Hoy lloré por mi perro


Como si cumplir años no me hiciera sentir más vieja de por sí, hoy tuve que tomar una decisión que me echó años encima. Iba a decir que una decisión difícil pero, carajo, ¿acaso no lo son todas? ¿No es eso lo que significa ser adulto? Tomar decisiones a tientas, tirarse sin red porque no hay quién la amarre, cerrar los ojos y brincar sabiendo que nunca estaremos seguros de que lo que encontramos en la otra orilla es mejor que lo que nos echó de la primera.
Decisiones, decisiones, decisiones.
La de hoy tenía tonos de culpa, de admisión de impotencia con aire de incertidumbre y un tufillo de mala mamá que me dejó de cachete húmedo gran parte de la mañana.
Hoy llevamos a Max, nuestro Pastor Alemán, a la Escuela de Carabineros de Chía porque ya no podemos tenerlo más. Es la primera en una cadena de decisiones que debemos tomar-y tomarlas relativamente pronto- porque temas como la salud, la economía y la logística nos obligan.
Lo peor es que no es la más difícil. Pero ya llegaremos a las difíciles.
El caso es que cuando entregamos a Max, el Carabinero que me lo recibió, tal vez conmovido por mis lágrimas, me dijo simplemente “Señora, usted le ha hecho un gran regalo a la patria. Este siempre será su perro, pero ahora además es su servidor y el de su país.”
Y hasta ahí me llegó la cara de valiente.
Lo que más me conmovió de su discurso fue que no intentó decirme que todo iba a estar bien ni que todo pasa por algo ni me regañó porque no tenía cómo hacerme responsable de Max.
Para que sepan, ninguna de esas cosas consuela porque lo cierto es que él no sabe –nadie sabe- si las cosas van a salir bien. Lo único que tengo absolutamente claro en este momento es que esta tarde va a llegar Matías y Max no está y lo único que voy a poder decirle a manera de consuelo es el mismo discurso del Carabinero. Que Max va a ser un héroe, que como guía canino va a poder ayudar a muchas personas y que estamos muy orgullosos de él.
Y cuando Matías llore, lo dejaré llorar. No le voy a decir que sea valiente, que no vale la pena llorar por un animal, que hay problemas más graves en la vida y que la vida de él ha sido un desfile de privilegios y que aún no sabe lo que es sufrir de verdad ni que hay gente que llora por motivos más nobles que un perro. Le secaré las lágrimas con todo mi amor porque lo contario, decirle que no llore o que no hay por qué llorar, es negarle lo único que lo puede ayudar a sanar. Porque lamentar nos hace humanos y nos permite dimensionar el dolor y familiarizarnos con él.
Así que mientas llore, lo abrazaré. Cuando me haga preguntas difíciles de responder, le diré la verdad. Y cuando la verdad sea que no sé, le diré que pase lo que pase lo enfrentaremos juntos porque eso es lo único que tengo seguro.
Y cuando me den ganas de llorar a mí, lo haré sin sentirme culpable ni débil.
Porque yo también tengo dudas y tengo miedo y estoy llena de preguntas que nadie puede responder.

Y sobre todo, porque Max se merece mis lágrimas.

PS: “Compañerismo, integridad y bravura” es el lema de los Carabineros de Colombia. Debería ser el lema para todos cuando pasamos por un mal rato, ¿no les parece?

6 comentarios en “Hoy lloré por mi perro

  1. Camilo Ernesto Hernández Rincón dijo:

    Mi Ángela, con esto que escribiste lo supe todo. Salvo acompañarte en este momento a la distanci, no se me ocurre nada más. Ni aun a estas edades se termina de superarlo del todo. Ánimo desde aquí para Matías también,. Un abrazo…

  2. Daniel Guillermo López dijo:

    Profe, me gustó mucho su texto. Al decir que me gustó no significa que me divierto con el sufrimiento ajeno, sino que me agradó la forma de mostrar una de las características del ser humano y sus sentimientos, el llanto, la nostalgia y todo lo demás es lo que nos hace humanos; reprimir un sentimiento es lo que no se debe hacer. Leo la mayoría de sus escritos y siento que mantengo un poco cerca la relación que iniciamos cuando nos conocimos como docente-alumno. Un abrazo.

  3. deepfield dijo:

    Yo recuerdo la cara de mi perrita cuando, por imposibilidad de llevarla a los viajes de vacaciones, me tocaba dejarla en la guardería: esa mirada de “¿yo que hice para que me dejaran abandonada?” era muy difícil de ignorar. Sin embargo, era por dos o tres semanas, no para siempre, y esa debe ser muuucho más dura.
    Hace un par de semanas fui a un albergue a adoptar una nueva perrita, el reemplazo de la anterior, y mientras estábamos en esas llegó una familia a dejar dos perros que ya estaban demasiado viejos y enfermos para seguirlos queriendo. Supongo que los dos están ahora mejor en un sitio en el que hay como doscientos perros que nadie quiere, que en una casa en la que sólo había dos.

Venga opine, deje la timidez...

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