El precio del voyerismo fotográfic


Lorde en la portada de Billboard. Ella posó para esta foto.

Lorde en la portada de Billboard. Ella posó para esta foto.

Recién descubrí a Lorde, la cantante neozelandesa que fue elegida por los actuales miembros de la agrupación Nirvana para cantar durante su ceremonia de inducción al Salón de la Fama del Rock ‘n Roll (vea el video aquí). Su voz melancólica y profunda me cautivó al instante y, si bien las letras de sus canciones son un poco existenciales para mi (sí, aún para mi, así que ya se imaginarán) quedé tan descrestada con la joven que decidí seguirla en Twitter (@lordemusic). Hace unos días, leí el siguiente trino: “Me niego a seguir siendo cómplice y me niego a ser pasiva cuando hay hombres que sistemáticamente me someten al miedo extremo”.
Este trino es uno de varios que ha publicado la cantante acusando explícitamente al paparazzo Simon Runting, también de Nueva Zalenda. En un trino incluye una foto que ella le tomó a él y otros en donde publica hipervínculos al perfil de Runting en Facebook y a otras fotografías que él ha tomado de estrellas como Rihanna. Una y otra vez, Lorde dice tener miedo y estar harta.
Pero eso no ha hecho que Runting se detenga, y él dice que lo hace porque existe un interés público por tener imágenes de esta niña.
Yo discrepo.
Una cosa es una figura pública y otra cosa es una persona que ha elegido vivir de realizar espectáculos que se transmiten para el público. En el primer caso, entiendo lo del interés público. Si, por ejemplo, un congresista que se opone fervientemente al matrimonio entre homosexuales es sorprendido con otro hombre, quiero saber. Si, por decir cualquier cosa, el presidente de un país está teniendo una relación extramatrimonial con la juez encargada de decidir sobre el caso en el que está involucrado un familiar suyo, la gente merece estar al tanto. Pero si una cantante salió de su casa sin maquillarse, ¿realmente es de mi incumbencia? Creo que no.
Entiendo que existe una relación simbiótica entre artistas y fotógrafos porque para volverse famoso hay que salir en los medios y muchas celebridades posan dichosas para las cámaras y ansían ver sus rostros en las revistas y en los conteos de mejor y peor vestidos. Pero no todos aprecian tal invasión de su privacidad, y sobre todo en el caso de Lorde, que es una niña, menor de edad, debería haber algún tipo de control. Estamos hablando de un hombre adulto que persigue una niña para tomarle fotos sin su consentimiento con el fin de lucrarse de ellas. ¿No se les hace casi pornográfica la cosa? Como mínimo es moralmente cuestionable.
Pero en últimas, ni Runting ni Lorde tienen el poder de detenerlo. El poder lo tiene la gente que compra las revistas en donde aparecen las imágenes de celebridades tomadas por paparazzi. Si dejan de comprar, dejan de ser valiosas. Así que la pregunta real de hoy es ¿cuánto está dispuesto a pagar por su entretenimiento? Si el precio es la seguridad de una niña, tal vez deba considerar un buen Sudoku.

 

*Esta columna apareció en el diario La Tarde bajo el nombre Confieso que he leído un “trino” de Lorde el domingo 18 de mayo de 2014.

La ética del hacker


El término hacker abunda por estos días en los medios nacionales. No voy a hablar ni del hombre al que se asocia el término ni de los actos que al parecer ha cometido. Mi problema es con la palabra hacker, porque la están usando mal. Según los noticieros y los titulares, un hacker es un cibercriminal, una persona falta de ética y moral que roba y vende información con el fin de hacerles daño a personas como ustedes o como yo.
Pero eso no es del todo cierto.
Para empezar, a palabra hacker proviene de una palabra inglesa del siglo XVII que describe obreros que labraban la tierra con un azadón. Los programadores adoptaron el término en los años sesenta para referirse a personas que sentían que el desarrollo de programas y tecnologías de computación era, más que una profesión, una pasión. Los primeros hackers eran ingeniosos y disfrutaban del reto intelectual que suponía sobreponerse a las limitaciones propias de los sistemas existentes. De allí nació la subcultura hacker, de donde salen también los crackers, los phreaks y los warez d00dz. La sociedad hacker tiene una jerarquía muy clara y organizada de castas como los samurai, los sneakers y los tiger teams. Algunos, como estos últimos, venden sus servicios a empresas que pagan por saber qué tan falible es su seguridad mientras que otros hacen lo mismo simplemente porque adoran el desafío de burlar la seguridad de cualquiera que ostenta ser impenetrable. Pero todos, o casi todos, tienen un código, una ética, descrita inicialmente en el Manifiesto Hacker de El Mentor luego de su arresto, y posteriormente explicada por Himanen y Castells.
Básicamente, los hackers  creen en crear software y compartirlo, que la libertad de la información es sagrada, los secretos son inherentemente malvados y la búsqueda del conocimiento es universal y por tanto el conocimiento también debería serlo. Son contestatarios, antiautoritarios  sin ser anarquistas y defienden la idea de que los computadores pueden cambiar vidas y que la información es bella y debe ser gratuita. Por eso atacan a las grandes corporaciones, porque sienten que estos no deberían ser los únicos con acceso a la tecnología moderna. Se ven a sí mismos como una especie de Robin Hood y abogan por el acceso universal a los computadores y al Internet.

El tipo que cogieron esta semana, si hizo lo que dicen que hizo, no es un hacker; es un lamer, una persona sin interés alguno por defender un ideal. Se trata de un fanfarrón, presumido y perezoso que no tiene las habilidades que dice tener y tampoco tiene intenciones de aprenderlas.
Y para un verdadero hacker, aprender es la mitad de la diversión; la otra mitad es compartir lo aprendido, y yo no vi ni diversión ni amor por más que el dinero en las noticias esta semana. Por eso digo que hacker es un halago que no se merecen los involucrados.

*Esta columna apareció en el diario La Tarde bajo el título Confieso que he leído La ética del hacker y el espíritu de la era de la información  de Pekka Himanen y Manuel Castells el domingo 11 de mayo de 2014

 

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Del sitio http://www.simpleshare.me/S/ Somos Anónimos Somos una Legión No perdonamos No olvidamos Espérennos

Óxido, putrefacción y otros males de las redes sociales


En una entrevista con Jeff Rosen, Charlie Sheen decía “Estoy harto de fingir que no soy especial, estoy harto de fingir que no soy una estrella de rock de Marte.”
Y la verdad, lo entiendo.
Verán, hace unos días recibí un regaño en mi muro de Facebook y de repente me sentí en el medioevo ochentero, cuando mi familia acaba de regresar de vivir en Estados Unidos y las niñas de mi salón se burlaban de mi español. Una vez logramos hablar bien el idioma local, mis hermanas y yo ocultábamos el hecho de hablar inglés con vergüenza y mentíamos acerca de haber comprado algo en otro país, alegando que lo habíamos conseguido en algún almacén cercano y con descuento. Todo parecía tan tonto ahora, tan insignificante lo que oculté y tan desmedidos mis temores hasta que leí ese comentario en el que la persona –amiga de la familia- me decía que no debía publicar cosas en inglés, que por qué escribía tanto en ese idioma y que le parecía que no estaba bien que yo sólo pensara en “mis amistades gringas”.
Un solo comentario y de nuevo estaba en el espiral de confusión que sentí al ver que los ricos eran los malos en todas las telenovelas, la gente que sobresalía era ‘creída’ y las que sabían más que los profesores se iban castigadas a la biblioteca (sobra decir que pasé mucho tiempo en la biblioteca, sobre todo durante las clases de inglés). En esa época sentí que había una diferencia en la percepción de lo sobresaliente aquí y allá: en Estados Unidos, los ricos son ídolos, la idea del millonario hecho a pulso es la promesa más suculenta del American Dream, pero aquí decían que el que se hacía rico le quedaba debiendo a todo el mundo. Allá la gente decía “Cómo hago para tener lo que tu tienes?”; aquí, “tu por qué tienes y yo no?”
Creo que las cosas han cambiado pero ese comentario me hizo ver rojo. Y luego azul, porque acordé de Raúl.
Raúl descubre que cuando uno oculta lo que es, lo que siente, lo que sabe y lo que puede, uno se empieza a volver anquilosado, inflexible y azul. Y no un enternecedor azul pitufo sino ese mortal azul gangrena, hediondo y nauseabundo.
Hay gente que nunca se ha sentido azulosa y los aplaudo. Pero sé que  hay gente que sabe la respuesta y no levanta la mano, que tiene una idea mejor y se la guarda, que ve el error del otro y no se lo comenta. Gente que se calla y se deja callar.
Por fortuna ya no hago parte de ese equipo y en cambio soy capitana de la Liga Pro-Linguis en donde amamos las palabras en todos los idiomas y sabemos que si bien el que calla se oxida, el que manda a callar se pudre. Y nadie cree que el mundo necesita ni más óxido ni más putrefacción.

*Esta columna apareció en el diario La Tarde bajo el nombre Confieso que he leído Raúl pintado de Azul de Ana María Machado el domingo 4 de mayo de 2014.

De abejas, mitos y pesares


La miel, dulce, deliciosa y mágica.

La miel, dulce, deliciosa y mágica que me dejaron las abejas.

Marc Twain dice que las abejas son humanas. La crueldad con la que tratan a los improductivos, la manera como desechan los zánganos, la despiadada reclusión de la reina en una oscuridad sin fin rodeada de adoratrices maquinadoras que termina con el espectáculo de su enfrentamiento a aguijonazos con su propia hija son, según Twain, razones suficientes para afirmar que las abejas son tan tontas y sus vidas regidas por tanta politiquería que sólo humanas pueden ser.
No sé si le crea del todo a Twain pero sí sé que las abejas tienen algo mágico.
He amado las abejas toda mi vida, desde que mi mamá que contaba la historia de la abeja y el Rey Salomón. Hasta he llegado a pensar que mi don de la palabra se la debo a una abeja que se posó en mis labios de bebé pues decían los griegos que así les llega su don a los poetas. Los griegos, además, creían que a la miel se debía el poder adivinatorio de la Triada de ninfas aladas (Melania, Kleodora y Daphnis) que vivían en el Monte Parnaso y recibieron a Apolo, y a quienes Rhea les entregó a Zeus para que lo alimentaran con el líquido sagrado.
Los egipcios, por su parte, tenían símbolos de abejas en los pilares de Karnak, el obelisco de Luxor y en Tanis, y en el templo de Dendera hay una inscripción que cuenta cómo Osiris emula a las abejas en el templo y da instrucciones para conocer el jardín secreto de las abejas en el otro mundo; los celtas creían que las abejas llevaban y traían mensajes entre los mundos; los babilonios y los persas embalsamaban a los nobles en miel y el ángel que vino a casar a José el hijo de Jacob pidió un panal de miel.
Incluso el nombre de uno de mis personajes preferidos de Harry Potter, el Profesor Dumbledore, debe su nombre a una antigua palabra que significa abeja.

Pese a tanto amor, esta semana tuve que despedirme de las que habían escogido vivir cerca de mi. Temas de vecinos, preocupaciones, ignorancias y temores humanos me obligaron a darlas en adopción. Busqué un hombre apifílico que se las llevó a vivir en su finca. Las removió del palacio de once panales que habían construido en la caja eléctrica de la casa con sumo cuidado y rescató a Su Majestad de la oscuridad twainiana junto con la mayor cantidad posible de sus hijitas. Me dejó, eso sí, la miel pero la miel no llena el vacío dejado por mis amigas zumbantes.
Por eso he dejado instrucciones de que me entierren como se describe en La Vida Secreta de las abejas, con un panal en mi tumba para que la miel me bañe. Tal vez reviva como Glauco, el hijo de Minos, pero por si acaso hagamos como en Appalachia y díganles a las abejas que he muerto para que cuiden mi alma y me susurren durante toda la eternidad.

Uno de los once majestuosos panales, cuidadosamente extraído.

Uno de los once majestuosos panales, cuidadosamente extraído.

 

*Este escrito apareció publicado en el diario La Tarde  bajo el nombre Confieso que he leído La Abeja de Marc Twain el domingo 27 de abril de 2014. 

Poesía puerta a puerta


Hay cosas de las que no se puede hablar sin cierto ritmo o cierta rima y la poesía tiene la posibilidad de hablar de ellas, porque hay momentos en los que los fragmentos son lo único que parece tener sentido. Aún así, tengo una relación difícil con la poesía. Por un lado están los poemas que articulan emociones demasiado crudas y difíciles para describirse en oraciones largas; por otro, están las poesías vagas o cursis, deliberadamente obscuras, etéreas y medio izquierdosas que impacientan y espantan a la gente como yo.
Pero hasta la gente como yo sabe que Cassandra Clare tiene razón cuando dice “Sólo los débiles mentales se rehúsan a dejarse influenciar por la literatura y la poesía.”
Por eso agradezco a mis profesoras (Mrs. Higgins, Bertica, María Elena y mi mamá) que me enseñaron a querer la poesía desde niña porque honestamente no sé qué habría sido de mi niñez sin Shel Silverstein o de mi adolescencia sin Gustavo Adolfo Béquer. Pero también sé que no todo el mundo tiene esas profesoras y que hay mucha gente que no ve más allá de la poesía de canelazo. Sin embargo, creo que hay esperanzas.
Este mes, por si no sabían, es el Mes de la Poesía y por ello mi correo está lleno de mensajes alusivos a la celebración. Llevo varios días dejándome arrastrar por el torrente de versos que me llegan pero de todos sobresale un escrito, en prosa, de Joseph Brodsky. El ensayo Una propuesta inmodesta habla de cómo el sistema educativo ha fallado en su intento por promover el amor por la poesía y por qué eso es tan grave. Brodsky llega a sugerir que los libros, particularmente los de poesía, deberían entregarse a domicilio como otrora la leche y que deberían ser considerados un servicio público como el agua o la luz. Si eso no es posible, dice el autor, entonces al menos se deberían vender libros de poemas en las droguerías en lugar de antidepresivos (claramente Brodsky no se refiere a Julio Flores que es bastante deprimente) y que seguramente a todos nos iría mejor si al lado –o, mejor, en lugar de- una biblia encontráramos un tomo de poemas en los cajones de los hoteles.
Como resultado de este ensayo surgió en Estados Unidos una iniciativa para distribuir de manera gratuita libros de poesía en lugares inesperados. Han hecho jornadas de poetización (como alfabetización poética) en colegios, hoteles, estaciones de tren, hospitales, juzgados, supermercados, paraderos de buses y camiones, zoológicos y dentro de directorios telefónicos.
Probablemente no se logre mayor cosa poetizando a la gente. El mismo Brodsky dice que la poesía  no puede reducir la pobreza, pero sí puede hacer algo para reducir la ignorancia, y eso ya es un avance.
Por eso, les tengo el plan para este Domingo de Resurrección: resucitar una poesía. Anoten un verso en un papelito, échenselo al bolsillo y poeticen a alguien.
Me cuentan cómo les va.  
*Esta columna apareció en el diaro La Tarde bajo el nombre Confieso que he leído Una propuesta Inmodesta de Joseph Brodsky el domingo 21 de abril de 2014*

En defensa de los cuentos de hadas


Esta semana ha sido particularmente nefasta en temas noticiosos. Una joven fue víctima de un ataque con ácido, hay revocatorias, despidos, abusos y maldad en todas las estaciones de radio, en todas las notas del noticiero y en cada página del periódico. He llegado al punto en que no quiero saber más de esas noticias. Y sí, soy consciente de la ironía de que yo, siendo periodista y escribiendo esta columna que aparece en un periódico, diga que declino cualquier invitación a enterarme de la “vida real”, pero ahí lo tienen: de ahora en adelante no veré sino muñequitos animados y procuraré leer sólo libros con dibujos.
Algunos dirán, por supuesto, que la mía es una alternativa ingenua, tal vez hasta cobarde, y que huir de la realidad es peor que enfrentarla, pero discrepo.
Y no estoy sola. Es más, tengo muy buena compañía. Resulta que justo hoy estaba leyendo algo de J.R.R Tolkien, uno de mis autores preferidos de todos los tiempos. Tolkien dio una charla sobre los cuentos de hadas que aparece como ensayo en el apéndice del libro Cuentos desde el Reino Peligroso. En él, el legendario autor dice que la idea de que los cuentos de hadas son para niños es absurdo y que nadie debería escribir “para niños” porque la fantasía es para todos.
Me gusta esa idea y se me ocurre que la verdad es que la fantasía sí escribe para niños, pero para el niño o la niña que todos llevamos dentro, que según Maya Angelou nunca crece y permanece fresco como una magnolia toda la vida (conozco gente con la magnolia marchita pero esa es otra historia).
Dice Tolkein, y lo dice bellamente, que “La fantasía creativa, dado que está tratando de hacer algo (crear algo nuevo), puede abrir un reserva interna y permitir que todas las cosas allí encerradas salgan a volar como aves enjauladas”. Admito que pasé mucho rato con visiones de emociones aladas saliendo de mis oídos (por alguna razón me pareció que sería una pista de despegue lógica). Pero más allá de la idea de darle alas a lo que uno tiene encerrado, la frase me dio argumentos para enfrentarme a la gente que asegura que preferir una novela a un periódico es escapista, que ver Disney Channel es pueril y que el mundo no va a cambiar porque yo lo evada. Ah, pero es que no han entendido que no tengo intenciones de cambiar el mundo. Sólo estoy cambiándome a mí misma.
Puedo decir orgullosamente que mis reservas tienen las jaulas vacías y por eso puedo prescindir por ahora de alcaide de la “actualidad”. No necesito que me “actualicen”; no soy un app.
Así que si sienten que se enferman por una sobredosis de realidad, los invito a leerse un cuento de hadas, pero de hadas de verdad y ojalá con princesas y caballeros. Verán cuán bien le cae una escapadita a su niño interior.

 

* Esta columna apareció en el diario La Tarde el domingo 6 de abril de 2014 con el título Confieso que he leído Cuentos desde el Reino Peligroso de J.R.R Tolkien

Mi magia aún no está escrita


 Imagina una mujer de Patricia Lynn Reilly
Imagina a una mujer que cree que es justo y bueno ser mujer.
Una mujer que honra su experiencia y cuenta sus historias.
Que rehúsa cargar con los pecados de los demás en su cuerpo y en su vida.

Cómo me han impactado estas palabras hoy, justo hoy cuando hace pocas horas conocí a una mujer que vive en un cuerpo que considera su enemigo. Ella habita en territorio hostil. ¿Acaso no somos todas así? La mayoría, diría yo. Muchas, de eso no me cabe duda. Demasiadas porque con una sola que arranque el día poniéndose fajas para sacar la figura que no tiene, tacones para lograr la altura que cree que le falta, cremas rellenadoras para disimular las arrugas que no quiere reconocer y comiendo a escondidas las comidas a las cuales siente que no tiene derecho; con una sola que viva así ya hay de más.
Esta mujer que conocí hoy me hizo pensar en cómo muchas mujeres vivimos desde la percepción de la insuficiencia. No nos creemos lo suficientemente delgadas, jóvenes, altas, inteligentes, preparadas. Le hice a ella una pregunta que les he hecho a más de cien mujeres: ¿si su ídolo estuviera en el cuarto del lado, iría a verlo (o verla) tal como está en este momento? Hasta ahora, ninguna me ha dicho que sí; todas dicen que se tendrían que ir a la casa a cambiar de ropa y la mayoría irían a la peluquería antes de pensar siquiera en conocer a sus ídolos. La mujer de hoy ni siquiera piensa que en su clóset tiene la ropa indicada y me dijo que se haría cirugía antes de pensar en conocer a alguien tan importante. Y entonces le hablé de otra clase de mujeres, mujeres como la que describe Patricia Lynn Reilly, que “nombra a sus propios dioses [y] se imagina lo Divino a su imagen y semejanza”.
Yo conozco esa mujer. La he visto en el espejo sonriendo desprevenida y la he encontrado en algunas fotos en las que la luz del sol da justo donde debe dar y el obturador se disparó en el instante en el que la sonrisa es aún sincera, antes de que la preocupación por la papada y el temor por no tener una risa fotogénica le congelan el rostro en una expresión tragicómica de pánico y demencia. Pero no la veo todos los días. No ahora. No últimamente. Hoy la extrañé más que nunca pero sólo la encontré en las palabras de Maya Angelou que dice que baila como si tuviera diamantes en su entrepierna. No he logrado bailar así aún y no sé si sea capaz de enseñarle a la mujer que conocí hoy que su cuerpo no es un campo minado. Para hacerlo, tengo que empezar por creerlo yo. Por ahora, como lo dijo Audrey Lorde, creo que soy una mujer cuya magia aún no está escrita.

 

* Esta columna apareció el domingo 30 de marzo en el diario La Tarde como Confieso que he leído… Imagina una mujer de Patricia Lynn Reilly 

¿Me está hablando a mí o a mi cuerpo?


“No soy una princesa” de la serie “Whiteboard responses” en la que algunas mujeres tenían tableros en las que respondían a los comentarios de los hombres en las calles.

No es fácil describir lo que pasa cuando una mujer es víctima de un hombre que cree sinceramente que no está haciendo nada malo, o peor, honestamente convencido de que le está haciendo un favor. No estamos hablando de acoso ni de piropos desvergonzadamente sexuales o morbosos; esos son fáciles de detectar y los hombres que los propinan por lo general saben que son desagradables. No; estos son los comentarios que parecen inocentes, hasta coquetos, que salen de las bocas de los señores, de los padres de familia, de los vecinos y colegas que sienten que es su deber masculino ofrecer su opinión –no solicitada- sobre los cuerpos que ven.
Y he ahí el problema. Están evaluando un cuerpo. A ver les explico: cualquier comentario que vaya dirigido al cuerpo, así sea un comentario positivo, parte de la base de que ese cuerpo está allí para ser mirado, juzgado o evaluado, o de que las mujeres hacemos todo sólo por llamarles la atención.
Lo que muchos no entienden es que no es su trabajo hacer que una mujer se sienta bonita. Tampoco lo es hacerla sentir fea ni gorda, comentar sobre la manera como camina, la ropa que tiene puesta, la forma en que las diversas partes de sí reaccionan a la gravedad ni qué pensamientos ni antojos le produce el mirarla. Así crean que hacerlo es alegrarle el día, se equivocan. Hacerlo crea un ambiente en donde está bien pensar que las mujeres existimos sólo para ofrecerles placer visual.
Sé que es confuso. Lo era para mí también. No entendía por qué me molestaban tantos esos comentarios y aún más que cuando alguna tenía el coraje de informarles que sus opiniones no eran bienvenidas le contestaran pero por qué tan seria, no se ponga bravita y similares. Pero todo se aclaró cuando vi la obra y leí las palabras de Tatyana Fazlalidazeh sobre su proyecto “Stop telling women to smile”. Entendí que frases como no me gusta verte brava, no me hagas esa cara o regálame una sonrisa en realidad significan sólo quiero ver tu cuerpo y no me interesa saber lo que piensas ni sientes. Y como son frases amables, faltas de lenguaje grosero u ofensivo, pasan inadvertidas y los hombres que las dicen no entienden el daño que han hecho mientras que las mujeres que las oyen luchan por comprender por qué duelen tanto, por qué al oírlas sienten vergüenza, desconfianza y miedo.
¿Miedo a qué? A que la próxima vez no sean sólo palabras.
Algunos leerán esto y exasperados se preguntarán a qué horas se les acabó ese mundo tan regio en el que las secretarias se tenían de dejar manosear de los jefes, las mujeres se limitaban a sonrojarse discretamente cuando se les insinuaban en las calles y todo improperio quedaba cubierto bajo el manto de “el sí más dulce es el no de una mujer”.
Pero se les acabó.
Así que, de ahora en adelante, si lo que le va a decir a una mujer se lo diría a un hombre sin pena, hágale. Si no, mejor piense en otra cosa o quédese calladito.

“Dejen de decirles a las mujeres que sonrían y empiecen a darles motivos para que lo hagan.” Este hombre es mi héroe.

Esta columna apareció en el diario La Tarde en domingo 16 de marzo de 2014 con el título “Confieso que he leído No les digas a las mujeres que sonrían por Tatyana Fazlalidazeh”

Confieso que he leído “Alabanza de las sombras” de Jun’ichirō Tanizaki


Sombra de una flor de loto.

Sombra de una flor de loto.

Todo tiene nombre, hasta lo innombrable porque la decisión de no nombrar es cultural y aquello que no sabemos cómo vocear tiene voz en algún otro lugar. Esto lo sé desde niña porque me pasa con frecuencia que me topo con los límites de un idioma u otro todos los días.
Y a veces ninguno de los idiomas que hablo me basta y descubro fabulosas palabras en otros idiomas. Hace poco, por ejemplo, aprendí el nombre de algo que sacó de la mudez un sentimiento que hace rato cultivo: wabi sabi.
Wabi sabi es un término japonés que le da nombre a esa belleza imperfecta, incompleta, transitoria y rústica tan propia de la naturaleza: la hoja que se empieza a amarillar, el pétalo con pecas, la tabla de madera con grietas. Yo, sin saberlo, siempre me he sentido atraída por lo wabi sabi. De niña coleccionaba piedras, pero no gemas brillantes sino las piedritas grises con vetas blancas que se encuentra uno por ahí. Me sentí tan identificada con lo que leía sobre el tema que devoré escritos hasta que di con el ensayo de Jun’ichirō Tanizaki sobre las sombras.
Dice Tanizaki que mientras los occidentales buscamos erradicar la oscuridad a toda costa, los orientales cultivan sus misterios y gozan de la belleza que sólo la penumbra puede mostrar. Habla sobre la variedad de superficies que revelan sus secretos sólo a la luz de las velas, entre ellas la piel.IMG_5129
Coincido con él. Siempre me ha parecido que el blanco reluciente carece de personalidad, que la asepsia es estridente y, como dice el también japonés Saitō Ryokū, que la elegancia es frígida. Antes de leer a Tanizaki había lamentado la pérdida de la noche y me había dado cuenta de que al encontrar la manera de hacerle trampa estábamos más cansados que nunca. Ahora entiendo que no es sólo la oscuridad la que hemos perdido sino las sombras porque los occidentales, o al menos las occidentales, parecemos chapolas embobadas por la luz sin entender que sin sombra no hay descanso, no hay pausa y, peor aún, no hay misterio.
Y la belleza es puro misterio.
Hemos, sin pretenderlo, perdido algo esencial de nuestra estética, nuestra piel. La lupa, el espejo de aumento, la luz blanca del maquillador…toda nuestra cotidianidad está diseñada para exponer, para poner en evidencia. Pero poner en evidencia es un acto agresivo y vulgar pues todos sabemos que es mucho más interesante un viso reflexivo que un resplandor vacío.  O al menos yo lo sé. Aún hoy, cuando salgo a caminar con Matías, llegamos cargados de piedras, ramas, hojas y otros tesoros que exhibimos orgullosos en nuestra mesa especial, que de ahora en adelante llamaré mi estación wabi sabi.
Wabi sabi, ese nuevo sonido que llegó a mi vida para permitirme nombrar aquello que me recuerda, cuando me siento cansada, que el cansancio viene de ese baile mareador de exponer y tapar y que todo es más bello cuando nos dedicamos a adivinar y explorar. IMG_4438

Esta columna fue publicada el domingo 9 de marzo de 2014 en el diario La Tarde.

Confieso que he leído…


¿Qué importa por qué?

¿Qué importa por qué?

Once de Tyler Knoff Gregson.

Recién descubrí a Tyler Knoff Gregson y sus poemas breves diagramados de manera evocativa y nostálgica me tienen sonriendo sola. Uno llamado Once, en particular, me ha perseguido durante días. Dice algo como “Y me amaste tal y como era y siempre había sido, la respuesta y la pregunta no importaron ni importarían nunca”.
Es esa última frase la que me llega cada vez que la leo porque me recuerdan una de mis primeras noches como mamá durante la que Matías lloraba sin parar –como cualquier recién nacido- y yo abordé el tema con la única herramienta que había tenido hasta el momento: el conocimiento. Lo dejé en brazos de Jorge y me senté a Googlear. Busqué causas comunes de llanto, me metí a foros de discusión y estaba esperando para chatear en vivo con una niñera experta cuando Jorge me dijo unas palabras a la vez sabias e incomprensibles para mí: no importa por qué.
Mi primer instinto fue gritar ¿Cómo que no importa? Claro que importa. Es indispensable conocer todos los datos posibles, tener todas las teorías, hacer un cuadro sinóptico y una matriz de referencias cruzadas para identificar la causa y darle solución.   
Pero él no me dio oportunidad de hablar. Me entregó a nuestro hijito y yo sin pensarlo lo mecí en mis brazos. Se quedó dormido plácidamente pocos minutos después y no se volvió a despertar más.
Y entendí lo que Jorge me estaba tratando de decir.
A veces no importa por qué. Algunas veces, y no son pocas, tampoco importa quién, cómo, cuándo ni dónde. Esas preguntas tan importantes en el periodismo a veces no son tan relevantes en la vida. La verdad, a veces tratar de entender algo nos distrae del tratar de resolverlo, y para mí ese es un verdadero reto.
Antes de ser mamá, siempre quería entender. El mundo tenía que entrarme por el cerebro antes de poderlo pasar al corazón. Si no tenía sentido, no tenía importancia.
Ahora que soy mamá entiendo a Tyler y a Jorge y a todas las personas que saben que el conocimiento irrefutable y científico y lógico es sólo una manera de conocer el mundo, pero no la única. Cómo me ha costado desprenderme de ese por qué…por qué no entiendes, por qué no eres capaz, por qué lo hiciste, por qué dejaste de hacerlo. Y también del déjame te explico, es que no has entendido, ven te doy otro ejemplo.
Pero todos esas preguntas las he ido soltando como barquitos de papel.
Al fin entendí que ni las preguntas ni las respuestas importan mucho cuando hay amor. Cuando hay amor, importan las acciones. Importan las intenciones. Importa lo que no se puede explicar ni entender. Y cuando dejé de usar el “por qué”, aprendí una nueva palabra: gracias.