Entre meros machos


English: ChapStick lip balm Español: Bálsamo l...

ChapStick, o como Jorge lo llama “barra inmasculinizadora”

 

El concepto de macho ha cambiado bastante. Hemos pasado de los rituales de la era Isabelina -en donde los hombres se realizaban tratamientos con agua de romero y salvia para blanquear los dientes, usaban medias veladas, tacones, pelucas, polvos faciales, rubor y lunares de mentiras- a hoy en día, época en la que convencer a mi papá de que se eche protector solar para que no se insole es una labor que requiere la paciencia, fuerza y velocidad de al menos tres de las cuatro mujeres de la familia. Y mi marido no está muy lejos.
En estos días, Jorge se estaba afeitando sin usar crema de afeitar. El proceso le dejó la cara como andén del centro e intenté echarle una cremita humectante, pero me encontré con una resistencia que habrían envidiado los franceses durante la Segunda Guerra Mundial. Me explicó que él no usa nada ‘de marca’ (Clinique, Lancome, etc.); nada que se tenga que untar (léase, aplicar delicadamente con las yemas de los dedos); que no huela a remedio (si dice que contiene vainilla o flor de naranjo, estamos en la olla); que no haya sido comprado en droguería; ni que sea ‘específico’, es decir, crema para manos, champú para pelo seco, jabón de avena para pieles sensibles. Su noción de la masculinidad higiénica se reduce a que agarra lo que esté ahí sin mirar mucho, se lo echa donde y como cree que es y sale a trabajar sin darle mayor importancia a los resultados.

 

No volví a pensar en el incidente hasta un día, a mitad de esta semana, hice  un plato a base de huevos, crema de leche, queso y verduras. Todo iba bien hasta que usé la palabra “quiche”, y hasta ahí llegó. Si fuera tortilla, comería, pero los hombres –según Jorge- no comen “quiche”. Tampoco, me informó, comen yogur de sabor, pescado, cosas Light, “fruticas raras” (arándanos, kiwi, goji), verduras (que Jorge llama ‘vegetales-vegetarianos’ -que se comen crudos, a diferencia de los ‘vegetales-ingredientes’ que se comen fritos o en salsa-, ni ‘ensaladas armadas’.  En otras palabras, los hombres pueden comer kumis pero no yogur de fresa; trucha, pero no atún en aceite de oliva; naranja, pero no albaricoque; papas, pero no alcachofa; repollo con zanahoria y tomate, pero no ensalada thai.  Al parecer, una dieta que no sea a base de carne roja, cerveza y fritos disuelve el cromosoma ‘Y’. Sobra decir que me comí el quiche solita. No sabía lo importante que era el “men” en “menú”.
Así las cosas, el hombre promedio prefiere la arterioesclerosis a una ensalada mediterránea y la piquiña y el ardor que una untadita de bálsamo, y ni hablemos del Chapstick, que eso es pelea fija.
Tal vez el concepto de lo masculino sea cíclico y estemos regresando a la noción cavernícola. El caso es que ya domino la masculinidad higiénica y culinaria estoy segura de que no tendremos problemas al respecto, sobre todo porque quiero que redecoremos la sala y le tengo puesto el ojo a un ‘chaise lounge’ divino que vi el otro día…

 

*Esta columna fue publicada originalmente el 16 de julio de 2010 en Mundo Moderno en el diario La Tarde de Pereira. *

 

Sobre ser Zen


PUBLICADA EL 24 DE ENERO DE 2010

Déjenme empezar por decir que no soy materialista. Quiero aclarar que no es que me gusten los objetos costosos (solamente), sino que pertenezco a esa estirpe que aprecia la belleza de las piedras de río, las conchas de mar, los botones particularmente raros, los papeles con diseños interesantes, los lapiceros novedosos. Tal vez sea anacrónica y pertenezca a la generación que, cuenta Eduardo Galeano, fue criada para guardar hasta un pañuelo lleno de mocos porque compraban cosas para toda la vida y las vidas que venían después.

Por eso creo que eso de velar por la preservación únicamente de lo funcional se está saliendo de las manos. Por donde uno mire hay libros, programas de autoayuda y series de t.v. que pretenden ayudar a todo el mundo a salir de sus tesoros. Hasta la psicología, con el cuento de la acumulación compulsiva y el desorden patológico, se han unido a la cruzada en contra de los recolectores entusiastas.

Y la manía ya llegó a mi familia.

Este año mi hermana menor, Pilar, -que es la saludable de la familia (hace yoga y no bebe gaseosas y todo eso)- se propuso conducirme por la senda de la paz interior y el orden exterior. Acepté honestamente porque cuando me dijo que hiciéramos Tai Chi, yo pensé que era Thai Cheese, que me imaginé era un chesscake thai como con chutney de mango o algo así. Pero bueno, ya entrada en gastos empecé con el video que explica cómo abrazar la luna y acariciar el caballo y todos esos nombres que les ponen a las posiciones para que parezcan inofensivas, cuando en realidad son dificilísimas.

Viendo mi encarte, Pili sugirió que empezara por hacer ejercicios para preparar mi mente antes de acondicionar mi cuerpo. Me dijo las palabras más crueles que he oído: “Sé Zen. Pon la mente en blanco”. Lo que ocurrió en mi cabeza después fue algo así:

“¿Poner la mente en blanco? ¿Cómo hago eso? Me voy a imaginar algo blanco. Un huevo. Una tortilla. ¿Dónde vi una receta para quiche lorraine? Ah, en Vanidades. Y había un artículo de ese actor que tanto me gusta… no, eso no es poner la mente en blanco. A ver, intentemos otra cosa. Me voy a imaginar una hoja de papel blanca, que además está sobre un escritorio blanco en un cuarto con las paredes blancas. Eso, puro diseño minimalista oriental. Esa tendencia va acabar conmigo… ¿por qué no entrará en boga el desprolijo chic? ¿El paisa ecléctico? Eso va mucho más con mi personalidad de acumuladora entusiasta. Ay, me volví a desconcentrar. Otra vez, voy a dejar la mente en blanco. Eso es. Tú puedes, sólo deja la mente en blanco. Deja de hablar a ti misma ¡Deja de decirte que dejes de hablar!”. En este punto desistí y resolví que mi mente, mi clóset y mi escritorio jamás serán minimalistas porque mi humor, mis ideas y mis sueños nunca serán mínimos. Así que he decidido irme por un nuevo sendero. De ahora en adelante voy a ser sencillamente Zen… sacional.

 

Valor anticipado


PUBLICADA EL 31 DE ENERO DE 2010

Puede sorprender a más de uno saber que soy una excelente planeadora. Soy la Planeadora Oficial de Viajes y Vacaciones de mi familia ya que tengo un talento bárbaro para hacer tablas comparativas e investigar destinos, desenterrar descuentos y organizar actividades. Y no sólo planeo con anticipación mis viajes. Desde ahora, estoy planeando mi vejez.

Verán, acabo de enterarme de un estudio que ha puesto en duda el consejo que todos los médicos tienen como panacea: la DIETA. Según los galenos, todo se cura con comer maluco. Pero eso no es tan cierto, o al menos eso sugiere los resultados de la investigación liderada por Leon Flicker, según la cual los adultos mayores de 70 años que tienen algo de sobrepeso viven más y mejor que sus colegas delgados. Al parecer, eso de que las tortillas de huevo con tocineta, la arepa con mantequilla y queso, los chicharrones y la fritanga son un “infarto servido caliente” es puro cuento.

Es un cuento bien contado, claro está, y narrado por gente bastante convincente, pero el cuento de hadas que empieza con “Había una vez una niña gorda e infeliz” y que termina con “adelgazó y vivió feliz y saludable para siempre” tiene la misma falla que todos los demás cuentos de hada: es inventado. En serio. Hace poco, el profesor de estadística médica del Instituto de Salud Infantil de Inglaterra dijo que la línea que divide lo ‘normal’ de lo ‘gordo’ y lo ‘obeso’ -línea en la que se basó el gobierno inglés para tomar medidas tan drásticas como amenazar a los padres del ‘obeso’ Connor Mcreaddie con retirar al menor del hogar, alegando que dejarlo ser gordo es tan grave como darle cigarrillos o alcohol-  es totalmente arbitraria. Cole ha dicho que simplemente tomó una gráfica y le trazó una raya encima, sin fundamente científico alguno.

Todo parece indicar que esa raya ha hecho más mal que bien pues obligar a adelgazar gente perfectamente saludable y feliz con unos kilitos de más compromete no sólo su felicidad, sino su salud. Qué ironía… me recuerda algo que le sucedió a un amigo de mi papá. Estaba sentado en la banca de un parque comiendo palitos de apio y bebiendo agua embotellada y a su lado se sentó un hombre mayor con una hamburguesa en una mano y un tabaco en la otra. “¿Cuántos años tiene?” le preguntó, y éste respondió “Más de ochenta”. Entonces dijo “señor, yo soy médico y créame, si sigue fumando y comiendo así, se va a morir”, a lo que el encantador octogenario, mirando con desprecio los comestibles saludables de su compañero de banca, replicó “tu ya estás muerto, amigo”.

Ese viejito debe estar hoy en día como una rosa, y ahora que la medicina respalda su dieta, voy a seguir su ejemplo. Pero, como soy tan buena planeando las cosas con anticipación, no voy a esperar hasta tener 70 años para cultivar mis kilitos saludables y mejor voy a sentirme orgullosa de mis previsivas reservas desde ya.

 

En la mira y quienes miran


PUBLICADA EL 2 DE FEBRERO DE 2010

Mucho revuelo causó esta semana la noticia generada en las oficinas del banco Macquarie Private Wealth de Sydney, más específicamente la pantalla del computador de uno de los empleados, David Kiely, quien disfrutaba de las hermosas curvas de una modelo ligera de ropas al tiempo que un colega suyo daba una entrevista televisiva. Las cámaras del programa registraron todo, desde la modelo semi-viringa hasta la cara de preocupación de David cuando se dio cuenta de lo sucedido. El video terminó en Youtube, como era de esperarse, y fue visto más de 200,000 en menos de una semana y el incidente dividió a los australianos en dos bandos: los que pedían la cabeza de David y los que, encantados con ver el lado humano de los banqueros, clamaban por perdonarlo. Incluso un portal de finanzas (news.hereisthecity.com) se unió y puso una página titulada “Salven a Dave” para que la gente enviara mensajes electrónicos a la gente del Banco.

Dejemos a Dave a un lado por un momento y enfoquémonos hacia el que estaba haciendo algo discutiblemente indebido pero con la expectativa de privacidad. Recuerden que hace poco en el país tuvimos una serie de incidentes relacionados con imágenes de blackberrys, fotografías de dibujos elaborados en el revés de los individuales de los restaurantes y grabaciones de teléfonos chuzados. No disputo que tengan valor social y noticioso dichos contenidos, pero  pregunto ¿a qué horas puede un ser uno mismo?

Fíjense por ejemplo en la película “Danzando con Lobos”. Fue todo un éxito pero si los indígenas hubiesen encontrado a Kevin Costner cinco minutos antes, el filme se habría titulado “Limpiando con hojas”. Lo que quiero decir es que todo depende del momento en el que te atrapen. El humano promedio tiene ratos buenos y malos. Algunos son muy afortunados y hay una cámara a la mano justo cuando ayudan a una viejita a pasar la calle o le regalan un juguete a un niño o rescatan un gato de un edificio en llamas, y otros son de malas y la hay cuando escupen en el andén, se acomodan los calzoncillos o se escarban la nariz. Todos hemos hecho cosas heroicas y de vez en cuando cosas que preferiríamos mantener en secreto –o en discreto- y nadie sale ganando cuando señalamos a alguien porque fue público su comportamiento privado.

El incidente terminó del banco se resolvió favorablemente para todos: Dave  pudo conservar su puesto; la modelo Miranda Kerr es ahora más popular; la revista GQ, que es la que tiene las dichosas, aumentó sus ventas; y hasta el Banco obtuvo un montón de publicidad gratis.

Pero en medio de todo no puedo evitar pensar un poco en George Orwell y su Gran Hermano (¿pensaron que el original era el de la tele). Tal vez hemos llegado a ese punto en el que siempre estamos vigilados por alguien. En ese caso, me parece que a Gran Hermano le falta un poco de sentido del humor.

 

Nuevos Indicadores económicos


PUBLICADA EL 14 DE FEBRERO DE 2010

Mi profesor de economía perdió el tiempo enseñándonos la teoría de la oferta y la demanda y el cuento ese de la Mano Invisible de Adam Smith (la misma mano que al parecer le mostró el dedo de la mitad a la economía mundial el año pasado…) porque he descubierto que lo que realmente debimos haber estudiado eran las mini faldas y el colorete.

Hablo, por supuesto, del Índice del largo de la Falda y el Índice del Color de Labial, dos propuestas económicas tan acertadas como divertidas. La una plantea que el largo de la falda es inversamente proporcional a la economía, es decir, las mujeres usan minifaldas cuando las cosas van bien y falda tipo institutriz alemana del siglo XIX cuando las cosas van mal. El otro, el del labial, sugiere que las ventas de labiales, sobre todo de colores fuertes como el rojo, aumentan cuando la situación económica es pobre y bajan cuando la prosperidad aumenta.

Estas teorías me han despertado la curiosidad por el tema económico, materia que siempre tuve como más aburridora que ver evaporarse un charco. Ahora, con mi renovado interés, he decidió plantearles a los economistas mis indicadores económicos. Aquí van estos cuatro. Quién sabe, hasta de pronto alguno pega y me vuelvo famosa:

Índice de Regalos de Novios. Este indicador mide la cantidad y calidad de los regalos que los novios dan a las novias en fechas como San Valentín y Día del Amor y la Amistad. Todo está en lo peludo: si se venden muchas cosas en estuche peludo (anillos, dijes, collares), las cosas van bien; si se venden muñecos peludos, van mal. Esto se podría cotejar con el Índice de rompimientos sinsentido, que mide la cantidad de novios que echan a la novia sin motivo aparente justo antes de la navidad, el cumpleaños o las fechas anteriormente indicadas sólo para ahorrarse en regalito. Claro que si nos guiamos por esto estamos en la olla porque mi papá me contó que este año el San Valentín estuvo tan malo que lo van a rebajar a Beato.

Índice del arroz. Mi idea es que en épocas de bonanza, el arroz se sirve en plato aparte y compacto, con forma de pocillo (roseta de salsa de tomate opcional); en épocas difíciles, es en el mismo plato y bieeeeeeeeeeeeeeen esparcidito para que se vea lleno.

Índice de la Temperatura del Chocolate. En este caso, si la gente está en la buena, sirven el chocolatico calientito de tal manera que la conversación sea larga y se pueda acompañar de “parva”.  Pero si están en la mala, los inopes sirven el chocolate tibio para que los invitados se lo tengan que tomar con prisa y no alcancen a comer mucho.

Índice de sociabilidad. En épocas de crisis esas visitas que llegan justo antecitos del almuerzo o la comida -visita de pésame, de felicitación, de enfermo, de recuperado, de despedida, de bienvenida y de cuanta cosa pueda celebrarse- escalan porque la gente aprovecha y “tanquea” en casa ajena.

 

Vanidad vs Maternidad


PUBLICADA EL 21 DE FEBRERO DE 2010

¿Han oído esa canción “despeinada jajá, jajá, jajá…”? Bueno, pues yo podría posar para la carátula del disco. Mi pelo, que usualmente tiene un corte discernible y luce bien peinado, con secador y productos acordes –gel para esculpir, espuma para volumen, cera para textura- está ahora con el ‘look’ tipo “nies”: ni es largo ni es corto. Además, hace rato que no me hago ni rayitos ni enjuagues ni mascarillas capilares (con mi receta patentada de aguacate, ron, sábila, huevo y extracto de vainilla que mis hermanas y yo nos echamos durante todas las vacaciones). No nos metamos mentiras, desde que nació Matías ni siquiera me peino.

Pero mi pelo no es el único que ha sufrido. He sido vanidosa desde niña y lo confieso sin pena pero desde que soy mamá, lo más cerca que he llegado a hacerme una mascarilla es cuando Matías me escupe el tetero encima. Mi piel, que ha sido siempre fuente de orgullo para mí pues la cuido con rituales de aseo y mimos y masajes frecuentes, está medio olvidada. ¡Yo! Que invertía sumas importantes de mi quincena en comprarme cuanto menjurje (mi Word cree que esta palabra se escribe ‘menjunje’, pero ustedes y yo sabemos que no es así) vendían para la cara, el cuello, el pecho, los codos, el contorno de los ojos… bueno, ya tienen la idea.

Mis manos, acostumbradas al manicure semanal, lucen ahora uñas de soldado porque cuando uno tiene un hijo que asume como un reto cada pañal limpio, no puede tener uñas largas.  Mis cutículas parecen estar preparando un golpe de estado y tengo tantos uñeros que parece como si mis uñas se estuvieran reproduciendo por división mitótica. Mis pies, que alguna vez fueron de princesa sin callos ni resequedades, que me los admiraban en playas y piscinas y me permitían usar chanclas de dedo con ostentosa frecuencia, ahora parecen pezuñas. En serio, en caso de peligro podría escalar una palmera.

Y ni qué hablar del perfume. Me encantaba oler rico. Mi esposo me regalaba perfumes de Navidad y de cumpleaños y tenía lleno de frasquitos el baño… y ahora, huelo a queso y donde alguna vez hubo Chanel y Dior hay crema para la pañalitis y un dispositivo chupamocos para bebés.

Ya ni siquiera me queda tiempo para los cuidados básicos como lavarme los dientes. Claro, me los lavo, pero no después de cada comida como antes, sino por allá a las cuatro de la tarde o a las 12 de la noche o algo así, y la seda dental es un lujo. Además tengo los ojos rojos, los labios resecos (y bigotudos, pero no digan nada), las cejas como gusanos que acaban de recibir terapia de electro-choque, las piernas como si estuvieran cubiertas por alambres de púas, las canas alborotadas, los poros abiertos…

Definitivamente, he concluido que la vanidad y la maternidad son incompatibles y que una de las dos termina acabando con la otra. En mi caso, la vanidad perdió y sinceramente, no podía estar más desarregladamente feliz.

Sobre grandes enigmas y cómo resolverlos


PUBLICADA EL 11 DE ABRIL DE 2010

Últimamente he invertido varias horas en investigar cómo funciona el cerebro, de qué manera enfrentamos los retos creativos y cómo podemos ser más eficientes y eficaces en dicha tarea -tal vez sea el clima político, pero probablemente es porque no he podido dar con la manera de arreglar la puerta de mi clóset. En el transcurso me topé con cosas bastante interesantes (la influencia del lugar de votación en el voto y cómo nos afecta pensar en los logos de los restaurantes de comida rápida, por ejemplo) pero uno de los que más me llamó la atención fue el estudio elaborado por un par de psicólogos de la Universidad de Dakota del Norte que descubrió que si antes de formular un problema se le dice a alguien que se imagine que tiene 7 años, las soluciones que encontrará serán mucho más creativas que si no lo hace. Parece que si nos olvidamos de lo que aprendemos a medida que crecemos, todo eso de que tenemos que evitar el bochorno social, pensar sólo cosas útiles y productivas, logramos ser realmente creativos.

Otro estudio interesante encontró que basta un bombillo literal para que se nos ilumine el bombillo metafórico. En la Universidad Tufts realizaron varios experimentos que sugieren que tener un bombillo pelado de 25 watts es suficiente para que sea más fácil que la gente responda acertadamente preguntas difíciles, especialmente aquellas que tenían que ver con el razonamiento abstracto.

Estos estudios podrían cambiar la manera como hacemos los debates de los candidatos presidenciales de ahora en adelante. Piensen bien: ¿qué tal si los metemos a todos en un estudio con un centenar de bombillos pelados y les hacemos preguntas para que las resuelvan como niños? En lugar de hablar de impuestos y seguridad democrática, les hacemos preguntas típicas de niños chiquitos: ¿uno puede llorar debajo del agua?; ¿por qué meten las cosas redondas como tortas y pizzas en cajas cuadradas?; ¿por qué la gente dice “durmió como un bebé” si, me consta, los bebés se despiertan cada ratico?; ¿por qué el colbón no se queda pegado del frasco?; ¿por qué, si los rayos corren a la velocidad de la luz, no andan en línea recta?; y el mayor misterio de todos ¿por qué mi mamá no se puede echar pestañina con la boca cerrada?

Está bien, está bien, basta de juegos. Sé que esas preguntas no nos ayudarían a elegir presidente, pero la idea detrás de estos estudios es bastante interesante y hace surgir un punto válido. No estoy diciendo que baste con un bombillo pelado y una perspectiva infantil para arreglar el país, pero lo cierto es que sí necesitamos que a esta gente se le prenda el bombillo y definitivamente nos urge que aprendan a resolver los problemas pensando como niños en lugar de actuar como tal.

 

 

Mientras tanto, en el Salón de la Justicia…


PUBLICADA EL 18 DE ABRIL DE 2010

Hace unos días mi cuñado, Andrés, trataba infructuosamente de recordar el nombre del antagonista de Linterna Verde. “Es una palabra de verdad” nos decía sobándose las sienes en un intento fútil por avivar sus neuronas “y tiene que ver como con crimen, como algo forense o económico” repetía. Mi Papá dijo entonces “pues, si es un maleante con nombre económico, debe llamarse DIAN” y ahí empezó todo.

El resto de la conversación giró en torno a la conformación de los nuevos Salón de la Justicia y Salón del Mal (con gárgola y todo). Afortunadamente teníamos a la mano a mi Papá que se leyó las tiras cómicas originales, y a mi hermana Lina que durante mucho tiempo y hasta muy entrada en años se levantaba a las 6:00 a.m. para verse la versión en muñequitos animados. Gracias a su experiencia combinada logramos armar la versión colombiana de la Liga Extraordinaria de los Súper Amigos, que llamaremos la Liga Muy Ordinaria de los Parceros.

Este conjunto de súper héroes está liderado por Baloto Man, quien tiene poderes extraordinarios como visión de rayos C, con la que puede ver la historia Crediticia de cualquier persona, súper velocidad para adelantar trámites y poder saltador para pasar por encima de la burocracia. También está Elastic Boy, quien ayuda a estirar la quincena;  Rebusquis Girl, quien ayuda a encontrar formas de sub empleo y trabajos extra para conseguir más entradas; y Aqua Chico, quien tiene el poder de la liquidez.

Juntos, estos valientes luchan por el IPC contra los poderes del mal reunidos en la Organización DEGAPI (Deudas, gastos, pasivos e inflación). Su emblema es un serrucho y en lugar de tener Salón tienen Oficina, alfombrada y de luz tenue,  llena de cubículos con computadores viejos, sillas incómodas y aire acondicionado demasiado frío. A la entrada hay un dispensador de turnos gigante que va en el número 798132471394871920 y un tablero electrónico que reza “estamos atendiendo al número 2”. A esta malévola organización la conforman Freeze-o-man, que congela los bienes; Grava Men, gemelos malvados que usan su poder de Cuatropormil cada que pueden; y YYQ (Y Yo Qué), maleante de bajo nivel con un alto poder de Entorpecimiento. Todos ellos están bajo el mando de Funcionarius, un personaje culto pero vil, resentido y que sueña con amasar poder y eliminar para siempre a los Parceros.

. Como verán, el concepto del cómic para adultos tiene futuro y hay potencial para el merchandising con camisetas y figurines. Ya veo a los niños jugando en los colegios en el descanso “lero, lero, te confisqué el sueldo” y el otro “¡Já! Te puse una tutela y te voy a atacar con un derecho de petición”. Voy a trabajarle a la idea otro poco. Estoy pensando en algo así como “Los Parceros y el Misterio del Agro Ingreso Inseguro”. ¿Les suena?

 

 

Lógica masculina


PUBLICADA EL 25 DE ABRIL DE 2010

Y de repente, mientras estábamos viendo televisión, y sin sospechar lo que se iba a desatar, le dije a mi marido:

–       Ese tipo me gusta

–       ¿Cuál? ¿Ese de pelito largo?

–       ¿Qué tiene de malo el pelo largo? Tú lo tienes largo.

–       No, yo lo tengo desprolijo. Crece porque voy a la peluquería dos veces al año. Este es un crecimiento viril. Yo no soy de bucles ni me echo cosas.

–       Te echas gomina.

–       Es que la gomina es una cosa y la espuma y la laca y eso es diferente. La gomina no vale. Los hombres podemos usar gomina siempre y cuando no huela a chicle ni a flores. Y me dejo el pelo así, no me hago ‘blower’ ni me pongo  hebillitas ni bambas.

–       Pero cuando tuviste el pelo largo te peinabas de cola de caballo

–       Eso fue durante mi época de rebelde adolescente. Era ‘cool’. Es distinto. Este personaje es de los que se echa cremas.

–       Tú te echas cremas…

–       No, yo me aplico ungüentos medicinales que huelen a remedio. No me unto nada que huela a vainilla ni a ‘citrus punch’ ni esas cosas. Los hombres no nos echamos cosas que huelan rico. Los olores masculinos son los mentolados y nada más. Y además las cosas de hombres son en aerosol, que salgan con fuerza, nada de ‘mist’ ni ‘spray’ ni ‘atomizador’. Si tiene que ser con la yema de los dedos, olvídalo.

–       Pero los roqueros se maquillan. Se echan base y sombras y esos te gustan.

–       Primero, a mi no me GUSTA ningún roquero. Y además ellos no se maquillan. Lo que pasa es que respeto musicalmente a muchos artistas que deben incorporar ciertos elementos estéticos a su espectáculo para transmitir un mensaje creando un ambiente dramático para lo cual se requieren algunos implementos  de coloración facial para lograr cierto énfasis para dar un efecto desado. Eso no es lo mismo que usar maquillaje. Y este tipito usa unos trajes ahí todos elaborados. Eso es afeminado. Ningún varón usa disfraces ni trajecitos de telita brillante como ese tipo.

–       Los toreros usan trajes de luces.

–       Esos son unos duros. Se enfrentan a una bestia de trescientos kilos con un trapito y puro coraje. El traje de luces es su única defensa y debe ser brillante para distraer al toro. Es para protegerlos, no porque les gusten las lentejuelas.

–       Bueno, pero los equipos de fútbol tienen uniformes. Esos son de telitas brillantes y se pueden considerar trajes.

–       Ojo. Ojo con el fútbol. Esos uniformes tienen tradición, representan los valores de la gente que ama un deporte que representa lo mejor de la humanidad, la tradición de amor por un club que se hereda de Padre a Hijo, se transmite de generación a generación…

–       Pero de esos futbolistas hay unos que tienen peinados muy raros. Beckham se hace rayitos y todo

–       Eso es una estrategia de agresión deportiva para despistar a los contrincantes. Tiene que ver con tácticas casi militares.

–       Hablando de militares, está Alejandro Magno…

–       Definitivamente contigo no funcionan los argumentos lógicos.

Lecciones de masculinidad


 

PUBLICADA EL 2 DE MAYO DE 2010

Ya empezó. La verdad, no pensé que fuera tan rápido. Me imaginé que se tardaba un poco más, que requería más entrenamiento o que tenía como prerrequisito que se sentara solo, pero no: Matías no tiene ni cinco meses y ya se marranea el control remoto del televisor. Increíble.

Debí haber sabido, desde cuando lo oí soltando gases como el Galeras, que eso de ser hombre arranca desde bien temprano. Creí que era algo que se enseñaba, pero al parecer eso de agarrar el control remoto y no compartirlo, ‘babiar’ las almohadas y chillar cuando se les acaba la bebida, viene pregrabado en el disco duro de los modelos XY.

Todo esto es nuevo para mí porque como somos tres hijas, nunca tuve contacto con los hábitos del macho silvestre.  Sólo ahora, comparando notas con otras amigas casadas, me he percatado de que lo que creía era sólo cosa de mi papá o mi marido, es en realidad común a casi todos los hombres.

Por ejemplo, pareciera que hay un gen que les impide a los hombres reemplazar el rollo de papel higiénico viejo por uno nuevo. No entiendo cómo ni por qué esta tarea les resulta tan enigmáticamente imposible de realizar, pero es universal la queja. Esta tara debe la responsable del SDDM, Síndrome de Discapacidad Doméstica Masculina, cuyos síntomas son la incapacidad de poner la toalla de manos bien puesta luego de secarse con ella,  bajar la tasa del inodoro, recoger la toalla mojada del piso y comprender la diferencia entre cucharita para revolver el azúcar y cucharita de postre.

Otro gen debe gobernar la falta total de control de emisiones gaseosas y la carencia absoluta de vergüenza de dichas emisiones, que parece ser parte del paquete básico Hombre 101. En lugar de pena vienen con el impulso de vanagloriarse cuando moscas caen en pleno vuelo y plantas se marchitan luego de una expulsión particularmente ofensiva.

Otra característica que he notado es común a todos los XY (mi hijo aún no la ha exhibido, pero mi sobrino sí) es la de acomodarse constantemente el menaje. Por razones que me desconciertan, no sólo no disimulan sino que anuncian cuando algo se les desacomoda y despliegan fuerzas como si la entrepierna fuera la playa de Normandía.

Además, tienen la manía de rascarse,  olerse e inspeccionar con asombro casi científico todo líquido o sólido que les salga de cuanto orificio, pliegue o apéndice tengan, y como si fuera poco emiten toda clase de ruidos, gruñidos, ronquidos, silbidos y estallidos. Alguna vez oí a alguien decir que el cuerpo femenino era una obra de arte, mientras que el masculino era como un jeep: sirve para llevarlos de un lugar a otro pero no es lo más estético del mundo.

No sé si la cosa sea así de grave pero mientras contemplo a mi Jeepcito, me pregunto cuándo dejará de ser esta criatura angelical para convertirse en un hombre. Parece que no tardará mucho. Ya empezó por robarse en control remoto…