Oda a los superaccesorios de mi Papá


Fly SwatterNo seré ni la primera ni la última hija que cree que su padre es una especie de súper héroe. He admitido pública y privadamente que durante muchos años pensé que la serie de televisión McGyver era basada en la vida de mi papá. Tan convencida estaba que mi papá hasta se me parecía un poco al protagonista, Richard Dean Andersen (insertar risa comprensiva aquí). Cuando Mac fabricaba un paracaídas con el envoltorio de un chicle o usaba un palillo para desmantelar una ojiva nuclear, no sólo creía que Mac podía hacerlo (tenía y tengo aún problemas con separar la ficción de la realidad) sino que creía que mi papá también lo podía lograr porque juraba y comía tierra con lombrices que  mi papá les hablaba a las máquinas. Pero ojo, no sólo creía que mi papá era tecnópata (que podía hablar con y controlar a las máquinas) sino que podía hablar con los animales, controlar los semáforos y regular la salida del sol.

Ya de adulta he comprendido que mi papá podrá no tener poderes especiales, pero tiene unos accesorios que ameritan antología. Él es como Batman: el truco está en los juguetes.

Para empezar, está el Matamoscas. No es cualquier matamoscas; es El Matamoscas. Un solo golpe certero, y mi papá puede dar muerte a cualquier insecto, artrópodo, himenóptero o ácaro. Todos los invertebrados y algunos vertebrados temen el ‘swishhhh-splat’ del Matamoscas. Y no sólo es un arma letal para las especies menores. También sirve como herramienta acercadora de dispositivos que se encuentran lejos. Por ejemplo, con El Matamoscas, mi papá puede alcanzar el control remoto del televisor, el celular, el salero y hasta el chupo de Emilio. Ha servido como ‘china’ en los asados, para avivar las llamas,  cogido al revés sirve para rascar cualquier piquiña y en ocasiones ha servido como zurriago -para arriar ganado y acosar a las hijas para que se monten al carro-.

Uno creería que así es suficiente, mas no. Mi papá también tiene la Súper Navaja Multifunciones, con la que puede hacer prácticamente cualquier cosa gracias a las múltiples funciones que tiene. La Navaja tiene lima, con la que no sólo se pueden limar las uñas sino también las asperezas de las superficies de madera y las puntas de los alambres de los bráquets (tres hijas con tratamientos de ortodoncia multimillonarios fuimos suficiente entrenamiento). Contiene pinzas con el tamaño justo para sacar tunas, espinas y esquirlas. También viene equipada con un destapador con el que se pueden destapar cervezas, gaseosas, vinos y alcantarillas. Y, por supuesto, la navaja en sí, la parte filuda, con la que mi papá taja mango, pela naranjas de tal manera que la cáscara quede en una sola tira en forma de caracol, opera ganado, saca nuches y castra cerdos.

Pero no crean que ahí termine la lista. Falta incluir uno de los más preciados súperaccesorios: el poncho. El poncho de mi papá ha cobijado a recién nacidos, detenido hemorragias, reconfortado viudas y aliviado enfermos. Ha servido como turbante, capa, silla de montar, pareo, chal y hasta falda  (no pregunten). La tela, cálida pero liviana, se lava fácil, se seca rápido, sale con todo y no se arruga con nada. Es antiflamatorio, hipoalergénico y, además, cura cólicos menstruales. No sé cómo, pero es así. Su fiel compañero sobre ruedas es el Trapito Rojo del Carro, que desempaña vidrios, limpia regueros y llama la atención de la policía de carreteras en caso de accidente.

Como verán, mi papá podrá no ser súper héroe por mérito de sus propios poderes, pero el tema de los súper accesorios lo tiene dominado. Falta ver qué le daremos de cumpleaños mañana…

 

 

Orden mental


No soy una mujer ordenada. Soy una mujer organizada, eso sí. Yo sé dónde está todo. Lo que pasa es que todo no está ‘en orden’. Mi hermana Pilar es la persona más ordenada que conozco; la ropa del clóset está en orden alfa-cromático, es decir, por colores en orden alfabético (Amarillo, azul, blanco, café, dorado, etc) Recurrí a ella para que me ayudara a empacar. Decidí mudarme cuando llegué de vacaciones y no cupe en el apartamento. Apenas llegué empecé a buscar apartamento nuevo, más grande y que tuviera depósito, por si las moscas. Pero Pilar me convenció de que era posible que las dos camisetas que me habían regalado de navidad no fueran motivo suficiente para una emergencia de propiedad raíz y que, con algo de administración espacial, cupieran en el apartamento en el que ya estaba viviendo. Sugirió que almacenara de manera categorizada –no categórica-. El truco consiste en juntar las cosas que tienen algo en común. Ella me dijo que hiciera una lista de las labores que realizaba de manera cotidiana y ordenara acorde. Parecía sencillo, así que empecé.

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Fui en orden, desde lo  más cerca de la puerta principal hacia lo más lejos. La cocina queda primero, así que arranqué ahí. Todo iba bien hasta que llegué a las cosas del té. Me encanta el té, las infusiones aromáticas, las bebidas exóticas. Tengo infusiones de todo lo imaginable y cucharitas, y revolvedores y pocillos y tacitas y teteras… Pero no tomo té en la cocina. Tomo té en la sala, así que puse todas las cosas del té en la sala. También hay comida que para las visitas, entonces también puse unas galletas, el azúcar y la miel en la sala. Como también me gusta calificar exámenes allí, puse los marcadores, los lapiceros y la calculadora al lado del sofá. Me pareció razonable.

Seguí entonces a la biblioteca y empecé a separar los libros en categorías: lecturas por placer, por trabajo y regalados que no me gustaron pero que me da pena regalar porque qué tal que venga el que me los dio y se sienta mal porque no están. Viendo esos últimos, pensé en todas las cosas afines, así que saqué los payasos en porcelanicrom que me dieron de amiga secreta, el portarretratos en macramé que me dieron de Amor y Amistad y la caja de música-joyero que tiene un lago de espejos con imanes sobre el cual danzan una pareja de cisnes que me dieron cuando anuncié mi compromiso. Bien, ya estuvo. Pero tengo el computador y el escritorio lejos del mueble de la biblioteca y me tendría que levantar para sacar un libro si lo necesitase en caso de algo laboral. Saqué todos los libros de trabajo y los metí en la oficina. En cuanto a los de leer por placer, los leo en la cama y en el sofá y una que otra revista en el baño (no me juzguen… no soy la única). Redistribuí esos libros y me quedó mucho espacio en la biblioteca, que está localizada en ese limbo arquitectónico conocido como el ‘hall de alcobas’. En un momento de brillantez, pensé en las carteras. Claro, la cartera es lo último que cojo antes de salir, así que ahora todas mis carteras están en la biblioteca, ordenadas por categorías de la siguiente manera: las bonitas pero que no les cabe nada, arriba; las medianamente útiles y  medianamente bonitas, en la mitad; las horrorosas pero que les cabe hasta el pasado, en la tabla más bajita. Súper ordenado.

Feliz por el progreso que estaba logrando, seguí con la alcoba multifuncional (ya saben, esos espacios guionificados tipo oficina-estudio-cuarto del huésped). Allí tengo el computador, una silla y el clóset de mi marido.Empecé con lo relacionado con el trabajo, pero me topé con un problema. A veces tomo café cuando estoy trabajando… fui por la cafetera, los pocillos, la leche, el azúcar y lo puse todo en el piso junto al escritorio, pero ahora no tengo enchufe para el computador y la cafetera. Me va a tocar llamar a mi hermana. ¿Dónde puse el teléfono? ¿En la categoría de comunicación? ¿De relaciones familiares? ¿Tal vez la cocina, por el domicilio? Creo que necesito nuevas categorías…

La cercanía mediada


(* 4. April 1979 in Perth, Western Australia, ...

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Esta semana anunciaron la muerte del guapísimo actor Heath Ledger, aparentemente por una sobredosis accidental de somníferos. Los detalles de su vida y muerte han poblado los noticieros nacionales e internacionales al punto que saber sobre muerte me impactó por dos razones. La primera es que me sentí vieja. Así es; vieja. Me sentí casi anciana porque cuando dijeron que había muerto a los 28 años, lo primero que pensé fue “qué pesar… ese muchacho tan joven”.

Lo segundo que me impactó fue que de inmediato pensé en su hijita, Matilda, y su ex prometida, la actriz  norteamericana Michelle Williams. Y la razón por la cual me impactó que mi mente se dirigiera de inmediato a ellas no tiene nada que ver con la lógica de la compasión humana. Es apenas natural que uno sienta pena por la viuda y la hija y la familia de cualquiera en circunstancias similares. Lo que me impactó es que yo sabía quiénes eran su ex prometida y su niña. Sabía, además, que se habían conocido durante la filmación del filme Secreto en la Montaña, de la que fue co-protagonista Jake Gyllenhall, quien estuvo saliendo con Reese Witherspoon después de que terminara su matrimonio con Ryan Phillipe, con quien tuvo dos hijos, Ava y Deacon. Me puse a pensar en Michelle, en si sus amigos de la serie Dawson’s Creek irían al funeral. Pensé en Katie Holmes, co-estrella de Michelle y casada con Tom Cruise, ávido defensor de la religión conocida como Cienciología, entre cuyos seguidores se encuentran John Travolta y su esposa Kelly Preston, Leah Remini y hasta el comediante colomiano Andrés López, que estudió sociología antes de lucrarse de hacer reír. Esa religión es la locura, por lo que pensé en qué afortunada Nicole Kidman, ex-esposa de Tom, que se separó antes de que la locura se hiciera tan evidente. Nicole, recordé, es nativa de Australia, al igual que Heath. Recordé la primera película que vi con Heath, que fue El Patriota, protagonizada por Mel Gibson, quien muchos creen australiano pero que en realidad nació en Hawai, Estados Unidos. Todo este recorrido lo hice en menos de dos segundos y con una naturalidad que me dejó perpleja. ¿Qué  me pasa?¿Por qué sé estas cosas? ¿Por qué elegí almacenar en mi cerebro semejante retahíla de datos inútiles en vez de aplicarme y memorizar de una vez el número de mi cuenta?

Pero eso no es lo más grave. Lo más grave es que siento que debo manifestarme por la muerte de Heath, que debería llamar a Michelle y ofrecerme a cuidar a Matilda porque siento que los conozco. Siendo perfectamente francos, sé más sobre la vida de estas celebridades que sobre la vida de mi familia extendida. Si me encañonan no puedo nombrar los padres de todos mis ex novios pero me sé los nombres de los hijos de Angelina Jolie, el nombre de la ex esposa de su esposo y hasta el ex novio de la ex esposa del esposo de… en fin, ustedes me entienden. La verdad es que gracias a Vanidades y el canal E!, me entero mucho más rápidamente de las noticias de gente que nunca he visto y que nunca voy a conocer que de mi propia familia. Y a veces, me avergüenza admitirlo, siento sus tragedias casi como las mías. Con decirles que todavía se me encharcan los ojos cuando hablo de la Princesa Diana y me siento con total derecho de regañar a Harry y William si los veo portándose mal, como lo haría con los hijos de cualquiera de mis amigas. Lo mismo con Carolina de Mónica, por quien siento una solidaridad casi rara y me provoca llamarla cada que Estefanía hace algo que deja mal el nombre de la familia. Es más, si se casan Andrea (hijo de Carolina) y Tatiana Santo Domingo (hija de Julio Mario), siento que si no me participan es una bofetada social. ¡Somos prácticamente primas! He sufrido con ese noviazgo más que cualquiera. El problema es que sospecho que estas relaciones con los famosos son como mis juegos en el subibaja con mis amigos imaginarios: un poco unilaterales. Pero si me invitan a la boda, ¡ahí mismo les cuento!

 

*PUBLICADA EL 7 DE ENERO DE 2008

A las aulas marchemos…en reversa


El himno de colegio del que soy bachiller empezaba con la animada invitación ‘a las aulas, amigas, marchemos a beber de la ciencia el *licor…’, palabras que aún retumban en mi mente (y logran suscitar cierta angustia y me hacen sudar frío de pensar que tengo que hacer una cartelera para mañana y no tengo cartulina… pero esa es otra historia) por la cadencia pegajosa y la imagen que evocan de las multitudes marchando hacia las aulas, sedientas de saber. Cuando empecé a ser profesora me imaginé a mis alumnos emborrachándose con el licor de mi conocimiento, pero después de algunos años he llegado a la conclusión de que la que necesita emborracharse soy yo. En serio, a veces creo que no voy a lograr pasar el día a palo seco porque siento tal decepción en las nuevas generaciones que sólo el estupor etílico me puede borrar la sensación de cataclismo inminente. Creerán que exagero, pero les aseguro que no. Es más, para conmemorar el principio de este semestre, incluyo en esta columna el ‘top 10’ de los intercambios más absurdos –ojo, todos reales- que he tenido en mi vida académica. Léanlos y júzguenme después, si se atreven…

1) – Ustedes probablemente sean demasiado jóvenes para recordarlo, pero hubo un tiempo en el que Alemania estuvo dividida en dos.

– Claro, eran Alemania del Norte y Alemania del sur.

2) – Profesora, no entiendo por qué a los estadounidenses no les ha dado por buscar a Osama en Italia. Al fin y al cabo, allá empezó todo

– ¿Cómo así que en Italia empezó todo?

– Pues, claro, de Italia era  Benito Musulmani, el fundador del faxismo y líder de los musulmanes.

3) Profesora, ¿es cierto que si uno no presenta los exámenes a tiempo tiene que comprar un supositorio? (supongo que quiso decir supletorio)

"Flaming" cocktails contain a small ...

Va a necesitar un par de estos para pasar algunas de las respuestas...

4)- Por favor recuerden que en sus exámenes deben tener mucho cuidado con citar las fuentes

– Sí, claro, porque de lo contrario usted nos acusa de sufragio. (Me imagino que quiso decir plagio…)

5) – Profe, qué pena, esas fechas le quedaron al revés

.- no, fulanito, es que son fechas antes de Cristo.

–       Ay, la profe tan chistosa. ¿Entonces la gente antes de Cristo nacía viejita y moría recién nacida?

6) – Pero si Bush le dio toda esa plata a Uribe, ¿el presidente cómo va a hacer para traérsela? ‘¿Tiene unas tulas especiales en el avión presidencial o le dan un cheque de gerencia o qué?

7) – Bueno, supongo que todos reconocen este edificio

– Claro, ese edificio de seis lados es el Pentágono

8) En un examen escrito, al pedirles que escribieran por qué creían que uno de los personajes de cierta novela había tomado las decisiones que tomó, un alumno sumamente respetuoso escribió “sus razones tendría”.

9) tratando de corregir una

alumna con serios problemas de dicción:

– Se dice cóctel

– No, profe, es cóctel

– NO, se dice CÓCTEL

– No, profe, es cóPtel porque viene en una Co-Pa

10) Es que los niños chinos tienen que ser más inteligentes porque son capaces de hablar chino desde chiquitos, y ese es un idioma muy difícil de aprender.

Los dejo con esos, no porque no tenga más, sino porque no me caben todos. Si quieren empezar un grupo de apoyo de temor al futuro, me avisan…

 

*Después me dijeron que era “vigor” pero no estoy segura.

PUBLICADA EL 3 DE FEBRERO DE 2008

Punto, cadeneta, ronquido ( o por qué renuncié a ser intelectual)


"Anna Karenina" by Leo Tolstoy

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Albert Einstein dijo alguna vez que había que tener mucho cuidado de no hacer del intelecto nuestro Dios porque tiene músculos poderosos, pero cero personalidad. Me encanta esa frase y la recuerdo con frecuencia, en especial cuando me reúno con algunos colegas académicos (No se preocupen, ellos no leen mi columna). Cuando mi abuelita se reunía con sus amigas del costurero, decíamos que ellas hacían ‘punto, cadeneta, chisme’, pero con mis colegas es más ‘punto, cadeneta, ronquido’. El ronquido es mío. Ellos hacen otros sonidos más aceptables, como el ‘ajém’ y el ‘ajá’ y el infaltable ‘esteeee’, y los entremezclan con citas, referencias, fuentes y anécdotas de gente que aparece en la parte de atrás del Pequeño Larousse Ilustrado. No les miento… estaba el otro día almorzando con un par de profesores y saqué unas cosas de mi cartera (mi cartera es una maravilla. Dentro hay los elementos necesarios para hacer una traqueotomía de urgencias, desmantelar una bomba y retocar mi maquillaje), acto que produjo el siguiente comentario “tienes más cosas ahí adentro que Ana Karenina en su cartera roja”. Esto engendró en mi rostro una expresión de silenciosa confusión porque en la versión fílmica- protagonizada por Greta Garbo y que me vi con mi abuela Pepita durante un festival de cine clásico que dieron durante una amigdalitis mía que me evitó tener que ir al colegio- no había tal cartera roja. Mi confusión, por supuesto, me ganó una larguísima explicación de la trama central de Ana Karenina y los diferentes niveles de lectura en los que además la careta se convierte en una metáfora para las cargas emocionales de la vida de las mujeres oprimidas. Les juro que tres cucarachas que pasaban cayeron muertas del peso de la explicación. Había cucarachas porque no fuimos a almorzar donde yo quería sino a un ‘lugarcito’ que ellos frecuentan en donde uno puede, por 5500 pesos, sentirse ‘como en casa’. Yo pensé que ‘como en casa’ significaba comodidad e higiene, mas no. Significa que el concepto de servicio al cliente es inexistente, que hay salero comunal y que como todos somos familia, los cubiertos están mal lavados. Ah, y además no sirven coca- cola, elixir divino, sino jugo mal revuelto y aguado de frutas que debieron haberse extinguido con los dinosaurios. ¿Por que, por qué, POR QUÉ la gente le dice ‘jugo’ aún cuando el agua y la fruta se han separado, se han divorciado irreconciliablemente como cualquier pareja de Hollywood? La palabra JUGO implica que hay unidad estructural, pero estos vasos contienen capas, CAPAS. Las capas están bien en las tortas y hasta en los cocteles (advertencia, los cocteles de capas de colores prenden más que gasolina de jet), pero un juego no debe parecer una bandera. Pero claro, no podemos ir donde los yanqui-imperialistas opresores que alimentan la maquinaria que mantiene sometidas a las masas y manejan el peligroso concepto del sabor y la variedad en las comidas. No, por supuesto que nosotros, los intelectuales, tenemos que comer algo llamado ‘sopa de la prosperidad’, que no resultó ser más que sopa de lentejas aguada con lo que elegí creer eran raíces chinas y no quiero que NADIE me lleve la contraria.

El postre, algún menjurje coloidal rosado dulzón de sabor que no lograba asemejarse del todo a algo que se encuentre en la naturaleza, marcó el fin del encuentro y me lo devoré para poderme ir rápidamente, pero pronto me arrepentí. Se me formó una capa de sustancia pegajosa en el paladar y tuve aliento rosado toda la tarde. Traté de disolverlo con un café después, pero la duración del sabor es, aparentemente, inversamente proporcional a la calidad de los ingredientes. Una Hershey’s kiss dura segundos, mientras que el jugo de tomate de árbol es recordado hasta entrada la madrugada.

De regreso del almuerzo pensé en todo lo que habían dicho, en cada frase que venía con notas al pie de página. Las comillas fueron mi principal fuente de proteína en ese almuerzo, así que tenía hambre. Y caminando hacia McDonalds me reí al pensar en mi amigo Einstein y lo mucho que habría gozado viendo estos adoradores del Intelecto.

* PUBLICADA EL 17 DE FEBRERO DE 2008

La adultez viene en forma de crepe


Crepe

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Esta semana, una amiga y yo nos reunimos para almorzar cerca de la universidad donde estudiamos juntas. Llenas de nostalgia por los viejos tiempos, decidimos almorzar en nuestra crepería favorita. Bueno, crepería es algo pretencioso. En realidad es un carrito de crepes en la mitad de la calle que tiene un aviso pintado a mano que reza “la crepería”. Pedimos lo de siempre, una crepe de jamón, pollo, queso, tomate, salsa rosada y orégano y otro de nutella con arequipe y leche condensada para cada. Dado que es un carrito, no hay mesas y los crepes se comen con la mano, como una arepa con queso glorificada. Pero no nos importaba hace diez años (sí, hace diez años fui primípara en la U y me nutrí casi exclusivamente de estas crepes y de pizzas que se vendían a $1000 pesos la porción con gaseosa incluida) y pensamos que no nos iba a importar ahora. Pero resulta que hace diez años no nos importaba sentarnos en el andén o comer paradas porque el mundo nos cabía en el bolsillo. No teníamos celular ni cartera ni nos importaba ensuciarnos los ‘jeans’. Esta vez decidimos buscar una banca y sentarnos a comer. Los maletines y las carteras de ambas ocupaban ¾ partes de la banca, así que nosotras quedamos compartiendo el cuarto restante entre las dos, con lo que no podíamos mirarnos mientras comíamos. No sé por qué, pero como no nos veíamos, tampoco nos oíamos, así que pasamos la mitad del almuerzo diciendo “¿que qué?” y tratando de no mordernos el pelo. Claro, en la U no teníamos peinado de secador y plancha con cabezas de cerámica ionizadas. En esa época yo tenía el muy en boga corte militar y ella se enrollaba su abundante melena en una bamba, así que nunca tuvimos que pensar que el pelo se unta de crepe y viceversa.

No quisimos permitir que el detalle de la logística capilar nos dañara el rato, así que continuamos valientemente tratando de salvar look y almuerzo cuando nos dimos cuenta de que perdimos la destreza requerida para coger apropiadamente la dichosa crepe en la mano. Verán, estas crepes se tienen que mantener con un nivel de presión más preciso que el de una pipa de gas porque si se aprieta demasiado, se sale el relleno, pero si no se aprieta lo suficiente, la crepe se desmaya. Por supuesto, yo sobreapreté la mía y se me regó el relleno hirviendo en la mano. Además, perdí la coordinación ojo-mano-maxilar-diente porque no pude cortar el queso derretido. Mordía y el queso se negaba a ser cortado y quedaba colgando mientras yo estiraba la mano. Me tocaba usar la otra mano para cortar el queso, que invariablemente se me caía sobre la barbilla. Cada mordisco implicaba limpiarme las dos manos y la cara, con lo que gasté una gran cantidad de servilletas.

Como si lo anterior no fuera reto suficiente, en medio de todo me sonó el celular. Con la mano menos grasosa lo pesqué de la cartera, pero ya era demasiado tarde. Habían colgado y ahora el teclado y la cartera estaban llenos de huellitas grasientas y se me había doblado la crepe. Decidí terminar de doblarla y meterme lo que quedaba de ella, alrededor de una tercera parte, a la boca de una. Grave error de cálculo, pues al parecer mi boca se ha encogido ya que no me cupo bien y me tocó masticar durante varios minutos antes de poder tragar, y además se me fue por el camino viejo y tosí como una loca y quedé ronca el resto del día porque el combo viene con coca cola chiquita. Nos comimos el postre en silencio y nos despedimos con cierto sabor agridulce en la boca, que ni siquiera la nutella pudo disipar. Nos dio agriera a las dos esa noche y concluimos que la crepería es ahora un lugar hostil para nosotras. Bueno, la verdad es que el pasado el hostil… por eso, mi amiga y yo decidimos encontrarnos a almorzar en un lugar con tenedor y cuchillo la próxima vez y dejar la nostalgia en un plano meramente verbal de ahora en adelante.

 

* PUBLICADA EL 24 DE FEBRERO DE 2008

Quiero agradecer a la Academia…


Oscar Backstage

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Hace poco fue la entrega de los Óscar, los premios más prestigiosos de Hollywood. Soy cinéfila, así que me vi dichosa la transmisión de la ceremonia por televisión como todos los años desde que era niña. Este año critiqué vestidos, especulé sobre los nominados y hasta me gané una hamburguesa en una apuesta con mi marido sobre quién ganaría el premio a la Mejor Actriz de Reparto. Pero lo más memorable para mí siempre son los discursos de aceptación de los afortunados ganadores. Algunos fueron cómicos; otros, conmovedores; un par, bilingües. Con el tiempo, me he vuelto una experta analista de discursos. Por ejemplo, supe que Reese Witherspoon y Ryan Philippe tenían problemas maritales cuando la actriz ganó el premio por Mejor Actriz y a duras penas miró a su entonces esposo, pero le dedicó varias elogiosas palabras a su co-estrella. En cambio, Marcia Gay Harden agradeció a todos sus compañeros y compañeras del restaurante en el que trabajaba como camarera por cubrir su turno mientras iba a audiciones en busca del estrellato. Apuesto que siempre le sirven plato con morro en todos los restaurantes.

Todos estos discursos me hicieron pensar en qué diría yo si me ganara algo. El Premio de Amor al Colegio no vale… algo de verdad, con discurso transmitido por todo el mundo. Lo primero que pensé, obviamente, fue agradecer a mi familia. “A mi mamá y mi papá, por fabricarme, a mi abuelo Óscar por darme torta a escondidas, a mi hermana Lina por falsificar la firma de mi mamá para que me pudiera volar de clase y a mi hermana Pilar por guardar mis secretos, a mi marido por hacerme el desayuno los domingos y hacerme reír”, pero después pensé que no vale la pena decir eso en público porque es algo que podría decirles en privado. Decidí que esos preciosos minutos de fama los podía usar para algo más productivo, como sacarme espinas. Sí, así es, decidí que si algún día me gano algo importante, voy a aprovechar para decirle a mi profesora de quinto de primaria que se equivocó y que yo sí sirvo para algo y que tener letra fea no truncó mi futuro. Al de Educación Física le diría que mi éxito no dependió para NADA de mi habilidad para trabajar con el balón medicinal ni hacer atletismo. Y por ahí derecho, agitaré mi premio en el aire y gritaré que mi profesor de cálculo estaba errado: uno NO necesita saber derivar para triunfar en la vida. ¡Ja! Y si tengo tiempo, le diré a mi profesora de tercero de primaria que este premio NO se lo dedico a ella porque ella era una arpía desalmada y no se merece mis agradecimientos y que, en cambio, comparto mi premio con todos los niños necios del mundo que alguna vez los castigaron por ser precoces. Y a ese señor que no me quiso contratar porque no tenía suficiente experiencia, le sacaré la lengua y le diré “conocí a Sharon Stone y NO te voy a dar su celular”. Esto es emocionante. A mi profesor de Química le diría que todo esto lo hice gracias a que no invertí NINGUNA neurona en memorizar los elementos de la tabla periódica. Pero no terminaría allí. Aprovecharía que me veo fabulosa en mi vestido D’ior y mis collares de diamantes (A ver, es mí sueño) y les diría a todos mis ex novios, a todos los hombres que nunca me volvieron a llamar o que me gustaban y no me invitaron a salir, “Ajá, sí ven, por la pura pica ustedes NO van a ir conmigo a la fiesta post-premiación y NO voy a compartir con ustedes los regalos que nos dan”. Y a ciertas compañeras del colegio les diría simplemente “No compartiste tu lonchera, no comparto mi éxito”. Terminaría sacando la lengua y dando la venia.

¿Les parece un poco inmaduro de mi parte? Pues, entonces a ustedes TAMPOCO les daré las gracias cuando sea famosa.  Bueno, ya tengo mi discurso… y ahora, ¿cómo hago para lo del premio?

* PUBLICADA EL 2 DE MARZO DE 2008