Tacaños con las alabanzas


No te voy a dar la razón, así la tengas.

No te voy a dar la razón, así la tengas.

Recuerdo vívidamente una profesora en el colegio que, por principio, no ponía nunca un cinco (la calificación máxima). Ella decía que era para enseñarnos que la perfección no existe en los humanos y para ayudarnos a ser humildes. Falló en ambos intentos. Lo único que aprendimos era que no importaba cuánto nos esforzáramos, nunca íbamos a lograr el tan anhelado cinco, así que simplemente dejamos de anhelarlo. Estudiábamos para un 4 y eso sacábamos. Al quitarnos no sólo el cinco sino cualquier forma de alabanza la profesora se ganó mi antipatía para siempre, extensiva a su clase y la materia que dictaba.
Lamento informar que no fue la última vez que me topé con esa idea de que alabar es malcriar. Como profesora en la universidad también vi colegas que se negaban a dar buenas calificaciones y tacañaban con las felicitaciones cuando los alumnos hacían un buen trabajo. Incluso recuerdo un par que se jactaban porque sus clases eran difíciles de pasar y contaban los alumnos que perdían sus materias como evidencia de que eran buenos profesores.
Qué montón de patrañas.
Creo que las personas que tratan los elogios como un bien escaso o como la proverbial zanahoria que se le ofrece a los conejos están operando bajo la noción de que desear un aplauso es sinónimo de debilidad, y que por ende, aplaudir lo es de alcahuetería. Todo lo que hace esta actitud es que tengamos un montón de gente que se menosprecia a sí misma y que se pone sospechosa cuando alguien les dice algo bueno.
Yo fui una de esas personas durante mucho tiempo. Si alguien me echaba un piropo o felicitaba por un escrito, antes de dar las gracias sospechaba de su buen gusto, cuando no de sus intenciones. Tardé mucho tiempo en valorarme, en sentirme merecedora de palabras bonitas, ni qué decir de premios, y hasta el sol de hoy me cuesta trabajo cobrar lo que siento que me merezco por mi trabajo.
No estoy sola. No sé cuántas generaciones de niños y niñas hemos sido víctimas de esta actitud miope de que los cumplidos se gastan y hay que dispensarlos con cuentagotas.
Dejemos la bobada. Admitamos que a todos nos gusta que nos digan cosas buenas y que decirlas también nos genera placer. Tenemos el poder de decir que algo nos gusta en lugar de un tibio “no está mal” que no es lo mismo que un cálido “está bastante bien”. Tenemos el poder de decir “me merezco más que esto” en lugar de “tu verás cuánto quieres darme”. Estamos en todo nuestro derecho de decir “sí, estoy divina” en lugar de “no, pero si me he engordado un mundo”.
Alabar a alguien que se lo merece no es falta de carácter. Negarse a hacerlo, en cambio, es falta de valor.

Un comentario en “Tacaños con las alabanzas

  1. Ana Ruiz dijo:

    Amor, qué excelente publicación, me puse arrozuda.
    Es que, definitivamente, nos cuesta mucho aceptar las cualidades de las personas, sin contar con la dificultad que tenemos para expresar y reconocer los sentimientos.
    Te felicito. Un abrazo. Ana

Venga opine, deje la timidez...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s