Pu(n)tería pereirana


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Marcha de las putas en Costa Rica, frente a la catedral metropolitana (Photo credit: Wikipedia)

A raíz de la salida al aire de la historia de las tetas paradisíacas de una tal Catalina, mucho se ha dicho sobre nuestras mujeres, y como quedarme callada nunca ha sido una de mis características distintivas, haré mi pequeño aporte a la discusión usando términos perfectamente castizos y tratando de no atropellar la retina de nadie. Sin más preámbulo, hablemos de las putas, las pereiranas y la inexplicable tendencia de  algunos colombianos de presentarlas como inexorablemente imbricadas.

Empecemos por las putas. La palabra “puta” – según afirma el crítico literario, cuentista y biógrafo Julio César Londoño en su artículo Historia de una Mala Palabra– tiene una historia muy particular, pues el verbo latino “puto” (putas, putare, putavi, putatum) viene del vocablo griego “budza”, que significa sabiduría. Las primeras budzas fueron las mujeres de Mileto, cuna de la primera escuela filosófica griega, en donde las mujeres podían asistir a las academias y participar de la vida pública. Cuando la filosofía y las filosofas de Mileto llegaron a aTenas, soprenderieron a los atenienses con sus habilidades para el baile, el canto y sus conocimientos en historia, astrología, filosofía y matemáticas. Dice Londoño que eran mujeres “con las que se podía reír antes del amor, y conversar después”.  Mujeres así no tardaron en despertar los celos de las puritanas y reprimidas esposas de los atenienses, quienes pronto contaminaron la noble y hermosa palabra “budza” con su ignorante pronunciación celosa de “pudza”. Al poco tiempo, hacia el siglo I DC, había nacido la palabra “puta”, sinónimo de meretriz.

Entonces, tenemos que en su origen, las putas eran mujeres sabias, inteligentes, cultas y diestras en las artes mundanas y celestes. Si nos fijamos bien, las cosas no han cambiado mucho… aún hoy, una mujer hermosa, exitosa, culta, educada y hábil en el uso de su cuerpo para disfrutar y dar placer se le conoce como puta. Y aún hoy, la palabra se susurra con envidia.

Pero, ¿qué nos enseña esta pequeña lección de historia? Para empezar, que el noble origen de la putería no se ha perdido. Puta, distante de prostituta o trabajadora sexual, se refiere a una mujer que ha elegido estudiar, aprender, enseñar. Se refiere a una diva, a una diosa, a una mujer encantadora y femenina llena de poder sensual que toma las riendas de su sexualidad y de su intelectualidad sin disculparse y sin avergonzarse. Pensándolo bien, puta no es un insulto. De hecho, es un halago. Hijo de puta, si vamos al grano, lo es también. Así que, volviendo al tema de las putas pereiranas, creo que el término es bastante justo. En efecto, las mujeres de esta ciudad somos emprendedoras, inteligentes, ‘berracas’, trabajadoras, cultas, educadas. Nos preocupamos por salir adelante y por sacar adelante nuestros hombres. Y si a eso vamos, desciendo orgullosa de una larga línea de putas, empezando por Rita Arango Álvarez del Pino, que fue una valiente, temeraria y aguerrida mujer que desafió los cánones de la época e hizo historia porque tenía una mano fuerte con qué cogerse la falda. Es que, viéndolo bien, mujeres que rompen en molde es lo que hay en Pereira. No tenemos que ir muy lejos para ver que tenemos mujeres sobresaliendo en todo: economía, política, periodismo, deportes, ciencias y artes.

Siendo así, creo que la putas pereiranas tenemos mucho de qué estar orgullosas. Somos miembros de una estirpe elite de mujeres extraordinarias. Y, como bien se sabe, lo extraordinario siempre hace temer a los ordinarios. Así que no nos sorprendamos cuando hombres y mujeres de ciudades aledañas y o lejanas se refieren a nosotras como putas y lo dicen con desdén en lugar de reverencia. Nosotras, las putas, hemos soportado los celos durante siglos. Dejen que hablen, que si están hablando de nosotras, es porque hay mucho qué decir. Mejor así… ¿quién quiere ser de esas que no vale la pena envidiar?

* Esta columna fue publicada en el 2006 a raíz de un reportaje y ha sido una de las más populares de Mundo Moderno. Inspiró un movimiento de Mujeres del Putas y varias veces me saludaron el la calle diciéndome “Oye! Yo también soy puta!”. Lamentablemente algunos no entendieron el sentido y pensaron que era una apología de la promiscuidad.

 

Bar de lágrimas


Hace poco leí que se había inaugurado en Estocolmo un Bar de Hielo, en el que todo se sirve congelado. También hay en Londres y el Milán, y no crean que esos son los bares más raros que hay por ahí. Hace un par de años pusieron un bar de oxígeno enLos Ángeles y hay varios bares de sangre ocultos por todo Europa. Pues ahora tengo una idea para un nuevo tipo de bar. Debo admitir que la idea no es totalmente mía, pues le debo la inspiración a Vicky –ella sabe quién es – quien me señaló hace poco, con toda la razón, que no hay un lugar en donde sea socialmente aceptable llorar. Por eso propongo un bar de lágrimas, en donde cada quién puede ir a llorar cuando y cuanto le dé la gana.

No es que yo tenga problemas con el llanto. Mis lágrimas rara vez declinan unainvitación a salir. Lo que pasa es que otras personas sienten que llorar es una invitacióna jugar al psicólogo y no dejan que una llore en paz. Siempre llega la gente a decir “ven,no llores, qué te pasa, no te afanes por eso, cálmate, todo va a salir bien” y no se dan cuenta de que a veces uno necesita una lloradita como para poner las cosas en perspectiva. Llorar es sumamente terapéutico, y creo que es una falta de respeto que le digan a uno que deje de llorar.

Por eso creo que mi idea del bar (bueno, de Vicky y mía) sería todo un éxito.Hay muchas cosas que se pueden ofrecer para que el ambiente lacrimógeno sea másagradable. El bar podría ofrecer un menú ecléctico que incluya bebidas hidratantes y estimulantes para olvidar por qué lloras; una variedad de pañuelos faciales texturizados,saborizados, aromatizados, coloridos, remojados en Xanax; comida apropiada para unasesión de indignación, rabia, ira, intenso dolor, desasosiego, crisis existencia (muchochocolate habría en el la carta); una variedad de cobijas, almohadas, cojines, y sofáspara acomodarse y dar una lloradita larga y cómoda; maquillaje a prueba de agua;bolsitas de té y máscaras de esas frías para deshinchar los ojos y muchas otras cosas.

Este bar no sólo ofrecería un espacio apto para el llanto, sino que nos ayudaría arecuperar la dignidad del acto de llorar. Al fin y al cabo, hay lugares especialmentediseñados para el depósito de otros fluidos corporales mucho menos respetables y nadie se queja de ello. Nadie respeta las lagrimitas, o los “llorares” como les decía yo cuando era niña. No entiendo por qué. De todos los fluidos, ninguno coma la lágrima ha sido objeto de poemas, canciones y retratos, y aún así no goza de la misma aceptación quelos demás. Es perfectamente bien visto decir que una va al baño, e inclusive no es mal visto que alguien diga explícitamente que va a hacer pipí, pero si uno dice que va a hacer lágrimas, todo el mundo queda en choque. Es discriminación líquida.

Francamente, no veo por qué el llanto causa tanto revuelo. Todos lo hacemos,aunque unos más que otros, pero en general es algo común a todas las culturas, edades,estratos, orientaciones sexuales y religiosas. De hecho, si me preguntan a mí, creo que las lágrimas son de lo más democrático que tiene la humanidad.

Por eso insisto en mi idea del bar de lágrimas, con música apropiada, meseros bizcochos que pasan y dicen “estás llorando divina, ¿quieres otro kleenex?”. Nostaparíamos de plata, seríamos famosas y recuperaríamos el valor social de la ocasional lloradita.

Pero mientras conseguimos la licencia de sanidad, los permisos, la plata para montar el local y todo lo demás, lo que podemos ir haciendo como sociedad es volvernos más tolerantes con los llorones. Algunas personas sienten que llorar es un acto impúdico, casi pornográfico, y creo que están sumamente equivocados. Me parece lamentable que nos llame más la atención un lagrimón descarado que un pantalóndescaderado. La próxima vez que vea a alguien atacado llorando, déjelo en paz. No se sienta incómodo ni culpable. Piensen nada más que si podemos convivir con playas y colonias nudistas, ¿cómo no convivir con unas lágrimas al aire?

Ciclo-vida


Children in Swings

Children in Swings (Photo credit: Wikipedia)

Suena más trillado que decir “buenos días”, pero es absolutamente cierto que la vida es cíclica. No es que no me la haya pillado desde antes, pero este hecho irrefutable se me hizo aún más evidente esta semana, cuando mi novio empezó a trabajar en una nueva empresa. Él es todo un adulto, o como dicen las abuelitas, un hombre hecho y derecho, pero aún así el primer día de oficina se pareció bastante al primer día de colegio. La noche anterior me confesó que tenía mariposas en el estómago, que había escogido qué ponerse con días de anticipación y que estaba muy preocupado porque no tenía con quién almorzar.

¿No se les hace familiar la escena? Todos hemos hecho el curso en nuevología, cuando uno no sabe dónde queda el baño y no tiene con quién hacerse a la hora del recreo. Uno llega con los útiles nuevos y se preocupa porque no sabe si los demás usan cuaderno argollado o no, y uno no se sabe los códigos internos y es como si los demás hablaran un idioma totalmente diferente… la diferencia entre el primer día de colegio y el primer día de universidad o el primer día en un trabajo nuevo son mínimas. Básicamente, creo que nunca dejamos de ser esos niños y esas niñas que llegan con la lonchera brillante y dos manzanas, una para uno y una para la primera alma caritativa que se le acerque.

Creo que a medida que crecemos, olvidamos lo difícil que es empezar. Nos volvemos impacientes con quienes buñuelean arrancando en falda y les pitamos a los que van en los carros de las academias como si todos hubiéramos nacido con pase. Nos irritamos con la niña de la registradora como si nosotros supiéramos manejar ese aparato tan complicado y lleno de teclas. Se nos olvida que todo el mundo pasa por la silla del nuevón. Cuando nos pasa a nosotros, llegamos a la casa y le ponemos quejas a la mamá “nadie me dijo que aquí no se usaban los pantalones blancos y me dijeron calentana y necesito una balaca porque todas se ponen balacas y no puedo llevar pandequeso porque aquí todas desayunan arepa con té helado y les parece montañero mi saco y casi que no llego porque no me sabía la ruta del bus y me bajé donde no era y se me quebró el tacón y se me rompieron las medias veladas y , y , y… nadie entiende. Pero dos semanas después, cuando ya tenemos apodo propio y ya nos guardan puesto a la hora del almuerzo, se nos olvida esa terrible sensación que da ser nuevo y maltratamos al próximo nuevo que llega, como una especie de rito de iniciación medio sádico. Es igual a cuando llega un niño nuevo a un colegio diferente.

La verdad es que las dinámicas intraoficinales son iguales a las del patio a la hora del recreo. Hay unos niños más grandes, que se burlan y torturan a los chuiquitos, que son como los gerentes; hay unos medio desadaptados que se saben unos juegos distintos a los de todos y la mamá les manda loncheras todas saludables, sin mecato ni nada, y se hacen juntos y lejos de todos, que podrían ser los de sistemas; también están los que se creen los dueños de los columpios y deciden quién se puede o no montar en los burros, que vendrían siendo las secretarias y los porteros; a un lado de ellos están los que entienden las explicaciones de matemáticas de una y se burlan porque los otros miran el tablero con cara de confundidos y se pasan el recreo señalando a los demás y riéndose, que podrían ser los de contabilidad, tesorería y nómina; y finalmente están los que se enteran de quién todavía se orina en la cama y les cuentan a todos los otros, que por supuesto son los de la oficina de prensa. Como verán, nuestros destinos se forjan en el patio del colegio y aunque queramos fingir que estamos muy maduros, repetimos cíclicamente los patrones de comportamiento que se gestan en el recreo. Por eso siempre llevo dulces en la cartera, por si llego a un lugar y necesito hacer amiguitos.

* PUBLICADA EN AGOSTO DE 2006

Belleza por asociación


LG Mobile Model

El teléfono no viene con la modelo, por si se lo estaban preguntando.

¿He dicho antes que me encantan la tecnología? Es así. Soy tecno-junkie. Todo lo que se prende y tiene lucecitas me descresta. Y entre más funciones inútiles tenga un aparatejo, más me emociono. Pero hasta yo tengo mis límites en cuanto a la tecnofilia, y mi límite se encuentra muy cerca de la línea que cruzaron recientemente los ejecutivos de LG con su campaña de LG Mobile. Tal vez no la habrán visto aún. El folleto muestra una hermosa dama con un teléfono celular en la mano. Ella está sonriente, el teléfono está reluciente y la leyenda que los acompaña reza “Te hará lucir más bella”. Y hasta ahí llegó el romance.

Supongo que tengo un concepto de belleza muy distinto a los de LG porque yo no creo que un accesorio me pueda hacer lucir más bella. Ni a mí ni a nadie. Ojo, no estoy diciendo que una no se pueda SENTIR más bella con la ayuda de algunos juguetes. No les voy a mentir, cuando tengo mis gafas de sol grandotas tipo Chanel no sólo me siento bella. Me siento FAMOSA. Me siento totalmente Jackie Kennedy. Creo que se me sale hasta el Onasis. Lo mismo con las joyas… no nos metamos mentiras, hay días que un par de aretes pueden hacer toda la diferencia. Y todas tenemos la bufanda mágica, que hace que cualquier pinta escale de clase inmediatamente, o los tacones que nos hacen sentir que si nos viera Julia Roberts le daría envidia de nuestras piernas. La noción no es para nada nueva. Durante milenios, absolutamente todas las culturas han tenido algún tipo de relación con elementos materiales que asocian con poderes curativos o espirituales. Todos, desde nuestros ancestros indígenas hasta las más antiguas tribus africanas, todos tienen algún tipo de accesorio. Cristales, piedras, semillas, raíces, el poder comunicativo de los accesorios y la manera como se relacionan con el cuerpo y la mente ha sido un tema tratado mil y una veces.

Para algunos, dicha relación tiene una explicación científica porque los cristales son la formación más ordenada de la materia (eso de entropía igual a cero era lo que decía el profesor de química entre juegos de ‘ahorcado’) y que por eso ayudan a balancear los campos energéticos del cuerpo. No sé si eso sea verdad, pero estoy totalmente de acuerdo en que a mí los diamantes me llenan de una paz interior que ni les cuento. Si se fijan  todos los rituales de todas las culturas tienen de por medio la idea de la funciòn social de la aceptación evidenciada por la posesión de alguna joyita o algo por el estilo. Y no sólo los rituales religiosos, sino los sociales también. Los militares distinguen sus rangos entre sí porque tienen estrellitas o solecitos o banderitas, la curia usa colores y sombreritos y anillos para indicar jerarquía y también los civiles usamos la cartera Louis Vuitton o los zapatos Jimmy Choo o las billeteras Mario Hernández para indicar estrato, gusto o falta de ambos.

Independientemente de cuánto acepte o diste de los conceptos esotéricos y metafísicos, no niego que dotamos de un poder enorme a ciertos objetos que nos rodean. No creo que importe el material, sino el sentimiento. Tenemos el anillo de la abuela que creemos que nos trae suerte, el lapicero que nos dio la mamá y  con el que creemos que escribimos mejor o  el dije que nos dio la abuelita que nos hace sentir protegidos. Todas esas emociones las relacionamos con algo tangible y material, pero no significa, necesariamente, que sea la materia en sí la que contenga la emoción. Por eso, es posible que tener un teléfono celular me alegre, que me lo compre con mi primer sueldo y sea para mí un símbolo de triunfo y que la sensación de haber triunfado me haga sonreír, lo que invariablemente me hará ver más atractiva y me hará lucir y sentir más bella. Pero decir que un celular me puede hacer lucir más bella es comerse la mitad del cuento. Así que, lo siento amigos de LG. Respetuosamente debo señalar que su aviso está a medias… y su concepto de belleza, también.

* PUBLICADA EN SEPTIEMBRE DE 2006

La historia en la era digital


Jean-Paul Sartre and Simone de Beauvoir at Bal...

Este amor sería menos legendario si sólo tuivéramos los emoticones que intercambiaron.

Dios ampare a los historiadores del futuro. Tendrán la poco envidiable tarea de encontrar registros duraderos de una época que se distingue por lo efímero. Y como si fuera poco, tendrán que ingeniárselas para encontrar fuentes confiables en un medio que tiene tantas versiones como autores. Los medios digitales y la Internet facilitan las comunicaciones interpersonales y empresariales, pero dificultan el almacenamiento debido precisamente a su rapidez. Pocas personas guardan sus mensajes electrónicos, por lo que construir una memoria colectiva del futuro a base de elementos tangibles sea sumamente difícil. No tendremos a la mano las cartas de amor que se intercambian importantes personajes, ni los memorando en donde se evidencian decisiones históricas tomadas en momentos cruciales. Los registros han pasado de lo tangible a lo intangible, de lo material a lo inmaterial, y esto significa que no queda rastro de la evolución de las situaciones.

Dadas las condiciones, es sumamente probable que la historia, como disciplina, esté en vía de extinción. Al menos, ese es el temor de la Biblioteca Nacional de Escocia, que este mes inició una campaña para almacenar los blogs (los blogs o web logs son páginas individuales de construcción colectiva o personal que no tienen respaldo de una empresa o academia) creados por sus ciudadanos, junto con algunos correos electrónicos y diarios en línea. Son espacios virtuales en los que cualquiera puede hablar de cualquier cosa, y los funcionarios de la Biblioteca sienten que estos elementos son el producto cultural de nuestra era, y en el futuro servirán para que nos estudien los historiadores del mañana.

Suena contradictorio hablar de historiadores del futuro, pero lo cierto es que las sociedades modernas han perdido el sentido de la historia y han dejado de acumular, almacenar y registrar. Los historiadores actuales cuentan con diversas maneras de descubrir el pasado, entre ellos las obras de arte, los recuentos literarios, los elementos decorativos y los mismos fósiles. Pero en el presente, nuestra obsesión por la velocidad nos ha llevado a olvidar el futuro. No hay cómo desborrar aquello a lo que se le ha dado “delete”. De allí que sea tan interesante la tarea quijotesca que han emprendido los escoceses. Para ellos, los correos masivos de chistes y los blogs y los diarios tienen mucha importancia histórica y deben ser considerados archivos con mucho significado cultural. El término que han acuñado para referirse a tal tipo de hazaña es “depositario digital” y proponen que serán los manuscritos del siglo XXI. Han empezado a organizar los mensajes electrónicos de algunos escoceses de relevancia política, cultural, artística y económica. Por ejemplo, ya están organizando en un archivo de portales y páginas de Internet los sitios y los mensajes electrónicos de JK Rowling, la autora de Harry Potter, y la correspondencia electrónica de Ian Rankin, renombrado autor de novelas de misterio protagonizadas por el Inspector Rebus, y Alasdair Gray, autor del clásico de literatura fantástica Rebark. Todos estos personajes son escritores notables, pero falta ver si redacción digital es tan elocuente como la impresa. Este sería otro obstáculo para los historiadores del futuro: el lenguaje. El leguaje que se maneja en los correos electrónicos de hoy en día dista mucho de las cartas elegantes y elaboradas de los siglos anteriores. Los cronistas que se derramaban en prosa describiendo cada rincón de tierras nuevas, cada característica de pueblos desconocidos hasta entonces. Los historiadores modernos tienen el privilegio de nutrirse de fuentes ricas en adjetivos y adverbios, mientras que los del futuro tendrán que hacer magia para leer entre líneas y adivinar qué había entre un emoticon y otro. Adicionalmente, el tropiezo de la publicación es algo que los entusiastas registradores de Escocia no han tenido en cuenta. Los blogs y los mensajes no tienen fuentes ni dolientes. Lo que hace a la red atractiva es precisamente el anonimato, el poder decir sandeces sin temer repercusiones, pero no hay cómo discernir las sandeces de las verdades. Los documentos que hoy se estudian como tesoros, como los Rollos del Mar Muerto y las cartas personales de Simón Bolívar, fueron elaborados de manera privada, sin pretender su difusión, y precisamente por eso se considera tan valiosos. Sería poco probable encontrar en la red cartas de amor tan conmovedoras como las que se intercambiaron el filósofo francés Jean-Paul Sartre y con la escritora Simone de Beauvoir. Palabras como “¿Cómo te amo? Déjame contar las maneras”, que las recibió el poeta norteamericano Robert Browning de su esposa Elizabeth, simplemente no circulan en la red. Lo más frecuente son correos sobre el horóscopo tibetano y chistes de borrachos. Los entramados de metáforas escritas a mano en papelería de monograma y con tinta que deja entrever dónde cayeron las lágrimas se consideran verdaderos tesoros hoy en día, pero escasearán en el futuro.

Además, los mensajes que se logren salvar tendrán el problema de la tecnología. Nadie garantiza que después de todo el esfuerzo que están haciendo los escoceses, en algunos años los correos almacenados se puedan leer desde plataformas que aún no se han inventado. Otra ventaja del papel… es una tecnología que nunca queda obsoleta. Pero esto no nos resuelve el problema de la historia del futuro.

En Colombia tenemos aún problemas con la historia del pasado, en cuanto a la recopilación y el cuidado de datos. Mientras tanto, nadie está recopilando emisiones de noticieros, entrevistas radiales, discursos públicos y periódicos actuales. En Pereira carecemos de un centro de acopio de información sobre nuestra historia reciente y no estamos registrando de manera juiciosa el presente, que será historia dentro de poco.

 

* PUBLICADA EN SEPTIEMBRE DE 2006

Enfilados vamos al cielo


Standing in line for the beach bus at Jiingija...

Ellos van para la playa...pero fila es fila.

Si algún sociólogo o antropólogo anda por ahí varado de tema para su próxima investigación, les tengo tópico. Hacer fila. Las dinámicas de la fila son universales y, bien examinadas, creo que arrojarían resultados sumamente interesantes sobre la naturaleza humana. O al menos nos darían de qué hablar mientras hacemos fila. Hace poco tuve la oportunidad de hacer varias filas de diversas longitudes y longevidades y llegué a la conclusión de que cada fila pasa por ciertas etapas, que para abrir la discusión sobre tan trascendental materia, enumero a continuación.

Etapa calculadora. Esta es la etapa de mayor optimismo, porque es cuando uno llega al la fila y cuenta la cantidad de personas que hay en ella. Uno hace cálculos (de allí el nombre) del estilo de “hay diez personas y hay dos ventanillas y si en cada ventanilla la gente se demora más o menos tres minutos cada persona entonces en quince minutos salgo de esto y alcanzo a hacer la otra vuelta antes de ir a almorzar”. En esta etapa, uno mira mucho el reloj.

Etapa socializadora. Esta etapa arranca cuando una se da cuenta de que los cálculos elaborados en la primera etapa no están funcionando porque no se contemplaron variables como la lentitud, la estupidez, la inutilidad, la buñuelada y la franca ineptitud que caracteriza a los humanos (nosotros no, por supuesto, sino todos los demás). Cuando uno se entrega al dolor y ve que no va a salir en el tiempo inicialmente estipulado, empieza a compartir sus observaciones e inquietudes con los demás. Es frecuente que varias personas atraviesen esta etapa simultáneamente y se vuelven ‘amigos de fila’ e intercambian comentarios como “¿pero por qué no abren sino dos ventanillas, habiendo tres? ¿por qué no habilitan otra estación de servicio? ¿será que nos quieren tener acá todo el día? ¿pensarán que hacemos fila porque nos gusta?” y otros por el estilo. En esta etapa, se mira mucho a los demás enfilados y se hacen gestos mutuamente al tiempo que se mira fijamente a los que atienden en las dichosas ventanillas.

Etapa solidaria. Ya se han estudiado con anterioridad la manera como los humanos tendemos a unirnos cuando nos vemos enfrentados colectivamente a una amenaza. En la fila sucede lo mismo. Los de la fila somos los buenos, los que están detrás de la ventanilla son los malos en el clásico despliegue de héroes y villanos (los puristas del idioma me dirán que ‘villano’ es el que viene de la villa y que no es lo mismo que el antagonista, pero es que la frase ‘héroes y villanos’ está tan imbricada en mi cerebro que no se me ocurre otra manera de decirlo y no tengo tiempo de ir por el diccionario de sinónimos porque me están pidiendo la columna. Prometo más sinónimos la semana entrante. Perdón por el paréntesis tan largo. Ya resumo el cuento). Entonces se dan las escenas en las que la viejita se distrae y llega el tonto que se mete en la fila, situación que en la etapa uno se hubiese pasado por alto o hasta se hubiese contemplado la posibilidad de hacer lo mismo, pero que a estas alturas suscita la ira conjunta de la muchedumbre. La mayoría de los integrantes de la fila gritan al intruso, defienden a la enfilada y lanzan improperios contra los ventanillados porque permiten estos abusos. Los que no gritan, susurran entre sí y miran con desprecio tanto a los metefilas como a los ventanillados.

Etapa oportunista. Temiendo las reacciones cada vez más violentas de la muchedumbre, los ventanillados consultan con los administrativos, que siempre se esconden tras las cubículos y se comportan como si las divisiones fueran a prueba de sonido, y habilitan otra ventanilla. Invitan a algunos a dejar la fila original y crear una nueva fila alternativa. Entonces, se olvida la solidaridad, se empujan y corren a la nueva ventanilla en donde se vuelve a la primera etapa pero se hacen cálculos paralelos con las dos filas para ver cuál, si la nueva o la vieja, va más rápidamente. Recuerden en esta etapa que la fila del lado siempre va más rápido y el que atiende siempre está más querido.

 

 

 

Multi-pluri-trans-latinidad


Internet drugstore

Internet drugstore (Photo credit: nicolasnova)

Mundo moderno

Pareciera que cada vez se especializa más en conocimiento. Tenemos médicos especialistas en encías, estilistas expertos en cejas, abogados que se concentran únicamente en casos de minas o franquicias o familias. Pronto tendremos un dolor de espalda y tendremos que ir a varios médicos porque cada uno se especializa en una vértebra distinta. Pero esto sólo está sucediendo con el conocimiento. Los negocios, por el contrario, se están diversificando. Prueba de ello es la cantidad de tiendas híbridas que han surgido. En cada esquina se ve o bien un aviso que anuncia que el establecimiento es una “barbería-peluquería-cantina”, o uno que pregona los diversos servicios que se prestan “fotocopias, minutos a celular, llamadas a España, se laminan documentos”. Fíjense la próxima vez que anden por la calle y verán combinaciones como “venta de formularios DIAN, traducciones y trabajos de grado”, “arreglo de guadañadoras, venta de lencería” “pedicure, manicure, tarot”, “sí hay queso de cabra, arepa de choclo, bordados de Cartago” o mi preferido “se lavan carros, se recibe leña”. Ese en particular se puede ver en la vía a Marsella y llama poderosamente la atención. No la parte de lavar carros, sino la parte de recibir leña. Me da una envidia terrible cada que paso y me provoca poner en mi oficina un aviso que rece “se reciben chocolatinas Hersheys, se reciben antigüedades, se reciben joyas”. Pero volviendo al tema de la diversidad de oficios, encontré uno realmente original en estos días, precisamente en la vereda en donde vivo. Allí, entre la carnicería y la papelería, al frente de la panadería y diagonal a La Cuchilla 2, está la Taberna Internet de Combia.

La Taberna Internet de Combia ofrece los servicios de acceso lento y embriagamiento veloz. Ni la banda ni el local son anchos, pero en cambio la simpatía de tanto acudientes como dueños es amplísima. Estuve allí hace poco y tuve la oportunidad de navegar en Internet mientras oía “y me bebí su recuerdo”. Fue simpático cómo confluyeron dos experiencias tan distantes gracias a la tecnología. En la pantalla veía páginas de la NASA mientras enseguida cantaban “yo tengo dos mujeres” y me ofrecían refajo especial (para los que ignoran la jerarquía del refajo, esa es la que tiene cerveza, Colombiana y Pony Malta) en combo con opción de liberales (no, no los del partido) o empanada de cambray y salchipapas (si no sabe qué es esto, tal vez deba revisar su pasaporte, porque no debe ser colombiano). En medio de los acordes estridentes de lo mejor de la música para planchar y las risas emitidas por quienes habían salido a dominguiar de jean planchado y deleitar castigando baldosa, comprendí que ese era uno de los paseos más latinos que había hecho en mi vida.

Hace poco hablaba con un amigo que me decía “yo como lasaña con fríjoles, porque ya me asumí como latino”. Me encantó esa afirmación de la identidad, y la taberna Internet de Combia ratifican que si hay algo con lo que podemos asociarnos los latinos, es la hibridación, la multiplicidad, la diversidad, la transposición y yuxtaposición. Tenemos patacones con antipasto y arepas rellenas de queso mozzarella; coq au vin con principio de garbanzo y jugo de tomate de árbol; tortilla española con hogao y paella valenciana que se sirve con roseta de salsa de tomate. No nos metamos mentiras, servimos cocteles de vodka con frutiño y llenamos de estampitas del Niño Jesús de Praga las billeteras Louis Vuitton. Nos vestimos de camisas polo con escapulario y nos vestido de Coco Chanel, pero nos pegamos una medallita de San Antonio en el brassiere. Cada que alguien come empanada con salsa barbacoa, espaguetis con mostaneza o pizza con salsa rosada, está celebrando que los latinos somos multi-pluri-transculturales. Y no hay nada más latino que una taberna Internet en donde se pasan trabajos a computador, se ofrece el servicio de rezar negocios y se encuentra el mejor vino espumoso de durazno en caja de toda la región.

 

*PUBLICADA EN SEPTIEMBRE DEL 2006

 

 

 

 

 

 

 

Weboneando hasta el fin del mundo


Internet

Internet (Photo credit: runran)

Hace algunos años, cuando apenas empezaba la fiebre de Internet, me emocionaba al recibir los mensajes que enviaban mis amigos. Los mensajes eran variados en intención y contenido e iban desde chistes hasta oraciones en cadena que venían en combo con maldición incluida. Confieso que las primeras ciento tantas veces que me llegó algo que finalizaba con la amenaza de “si no envías este correo a diez personas en menos de veinte segundos, tendrás mala suerte durante 50 años” y segura de que nadie invocaría la mala suerte ajena en vano, hice caso de la omnisciente advertencia y contaminé los correos de mis amigos y conocidos con mensajes de este estilo. Confieso, asimismo, que la primera treintena de veces que vi la foto del niño con elefantitis o la niña perdida que buscaba a su familia en El Salvador o la promoción que afirmaba que una compañía de celulares daría un equipo activado gratis a cambio de no sé cuántas firmas, me creí toda la carreta. Incluso reconozco que fui una de las numerosas víctimas de un mensaje que delataba la crueldad de algunos científicos japoneses que habían logrado criar gaticos en unos tarros de vidrio y que se alimentaban por un tubo. No se me ocurrió pensar que estuvieran mintiendo. Lloré y todo con lo de los gaticos y si hubiera tenido cómo, me hubiera ido hasta el Japón a cachetear a los infames torturadores. Y entonces descubrí que existe un grupo de individuos a quienes llamaré de aquí en adelante los webones.

Los webones son aquellos seres que usan la red para crear y transmitir chistes y cadenas de mensajes que contienen desde una lista inverosímil de todo lo malo que sucede si uno toma coca cola hasta descripciones detalladas de síntomas igualmente inventados de nuevos tipos de cáncer hasta en las uñas. Cada que me llega un correo de un webón, recuerdo las estadísticas del desempleo y pienso que ellos no han visto el periódico últimamente porque claramente, esta gente no está cuidando el puesto. Es evidente que los webones tienen demasiado tiempo libre en sus manos y lo están ocupando en tareas poco provechosas para la humanidad. Pero, ¿quiénes son, dónde están y de dónde sacan el material para estos mensajes tan elaborados y tan falsos? Ese es un gran misterio para mí, y uno que me gustaría resolver. No son los hackers ni los crackers los que me desvelan, sino los webones que no pretenden sino transmitir información falsa a ver quién se la cree.

A lo mejor estoy equivocada. Parte de mí quiere pensar que los webones no son individuos que se aburren en la oficina y empiezan a fantasear con redactar mensajes con datos y situaciones cada vez más improbables. Hay algo en mí que quiere creer que son estudiantes de sociología recogiendo datos sobre la manera como las sociedades transmiten la información. Lo dudo. Lo más grave es que hay gente que les cree, personas que están esperando ese celular y se juran vacunados contra la mala suerte. Estas pobres almas, que llamo webas, deberían vacunarse contra la ingenuidad y reordenar sus prioridades.

No crean que me moleste el fenómeno sólo porque como periodista siento que la gente no debería jugar con la información, como me imagino que los bomberos sienten que no se debe jugar con el fuego. Nada de eso. Es que temo que webas y webones no sean adolescentes desocupados sino que ocupen cargos importantes, médicos que deberían estar estudiando para la cirugía de mañana, funcionarios públicos que deberían estar pensando cómo resolver los problemas del país, abogados en cuyas manos está salvar o condenar un inocente. Temo que las guerras, la hambruna, los accidentes y las tragedias no se deban al destino, a la mala suerte ni al karma, sino a que hay gente que debería estar trabajando y en cambio está haciendo webonadas. Y temo, más que nada, que el fin del mundo llegue porque el que se sabe el código de los misiles ande weboniando por ahí, resolviendo el test del tarot tibetano.

* PUBLICADA EN SEPTIEMBRE DEL 2006

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Matemáticas avanzadas y aplicadas (a la realidad)


Català: números

números imaginarios...¿o no?

En el colegio sufrí mucho con los números. Nunca fuimos muy amigos que digamos. Las tablas de multiplicar, por ejemplo,  me costaron mucho. El ritmo me lo aprendí ahí mismo, pero la letra casi no me entra. Mientras las demás cantaban “dos por dos es cuatro, cuatro y dos son seis”, yo sólo tarareaba y aplaudía. Y el álgebra… hasta hoy sostenemos mis hermanas y yo que los autores de libros de ejercicios de algebra, trigonometría y cálculo fueron niños rechazados por la sociedad que emplearon la imprenta como venganza contra los hijos de quienes les pegaron en el patio del colegio. Mi padre, orgulloso de ser ingeniero y convencido de que lo que no se puede expresar mediante una fórmula no existe, me intentó explicar con un sinfín de metáforas, símiles y comparaciones, pero en lugar de ello logró que me gustara el español y la literatura. Elegí profesionalmente el camino de las letras convencida de que nunca más tendría que enfrentarme al bochorno de admitir que alguna vez creí que los números imaginarios eran algo así como veinticatorce o treintaicuatroscientos o que el primer día de clase de cálculo en la Universidad empecé a correr mi pupitre cuando el profesor dijo que íbamos a integrar porque yo entendí que íbamos a integrarnos, es decir, hacer una actividad en la que cada uno decía su nombre y qué esperaba aprender de la materia. En fin, pensé que esos días estaban en el pasado y me había entregado al dolor de nunca entender qué eran números imaginarios y reales.

Eso fue la semana pasada. Esta semana me tocó supervisar la obra de remodelación de un local que estamos alquilando mis hermanas y yo. Todo tiene sentido ahora. Mi vida ha cambiado. Ya sé cuál es la diferencia entre los números reales y los números imaginarios. Permítanme recitar la lección: para los que no lo saben, los números imaginarios son los que aparecen en las cotizaciones de los maestros de obra y en las cartas de los restaurantes. Los números reales son los que aparecen en las facturas y en las cuentas de cobro.

Por ejemplo, cuando un obrero dice que con 150 mil pesos es suficiente para levantar y resanar una pared, ese es un número imaginario. El número real es que el aparece dos días más tarde y es cuatro veces superior. Tampoco los números que aparecen en las etiquetas de la ropa son reales. Esos son imaginarios y se vuelven reales después de que pasan por el lector del código de barras y se les suma el IVA. Lo mismo sucede con el salario. Lo que a uno le dicen que le pagan es un número imaginario; los números reales son los que aparecen en los extractos de la tarjeta de crédito y en las facturas de los servicios públicos. Cifras relacionadas con bonos, pensiones, cesantías, vacaciones y comisiones son imaginarios, mientras que las que están relacionadas con impuestos, descuentos por nómina, cuatro por mil, ajuste de divisas y multas son todos reales. Otros números imaginarios incluyen el peso, la edad y la estatura de la mayoría de las mujeres y cifras relativas a los ingresos, las ex novias y las dimensiones de la mayoría de los caballeros. Los tiempos y tarifas manejados por las aerolíneas, los bancos, los plomeros, los abogados, los mecánicos, los ingenieros de sistemas y los peluqueros tampoco son reales. Tengan cuidado y no se dejen confundir. Si la frase empieza con “tranquila monita que ese ruido en el motor no es nada. Eso se le entrega el carro esta misma tarde y le vale como 20 mil pesitos el arreglo” o “sí niña, ese tubo se le cambia en media hora y vale diez mil pesos” y hasta “claro que hay cupo en el avión de las 7”, todo lo que acaba de oír es imaginario.

En una próxima edición, hablaré de un tipo de números que casi nunca enseñan en los colegios o en las universidades: los números oníricos, es decir, los que sólo son reales en tus sueños (tus medidas, lo que vas a adelgazar en esta dieta, cuántas canas tienes, etc.)

* PUBLICADA EN OCTUBRE DE 2006

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Grandes maestros de la vida


Disney's 1939 version

Image via Wikipedia

Hace poco me tocó oír que una señora dijera “ay no, mijita, yo ya no quiero aprender nada. Con lo que sé, me fui”.Que alguien a quien todavía le quedan suficientes neuronas para aprenderse la trama de cualquier telenovela diga que no quiere aprender nada más durante el tiempo que le resta en la tierra y que sólo espera la muerte para salir como egresada de la Universidad de la Vida me parece insólito. ¿Cómo puede uno querer dejar de aprender? Entiendo que no todo el mundo quiera enrolarse en una academia formal de aprendizaje y obtener títulos y grados y diplomas, pero creo que esa señora, con todo el respeto, no está esperando sino que le den un papelito para oficializar la despedida, porque ya está muerta por dentro. En el momento en el que uno deja de querer aprender, se acabó la función.

Tal vez pienso así porque desciendo de una larga línea de maestros y maestras. Tanto mi papá como mi mamá y mis dos abuelos fueron profesores, y yo misma he ejercido y amado la docencia (no siempre ambas cosas al tiempo). Mis hermanas y yo nunca hemos pasado por alto la posibilidad de aprender, y entre las tres hemos logrado amasar una fortuna en conocimientos que van desde algunas frases sueltas en italiano, unos caracteres en mandarín y la letra de varias canciones el árabe hasta un conocimiento íntimo de las posibilidades de Excel, la habilidad de manejar moto y destreza en el arte de castrar cerdos. Nada de eso es necesariamente útil en la vida cotidiana de ninguna, pero aprendimos a hacerlo sólo por el placer de aprender. El filósofo francés Michel Foucault dijo “Las tres cosas más difíciles en este mundo son: guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar bien el tiempo”. Pues bien, yo le sigo trabajando a las primeras dos, pero la tercera creo que va muy ligada al tema este de aprender de todo y de todos. Si uno tiene la mente abierta, hay lecciones importantes en cada rincón del mundo y grandes maestros en todas partes. Basta con estar atentos.

Tomemos la televisión, por ejemplo. Pese a las críticas de que esa caja pudre el cerebro, a mi ver tele me enseñó muchas. De superman aprendí una valiosa lección de mercadeo: debes tener algo que no tienen los demás. Si superman se hubiera quedado en kripton, no sería Super…sería sólo “man” porque todos tenían los mismo poderes. Tienes que ir a donde tú tienes súper poderes. Clásico de la administración aprendido del hombre que se ponía los calzoncillos por encima de las medias veladas. De los Pitufos aprendí que la sobrespecialización del conocimiento puede encasillarte y que debes diversificarte o morir en el mercado laboral. Asimismo, de la serie José Miel aprendí que uno nunca debe emprender una búsqueda sin tener toda la información disponible y que la comunicación oportuna y eficiente con los demás puede ahorrarte mucho tiempo, muchos recursos y muchas lágrimas.

La literatura también enseña mucho. De Ricitos de Oro, la clásica indecisa, aprendí que si uno no sabe lo que quiere, no aprecia lo que tiene y nunca está contenta con lo que consigue. De Blanca Nieves aprendí las reglas sobre la correcta manipulación de los alimentos. Y el Patito Feo me enseñó algo valiosísimo… el éxito es la mejor venganza.

Pero las lecciones valiosas están en todas partes. Mi abuelo Óscar, por ejemplo, me ha enseñado que hay frases que se acomodan a cualquier situación. “qué hay por allá”, “qué hubo de lo mío”, “qué hay de aquella” y “entonces cuándo agendamos algo para gestionar lo de eso” son frases que no comprometen a nadie y en cambio nos hacen quedar bien a todos. También aprendí de él que el humor es casi siempre la mejor estrategia y que la lectura es el mejor vicio del mundo. Mis gatos, por su parte, me han enseñado mucho sobre ciencias políticas: la unión hace la confusión, y la confusión evita encontrar a los verdaderos culpables. Como verán, hay grandes maestros en todas partes.

 

* PUBLICADA EN NOVIEMBRE DEL 2006