El día que Starbucks se tomó a Colombia


colombian coffeeNotarán los astutos que uso la palabra tomó con doble sentido, de tomar como de asir y de tomar como beber. No es un accidente. Lo digo porque Starbucks abrió su primer local en Bogotá esta semana y las redes sociales están que revientan de lamentos porque muchos no entienden qué motiva las largas filas para beber café costoso sólo por dárselas de ser play. En otras palabras, no entienden cómo funciona la sociedad moderna. Porque, de verdad, todos hemos hecho fila. Hacer fila es parte de nuestro mundo. Incluso algunos estudios indican que hacer fila enaltece el disfrute de aquello que nos enfiló, o como decía mi profesor de antropología, el hambre es el mejor aperitivo. Hay quienes quieren clasificar las filas como nobles y tontas, pero esta es una discusión ridícula. Fila es fila y todos hemos hecho.
El tema aquí es que hay quienes asocian a Starbucks con algo más grande y ven la llegada de esta tienda como un indicio de la americanización de nuestra bebida nacional y con ella la pérdida de nuestra identidad, nuestro orgullo patrio o tal vez nuestro buen gusto. Recuerdo las palabras del educador brasileño Paulo Freire en La Educación como Práctica: “Una de las grandes -sino la mayor- tragedias del hombre moderno es que hoy, dominado por las fuerzas de los mitos y dirigido por la publicidad organizada, ideológica o no, renuncia cada vez más, sin saberlo, a su capacidad de decidir” y creo que ahí radica la incomodidad de algunos, pues sienten que la fila evidencia una decisión tomada por beberse un mito y comerse un cuento en lugar de un cafecito y un cruasán.
Yo, en cambio, no creo que la sirena Starbucks viene montada en uno de los caballos del apocalipsis. Starbucks no viene a quitarle nada a nadie; al contario, viene a generar empleo y, ojalá, a contagiar a los demás de sus prácticas ejemplares de comercio justo, buen trato a sus empleados (mi amiga María C trabajó como barista en Starbucks mientras estudiaba en el exterior y no tiene sino halagos para la empresa), y el nivel de exigencia ambiental y de consciencia social que tiene son sus proveedores, entre los cuales está la empresa colombiana Nutresa, quien a través de su filial Colcafé tiene un acuerdo para la producción y el abastecimiento de café de las tiendas.
Lo que quiero decir es que Starbucks es tan nuestro como queramos que sea. Detrás de ese logo hay campesinos, comerciantes y empleados colombianos, gente buena y honesta que se merece su quincena. Tal vez sea cierto que se ganen su salario atendiendo yuppies pretenciosos que están comprando estatus líquido, pero esos también son colombianos y tienen, al menos por ahora, la libertad de gastarse su dinero donde quieran. Yo sigo prefiriendo el tinto en pocillo pero esa es carreta para otro columna.

* Esta columna apareció el domingo 20 de julio de 2014 en el diario La Tarde bajo el nombre Confieso que he leído La educación como práctica de Paulo Freire

Las palabras son mis juguetes


blah-blah-blahSanti, Cata y Mati (de 5, 8 y 4 años respectivamente) están jugando. Mati y Santi son piratas y uno le ha robado al otro su botín y le dan vueltas a la casa gritándose “¡Te atraparé!” y “¡Nunca podrás vencerme!”. A veces son vaqueros, monstruos, extraterrestres, personajes de un videojuego o una mezcla de Max Steele, Ben 10, Jack Sparrow, el Llanero Solitario y el elenco de Bajoterra, pero siempre hay una persecución de por medio. Y Cata los persigue vestida de Mérida, Bella, Rapunzel, Elsa o una mezcla de Minnie, Polly Pocket, Barbie y My Little Pony.
Hasta el momento, luego de más de un año de encontrarse para jugar al menos una vez por semana (y en vacaciones, casi todos los días), el resultado es inevitable y previsible: Cata termina llorando porque, y abro comillas, “nadie se quiere casar conmigo”.
La mamá de Cata y yo nos hemos reído, preocupado y preguntado qué podemos hacer para evitar que Cata llore. Hemos regañado y hasta chantajeado a nuestros varoncitos para que jueguen con la niña, para que la incluyan y de vez en cuando sean el maldito príncipe encantado que simplemente rescata a la princesa. Le hemos dicho a Cata que no necesita que ningún príncipe la rescate, que no se deje, que les pegue igual de duro y que si no quieren jugar con ella que amenace con echarles escarcha a todos los Max Steele del hermano (está bien, esa fui yo). Lo máximo que hemos logrado es que Santi le preste a Cata el “Max Steele buenmozo” para que se case con Barbie mientras Mati es el troll que arruina la boda. Algo es algo. Pensé que habíamos logrado un equilibrio brillante hasta que, de nuevo en nuestra casa, Mati me dijo: -Mamita, yo entiendo los juegos de Santi pero no los de Cata. Es que ella habla mucho y tantas palabras me enredan.
Suspiro.
Este niño resumió lo que jefes, amigos, editores, novios, mi marido y mi papá me han dicho mil veces: la mujeres hablamos mucho y ellos se confunden fácilmente.
Investigué un poco y di con el texto de Meryl Alperz, para quien las frases son objetos de juego tan atractivos como cualquier muñeca o figura de acción. Afirma que las nosotras aprendemos primero que ellos a jugar con frases e ideas, que las muñecas son sólo utilería en el mundo que creamos lleno de tramas complejas, personajes principales, secundarios, precuelas y secuelas mientras los niños se persiguen y llenan con gruñidos sus interlocuciones.
Por eso llora Cata, sola en un mundo creado por palabras que bailan y rodeada por niños que sólo quieren correr.
No puedo consolar a Cata y no puedo hacer que Mati prefiera jugar con frases. Pero sí puedo enseñarle a mi futuro hombre cuán maravillosas son las palabras, y tal vez así algún día pueda hablar con niña sin enredarse.
 
* Esta columna fue publicada en el diario La Tarde con el título Confieso que he leído Frases como objetos de juego de Meryl Alper el domingo 12 de julio de 2014.
 

La Leyenda de Faryd Camilo Mondragón


Hay muchas razones por las cuales José Pekerman decidió poner en la cancha a Faryd Mondragón. Tal vez fue para humillar al equipo de Japón, para demostrarles exactamente qué tan seguros estaban del triunfo inminente; quizás fue porque quería que el récord del jugador más viejo en una Copa Mundial estuviera asociada a él; incluso pudo ser por respeto o por cariño. Da igual. Al hacerlo, el argentino le dio al arquero, a la selección, al país y tal vez al mundo un gran regalo.
Reconozco sin rastro de vergüenza que se me encharcaron los ojos cuando vi a Faryd ocupar su lugar en el arco. Sonreí y entendí lo conmovedor que puede ser el deporte (sí, estar casada con Jorge me ha afectado) pero sobre todo entendí que estaba presenciando un momento importante porque el acto de Pekerman, compasivo y rebelde, nos da a todos un poquito de esperanza en este mundo en el que se cree que lo que uno iba a hacer si no lo ha hecho a los 20 ya no lo hizo.
Estamos rodeados de millonarios precoces. Mi generación sobre todo ha visto surgir a los niños genio del .com, a los imberbes creadores de Facebook, Yahoo y Napster, el kínder de ganadores de los Grammy y los párvulos de los Oscar. Tal vez por eso me haya conmovido tanto ver a Faryd, de 43 años, salir y, en nombre de todos los de la Generación de la Guayaba, jugar con el corazón de un niño el deporte que tanto ama.
Creo que todos los que tenemos la suerte de saber qué nos encanta hacer y poder hacerlo nos mantenemos jóvenes porque entendemos que la vejez asusta solo cuando se siente que se ha desperdiciado la vida, cuando se ha dilapidado el tiempo, malgastado la salud o derrochado el talento (o peor, dejado podrir por culpa del miedo mohoso).
Por eso, cuando vi a Faryd pensé en el poema de Robert Browning que empieza con “Ven, envejece conmigo que lo mejor está por llegar”. Es cierto que muchos triunfan aún sin estrenar el Centrum (algunos aún a punta de Emulsión de Scott) pero también hay quienes han brindado con Ensure sus mayores logros. Leonid Hurwivz le llegó el Nobel a los 90, a Clint Eastwood le llegó el Oscar a los 74 y Pinetop Perkins se ganó un Grammy a los 97, y a todos se los llevan Grandma Moses que empezó su carrera como pintora a los 76 y Olive Riley, quien empezó a bloguear a los 107 años de edad.
Por eso ahora tengo a Faryd entre mi constelación personal de estrellas y espero que tape un penalti en lo que resta del mundial para poderse coronar como astro mundialista. Pero si no, no importa: para mi ya es leyenda, y la diferencia es que las estrellas viven para siempre pero las leyendas nunca mueren.
 
*Esta  columna fue publicada el domingo 29 de junio del 2014 en el diario La Tarde bajo el nombre de Confieso que he leído Rabbi Ben Ezra de Robert Browining*

Descartología aplicada


El esposo de Delia Ephron dice que ella padece de un síndrome que traduciré como Descartia: la maña de descartar algo que se está comiendo después de unos mordiscos si no se enamora de su sabor. Creo que padezco lo mismo y al parecer el síndrome se está volviendo más fuerte y ha afectado mis redes sociales.
Verán, desde hace rato que noto que hay “amigos” en mi Facebook con los que realmente no tengo contacto alguno. He caído en la trampa de tener contactos como las viejitas tienen botones, porque es reconfortante tenerlos ahí por si acaso algún día los necesito. A veces, como la viejita que abre el cajón para contemplar su creciente colección, yo doy vuelta por mi página y busco rasgos conocidos en caras a duras penas reconocibles e intento recordar qué me une a este hipervínculo. Porque en eso se han convertido algunos nombres, en poco más que algo en qué hacer clic. Agradezco, eso sí, que las redes sociales me hayan devuelto personas y relaciones que creía perdidas para siempre, pero la gran mayoría de las interacciones se han convertido en gente que probablemente no me saludaría si me viera en la calle pero me invita con insistencia a jugar Candy Crush.
Permítanme aclarar algo: no quiero jugar Candy Crush. Tampoco me interesa Criminal Case, Diamond Dash, Monster Legends ni sus semejantes. Si quieren jugar conmigo, pongámonos de acuerdo y jugamos tute, lulo, banca rusa, ternas y escaleras, parqués, dominó, rummy, Uno y hasta cucharas. Yo doy para la parva y hasta llevo el naipe. Pero esta bobada de tener redes sociales para coleccionar destinatarios para avanzar de nivel en los juegos me parece una pérdida de tiempo y un abuso de la relación que alguna vez nos unió. Por eso, he decidido hacer una limpieza de mis redes con la misma disciplina y filosofía con que anualmente purgo mi clóset:
Si hace más de seis meses no tenemos contacto humano alguno, chau.
Si ha pasado de moda (su mentalidad retrógrada y cerrada), ni más.
Si me daría pena que me vieran en la calle con eso (o esa o ese), hasta aquí llegamos.
Si siento que me está quitando tiempo, espacio o paz mental, bye bye.
Si creo que atrae polillas, humedad, pulgas (trolls, peleas, malas vibraciones, malos comentarios o en general, cosas feas), mejor partamos camino.
Si no me acuerdo cómo ni por qué lo adquirí, suerte.
Si ya no me gusta, ya no me sirve o nunca me gustó ni me sirvió pero lo tenía porque era una herencia o me lo embutieron, adiós.
Quiero aclarar que no necesito más que un “like” ocasional para considerar pertinente una relación. No tenemos que hacernos trencitas y ni tener peleas de almohadas en ropa interior para que seamos amigos. Basta con que nos respetemos para que no me de un ataque de descartia.

 

*Esta columna fue publicada el domingo 6 de julio de 2014 en el diario La Tarde con el nombre Confieso que he leído No puedes tenerlo todo de Delia Ephron*

La nostalgia me sabe a pomarrosa


La elusiva pomarrosa. Ahora la venden enlatada. Snif.

La elusiva pomarrosa. Ahora la venden enlatada. Snif.

Durante mi adolescencia, que en mí duró hasta el año pasado (emocionalmente hablando) juré no hacer eso que hacen los viejos de contaminar el presente con recolecciones ilusorias de tiempos mejores. Me parecía que el primer indicio de senilidad era imponerles a los jóvenes lo que W.S. Maugham llama “el falso ideal de la realidad”, basado en un pasado visto a través de la nube rosada del olvido, que deja lastimados a todos los que crecen pensando que la vida es lo que recuerdan los viejos y terminan moreteados por el contacto con la verdad. Dije una y mil veces que yo nunca sería esa viejita de carrizo y mirada perdida enumerando las cosas que extrañaba del ayer.
Pero llegó un domingo en el que me senté con mi suegra y caí de bruces en la peor nostalgia de todas: la de la boca. Nos pusimos a recordar las frutas de finca, esas que poblaron nuestras respectivas niñeces y que no se consiguen en los hipermercados de hoy llenos de frutas seleccionadas, importadas y empacadas al vacío. Hablamos de la guama (particularmente, la guama cola de mico), de la caima, del madroño y el chachafruto, el fruto del pan y los mamoncillos, los corozos y las jaboticahuas, pero sobre todo de la pomarrosa. La pomarrosa, esa fruta perfumada y dulce, carnosa, blanca, seca y firme, representa para mí la quintaesencia de las vacaciones en la finca y lamento que ya no la encuentre en ninguna parte pero me he resignado a no volverla a probar ni poder compartir con mi hijo este ni otros sabores nostálgicos.
Tal vez este ataque de nostalgia en particular se deba a que en vísperas de elecciones todos parecemos recordar un pasado color pomarrosa en donde la política era cuestión de damas y caballeros y el honor de servir a la patria era el motor de cualquier pugna electoral. Mis lentes pueden estar más teñidos de rosa que los de los demás porque recuerdo encima de todo a mi abuelo, el amor que le tenía a este país y a esta región y el implacable optimismo con el que veía las urnas.
No me siento muy optimista hoy. Sólo nostálgica y con ganas de volver a creer que la democracia es todo lo que mi abuelo me enseñó que podía ser, que votar es un derecho y un privilegio, casi un sacramento, y que todos los votos son válidos si se depositan con fe en un futuro mejor.
Por ahora, la nostalgia me sabe a pomarrosa, me suena a I Remember You de Skid Row, me huele a la Kleer Lac morada que usaba –en vano- para pararme el copete y sueño con levantarme arrullada por el sonido de la lluvia (siempre llueve en día de elecciones) para descubrir una Colombia en la que todos podemos creer. O al menos una pomarrosa.

 

* Esta columna apareció el domingo 15 de junio de 2014, día de elecciones, en el diario La Tarde bajo el nombre

Confieso que he leído De servidumbre humana de W. S. Maugham

 

Nosotros, los necios


Nuestros nuevos héroes.

Nuestros nuevos héroes.

Admito haber arrugado la nariz y blanqueado los ojos cuando vi que vendían agua embotellada con etiquetas que rezaban “paz” y “amor”, y que además cobraban un montón por esta agua “tratadas”. Aún cuando leí sobre los experimentos de Mesaru Emoto en los que fotografiaba cristales de agua a las que se le había hablado con palabras positivas y se las comparaba con cristales de agua que habían sido atacadas con palabras ofensivas, dudé. Mis años dedicados al culto al método científico me llevaron a tachar de insulsas estas conclusiones y mentalmente almacené estos escritos en la misma caja con un sartal de prácticas y creencias esotéricas y pseudocientíficas, que arrinconé en un lugar oscuro de mi cerebro, rogando por que no me ocupara mucho espacio y que lo olvidara pronto.
Pero entonces, me hice mamá y descubrí que si bien los métodos de Emoto son cuestionables, eso de que las palabras son dañinas es absolutamente cierta. La idea está presente en el arte y la literatura y todos, desde la Hester de Nathaniel Hawthorne (La letra escarlata) hasta la marca de Caín de Herman Hesse en Damian nos dicen que las palabras marcan y las marcas duelen.
Yo fui una niña necia, hija de un niño necio y ahora madre de un niño necio. Y esa palabra, necio, que para nosotros es sinónimo de insoportablemente inquieto (y no de ignorante, terco o imprudente como lo sugiere el diccionario) nos ha dolido. Cuando mi papá nos recuenta las aventuras en el colegio que le merecieron el adjetivo nos reímos, pero debajo de la risa está la tristeza de un niño que no quería que lo castigaran por tener una gran imaginación. Lo sé porque cuando yo oigo las historias de mis propias pilatunas está la misma sensación de que ahí estaba la semilla de una artista que no encontró terreno fértil para pelechar. Y ahora, cuando Mati me dice entre lágrimas que la profesora le ha dicho que es un niño necio siento el peso de las generaciones de niños incomprendidos y niñas inquietas sobre mi corazón. Veo mi hijo, precoz y sobresaliente, y nos veo a todos en sus ojos lagrimosos, expectantes, heridos. Le digo que no es un niño necio, que la profesora no entiende y que probablemente muchos no entenderán la magia de su cerebro, la fantasía de su juego y el nivel de entelequia que le impregna a las actividades más mundanas. Suspiro y me lleno de valor para lo que viene, para la gente que va a atropellarlo con sus estigmas y ofenderlo al forzarlo en un cajón cuadriculado cuando claramente es una estrella.
Pienso en Emoto y sus cristales de agua, frágiles y bellos como la mente de mi hijo, y entiendo. Tal vez nos demoremos en encontrar una demostración científica, pero por ahora no importa. Las palabras crean mundos o desvalijan sueños, así que tengan cuidado con las que eligen. Sobre todo alrededor de nosotros, los necios.

 

*Este escrito apareció el domingo 1 de junio de 2014 en el diario La Tarde de Pereira bajo en nombre Confieso que he leído Mensajes del agua de Mesaru Emoto

El precio del voyerismo fotográfic


Lorde en la portada de Billboard. Ella posó para esta foto.

Lorde en la portada de Billboard. Ella posó para esta foto.

Recién descubrí a Lorde, la cantante neozelandesa que fue elegida por los actuales miembros de la agrupación Nirvana para cantar durante su ceremonia de inducción al Salón de la Fama del Rock ‘n Roll (vea el video aquí). Su voz melancólica y profunda me cautivó al instante y, si bien las letras de sus canciones son un poco existenciales para mi (sí, aún para mi, así que ya se imaginarán) quedé tan descrestada con la joven que decidí seguirla en Twitter (@lordemusic). Hace unos días, leí el siguiente trino: “Me niego a seguir siendo cómplice y me niego a ser pasiva cuando hay hombres que sistemáticamente me someten al miedo extremo”.
Este trino es uno de varios que ha publicado la cantante acusando explícitamente al paparazzo Simon Runting, también de Nueva Zalenda. En un trino incluye una foto que ella le tomó a él y otros en donde publica hipervínculos al perfil de Runting en Facebook y a otras fotografías que él ha tomado de estrellas como Rihanna. Una y otra vez, Lorde dice tener miedo y estar harta.
Pero eso no ha hecho que Runting se detenga, y él dice que lo hace porque existe un interés público por tener imágenes de esta niña.
Yo discrepo.
Una cosa es una figura pública y otra cosa es una persona que ha elegido vivir de realizar espectáculos que se transmiten para el público. En el primer caso, entiendo lo del interés público. Si, por ejemplo, un congresista que se opone fervientemente al matrimonio entre homosexuales es sorprendido con otro hombre, quiero saber. Si, por decir cualquier cosa, el presidente de un país está teniendo una relación extramatrimonial con la juez encargada de decidir sobre el caso en el que está involucrado un familiar suyo, la gente merece estar al tanto. Pero si una cantante salió de su casa sin maquillarse, ¿realmente es de mi incumbencia? Creo que no.
Entiendo que existe una relación simbiótica entre artistas y fotógrafos porque para volverse famoso hay que salir en los medios y muchas celebridades posan dichosas para las cámaras y ansían ver sus rostros en las revistas y en los conteos de mejor y peor vestidos. Pero no todos aprecian tal invasión de su privacidad, y sobre todo en el caso de Lorde, que es una niña, menor de edad, debería haber algún tipo de control. Estamos hablando de un hombre adulto que persigue una niña para tomarle fotos sin su consentimiento con el fin de lucrarse de ellas. ¿No se les hace casi pornográfica la cosa? Como mínimo es moralmente cuestionable.
Pero en últimas, ni Runting ni Lorde tienen el poder de detenerlo. El poder lo tiene la gente que compra las revistas en donde aparecen las imágenes de celebridades tomadas por paparazzi. Si dejan de comprar, dejan de ser valiosas. Así que la pregunta real de hoy es ¿cuánto está dispuesto a pagar por su entretenimiento? Si el precio es la seguridad de una niña, tal vez deba considerar un buen Sudoku.

 

*Esta columna apareció en el diario La Tarde bajo el nombre Confieso que he leído un “trino” de Lorde el domingo 18 de mayo de 2014.

La ética del hacker


El término hacker abunda por estos días en los medios nacionales. No voy a hablar ni del hombre al que se asocia el término ni de los actos que al parecer ha cometido. Mi problema es con la palabra hacker, porque la están usando mal. Según los noticieros y los titulares, un hacker es un cibercriminal, una persona falta de ética y moral que roba y vende información con el fin de hacerles daño a personas como ustedes o como yo.
Pero eso no es del todo cierto.
Para empezar, a palabra hacker proviene de una palabra inglesa del siglo XVII que describe obreros que labraban la tierra con un azadón. Los programadores adoptaron el término en los años sesenta para referirse a personas que sentían que el desarrollo de programas y tecnologías de computación era, más que una profesión, una pasión. Los primeros hackers eran ingeniosos y disfrutaban del reto intelectual que suponía sobreponerse a las limitaciones propias de los sistemas existentes. De allí nació la subcultura hacker, de donde salen también los crackers, los phreaks y los warez d00dz. La sociedad hacker tiene una jerarquía muy clara y organizada de castas como los samurai, los sneakers y los tiger teams. Algunos, como estos últimos, venden sus servicios a empresas que pagan por saber qué tan falible es su seguridad mientras que otros hacen lo mismo simplemente porque adoran el desafío de burlar la seguridad de cualquiera que ostenta ser impenetrable. Pero todos, o casi todos, tienen un código, una ética, descrita inicialmente en el Manifiesto Hacker de El Mentor luego de su arresto, y posteriormente explicada por Himanen y Castells.
Básicamente, los hackers  creen en crear software y compartirlo, que la libertad de la información es sagrada, los secretos son inherentemente malvados y la búsqueda del conocimiento es universal y por tanto el conocimiento también debería serlo. Son contestatarios, antiautoritarios  sin ser anarquistas y defienden la idea de que los computadores pueden cambiar vidas y que la información es bella y debe ser gratuita. Por eso atacan a las grandes corporaciones, porque sienten que estos no deberían ser los únicos con acceso a la tecnología moderna. Se ven a sí mismos como una especie de Robin Hood y abogan por el acceso universal a los computadores y al Internet.

El tipo que cogieron esta semana, si hizo lo que dicen que hizo, no es un hacker; es un lamer, una persona sin interés alguno por defender un ideal. Se trata de un fanfarrón, presumido y perezoso que no tiene las habilidades que dice tener y tampoco tiene intenciones de aprenderlas.
Y para un verdadero hacker, aprender es la mitad de la diversión; la otra mitad es compartir lo aprendido, y yo no vi ni diversión ni amor por más que el dinero en las noticias esta semana. Por eso digo que hacker es un halago que no se merecen los involucrados.

*Esta columna apareció en el diario La Tarde bajo el título Confieso que he leído La ética del hacker y el espíritu de la era de la información  de Pekka Himanen y Manuel Castells el domingo 11 de mayo de 2014

 

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Del sitio http://www.simpleshare.me/S/ Somos Anónimos Somos una Legión No perdonamos No olvidamos Espérennos

Óxido, putrefacción y otros males de las redes sociales


En una entrevista con Jeff Rosen, Charlie Sheen decía “Estoy harto de fingir que no soy especial, estoy harto de fingir que no soy una estrella de rock de Marte.”
Y la verdad, lo entiendo.
Verán, hace unos días recibí un regaño en mi muro de Facebook y de repente me sentí en el medioevo ochentero, cuando mi familia acaba de regresar de vivir en Estados Unidos y las niñas de mi salón se burlaban de mi español. Una vez logramos hablar bien el idioma local, mis hermanas y yo ocultábamos el hecho de hablar inglés con vergüenza y mentíamos acerca de haber comprado algo en otro país, alegando que lo habíamos conseguido en algún almacén cercano y con descuento. Todo parecía tan tonto ahora, tan insignificante lo que oculté y tan desmedidos mis temores hasta que leí ese comentario en el que la persona –amiga de la familia- me decía que no debía publicar cosas en inglés, que por qué escribía tanto en ese idioma y que le parecía que no estaba bien que yo sólo pensara en “mis amistades gringas”.
Un solo comentario y de nuevo estaba en el espiral de confusión que sentí al ver que los ricos eran los malos en todas las telenovelas, la gente que sobresalía era ‘creída’ y las que sabían más que los profesores se iban castigadas a la biblioteca (sobra decir que pasé mucho tiempo en la biblioteca, sobre todo durante las clases de inglés). En esa época sentí que había una diferencia en la percepción de lo sobresaliente aquí y allá: en Estados Unidos, los ricos son ídolos, la idea del millonario hecho a pulso es la promesa más suculenta del American Dream, pero aquí decían que el que se hacía rico le quedaba debiendo a todo el mundo. Allá la gente decía “Cómo hago para tener lo que tu tienes?”; aquí, “tu por qué tienes y yo no?”
Creo que las cosas han cambiado pero ese comentario me hizo ver rojo. Y luego azul, porque acordé de Raúl.
Raúl descubre que cuando uno oculta lo que es, lo que siente, lo que sabe y lo que puede, uno se empieza a volver anquilosado, inflexible y azul. Y no un enternecedor azul pitufo sino ese mortal azul gangrena, hediondo y nauseabundo.
Hay gente que nunca se ha sentido azulosa y los aplaudo. Pero sé que  hay gente que sabe la respuesta y no levanta la mano, que tiene una idea mejor y se la guarda, que ve el error del otro y no se lo comenta. Gente que se calla y se deja callar.
Por fortuna ya no hago parte de ese equipo y en cambio soy capitana de la Liga Pro-Linguis en donde amamos las palabras en todos los idiomas y sabemos que si bien el que calla se oxida, el que manda a callar se pudre. Y nadie cree que el mundo necesita ni más óxido ni más putrefacción.

*Esta columna apareció en el diario La Tarde bajo el nombre Confieso que he leído Raúl pintado de Azul de Ana María Machado el domingo 4 de mayo de 2014.

De abejas, mitos y pesares


La miel, dulce, deliciosa y mágica.

La miel, dulce, deliciosa y mágica que me dejaron las abejas.

Marc Twain dice que las abejas son humanas. La crueldad con la que tratan a los improductivos, la manera como desechan los zánganos, la despiadada reclusión de la reina en una oscuridad sin fin rodeada de adoratrices maquinadoras que termina con el espectáculo de su enfrentamiento a aguijonazos con su propia hija son, según Twain, razones suficientes para afirmar que las abejas son tan tontas y sus vidas regidas por tanta politiquería que sólo humanas pueden ser.
No sé si le crea del todo a Twain pero sí sé que las abejas tienen algo mágico.
He amado las abejas toda mi vida, desde que mi mamá que contaba la historia de la abeja y el Rey Salomón. Hasta he llegado a pensar que mi don de la palabra se la debo a una abeja que se posó en mis labios de bebé pues decían los griegos que así les llega su don a los poetas. Los griegos, además, creían que a la miel se debía el poder adivinatorio de la Triada de ninfas aladas (Melania, Kleodora y Daphnis) que vivían en el Monte Parnaso y recibieron a Apolo, y a quienes Rhea les entregó a Zeus para que lo alimentaran con el líquido sagrado.
Los egipcios, por su parte, tenían símbolos de abejas en los pilares de Karnak, el obelisco de Luxor y en Tanis, y en el templo de Dendera hay una inscripción que cuenta cómo Osiris emula a las abejas en el templo y da instrucciones para conocer el jardín secreto de las abejas en el otro mundo; los celtas creían que las abejas llevaban y traían mensajes entre los mundos; los babilonios y los persas embalsamaban a los nobles en miel y el ángel que vino a casar a José el hijo de Jacob pidió un panal de miel.
Incluso el nombre de uno de mis personajes preferidos de Harry Potter, el Profesor Dumbledore, debe su nombre a una antigua palabra que significa abeja.

Pese a tanto amor, esta semana tuve que despedirme de las que habían escogido vivir cerca de mi. Temas de vecinos, preocupaciones, ignorancias y temores humanos me obligaron a darlas en adopción. Busqué un hombre apifílico que se las llevó a vivir en su finca. Las removió del palacio de once panales que habían construido en la caja eléctrica de la casa con sumo cuidado y rescató a Su Majestad de la oscuridad twainiana junto con la mayor cantidad posible de sus hijitas. Me dejó, eso sí, la miel pero la miel no llena el vacío dejado por mis amigas zumbantes.
Por eso he dejado instrucciones de que me entierren como se describe en La Vida Secreta de las abejas, con un panal en mi tumba para que la miel me bañe. Tal vez reviva como Glauco, el hijo de Minos, pero por si acaso hagamos como en Appalachia y díganles a las abejas que he muerto para que cuiden mi alma y me susurren durante toda la eternidad.

Uno de los once majestuosos panales, cuidadosamente extraído.

Uno de los once majestuosos panales, cuidadosamente extraído.

 

*Este escrito apareció publicado en el diario La Tarde  bajo el nombre Confieso que he leído La Abeja de Marc Twain el domingo 27 de abril de 2014.