El gran regalo de la maternidad


Empecé a contar historias como estrategia de supervivencia escolar. 

Todo empezó porque yo aprendí a leer antes de entrar al colegio (me enseñó mi amigo imaginario, pero esa es otra historia) y mis compañeros me perseguían durante los descansos para que les leyera los cuentos del libro de Español, que era verde con dibujos de niños jugando en la carátula.

Les leí todos los cuentos, después los poemas y finamente las adivinanzas, pero un día vi que ya había llegado al final de libro y no tenía nada más que leer. Informé a mi público expectante que ese día no habría show y Para mi gran sorpresa, las cinco niñas y dos niños que me habían seguido hasta el árbol protestaron. Y no sé si fue la cara de decepción que me hicieron, el temor a que me tocara hacer algún deporte o, más probable, el horror de verme sin fans lo que me llevó a decirlo, pero les dije que había encontrado otra historia y me hice la que les leía una historia que me sabía.

Y luego, otra. 

Y otra y otra y otra más, hasta que un día se me acabaron las historias que sabía y me las empecé a inventar. 

Fue lo máximo.

Varias semanas más tarde, una asidua espectadora le pidió a la profesora que le leyera el mismo cuento que yo le había leído, la profesora dijo que esa historia no estaba en el libro y hasta ahí me llegó la felicidad. La profesora me regañó y quedé con fama de mentirosa, pero descubrí que me encantaba contar historias, inventar fantasías y compartirlas. 

Dije que quería ser escritora y nadie se sorprendió. A los cinco años, tenía el camino claro, mi destino estaba escrito, la fama no se haría esperar. 

Pero entonces, crecí. 

Me llené de temor. Me dije a mí misma que el mundo no necesitaba mis historias porque ya había muchas y eran mejores que cualquier cosa que yo podría aportar, que mi sueño de ser escritora era irrisorio y que si lo intentaba el mundo entero se iba a burlar de mí.

Me desvié académica y profesionalmente de la escritura hasta llegar a un punto en el que mi vida eran las palabras de los demás.

Hasta que llegó Matías. 

Cuando sostuve a mi hijo en mis brazos, supe que haría cualquier cosa por él, que lo apoyaría en todas sus empresas, que financiaría todos sus impulsos, que aplaudiría todos sus logros y secaría todas sus lágrimas. Me imaginé a mí misma diciéndole que todo era posible, que él podía hacer realidad cualquier sueño. 

Y entonces me imaginé a mi hijo preguntándome cuál había mi sueño, y vi a mi futura yo diciéndole “Yo tuve un sueño alguna vez pero lo abandoné y ahora no tengo autoridad moral para decirte a ti que no abandones el tuyo.”

Pensar en decir eso me dio más miedo que publicar una historia y que se rieran de mí, más miedo que hacer el ridículo, hacer el oso, ser poco original, ser cursi, ser ingenua o ilusa o cualquiera de las cosas que hasta ese momento me habían dado miedo. Decidí en ese instante que esa conversación nunca iba a ocurrir, que en el peor de los casos le iba a decir a mi hijo que tuve un sueño y lo seguía luchando o incluso que tuve un sueño que no logré hacer realidad pero nunca que me rendí y menos que fue por miedo. 

Para mí, ese fue el verdadero regalo de ser mamá: ser más valiente por mi hijo de lo que había sido por mi misma, y entender que así como yo haría cualquier cosa por Matías, mi mamá y mi papá harían cualquier por mí. 

Ese día empecé a escribir de nuevo como cuando era niña, inventándome historias y con ganas de compartirlas con el mundo. Y desde ese día sé que puedo decirle a mi hijo que él puede hacer realidad sus sueños tal como lo hace su mamá.

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4 comentarios en “El gran regalo de la maternidad

  1. Marina dijo:

    Gracias a Dios y a Matías , el mundo recuperó a una de las mejores y más brillantes ,( y geniales) escritoras de esta generación!!!
    Gracias Angelita, mí Prozac favorito, por volver a escribir “Logos y Filias” y compartirlo!!
    Buen viento y buena mar capitana!!!

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