Confieso que he leído


Los regalos de la imperfección de Brené Brown

 
Emprender el camino hacia tener una relación más saludable conmigo misma, mi cuerpo, mente y mi alma no ha sido fácil y a veces me lleva a esquinas oscuras y puentes endebles que da miedo cruzar.
Y a veces es francamente humillante.
Resulta que estaba leyendo un pasaje que habla de la importancia de ser vulnerables y que el arte es imposible sin la vulnerabilidad. Si voy a tomarme en serio como artista debo empezar por reconocerme vulnerable y admitir que lloro viendo películas de Disney (y no sólo Bambi, lloré con el final de Congelados hace unas semanas y ni se quieren imaginar el torrente que fue la escena de Toy Story 3 cuando todos se cogen de la mano camino a la hoguera) y que el amor por mi hijo se me brota por entre los párpados al menos una vez al día.
Pero quería hacer más que eso, más que estar cómoda con mi vulnerabilidad en el presente. Quise indagar en mi pasado y reconocer los momentos en los que por tratar de hacerme la valiente o la adulta o la inteligente negué mis sentimientos y, como consecuencia, lastimé a otras personas. Pedí perdón a quienes tenía a la mano pero quise ir más lejos.
Aproveché la ocasión para llamar a un ex novio a felicitarlo por su cumpleaños y su respuesta no fue la que esperaba. Nos quisimos mucho alguna vez y quería darle las gracias por haber sido parte de mi vida, que lo recordaba con cariño, que yo era feliz y que me alegraba saber que él lo era. Quería contarle sobre mi hijo, que me contara historias sobre su hija, que recordáramos viejos tiempos y tal vez que descubriéramos algo en común después de tantos (¡veinte!) años. Pero mi llamada no lo hizo feliz y me trató como si le estuviera ofreciendo un seguro contra picaduras de pulga. Me despachó con velocidad y cortesía profesional y, después de preguntarme cómo lo había localizado -por internet, como lo habría hecho cualquier niño de ocho años- me colgó sin intenciones audibles de volverme a llamar ni recibir mis llamadas. Hasta el sol de hoy no ha querido ser mi amigo en Facebook y no sé si se ha dedicado a olvidar el incidente como una pesadilla o a burlarse de mí pensando que llamaba a pedirle que volviéramos. Me dolió. Mucho. Pero aprendí la lección: a veces el dolor no pasa, a veces la gente no perdona y no todo el mundo se alegra cuando el pasado llama a saludar.
Yo sigo creyendo que cualquier día que incluye una llamada de alguien que quiere decirte algo lindo es un buen día, que nunca es tarde para dar las gracias y que saber que fuimos importantes para alguien nunca está de más.
Pero tal vez sea sólo yo.
Por fortuna no hay más novios por llamar. Sólo fueron tres (estamos contando solamente los que ameritaron usar la palabra “amor”, no los de credencial de Timoteo ni los tinieblos) porque con uno hablo cada ratico y con el otro me casé así que esta humillación no se va a repetir. Pero si tuviera la posibilidad de hacerle llegar un mensaje a ese ex novio le diría que lamento haberlo lastimado, que supe antes que él que debíamos terminar y que tomé una decisión difícil por el bien de ambos pero que siempre habrá un lugar para él en mi corazón y que entiendo si no quiere tenerme en su vida ahora.
No hay canciones ni poemas para quien termina la relación. Todo es para el del corazón roto y no hay simpatía para quien lo rompe. No nos metamos mentiras, no he dejado precisamente una estela de corazones rotos en mi camino pero entiendo ahora que no sólo cargamos con nuestras tristezas, también cargamos con las que causamos. Y esas no sólo hay que lamentarlas; también hay que sentirlas.

 

Esta columna fue publicada en el diario La Tarde el domingo 16 de febrero de 2014

Ser artista no es lo mismo que hacer arte


Ha pasado tanto tiempo que WordPress no me recuerda. Tal vez algunos de ustedes también me hayan olvidado. Y eso está bien porque necesitamos volver a empezar.
A ver les cuento…todo empezó hace un par de años. O mucho más o mucho menos, dependiendo de cómo lo miren. Lo que sucede es que siempre he querido ser escritora. No sólo escribir, que es diferente, porque una cosa es ser una persona que escribe y otra muy diferente es ser escritora. Si no entienden la diferencia tal vez no deberían seguir leyendo porque esto tiende a complicarse. El caso es que desde niña y hasta mi adolescencia tardía, fui escritora. Quienes me conocieron entonces me recuerdan siempre con un cuaderno en la mano. Me gustaban unos de Paper Mate que no son argollados pero que se abren casi del todo y que tienen los renglones anchos porque mi letra es grande y garabatosa y mis cuadernos hacen las veces de legajador y álbum. En todo caso, la escritura era todo para mí y todo iba a dar a mi escritura.

Mi primer cuaderno, circa 1982.

Mi primer cuaderno, circa 1982.

Y un buen día, todo cambió. Decidí que ser escritora, por aquello de que se parece demasiado a ser artista, no era una opción socialmente respetable ni económicamente sana y me convertí en una persona que escribe. Estudié periodismo y me especialicé en estudios culturales y me refugié en la academia para poder tener un público cautivo para mis historias. Acepté tener una columna en un diario regional para poder escribir  -porque escribir para mí es como respirar- pero seguir siendo columnista, que es mucho menos “hippie” que eso del arte. Aunque paga igual (para quienes no sabían, las columnas de opinión no se pagan en Colombia. Al menos las mías, no).
Y así viví durante muchos años. Y estaba bien. Estaba cómoda. Tenía mis fans (el editor les dice ‘lectores’ pero decir que tengo fanaticada me hace sentir famosa) y de vez en cuando alguien me escribía o me mandaba la razón con mi papá de que le había gustado algo que había escrito, que los había hecho reír o, menos frecuentemente, que los había hecho pensar. Y me gustaba la sensación de saber que alguien había leído mis palabras, que yo había creado algo, puesto en el mundo algo que antes no estaba allí.
Pero después de un rato, me sentí asfixiada. Literalmente asfixiada; me despertaba a las dos de la mañana sin poder respirar y me atacaban accesos de llanto que me obligaban a salir sigilosamente de la cama para no despertar a Jorge porque no quería que me preguntara qué me pasaba porque no tenía ni idea qué era todo esto. Durante mucho tiempo no dije nada, sumida en una vergüenza que no sabía y aún no sé explicar. Pero Jorge se dio cuenta y gracias a él y a un par de amigos que me encontré en el camino (ellos saben quiénes son) me di cuenta de que lo que tenía era un ataque de culpa por haberle sido infiel a la única persona a la que le debía total fidelidad: mí misma.
Me puse los cachos. Me vendí barato. Me traicioné. Sofoqué mi voz interior y olvidé mi sueño de ser escritora porque pensé que lo más importante era encajar, cosa que nunca he hecho. Nunca he encajado, ni en el colegio ni en la universidad ni en la sala de redacción ni en el salón de profesores. No había dado con mi tribu y la soledad que eso trae consigo me había hecho pensar que yo tenía algo malo, algo que tenía que cambiar, tapar, ocultar, erradicar.
Afortunadamente, los años traen -junto con la presbicia- algo de sabiduría. Y, gracias al cielo (me refiero al espacio aéreo), el Internet me dio la posibilidad de encontrar mi tribu de manera virtual y reconocerme como escritora, probablemente hippie, decididamente extraña e irremediablemente artista.
Y eso, ¿dónde nos deja? Pues, lo primero que hice fue darme cuenta de que el lugar de donde salían las columnas de Mundo Moderno no siempre era un buen lugar. El humor puede derretir el hielo pero también puede edificar glaciares enormes y yo vivía detrás de uno. Muchas de mis columnas eran sinceras y expresaban una opinión verdadera sobre algo que me importaba mucho pero otras me costaban mucho y eran sólo humor por humor, sin nada detrás o debajo o lo que sea. Algunos notaron la diferencia pero la mayoría, no. Y me daba miedo cambiar, miedo de la gente que dice que he compartido demasiado, que he ido demasiado lejos, que me puse cansona y que ya no soy chistosa y que qué boleta dármelas de seria.

angie's poem

Pero el miedo a lo que dicen los demás es mucho menor que el miedo a lo que me diría a mí misma si algún día se ma acaba el tiempo y me voy con tantas historias por dentro. Por eso anuncio que Mundo Moderno ya no va más.
En La Tarde he contado con el apoyo del editor que me dijo, palabras textuales, “escribe algo bueno y yo veré dónde lo meto”, que es como de lo más sexy que le puede decir a uno un editor. Estamos haciendo el ensayo con una nueva columna que se llama “Confieso que he leído” que empezaré a publicar en este blog a partir de este fin de semana, y aquí en el blog empezaré a publicar más textos inéditos (digo inéditos en parte porque creo que nadie me los va a querer publicar).
Algunos serán humorísticos, o, lo que es más probable, todos tendrán un momento de humor porque el humor sigue siendo gran parte de mí. Pero la finalidad única no es hacer reír. Ni siquiera es hacer que me lean. Es permitirme escribir, y esa es una gran diferencia.
Una frase que nos dicen mucho a los periodistas es que el enemigo de la claridad es la insinceridad. Pues bien, no prometo mucho, pero claridad sí encontrarán en mis palabras, y harta.

Gracias por leer, gracias por llamar, escribir, preguntarme dónde he estado y pedirme que vuelva. Aquí estoy, para bien o para mal, pero para escribir.

Angelita.

Llamadas indeseadas


Mi hijo está en la edad en la que el teléfono le parece mágico. Eso dura, según recuerdo, desde ahora hasta entrada la adolescencia. Yo era de las que pasaba todo el día con mis amigas y llegaba a al casa a llamarlas por si acaso en los diez minutos que nos habíamos dejado de ver había pasado algo trascendental –y admitámoslo, cuando uno es adolescente todo es trascendental. Mi encanto por el teléfono me dio hasta para casarme porque Jorge y yo nos conocimos y enamoramos gracias a este dichoso invento.
Pero ya entrada en la adultez me he dado cuenta de que no todas las llamadas son bienvenidas. He aquí una lista de las llamadas que nadie quiere recibir –y que yo o alguien que conozco ha recibido en la vida real.
La llamada del vecino diciendo que las nuevas cortinas no son lo suficientemente gruesas.
Del motel avisando que dejó la billetera encima de la mesa de noche.
Del banco a decir que esa platica extra que hay en su cuenta fue depositada por error y que la tiene que devolver.
Del taller a avisar que el arreglo del carro no es ni tan sencillo ni tan barato como inicialmente habían pensado.
De la profesora del niño a confirmar una epidemia de varicela en el salón.
De la ex avisando que tiene una enfermedad venérea.
Del ex a avisar que se casa seguida por la amiga que llama a decir que vio a tu ex con una reina de belleza (de verdad, una auténtica reina de belleza).
De la mamá diciendo “No te alarmes…”
Del jefe a decir que del Departamento de Sistemas entregaron el reporte de los sitios en los que uno se la pasa navegando y quiere hacer unas preguntas sobre unos sitios sospechosos.
Del amigo ingeniero de sistemas a decir que definitivamente el computador no tiene arreglo y toda la información se perdió.
Del la universidad a decir que calcularon mal y que uno todavía debe unos créditos y no se va a poder graduar.
Del colegio a decir que faltaron horas del vigía/alfabetización.
Del de la fiesta de anoche a decir que todo fue un error y que mejor olviden todo.
De la de la fiesta de anoche a decir que todo fue un acierto de cupido y que jamás lo olvidará.
De la novia a decir “tenemos que hablar”.
De la portería a decir que vinieron a cortar la luz.
De contabilidad a decir que van a pagar después del puente.
De la amiga diciendo “Si estás tan tranquila es porque no te has metido a Facebook.”
De tu papá a decir “No sé qué le hundí a este computador pero la pantalla está negra…”
De la contadora a decir que esos recibos no son deducibles.
Del marido que está de viaje a decir que lo dejó el avión.
Del papá a decir “Te acuerdas de esa perrita que querías tanto…”
De la empleada a decir “¿Cierto que esa porcelana no era fina?”
Del padrino de la boda a decir “Viejo, la novia no aparece…”
¿Se me olvidó alguna? Recibo aportes, pero mejor por correo electrónico.

*Esta columna apareció originalmente el 8 de diciembre del 2013 en Mundo Moderno en el diario La Tarde*

Con la memoria en la tripa


Yo soy de esas personas que tiene la misma clave para todo porque si no, me enredo. Cada vez que abro una cuenta nueva en algún sitio en internet me digo a mí misma que voy a inventarme claves más difíciles pero entonces se me olvidan y me toca hacer clic en el vergonzoso hipervínculo de los olvidadizos. Durante un tiempo tuve “cuaderno de claves, usuarios y pins”, debidamente forrado, rotulado y marcado con mi nombre, dirección y datos personales completos, pero Jorge lo echó a chimenea y me dijo que siquiera yo no manejaba información secreta como los códigos de los misiles o los nombres de los espías. Tiene razón. Probablemente tendría un cuaderno “Listado de espías, misiones secretas y agentes encubiertos y sus ubicaciones actuales”.

Desde eso he contemplado la idea de hacerme un discreto tatuaje pero aparte del temor al dolor y la fobia a la montañerada me detiene el que las claves hay que cambiarlas periódicamente y eso generaría un desgaste económico, epidérmico y marital que no estoy dispuesta a tolerar.

Para mi fortuna, la ciencia ha pensado en mi y en quienes, como yo, padecemos desorden de usuario múltiple y esquizofrenia del password. La respuesta, según los inventivos de Motorola, está en el tracto digestivo.  Así es, usando tecnología desarrollada por Proteus Digial Health, ahora existe una píldora que uno se toma por la mañana y que contiene un chip que se activa cuando entra en contacto con el ácido estomacal. La píldora envía una señal que puede ser percibida por dispositivos móviles, permitiendo la identificación del usuario. Así, el cuerpo entero es el password y uno no tiene que acordarse de nada ni gastar esos molestos dos segundos tecleando la información necesaria. La señal sale por el ombligo y uno sólo tiene que acordarse de lo que está pasando en la novela. Supongo que podrían poner toda clase de información útil en ese chip: alergias, preferencias, tallas, peso y listado de elementos en el clóset. Así, uno podría pasar por el frente de un almacén y la vendedora podría enviarle un mensaje de texto diciendo que tiene la camisa que le sale con esos pantalones que no salen con nada, que la tiene en su talla y que además usted tiene saldo suficiente para comprarla.

big pills

ahora sólo hay que acordarse de tomarse la pasta

La idea es seductora pero pensándolo bien hay un par de cosas que me preocupan. La más obvia es que cualquiera se le puede robar a uno la “pasta maestra” y entonces puede andar por ahí disfrazado de colon ajeno. La otra es el colon mismo, impredecible y sensible como son todas las tripas. Una frijolada a deshoras y uno podría quedar sin claves antes de tiempo, o lo que es peor, podrían coincidir varias píldoras en el duodeno y la policía lo detendría a uno por tener más de una identidad.

Así las cosas, creo que es mejor volver al sistema de la omniclave y rogar por que nadie se la pille…

Toda niña merece una historia de amor


Jorge y yo nos conocimos por una llamada equivocada. Yo trabajaba en la sala de redacción de La Tarde en Pereira y él en una agencia de publicidad en Bogotá. Él estaba tratando de contactar a otra periodista pero timbró mi extensión y me tomó menos de dos minutos enamorarme de su voz. Nos cortejamos por celular, nos sinceramos por mail y fijamos la fecha de nuestra boda por messenger. Ya llevamos una docena de años juntos en una historia de amor que mezcla tecnología con Benedetti con Star Wars y está llena de gatos, Disney, Pizza y risas de Matías. Es una historia de amor que nunca habríamos tenido si nos hubieran obligado a casarnos. Y uno no piensa mucho en los matrimonios obligados pero esta semana lo he pensado porque hay mucha gente importante reunida hablando del tema de la planeación familiar y el tema de los embarazos no deseados y el matrimonio infantil, particularmente las niñas esposas que se convierten en niñas madres, son el foco de la conferencia. Y pensé en esas niñas y en que toda niña merece ser una princesa el día de su boda y casarse con su príncipe encantado (que puede ser contador o hippie o motociclista mechudo o rockero rebelde o chocolatier romántico incurable o lo que sea) y tener su cuento de hadas que incluye peleas y reconciliaciones y la posibilidad de reconocer que se equivocó y ese no era un príncipe sino una rana y hay que besar muchas ranas antes de encontrar el príncipe y aveces nunca abandonan su lado batracio. El caso es que comparto mi historia de amor y quisiera que ustedes compartan las suyas. Compártanlas conmigo, con sus hijas, amigas, hermanas. Compártanlas por Facebook, Twitter, email (me pueden escribir a logosyfilias@gmail.com), llamen a alguien y compártanlas por teléfono y echemos a rodar la idea de que toda niña merece una historia de amor.

Nuestra torta de bodas. De chocolate, por supuesto.

Nuestra torta de bodas. De chocolate, por supuesto.

Juego de disfraces


De niña disfrazarme era mi juego preferido. Pilar y yo nos poníamos las piyamas de mi abuela para jugar a las hadas, los vestidos para las princesas y usamos las levantadoras como kimonos (ahora veo que debió ser menos divertido para mi abuela). Siempre pensé que disfrazarnos era una diversión infantil pero he descubierto que es más que eso.

Verán, esta semana hablé con una compañera de la universidad (hagan clic aquí para conocer su blog que es regio) y en un punto hice referencia a mi timidez por mi español menos que perfecto y ella me dijo, confundida, que nunca se había dado cuenta de que el español no fuera mi lengua nativa. Quedé muda. Yo pensaba que todo el mundo se daba cuenta de mis gringadas a los cinco minutos de conocerme. Son muy consciente de los errores que cometo y me disculpo profusamente cuando siento que no hago buen uso de la lengua de mis padres. Pero al parecer, la cosa no es tan grave como yo pienso.

Eso me hizo pensar un poco sobre el tema de la autopercepción. En estos días leí un estudio que afirma que la memoria no es infalible. Yo me jacto de tener una memoria prodigiosa, de recordar detalles que otros han olvidado sobre hechos ocurridos hace años pero este estudio dice que esos detalles bien podrían ser inventados (y tal vez por eso nadie más los recuerda). Esto me impactó profundamente porque gran parte de mi identidad se basa en mis recuerdos y de repente pensar que mi cerebro no es capaz de diferenciar entre algo que me sucedió y algo que vi en un comercial de gaseosas de los años ochenta me resulta bastante espeluznante.

Pero la cosa se puso peor cuando empecé a investigar más. Descubrí que cosas tan banales como la presencia de un celular pueden determinar si dos personas se caen bien (si hay un celular visible las probabilidades de lograr empatía disminuyen) y que la edad promedio de la gente del barrio puede hacer que la gente quiera tener hijos más pronto. Es decir, el cuento del “verdadero yo” es eso, puro cuento. Uno es lo que decide ser todos los días.

Y eso me puso a pensar en la que he decidido ser; en la prima que (creo que) no me quiere y se burlaba de mi cuando éramos niñas, y el primo que (tal vez) me tiró a la piscina y en que realmente no somos muy amigos ahora porque (creo) que se burlaban de mi y que si les doy la posibilidad de hacerlo ahora lo harían de nuevo. Pensé en todas las personas con quienes me da pereza encontrarme porque (creo recordar que) tuvimos un momento tenso en una conversación que tuvo lugar hace diez años. Pensé en todas las veces que me he sentido extranjera, que (creo que) se burlan de mi acento, que (creo que) debo explicar por qué me equivoqué en la columna. Y después de pensar me sentí un poco perdida…hasta que encontré esta cita de Kurt Vonnegut “Somos lo que jugamos a ser así que hay que tener cuidado con nuestros juegos”. Si todo es un juego, de ahora en adelante voy a jugar a ser princesa.

*Esta columna apareció en la versión impresa de Mundo Moderno en el diario La Tarde de Pereira el 17 de noviembre de 2013

El incentivo de la minifalda


Este fin de semana ocurrió un hecho en el restaurante Andrés Carne de Res ubicado cerca de donde vivimos. Debo aclara que yo nunca he ido y que no conozco ni al dueño ni a los involucrados en acto que aún no se sabe si fue delictivo o consensuado. Pero para efectos de lo que quiero decir, realmente no importa si a la niña la violaron (como asegura ella y su familia) o accedió a tener una relación carnal con un hombre y después se arrepintió (como afirma Andrés Jaramillo y los trabajadores del establecimiento) porque lo que más me llama la atención fue el comentario que hizo el dueño,  a saber: “[…] Llega vestida con un sobretodo y debajo tiene una minifalda, pues a qué está jugando.” [sic](fuente).
Después de semejante barbaridad no es extraño que el mundo se le haya venido encima a este señor, pero la indignación suscitada en las redes sociales al parecer no han hecho mella en la opinión de Don Andrés, quien dice que su intención nunca fue sugerir que en su restaurante se incentiva ese tipo de situaciones y tachó de “epidemia terrible” a los medios y las redes sociales. Él está a la defensiva, está velando por su reputación y la de su trabajo, y eso es de esperarse. Lo que es para desesperarse es que no entienda de dónde sale tanta indignación, y como lo veo confundido –a él y a otro- quiero intentar explicar con una analogía.

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Sólo porque lo estoy mostrando no significa que se lo estoy ofreciendo.

Hagamos de cuenta que el cuerpo es una tienda y cada tendero expone su mercancía como quiera. Hay quienes les gustan los gabinetes cerrados con llave y hay quienes prefieren un display más atractivo. Lo que está encerrado no necesariamente es mejor ni más importante que lo que está expuesto, y a ningún tendero le gusta que lo roben, así ponga las cosas “ahí nomás” o “a la mano”.
Las minifaldas, los escotes, el maquillaje recargado y el wonder-bra pueden ser incentivos pero no son invitaciones. Una cosa es hacer mercadeo y otra muy diferente es dar muestras gratis, y en todo caso no está bien robarse la mercancía de nadie, así esté en promoción.

Abrebocas para un abreojos


Tal vez sea porque recién cumplí años o porque acabo de llegar de unas vacaciones mágicas o porque mi profesora acaba de perder una pelea que tuvimos hace 22 años, pero esta semana parece que veo el mundo con ojos nuevos.

 

Les cuento de la pelea primero. Estábamos en clase de Ciencias Naturales y yo dije que en el espacio tenía que haber tormentas. Me gané un regaño y creo que un cero pero resulta que han descubierto una nube que contiene el reservorio de agua más grande del universo, con una masa 140 billones de veces la cantidad de agua que contiene todos los océanos de la Tierra, y cerca de la galaxia 3C303 (los astrónomos tienen cero creatividad para los nombres) descubrieron una tormenta eléctrica con rayos que producen hasta 100 trillones de positrones (o en términos científicos, un pringonazo el macho).

 

Tener la razón tardía me dio coba y pensé en otras peleas pendientes. Descubrí que el chocolate no sólo no produce acné -cosa con la que me amenazaron durante toda mi adolescencia- sino que es bueno para la piel y ayuda a proteger contra los rayos UV. Además, el chicle que tanto me prohibieron en el colegio parece que ayuda a aumentar el nivel de atención y reducir el estrés; el azúcar ayuda a mejorar el autocontrol y el algodón de azúcar que tanto han criticado ayuda a salvar vidas (porque se pueden crear nuevos vasos sanguíneos en el laboratorio con esta sustancia según indican nuevas investigaciones).

 

Aparte de todo, resulta que los exámenes NO nos ayudan a aprender mejor (Harvard ya no hace exámenes finales), los descansos o recreos largos y frecuentes son indispensable para tener mejores resultados académicos, el álgebra no se debería enseñar en octavo (dicen estudios de Duke y Stanford que es mejor después de los 17 años), la competencia sana entre los compañeros no es tan sana

i haven't eaten candy floss since a little chi...

leyeron bien: SALVA VIDAS

(de nuevo, Stanford), nada pasa si uno se sienta demasiado cerca del televisor (y la tele no mata la imaginación ni nos vuelve brutos) y leer con poca luz no nos vuelve ciegos.

 

Lo mejor de todo es que buscando por ahí encontré cosas fantásticas que no sabía, como que en el oro crece en ciertos árboles de Australia y que hay un planeta de diamante. O sea, no un planeta con diamantes sino un planeta que es un diamante. El planeta PSR J1719-1438 b es un planeta diamante (de nuevo, el nombre amerita revisión…planeta Angelita me suena). Leí sobre un perro que entiende más de mil palabras, unos leones en Etiopía que rescataron a una niña que estaba siendo atacada por unas bestias (humanas) y sobre el descubrimiento de una nueva parte del cuerpo: el Ligamento Anterolateral, que queda en la rodilla.

 

 

En otras palabras, el mundo es fascinante.  Sí, supongo que todos lo sabemos, pero a veces se nos olvida. Recordarlo esta semana me abrió los ojos y espero que esta columna los inspire a abrir los suyos.

 

 

* PUBLICADA EL 11 DE NOVIEMBRE EN LA TARDE

 

Halloween, religión y CO2


Halloween 2006

La intolerancia…¡a eso sí hay que tenerle miedo!

El Halloween es para mi una noche fantástica. Eso de disfrazarse y pedir dulces me parece de lo más divertido y he de confesar que no tengo fondo para todo lo que tenga sabor a calabaza. Crecí con la ilusión de creer en la magia, en lo posible, en lo fantástico y en lo maravilloso y mis padres incorporaron este encanto no sólo al Halloween sino a la navidad, a la pascua, a los cumpleaños y a uno que otro domingo lluvioso. El Halloween marca en mi familia el inicio de la temporada festiva, una época de celebración, de estar juntos, de dar gracias y de prepararnos para el año que viene.
Y por eso me duele un poco la campaña anti Halloween que vi este año (no sé si es que antes no me había dado cuenta o si este año estuvo particularmente agresiva la cosa). Digo que me duele porque la mayor parte de los correos y cartas que recibí estaban llenos de argumentos mal fundamentados y datos sacados de contexto que llegaban a conclusiones precipitadas y, en muchos casos, desmedidas. Todo parece surgir de que el Halloween proviene de una celebración pagana (All Hallows Eve) que celebra la muerte y los muertos. Eso es cierto, pero analicemos un poco más el asunto. Primero, el término pagano, del latín paganus significa “campesino” o “rústico” y nada más que eso. El cuanto a las religiones paganas, son sencillamente las religiones practicadas por la gente del campo en donde se siguen y respetan los ciclos de la naturaleza. La noche del 31 de Octubre cae dentro de los días del equinoccio de otoño, que marca la época –en los países nórdicos- cuando los días se acortan y el frío aumenta. Si uno es campesino, este es un momento importante para prepararse para el invierno, recoger la cosecha, hacer conservas, recoger leña y todo lo que implica evitar morir congelado. De allí que se relacione el día con la muerte, pero no la muerte macabra sino la muerte del año, del ciclo. Un fin, un momento para recordar el pasado, honrar los ancestros y aprender y agradecer antes de volver a arrancar. El tema de los esqueletos era una manera de “invitar” a los muertos para que enseñaran a los jóvenes, una forma de mantener vivo el recuerdo de quienes ya no estaban. Claro, hoy tenemos fotos y videos y sitos web para recordar nuestros antepasados pero hace cientos de años lo que tenían era una noche en la que hacían homenaje a la vida recordando que es corta. La verdad, me parece interesante la idea de “invitar a comer” a un ser querido difunto, ponerle puesto en la mesa y dejar que les cuente a los chiquitos algo sobre su vida, su obra, sus sueños.
Otro argumento que vi con frecuencia fue el tema de los sacrificios y rituales en donde niños y animales son torturados en esta noche oscura. Como mamá de niño, gatos y perro esa idea me parece terrorífica y me puse a investigar al respecto. ¿Saben qué encontré? Nada. Nada real, quiero decir, nada con evidencia. Encontré especulaciones, noticias sobre la policía que protegía los cementerios para evitar la profanación de tumbas, pero no encontré noticias sobre arrestos a personas que estuvieran haciendo sacrificios, ni este año ni en años anteriores. Es más, encontré una investigación de la National Geographic diciendo justamente lo contrario, que el tema del Halloween y los rituales satánicos y todo eso era una leyenda urbana. Una noticia sobre un ruso que había rescatado a un niño que iba a ser sacrificado en África resultó falsa y parte de un sitio splog (spam blog) y no hay más referencias sobre el hecho en ningún diario serio ni en inglés ni en español. En general, lo que encontré sobre el tema provenía de sitios pertenecientes a grupos y organizaciones religiosas o personas con opiniones muy decididas, pero con poco soporte. Mucho “los druidas no sé qué y los celtas sí sé más” pero nada de “según una investigación elaborada por fulano de tal del New York Times, quien estuvo inmerso en el mundo de los sacrificios durante dos años, los rituales…”
No encontré estudios ni investigaciones en diarios reputados ni hechos por universidades respetables que concluyeran que el tema de los sacrificios animales durante el Halloween fueran otra cosa que pánico colectivo untado de exageración morbosa. (Sí encontré algunos casos de individuos que torturaron animales pero resultaron ser psicópatas que trabajaban solos y no miembros de un culto miedoso).
El tema del Satanismo como tal es bastante largo y complicado, pero el resumen es que si bien la Iglesia de Satanás existe, es más un tema de tomar el personaje de Satanás pare representar la rebeldía que realmente gente que quiera hacer daño o beba sangre o mutile gatos negros. En ninguno de sus libros o textos sagrados se menciona siquiera el sacrificio. En cuanto a cierto video que hay por ahí, mi pregunta inmediata es: ¿si eso es cierto, dónde están las órdenes de arresto, los autos de detención, las demandas contra estos individuos y organizaciones? Si lo que este señor dice es cierto, él debería estar en la fiscalía y no en Youtube. Pero de nuevo, no hay evidencia, sólo el testimonio de una persona y la verdad es que no hay nada sobre el tema en periódicos ni noticieros.
En cuanto a los dulces envenenados, de nuevo quedé sorprendida. Mi mamá y mi papá siempre nos hacía examinar los dulces por miedo a que les fueran a echar cianuro o que fuéramos a encontrar cuchillas de afeitar dentro de ellos y la verdad es que lo aterrador es que esto sí sucedió pero quienes cometieron los crímenes fueron los padres de las víctimas o sus familiares. No hay casos reportados de niños que hayan muerto por comer dulces envenenados por locos por fuera de sus propias familias.
Como verán, no estoy diciendo que no hay nada qué temer, sólo que hay que temerle a lo realmente peligroso, como adolescentes borrachos que quieren pasárselas de chistosos o psicópatas con problemas mentales reales y gente que disimula su racismo e intolerancia con disfraces que se burlan de otras culturas. En ninguno de los casos anteriores se trataba de gente que sistemáticamente usaba el Halloween para maltratar a nadie, y en cualquier caso los orígenes del Halloween no tienen la culpa.
Ahora, a uno puede no gustarle el Halloween y eso está bien. Puede que no le gusten los dulces o le de pereza disfrazarse o le parezca loba la combinación del negro con el anaranjado, y eso es respetable. Sin embargo, mucho del material que vi renegando de este festivo citaba razones morales para boicotearlo, y ahí creo que hay que reflexionar un poco porque la religión, cualquier religión, es una opción personal pero no una opción moral. Es decir, cada quien elige la religión que más le gusta, pero el que yo escoja una y el otro otra no me hace a mí mejor persona ni una persona moralmente superior. Si uno va a alegar que Halloween es inherente malo porque parte de una celebración pagana, en la olla quedan la pascua y la navidad, que también tienen orígenes en celebraciones que coinciden con los ciclos de la naturaleza. Y si vamos al tema de lo macabro, listo, el Halloween puede que lo sea, pero no necesariamente más macabro que el Día de los Santos Inocentes, que también tiene un origen oscuro y al igual que el Halloween hoy se celebra con bromas. Puede que le parezca morboso eso de hacer galletas con gatos negros pero no hay que olvidar que en el Día de Todos los Santos hay gente que hace unos dulces que se llaman huesos de santos (parece ricos, a propósito). Y no olvidemos otras costumbres como la de las reliquias (que son pedazos de huesos o pelo de santos, o en su defecto, un pedazo de algo que usó o tocó el santo o la santa en cuestión). Den una mirada a las Reliquias de los Santos Niños y después me dicen si tener los restos mortales de un par de niños de siete y nueve años en una urna es más lúgubre que decorar la casa con telarañas.
Pero aquí no se trata de convertir a nadie. Lo único que quiero plantear es que el hecho de que algo provenga de otra religión no lo hace inherentemente malo, y si un festival tiene un toque de mememto morti no lo hace inexorablemente malévolo. Mi conclusión es que las religiones son como las gaseosas: la mejor es que le más le guste a usted. Hay gente como yo que siente que la pizza no tiene sentido sin Coca-Cola; hay personas como mi hermana que no toman gaseosa porque no les gusta; y hay otros como mi amigo Santiago que hace lo que él llama “ponche tutti frutti gaseoso” que consiste en echar un poquito de todas las gaseosas del dispensador hasta formar un líquido que tiende al marrón. Y, al igual que con las gaseosas, hay gente bregando a venderlas y otros que no hacen más que rajar de ellas, pero en últimas la decisión es personal. Así que cada quién con su vasito y si tiene curiosidad sobre lo que tiene el mío, pregúnteme; a lo mejor le doy una probadita y le gusta, o no le gusta pero al menos sabe a qué sabe y deja de pensar que se trata de otra cosa. Pero en cualquier caso, no trate de echarle mugre a la mía y por favor no me tire la suya en la cara.

* Una versión más corta apareció el 2 de noviembre del 2013 en La Tarde.

Del Q.E.P.D al QR


English: Version 4 QR code example

Aquí yace fulanito…

Muchas personas se habrán preguntado por esos cuadraditos negritos distorsionados que ahora aparecen en todas partes y parecen como un código de barras con problemas de identidad. Los muy tecnológicos habrán deducido que es para usar con los teléfonos inteligentes y hasta habrán hecho el intento, y uno que otro sabe que se trata de códigos QR (Quick Response). Si no los han visto, miren en cualquier revista, folleto, volante, tarjeta de presentación o caja de cereal que se respete y verán uno. Son simpáticos y pueden ser útil pero como todo lo tecnológico hay quienes le han dado un uso…diferente.

Esta vez, es en Japón.

Los japoneses, siempre un brinco delante de la vanguardia, empezaron a usar códigos QR en las lápidas en el 2008 y ahora China está haciendo lo mismo. La idea es que el código conduzca a una página que contenga información, fotos, videos y datos sobre el difunto y ofrezca posibilidades de lamentación y pésame cómodas y como velas y arreglos florales virtuales. Duelo a punta de clics.

Debo decir que esta incursión de lo digital en lo mortal me deja un tris perpleja. Esta semana por ejemplo me debatí sobre si enviar un mensaje de condolencia por Facebook (opté por no hacerlo) porque la verdad es que es más cómodo mandar un emoticon que componer una de esas horribles y siempre incómodas frases de solidaridad emocional. Yo nunca sé qué decir en los entierros y siempre temo que me va a dar un ataque de risa nerviosa en el peor momento pero aún así me parece que el funeral virtual -en donde se avisa de la muerte por Facebook, se convoca a las exequias por Twitter y se envían las fotos por Instagram para que la gente vea la tumba en Google Maps– me parece algo impersonal. Práctico, pero impersonal.

Entiendo lo seductivo que puede resultar salir de un plan de esos a punta de mouse pero me parece que es arriesgado. Ya hay reportes de que la recesión ha afectado el negocio mortuorio en Estados Unidos y almacenes de cadena como Walmart y Costco ofrecen ataúdes baratos (que es como si a uno lo entierran en un ataúd del Éxito o metan las cenizas en una coquita del SuperInter) pero ya el velorio por webcast (FuneralOne lo ofrece) me parece ir demasiado lejos. Suficiente tenemos con que la gente no interactúe con el del lado porque está jugando con el celular para que ahora en cualquier banca veamos a alguien de cabeza agachada porque está asistiendo a un entierro vía Tablet.

Pero tal vez ese sea el futuro. La manera de honrar y disponer de nuestros seres queridos avanza a la par con todo lo demás. Personalmente no creo que el QR en la lápida sea para mi. Si me toca escoger me le mido a Celestis, la empresa que programa envíos de restos humanos al espacio. A mí que me anoten y que mis remanentes mortales brillen hasta que se acabe el mundo en la supernova champaña (la SNLS-03D3bb para ser exactos) con la canción de Oasis en loop infinito.

*PUBLICADA EL 20 DE OCTUBRE EN LA TARDE.