Sobre el arte de acumular


Tengo una amiga bloguera que lleva varias semanas en un proceso de depuración de pertenencias que ha registrado con fotos y emociones detalladas en su blog.
Todo empezó porque se compró o le regalaron o le encimaron un libro de Marie Kondo y su revolucionario método KonMari que promete devolver el orden y la simplicidad a cualquier hogar usando como base la filosofía japonesa, combinada con el arte de doblar pantalones como si fueran kimonos, el furoshiki (doblar paquetes) y supongo que en algunos casos, el origami.
El KonMari promete acercar espiritualmente a las personas con sus posesiones, ayudarles a que sientan verdadero placer y apego espiritual por las cosas y, como resultado, tener una vida más plena y ordenada.
Hasta ahí, todo suena bien y yo hasta estaba pensando en dármelas de samurái y darle una oportunidad al método este. Pero entonces vi que mi amiga le había hecho el harakiri a su biblioteca y hasta ahí me llegó el entusiasmo.
En lugar de dejarme llevar por la estética minimalista asiática he decidido empezar mi propio movimiento llamado materiafilia.
Fíjense que es distinto al materialismo, en donde la materia es lo primario y conciencia y el pensamiento son consecuencia de ella. Se trata de amor a la materia, a las cosas que representan nuestros viajes y nuestros amores, nuestros recorridos y nuestras pasiones. En lugar de tratar las cosas como estorbo, con vergüenza porque representan los pesos que debimos invertir al ennoblecimiento de la humanidad o algo así, tratemos las cosas con cariño porque nos recuerdan las malas decisiones y las buenas compañías, nos recuerdan lo que éramos y lo que soñamos ser. Nos recuerdan que fuimos y volvimos y compramos y trajimos y botamos y olvidamos.
Como todo, la materiafilia en exceso es mala. El amor desmedido por los trofeos nos nubla el amor por el juego así como la reverencia excesiva del suvenir nos hace olvidar lo importante del viaje. Pero un poco de respeto por esa cosa brillante y de mal gusto que alguna vez nos pareció divina, por esa camisa que nos dejó de servir pero que cuando nos servía nos hacía sentir como diosas o ese regalo que nunca entregamos porque no llegó el momento, esas cosas también merecen un lugar en la casa.
Así que sigan ustedes con la manía de botar y olvidar, que yo me quedo con la mía de honrar todo lo que he sido, aún cuando he sido impulsiva y gastona. Y especialmente, sin remordimientos, cuando el impulso de gastar ha sido por un libro.

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