Dolor no es lo mismo que dificultad


Docenas de dichos, clichés y proverbios inundan nuestro imaginario colectivo con la idea de que sufrir fortalece el carácter. 

Esta idea, por popular que sea, es infecciosa, es falsa y es peligrosa.

Digo que es peligrosa porque confundir el dolor con la dificultad es irresponsable y puede ser fatal. 

La dificultad, la adversidad y los retos son parte fundamental de la vida. De saberlos sobrellevar y aprender de lo sucedido depende no sólo el éxito de una persona sino su autoestima.

La dificultad es, además, la madre de la comunicación, del ingenio y del rebusque porque nos obliga a buscar, a conectar, a experimentar.

El dolor es otra cosa.

El dolor es intenso. El dolor interfiere con nuestra capacidad de vivir de manera normal, realizar tareas sencillas, de mantener relaciones saludables, sentir placer y vivir plenamente. Es algo que no se quita con ignorarlo ni es cuestión de aguante.

El dolor, físico o emocional —pues el cerebro no distingue entre los dos— es una señal de alerta. Es nuestro cuerpo diciéndonos que algo no anda bien y requiere nuestra atención inmediata. 

Cuando ignoramos las señales de dolor, en nosotros mismos o en las personas que nos rodean, no estamos haciéndole favores a nadie. Sólo estamos dilatando el tratamiento y en el entretanto podríamos estar empeorando el problema. Lo que empieza con un dolor leve puede ser una señal de una enfermedad que tratada a tiempo puede ser manejable en lugar de letal, o de una relación que terminada a tiempo puede evitar consecuencias nefastas para todos los involucrados. 

¿Por qué, entonces, creemos que lo que no nos mata nos hace más fuertes? 

Esta frase pegajosa ha dejado casi tantos estragos en la humanidad como la sífilis que mató a su autor, pero no es cierta. Lo que no nos mata no nos hace más fuertes;  lo que no nos mata nos lastima, nos debilita y nos puede traumatizar de por vida.

Es cierto que algo de dolor es inevitable, pero eso no es lo mismo que deseable. En nuestra ansiedad por aliviar el sufrimiento que trae el dolor, lo racionalizamos y le ponemos arandelas y emoticones, diciendo que el dolor es bueno, que nos ayuda a crecer, que es símbolo de estatus, compromiso y valentía. 

Pero no importa cuántos memes circulen en Facebook, no es cierto que exponernos intencionalmente al dolor, o peor, exponer a los demás a situaciones dolorosas, sea emocionalmente sano. Pensar que acostumbrarnos al dolor nos vuelve inmunes a él es engañarnos. Hacerlo no ayuda a ser más fuerte a nadie ni prepara a nadie para el futuro. 

Todo lo contrario. 

Para ser felices, tenemos que conocer la felicidad, y conocerla bien. Cuanta más feliz sea nuestra niñez, más fácil es ser felices de adultos. La resiliencia —la capacidad de manejar la adversidad y adaptarnos a los cambios inesperados de la vida— depende en gran medida de lo estable y dichosos que fueron nuestros primeros años. 

Como padres, como adultos, como educadores, cómo líderes en empresas y procesos,  nuestro papel no es llevar a nadie a acostumbrarse al dolor, ni acostumbrarnos nosotros a él. Nuestro papel es aprender cómo luce la felicidad para poderla cultivar en cada momento, en cada espacio, en cada papel que juguemos en nuestras vidas y las vidas de otros. 

Un comentario en “Dolor no es lo mismo que dificultad

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