increíblemente afortunados porque Matías no sólo tiene a mi papá que le enseñe cómo hacerle cesárea a una vaca (y va a saber que los perros no tienen cordón umbilical, a diferencia de su padre) pues tenemos nuestra propia huerta en donde él ha cogido tomates y habichuelas. Pero somos una minoría.

Por eso creo que la educación necesita una reforma y propongo ahora mismo que el Ministerio competente ordene que todos los colegios dicten una nueva materia: MUGROLOGÍA. Los niños se tienen que ensuciar, tienen que tener contacto con la tierra, sembrar, embarrarse, ver lombrices y jugar con lodo. Niño que llegue con el uniforme limpio a la casa no pasa. La revolución verde ya pasó. ¡Es hora de la Revolución Marrón!

PUBLICADA EL 18 DE MAYO DE 2013 EN LA TARDE

Sencillez y sensibilidad


Turkish Tea

Ejemplo del té cachaco

Esta semana comprendí algo: la sencillez está sobrevalorada, sobre todo en Colombia. Como no crecí aquí no tengo esa apreciación por lo sencillo y con frecuencia me ofendo cuando invito a alguien a comer a mi casa, le dedico tiempo y esfuerzo a preparar algo rico y en lugar de echarme flores me dicen –ay, pero no has debido molestarte, la próxima vez me haces algo más sencillo.

 

La persona cree que me está diciendo que no era necesario todo lo que hice, pero lo que en realidad quiere decir es que no se lo merece, o que nuestra relación no lo amerita. Les voy a contar un secreto: si no se lo mereciera, no lo haría. Yo tengo dos cajas de té, el de la visita normal y el de la visita que me cae bien. A los primeros les doy aromática común y silvestre; a los segundos les ofrezco de mi colección privada de mezclas exóticas que vienen con historias y sueños de viajes. Lo mismo con los postres, dulces, mermeladas y recetas. Si no me importara le daría un paquete de galletas saltinas y una sopa en sobre,  pero si me puse a hacerle mi famosa pechuga de pavo con salsa de mostaza Dijon con estragón o el cheescake con salsa de moras y menta que cultivé yo misma en mi propio jardín es porque quiero hacer algo personal y decirme que no lo he debido hacer me duele un poco. Me duele porque si cree que no valió la pena es porque piensa que nosotros no valemos la pena, que la ocasión no da para tanto o, en algunos casos, que no haría lo mismo por mí.

 

Ahora, muchos dirán que es señal de confianza cuando se recibe la visita en piyama, de pierna peluda y se le da de comer arepa con queso, y tienen razón. Cuando es una visita que se repite a menudo, cuando es “de la casa” uno le puede dar café tibio en taza despicada y decirle que lave el plato. Pero yo estoy hablando de la visita, de la comida, de los convites que se anhelan y se planean con gusto y cariño. Si me tomé el trabajo de sacar la vajilla bonita, poner flores y depilarme el bigote, lo mínimo que puede hacer es reconocer que hice algo especial y sentirse importante por ello.

 

Entiendo que para muchas personas no es fácil aceptar los derroches de atención. Nos han enseñado que nos de pena o nos sintamos incómodos porque no queremos importunar. Lo que muchos no ven es que también es un placer dedicarle un rato a pensar en cómo contemplar a alguien, cómo hacerle sentir que vale el esfuerzo y expresarle nuestra dicha porque podemos compartir un rato. La comida elegante, el mantel bordado y la servilleta alcholchada son cariñitos que no hay que despreciar.

 

De allí que diga que eso de la sencillez está sobrevalorada. Yo creo que la complicación también es una forma válida de expresar amor, y si yo me complico por usted, agradézcalo, siéntase halagado, aprecie la bomba y valore los platillos. En otras palabras, déjeme complicar por usted, y si siente el impulso, bien pueda complíquese por mí.

 

La adultez viene en forma de crepe


Crepe

Image via Wikipedia

Esta semana, una amiga y yo nos reunimos para almorzar cerca de la universidad donde estudiamos juntas. Llenas de nostalgia por los viejos tiempos, decidimos almorzar en nuestra crepería favorita. Bueno, crepería es algo pretencioso. En realidad es un carrito de crepes en la mitad de la calle que tiene un aviso pintado a mano que reza “la crepería”. Pedimos lo de siempre, una crepe de jamón, pollo, queso, tomate, salsa rosada y orégano y otro de nutella con arequipe y leche condensada para cada. Dado que es un carrito, no hay mesas y los crepes se comen con la mano, como una arepa con queso glorificada. Pero no nos importaba hace diez años (sí, hace diez años fui primípara en la U y me nutrí casi exclusivamente de estas crepes y de pizzas que se vendían a $1000 pesos la porción con gaseosa incluida) y pensamos que no nos iba a importar ahora. Pero resulta que hace diez años no nos importaba sentarnos en el andén o comer paradas porque el mundo nos cabía en el bolsillo. No teníamos celular ni cartera ni nos importaba ensuciarnos los ‘jeans’. Esta vez decidimos buscar una banca y sentarnos a comer. Los maletines y las carteras de ambas ocupaban ¾ partes de la banca, así que nosotras quedamos compartiendo el cuarto restante entre las dos, con lo que no podíamos mirarnos mientras comíamos. No sé por qué, pero como no nos veíamos, tampoco nos oíamos, así que pasamos la mitad del almuerzo diciendo “¿que qué?” y tratando de no mordernos el pelo. Claro, en la U no teníamos peinado de secador y plancha con cabezas de cerámica ionizadas. En esa época yo tenía el muy en boga corte militar y ella se enrollaba su abundante melena en una bamba, así que nunca tuvimos que pensar que el pelo se unta de crepe y viceversa.

No quisimos permitir que el detalle de la logística capilar nos dañara el rato, así que continuamos valientemente tratando de salvar look y almuerzo cuando nos dimos cuenta de que perdimos la destreza requerida para coger apropiadamente la dichosa crepe en la mano. Verán, estas crepes se tienen que mantener con un nivel de presión más preciso que el de una pipa de gas porque si se aprieta demasiado, se sale el relleno, pero si no se aprieta lo suficiente, la crepe se desmaya. Por supuesto, yo sobreapreté la mía y se me regó el relleno hirviendo en la mano. Además, perdí la coordinación ojo-mano-maxilar-diente porque no pude cortar el queso derretido. Mordía y el queso se negaba a ser cortado y quedaba colgando mientras yo estiraba la mano. Me tocaba usar la otra mano para cortar el queso, que invariablemente se me caía sobre la barbilla. Cada mordisco implicaba limpiarme las dos manos y la cara, con lo que gasté una gran cantidad de servilletas.

Como si lo anterior no fuera reto suficiente, en medio de todo me sonó el celular. Con la mano menos grasosa lo pesqué de la cartera, pero ya era demasiado tarde. Habían colgado y ahora el teclado y la cartera estaban llenos de huellitas grasientas y se me había doblado la crepe. Decidí terminar de doblarla y meterme lo que quedaba de ella, alrededor de una tercera parte, a la boca de una. Grave error de cálculo, pues al parecer mi boca se ha encogido ya que no me cupo bien y me tocó masticar durante varios minutos antes de poder tragar, y además se me fue por el camino viejo y tosí como una loca y quedé ronca el resto del día porque el combo viene con coca cola chiquita. Nos comimos el postre en silencio y nos despedimos con cierto sabor agridulce en la boca, que ni siquiera la nutella pudo disipar. Nos dio agriera a las dos esa noche y concluimos que la crepería es ahora un lugar hostil para nosotras. Bueno, la verdad es que el pasado el hostil… por eso, mi amiga y yo decidimos encontrarnos a almorzar en un lugar con tenedor y cuchillo la próxima vez y dejar la nostalgia en un plano meramente verbal de ahora en adelante.

 

* PUBLICADA EL 24 DE FEBRERO DE 2008

Autopista de inversiones


carretera

Image by bdebaca via Flickr

Vivimos en un país privilegiadamente contrastante, y dichos privilegios y contrastes son mucho más evidentes cuando se viaja en carretera. Me di cuenta de ello durante mi más reciente excursión motorizada, durante la cual, por primera vez desde que tengo noción de pasajera, no tuve miedo. Claro, el idiota que pretendía pasársele a una tractomula en una curva cerrada me purgó de una, pero me refiero al miedo que sentimos todos los colombianos que viajábamos hace diez años por carretera, el miedo que cubre más que los posibles accidentes de tráfico. Si alguna vez sufrió cuando vio un trancón en la línea y rezó por que se debiera a un derrumbe o un choque en vez de una pesca milagrosa, usted sabe de qué estoy hablando. Si no sabe, como diría Andrés López, “deje así”.

El punto es que en este viaje en particular me pude concentrar, como nunca antes, en la carretera en sí. Debo decirles que me pareció un espectáculo alucinante, de dimensiones cinematográficas, y que llegué a la conclusión de que nunca se conoce realmente un país hasta que se viaja por sus carreteras. En el caso de Colombia, he concluido que lo que nos une, lo que nos define, la esencia de la colombianidad irreductible es el negocio. ¿Dónde más hay negocios alrededor de un peaje? Por eso, creo que a los del Aprendiz de Donald Trump los deberían poner a viajar por las carreteras colombianas para que se les despierte la conciencia del negocio. Es más, viajar por nuestras carreteras debería ser materia obligada en todas las carreras de Administración de Empresas del país y las agencias de turismo deberían gestionar intercambios con los que estudian en Harvard. Las orillas de nuestras carreteras están que se revientan de ideas lucrativas y los colombianos somos unos ‘duros’ para encontrarle el lado lucrativo a todo.

Primero, debo decir que aprecié de cerca el talante para los negocios que tenemos los colombianos con avisos que anunciaban establecimientos que ofrecían bienes y servicios de lo más diversos. Bar-hotel-lavadero de carros; rancho-licores-venta de diesel; quesos-tamales-trucha-piscina con olas y artesanías-postres-cachorros-fotocopias-servicio de fax son sólo algunos ejemplos reales. Muchos establecimientos ofrecen tantas cosas que no pueden hacer avisos los suficientemente extensos y deben conformarse con el patentado ‘algo más’ o, en su defecto, ‘y más’. Les reconozco de frente que ese ‘algo más’ siempre me ha generado algo de desconfianza. Cuando leo ‘fresas con crema, trucha y algo más’, o peor ‘Peluquería, lavandería y más’ por lo general paso de largo o entro con algo de trepidación al lugar, pero aún así debo reconocer la genialidad detrás de la multifuncionalidad de estos lugares.

El aspecto polifacético no termina en la oferta de bienes y servicios. También la gastronomía es mutante, híbrida, multiforme. Vi choripapa, salchipapa y choriperro, que combinado con el talento políglota e internacional de nuestra gente se unía al chuzo-dog, al rasp’ao, la trucha a la irlandesa (no tiene whiskey, sólo aceitunas) y a las fresas n’ crema.

Tal vez cuando más llegué a admirar la capacidad para encontrarle el lado rentable a cualquier situación fue durante los trancones. Mi Papá afirma que uno puede saber qué tan grave es un trancón de acuerdo a lo que los vendedores ofrecen. Si hay achiras, maní, bebidas al clima y quesillo, es cuestión de 10 o 20 minutos. Si hay Bon Ice (en clima cálido) o café o agua de panela (en clima frío), envueltos y paquetes con papitas, rosquillas o Chitos, ya la cosa va para media hora o 45 minutos. Ahora, si usted ve gente con avisos de ‘minuto a celular’, bolsas de papel café con papitas criollas fritas, platos desechables con papa pastusa chorriada o, Dios nos libre, TAMALES, la cosa es grave. Ese es un trancón de mínimo dos horas, pero que puede dejar cientos de miles de pesos en ganancias para los nativos de la curva. Por eso digo, si hay algo en últimas colombianísimo, es nuestra capacidad de lucrarnos hasta de un trancón.

 

Tecnología, modales y la impresora de mis sueños


Toy Story cupcakes

Image by Ana_Fuji via Flickr

Hay momentos en los que la maternidad riñe con la modernidad, momentos en los que las frases que le oí decir a mi madre tantas veces resultan anacrónicas a la luz de los retos que enfrento como mamá de un niño del siglo XXI. La más reciente de ellas es “no juegues con la comida”.
Verán, mi mamá me crió con modales sacados del manual de Carreño y jugar con la comida estaba estrictamente prohibido y era severamente penalizado pues junto empujar la comida con el cuchillo o el dedo gordo era considerada una ofensa criminal en la mesa. Pero ahora resulta que la comida es mucho más divertida que cuando yo era niña. Hay papitas en forma de carita feliz y pollo apanado con forma de dinosaurios y fideos con las formas de los personajes de Toy Story que incitan al juego. Y ahora salieron con algo aún más fantástico: comida imprimible.
No los voy a aburrir con una larga explicación científica de algo que no entiendo muy bien, pero básicamente los genios de Cornell Creative Machines Lab crearon una máquina que imprime comida. La impresora 3-D toma planos electrónicos y usa cosas como queso derretido o masa para galletas para hacer algo comestible, capa por capa. Los planos indican qué va dónde y permiten crear cosas como cohetes y robots y tigres y…bueno, ustedes entienden.
La empresa Essential Dynamics piensa vender la impresora por unos mil dólares y probablemente en unos años se convierta en un electrodoméstico accesible para el hogar promedio. Yo ya estoy antojada así que es bastante probable que en unos años las comidas de la familia Camelo-Álvarez sean perros calientes en forma de Schnauzer o una réplica a escala de la Tierra Media hecha en puré de papa, y de postre hobbits de chocolate.
Y cuando eso ocurra, lamentablemente no voy a poder invitar a comer a mi mamá porque definitivamente vamos a jugar con la comida. Es más, creo que mi primera cena serán hamburguesas en forma de Barbie y Ken. ¿Alguien quiere traer la ensalada en forma de convertible?
* PUBLICADA EL 25 DE SEPTIEMBRE DE 2011

De epónimos y egos


48 temporary compost toilet

Image by Vertigogen via Flickr

Entiendo que las artes pasan por un mal momento, pero la estrategia del Centro de Artes de Cedar Rapids, (Iowa, EEUU) es tan desacertada como de mal gusto. Para recoger fondos han decidido darle al donante de 1000 dólares en adelante el derecho a nombrar…un inodoro. En el correo electrónico que enviaron para atraer inversionistas potenciales dicen “Es la oportunidad de honrar a un ser amado, un colega, su artista preferido o usted mismo […] entre sus vecinos pueden hacerle honor a un mandatario admirado, conejal, expresar su respeto por un profesor o mentor, o tal vez con sus colegas puedan sorprender a su jefe. Las posibilidades son infinitas”. Sí, tan infinitas como el lugar a donde va a dar el contenido del retrete.

Créanme, yo entiendo la pulsión de querer dejar un pedazo de inmortalidad por ahí. Aunque mi nombre sea cacofónico y poco comercial, mi ego es mayor que mi sentido de la estética sonora y quisiera que algo famoso se llamara como yo. Todavía me queda tiempo para hacer algo que amerite una estatua, o un busto aunque sea. O tal vez un lindo viaducto, un bonito estadio o algo sencillo como un rascacielos.

El caso es que eso de los epónimos no siempre es un honor. Las enfermedades venéreas se llaman así por la diosa griega Venus; la familia de Joseph Ignace Guillotin no debe decir con orgullo que la guillotina se llama así porque el tatarabuelo fue el de la brillante idea de usarla (es más, trataron de hacer que el gobierno francés dejara de usar esa palabra pero al final mejor se cambiaron el apellido); y tampoco creo que los descendientes de Charles Lynch cuenten a los niños la historia de cómo el viejo Charlie dio origen al término “linchar” en Navidad. En cambio a los descendientes de John Montagu IV les debe doler que no existiera el concepto del “Copyright” en el siglo XVIII porque serían millonarios con aquello del sándwich.

A pesar de estos ejemplos infortunados, lo del epónimo sigue siendo sexy. Por ejemplo, me gustaría que me llamaran de Mars a decirme que van a poner en el mercado la Angie bar. O de Apple, para contarme que han diseñado la nueva Lap top Angelita, con teclado a prueba de chocolate. También me sentiría feliz con una llamadita de Ralph Lauren para informare que su nueva línea de pantalones “The Angie” reduce la celulitis. Incluso de Revlon para decirme que habrá un nuevo color de sombra llamado “Azul Ángela”. Hasta me contento con que la Real Academia de la Lengua me diga que me van a dedicar una entrada en la próxima edición del diccionario con el verbo “angelitizar” como sinónimo de “corregir”.

Pero lo más probable es que mi nombre sea el epónimo de un desorden psicológico: el síndrome de Angelita, usado para designar aquellos que dedican demasiado tiempo a soñar despiertos con cosas imposibles y escribir ligerezas en tiempos pesados. Lo del inodoro ya no parece tan mala idea, ¿cierto?

 

*PUBLICADA EL 4 DE SEPTIEMBRE DE 2011