La sagrada opinión


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Hace unos días Lina, mi hermana, me compartió un ensayo sobre el derecho a la opinión que me pareció fascinante porque habla de la idea, popular si bien falaz, de que la opinión es sagrada.

Como profesora de Escritura de Ensayos de Opinión y Periodismo de Opinión, desbancar esa noción era labor de todo el semestre, aunque algunos nunca aprendían la lección. No sé de dónde salió eso de que toda opinión merece respeto, pero lo cierto es que ni es así, ni es esa defensa la panacea para todas las peleas que uno va perdiendo. Esa pataleta de ahogado se ha convertido en el “tapo” de todo el que agota el razonamiento o se queda sin argumentos. Es una falacia lógica simplemente porque el que usted tenga o no derecho a opinar no tiene nada que ver con que su opinión sea acertada, y muchos menos respetable. Invocar el derecho a opinar no justifica la opinión misma y es una manera de esquivar el debate, no de ganarlo.
Uno tiene, por supuesto, derecho a pensar lo que uno quiera y tiene derecho a expresar dichos pensamientos, pero la libertad de expresión sólo garantiza que usted puede hacer pública su opinión, no a que esta goce de estatus de intocable. Una vez salida de su boca, su opinión es bien de todos y cada quien verá si le parece honorable o no, pero uno no puede andar por ahí vociferando sandeces y amparándose en la sombrilla del respeto.
Claro, todo el mundo puede opinar. Muchos lo hacen. Pero hay una diferencia entre la opinión y la opinadera, como la hay entre el catador y el alcohólico. El que usted haga algo, incluso si lo hace con frecuencia, no significa que lo haga bien.
Ahora, es innegable que una buena opinión, bien pensada, bien argumentada y expresada de manera clara y oportuna, hace mucho bien. Sobre este principio está basado el periodismo de opinión, el debate, la retórica, la misma democracia. Tener la oportunidad de saber lo que otros piensan, así no estemos de acuerdo, es saludable para todos, como personas y sociedad. Pero ojo, que aquí viene lo importante: su derecho a opinar está en el mismo nivel que mi derecho a ignorar, estar en desacuerdo o incluso considerar inapropiada o errada su opinión.
Como cualquier otro producto de la actividad humana, las opiniones son imperfectas, mejorables, parte de un proceso de ensayo y error. Se pueden cambiar, revisar y editar. Pueden pasar de moda, perder su rumbo o quedarse cojas. Pueden ser atrevidas, irreverentes, anacrónicas, falaces y tontas. Lo que nunca serán -ni deben ser- es sagradas, porque las opiniones son como las muñecas: si pretende que no la toque y no quiere que se la dañe, no me la dé.

6 comentarios en “La sagrada opinión

  1. Camilo Ernesto Hernández Rincón dijo:

    NI +, NI -. De hecho, aprendí algo de alguien a quien considero un sabio: “El principal problema de este país -lo extiendo a la humanidad misma- es no tener en cuenta que la OPINIÓN no es RAZÓN”

  2. Camilo Ernesto Hernández Rincón dijo:

    En nuestro próximo capítulo, también aprenderemos la diferencia entre GUSTO y CRITERIO, (lo primero también parece que se volvió “sagrado” para media humanidad)

Venga opine, deje la timidez...

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